Calles vacías, controles, incertidumbre y un decreto que cambió la rutina de todos. El 20 de marzo de 2020 marcó el inicio de la cuarentena: un tiempo desconocido, donde el miedo y la adaptación convivían día a día.
Una "ciudad fantasma": así amanecía Mendoza hace 6 años
El 20 de marzo de 2020, Mendoza amanecía distinta. No fue un cambio gradual ni una transición anunciada: fue un corte abrupto provocado por el decreto presidencial del Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio, el famoso ASPO, sigla repetiríamos durante meses ante el avance global del covid-19.
Desde la medianoche de aquel 20 de marzo, horas después de una cadena nacional de Alberto Fernández, el país entró en cuarentena, y la vida cotidiana quedó suspendida bajo una consigna simple: quedarse en casa.
La medida, oficializada a través del decreto 297/2020, restringía la circulación a lo mínimo indispensable. En Mendoza salir solo estaba permitido para comprar alimentos, medicamentos o asistir a personas en situación de vulnerabilidad. El resto debía permanecer puertas adentro, salvo los trabajadores "esenciales", en una postal inédita para una provincia acostumbrada al movimiento constante.
Ese primer día, el silencio se volvió protagonista. El centro mendocino, habitualmente atravesado por tránsito, cafés y actividad comercial, quedó prácticamente vacío. Los controles en calles y accesos se multiplicaron y las fuerzas de seguridad comenzaron a exigir permisos para circular. Incumplir la cuarentena no era una falta menor: podía derivar en detenciones y sanciones penales.
El aislamiento, que en un principio se anunció por dos semanas, abría más preguntas que certezas. El virus avanzaba en el mundo, pero todavía se sabía poco sobre su alcance real. En Mendoza, el primer caso positivo se confirmaría al día siguiente: una mujer de 62 años que había llegado desde Italia. Días después, la provincia registraría su primera víctima fatal, un hombre de 81 años que murió sin haber recibido a tiempo el resultado de su test.
Mientras tanto, el Estado intentaba sostener lo esencial. Se definieron actividades exceptuadas como prioridad -salud, seguridad, alimentos, transporte, comunicación- y se reorganizó la vida pública en torno a lo urgente. En paralelo, comenzaron las medidas de contención, como la entrega de bolsones de alimentos a miles de estudiantes y operativos de desinfección en espacios urbanos, se lavaba con agua y lavandina las veredas de la Ciudad.
El impacto también se sintió en lo social. Las visitas a cárceles fueron suspendidas, el transporte público funcionó con limitaciones y los espacios públicos quedaron desiertos. La vida puertas adentro se volvió regla, y el afuera, una excepción controlada.
Con el paso de los días, la pandemia dejó de ser una noticia lejana para convertirse en experiencia directa. La incertidumbre inicial dio paso a nuevas rutinas, a un seguimiento constante de cifras y a una convivencia forzada con el riesgo.
Con la flexibilización de las salidas en Mendoza, el barbijo pasó a ser obligatorio y se volvió parte del paisaje cotidiano: dejamos de vernos las caras completas para reconocernos apenas en la mirada. Las expresiones quedaron a medias, cubiertas, y el saludo distante con el codo reemplazó al contacto de la mejilla.
Las curiosidades de la cuarentena
El encierro también tuvo sus escenas inesperadas. Hubo compras compulsivas de papel higiénico difíciles de explicar y una circulación constante de rumores y noticias falsas que amplificaban la sensación de desconcierto.
Las redes sociales se transformaron en punto de encuentro: crecieron las videollamadas grupales, los vivos de Instagram y las clases virtuales, muchas veces atravesadas por situaciones domésticas que se colaban en cámara. También aparecieron nuevos stickers en Whatsapp sobre el coronavirus y nuevas formas de interacción que intentaban hacer más llevadero el aislamiento.
En paralelo, surgieron gestos que marcaron la época: desde la fabricación de barbijos en cárceles hasta recomendaciones de salud mental que circulaban para sobrellevar el encierro. Y, en medio de ese contexto, también hubo lugar para la vida: como el nacimiento de trillizos en mayo de 2020.
Parece un escenario lejano, pero fueron tan sólo hace seis años atrás, aquella mañana del 20 de marzo sigue siendo un punto de referencia. No solo por lo que ocurrió, sino por lo que representó: el inicio de una etapa que obligó a reorganizar la vida cotidiana sin un manual claro, con decisiones que se tomaban sobre la marcha y una certeza compartida, todavía difusa, de que nada ni nadie iba hacer igual después de la pandemia por el COVID-19.
Ver: Más control y docentes: los cambios en las guarderías privadas de Mendoza



