Crónicas del subsuelo: Música - Mendoza Post
Lunes 1 Mar 2021
porMarcelo Padilla

La música no para. Es la misma canción que repite en bucle las frases que nos pronunciamos y no he intentado siquiera cambiarla. Anoche se cortó de golpe porque el parlante desbaterizó. En la oscuridad de la habitación fumé en silencio y la canción seguía en el tarareo entre pitada y pitada que con poca lumbre difuminaba los objetos invisibles. La ventana clarita y los edificios intactos. Las lucecitas lejanas a gran altura, las mismas de hace un año desde que habita el refugio. Salvador, el traumado Salvador me escribe y dice que no soporta los muros caídos alrededor de su pensión. No le respondo. Tampoco le respondo a Lucy que me ha contado de su depresión en un mensaje largo y angustioso. Salvador y Lucy están purgando. Los dos en pena sin saber si las pastillas les harán efecto. Tres de la madrugada. No creí conveniente invitarlos al neuro para que los inyectaran. Lo mejor, pensé en voz baja, es decirles que mañana será otro día, que las dosis que han tomado les harán efecto en media hora, que luego quedarán tendidos en sus camas anulando toda posibilidad.

El viento pega sobre la pared oeste y se le mete como el rebuznar de una turbina por la ventana. No cierra porque el calor del día ha dejado en 24 grados la habitación y sin ropa ni sabanas en la cama, pitando del cigarro, sigue pensando mientras tararea la canción. No sé si le gusta la canción. No lo sé. No lo he pensado ni analizado ni nada. Será por la melodía y su melancolía de las notas. Eso le conté a Salvador hace unos días. Las notas musicales. La matemática. Las combinaciones. Después de un Fa y Do menor, con el apoyo de los dedos nomás, sin rasguido, suena a melancolía. La chica que la canta tiene la voz cascada, suavemente cascada. Eso, le da un carácter. La combinación de las notas de la guitarra y la voz cascada, el silencio entre las notas que naufragan sueltas en el silencio superior, las caras que asume con los ojos cerrados cuando toca y canta. Salvador me lo discute y dice que es cuestión de matemática pura. Y para argumentármelo se apoya en Los Fundamentos racionales y sociológicos de la música que desarrolla Max Weber hacia el final de su obra cumbre, Economía y Sociedad. Uff, cuando Salvador empieza con sus erudiciones la melancolía se trasforma en bronca, en incomodidad. Pero ese es un problema mío que asumo, y no le discuto. Lo escucho atentamente y quedo embrujado con sus explicaciones. La aritmética, la tonalidad y la madera de los instrumentos, el "aullido glissante" de los modos eclesiásticos y la di atonalidad de los japoneses. Los sonidos que dependen de una forma de uso y una concepción corporativa de época. Salvador despliega en sus reflexiones una frialdad admirable, porque Salvador, al no saber tocar ningún instrumento, se le dio por leer sobre música, no pentagramas precisamente sino filosofía y así me aturde por momentos, sé que lo hace para despistarse, para no tirarse de ese piso que lo invita cada vez que cae en la cuenta que los muros ya se desplomaron para siempre. Salvador afirma que el sonido nunca es uniforme en una nota. Que también depende de la cuerda y de los dedos, de la posición de los dedos. En fin, Salvador hace unos días me decía todo eso y anoche me escribe a las tres de la mañana en plena crisis. Los ocho miligramos le harán efecto, eso espero, y mañana será otro día. Por eso no le respondo, porque si me dice que se quiere matar es porque no lo he estado llamando, lo he evitado para no aturdirme con sus consideraciones. Y a Lucy, que está en la misma, solo le digo: descansa, respira, apaga la luz y pone la canción que estoy escuchando. Dejá que las frases y los tonos jueguen en tu cuerpo. No pienses. Anulate.

"Fa mayor o Fa menor consiste en la tonalidad que hallamos en la escala menor de Fa. Posee las notas Fa, Do, Re bemol, la bemol, Fa y Mi bemol y Sol. Esta tonalidad es muy utilizada y se le asocia a la melancolía y a la pasión, muy usada por compositores románticos como Beethoven o Chopin". Eso me escribe por la mañana Salvador. No sé por qué lo hace, si a mí lo que me suena es el cuerpo como un laúd en un bosque. En un bosque chino. Donde estoy en el sueño con Lucy desmayada sobre una pradera. Lucy parece muerta pero el sueño no da esa información. Sin embargo la sostengo mientras suena la música que aumenta o disminuye su sonar por el viento que chicotea los pinos. El viento detiene o se lleva los procesos de escucha en el bosque. No quiero despertarla de su muerte. Acaricio su frente helada y me acuesto sobre el herbaje junto a ella. Miro la luna que se hunde en la nube succionada por la noche, y todo es oscuridad. Dormitando le acaricio el brazo a la altura del reverso del codo, le acaricio las venas, y me duermo.

Marcelo Padilla