La preocupante indiferencia adolescente - Mendoza Post
Miércoles 21 Oct 2020Miércoles, 21/10/20 atrás
porOscar Nini
Lic.en Psicologia Mat.Prof.1939.

Empezar a hablar de adolescencia nos lleva a ideas de transición, crisis, cambio, casi como preconceptos de una etapa de la vida que tiene como corolario una metamorfosis en todos los sentidos. Etapa que en muchas ocasiones es sentida por la familia con temor y pesadez, y vivida por los jóvenes con incertidumbre; y mientras más se incursiona en este momento vital, pareciera sólo haber significados de connotación negativa, tal como lo propone el encabezado de esta nota.

Para adentrarnos en tema, me limitaré a hacer una descripción y reflexión sobre lo que uno puede observar en la consulta, como también en el intercambio con colegas, al momento de encontrarnos con la preocupación que traen muchas familias. 

Son recurrentes expresiones como "mi hijo no tiene interés en nada", "todo le da lo mismo". Es un sentimiento que desespera, porque pareciera, remarco pareciera, que estos jóvenes nada esperan de la vida, y tampoco eso les preocupa. Los padres manifiestan una preocupación sobre el futuro de sus hijos, angustiados porque no los ven orientados, porque nada parece motivarlos, nada parece interesarles, porque no ven una posible proyección y sobre todo porque sienten que no pueden llegar a ellos, con la consecuente percepción de haber agotado sus recursos, confrontándose así con el temor de tener un hijo que pueda no resultar el esperado, un "vago", un "don nadie". 

Es en estos momentos donde llegan al consultorio, buscando respuestas, tratando de ayudar a sus hijos,  ayuda que en muchas ocasiones no ha sido pedida por ellos, trayendo sus temores e hipótesis sobre lo que puede estar pasando. Estas preocupaciones resuenan en nosotros cuando comenzamos a escuchar a estos jóvenes en terapia y sentimos que tampoco nada podríamos hacer.

Es frecuente escuchar a los padres culpar a la sociedad y lo difícil que les resulta lidiar contra un mundo que les propone algo muy diferente de lo que ellos quieren enseñar. Esto me recuerda a las palabras de una colega, quien en un momento dijo a sus estudiantes practicantes del último año de la carrera de Psicología: "antes la sociedad nos ayudaba a los padres a criar a nuestros hijos". Cuando la escuché decir eso, al principio no entendí el amplio sentido que guardaba ese comentario, y a medida que conocía más historias en mi consultorio comencé a observar una variable cada vez más constante: El sentimiento de soledad que acaecía en los padres ante sus hijos, como si hubiesen perdido el guión sobre lo que se tiene que hacer, replanteándose su función, por no lograr que sean lo que se espera de ellos, con la pregunta tan cliché ¿en qué nos pudimos haber equivocado?

Ahora bien: ¿Qué pasa con estos jóvenes? ¿Qué pueden decirnos ellos sobre esto? Al principio puede ser difícil construir una respuesta, lograr que muestren interés por hablar de algo que no les preocupa con alguien a quién no buscaron, pero una vez superada esa nada misma, algo puede aparecer. 

Es esperable percibir poca claridad en lo que quieren o tienen que hacer (¿y porqué tendría que ser de otra manera no?), con una postura anestesiada, que permite no sentir, no tener contacto con lo que les puede estar pasando, o porque sencillamente no lo saben, y es sabido que no saber, trae angustia. Sin embargo, pareciera ser que estos jóvenes tendrían que estar haciendo algo que no están haciendo, desde las expectativas sociales y familiares, que no contempla la particularidad, sino que supone un esquema de persona, de formas de actuar y sentir que rara vez encaja con lo que un joven puede o quiere en ese momento de su vida. Es probable que esta indiferencia y desmotivación estén respondiendo a miedos relacionados con la incertidumbre del cambio, un modo de no involucrarse con ese crecimiento que lleva a la responsabilidad, a la exigencia, a la frustración, etc. 

Desconcierto que también es vivenciado por los padres que tienen frente a sí un hijo que ya no responde al niño que era, que ya no hace el deporte, actividad artística u otro interés propio que parecían disfrutar tanto dedicando tiempo y compromiso en su infancia, aspecto que también desorienta a los mismos jóvenes en muchas ocasiones. Las cosas se presentan de forma diferente y ya no son ni serán como antes, lo que hace esperable el desgano, desmotivación, el miedo, la angustia e incluso, como un modo de que algo no me duela, la indiferencia.

Ahora bien, si estos aspectos mencionados son algo conocido y esperable sobre la adolescencia, como parte de un movimiento de crecimiento acorde a la crisis vital de cualquier persona, la pregunta es ¿En qué momento comenzamos a creer que esto no tendría que ser así? Esta pregunta abarca la historia de cada persona, y cada quién deberá revisarla en sí mismo, camino que invita al autoconocimiento de padres e hijos, ya que el contrato inicial que tenían no estaría resultando. Ya los hijos comienzan a mostrar una diferenciación más marcada hacia sus padres. Parte de esa discriminación se torna en ocasiones en desinterés hacia la propuesta parental. 

Es importante considerar que no se debe atribuir a una sola causa este sentir tan temido y por ende tan rechazado de los hijos. Uno puede generalizar la aparición de un malestar que abarca a muchos jóvenes, pero también cada uno tiene una historia familiar propia, recursos diferentes, modos de afrontar la misma situación de forma particular.

¿Cómo encaramos a una persona que no nos deja mucho margen, no nos da lugar porque simplemente no le interesa, y sobre todo porque el tiempo corre y la cosa en ellos parece no avanzar? 

Bien, la aceptación es un primer paso, entiéndase que no significa consentir, resignarse ni hacer como que nada está pasando. Se trata de aceptar que esto es posible y está sucediendo, transitando la incertidumbre. Tratar de entenderlo en primera instancia, implica un camino de mucho desgaste y frustración que puede terminar por acentuar el malestar. Esta indiferencia es muchas veces hasta necesaria en el proceso de diferenciación, hay que considerar que no es sencillo para una persona dejar atrás aquello que antes era todo su mundo, y que hoy parece distante a sus intereses y gustos, a aquello que antes daba gratificación y pertenencia. Como adultos puede ayudar el revisar nuestro momento personal, como también nuestra relación con ellos, qué expectativas se están jugando, que pocas veces tiene que ver con el hijo real.

Otro aspecto importante de mencionar es lo poco atractiva que puede resultar en ocasiones la vida adulta para los adolescentes, viendo en sus padres, adultos quejosos que lo único que hacen es trabajar y estar tapados de obligaciones todo el día, toda la semana, llegando a afectar inevitablemente las relaciones familiares, peleas de pareja y reclamo a los hijos sobre todo lo que se hace por y para ellos, sin obtener a cambio lo que se espera de los mismos. 

No significa con esto tener que mostrar un mundo fantástico y rosa, ya que el malestar es parte de la vida, pero si lo único que reflejamos en nuestra adultez son problemas y cansancio, será difícil poder vender la idea de que en el futuro podrán ser personas felices, capaces de hacer otras cosas que no tenga que ver siempre con obligaciones. Así como podemos enseñar a nuestros hijos a ser responsables, también podemos enseñar a cómo ser personas que sientan bienestar y placer, porque eso también es parte de la adultez. No digo con esto que es la solución del problema y que la indiferencia de los hijos se debe a ello, pero sí es una oportunidad para revisar algunas cosas que podrían aportar una mirada más amplia, enseñar otros aspectos de la vida.

Cuando nos encontramos con este sentir vacío, que no es exclusivo de los jóvenes o personas con depresión, queremos llenarlo, meterle cosas, a veces buenas, otras no tanto. 

Es sabido que hoy en día el contexto ofrece un sinfín de propuestas para ser felices, algo de afuera que me va a dar todo lo que necesito, simpática propuesta si uno considera que son productos pensados en categorías de mercado, que me dicen qué tiene que gustarme y qué no, pero poco sabe de mi individualidad y de mis intereses más profundos

La indiferencia se nos presenta como problemática porque nos deja en la indefinición, en un sentir apático. Nos deja estáticos, con una sensación de incertidumbre. Es válido tomar este sentimiento como parte de un proceso de cambio, de crisis existencial esperable; un terreno que propone un descubrimiento, un autoconocimiento y construcción personal, un conocerse a sí mismo que responde a lo auténtico y único en mí, para así ir dando un significado propio, para aceptarme y quererme, erigiendo un cimiento firme que necesito para así construir la persona que quiero ser. 

Para que eso ocurra es necesario aceptar esa nada, ese terreno vacío pero fértil, ver la tierra que no está del todo pelada, porque esa persona tiene una historia, ya ha dado frutos antes, y la adolescencia también tiene ese movimiento de renovación, de ser propio, no pensarlo en todos sus aspectos como semilla del adulto, sino también como un ser actual, que vive y siente de este modo, que como toda persona y en cualquier etapa necesitará siempre de orientación y guía, pero también jugarse por lo propio. Y es ahí donde aparece esta diferenciación que puede manifestarse en indiferencia, porque muchas veces para dejar atrás debemos hacer como que no nos importa, porque si así fuera sencillamente no podríamos avanzar.

Oscar Nini: Psicólogo clínico especializado en Adolescencia. Parte del equipo interdisciplinario del CENMAD (Centro Médico Adolescente) dependiente de la UnCuyo.

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