Crónicas del subsuelo: Desapariciones - Mendoza Post
Lunes 8 Jun 2020Lunes, 08/06/20 atrás
porMarcelo Padilla

En la literatura errante del anonimato la muerte "se produce" real, positiva, al punto de generar un mar donde las subjetividades pugnan por llegar a la costa. La muerte "es real en el anonimato de la ficción" y el hecho mismo de "escribir muertes" genera la desaparición lenta y paulatina de quienes las escriben. A medida que se escribe ´el autor` va desapareciendo para dar vida a lo que deja el acto de la escritura. Yo lo pude ver así desde que Ali se dejó de ver en el espejo, porque Ali era de esas muchachas coquetas que solía ali-sarse el pelo frente al espejo de su habitación cada mañana. Ali también desaparecía a medida se peinaba y en el acto de peinarse dejaba una pintoresca serie de fotogramas diarios a través de los cuales Ali contaba, entrada la noche, las imperceptibles fugas de rostro que palanqueaban su historia. Ali por la noche escribía lo que ya no existía más en el espejo. Sin embargo el problema no fue "la desaparición del espejo en sí y para sí", el espejo estaba intacto apoyado sobre una pared, una de las cuatro que quedaba en pie, porque las demás también hubieron de desaparecer en el mismo acto de pintar la casa. Eso sucedió. Contrató a unos pintores para aprovechar el tiempo muerto de haberlo transitado y mejorar la fachada de la casa y luego el interior de la misma. Veinquer era el pintor maestro y solía manejarse con dos ayudantes que seguían la disciplina. Uno se llamaba Pol y el otro Insid. Veinquer decía que en su cuerpo habitaba un libro, más precisamente la voz de un libro que activaba al momento de pintar y eso le daba dotes, prestigio entre los contactos de Ali a quien le fue recomendado Veinquer con sus ayudantes. "A los días la pintura se seca y no se nota la pared anterior", decía Veinquer en su primera demostración del método. Ali no temía por el método ni por la participación del equipo de pintores que, según indicaba el manual de procedimientos de Veinquer, los pintores debían pernoctar en una de las habitaciones del fondo, precisamente la que daba hacia el río, donde a través del ventanal se observaban los caquis colgando del árbol, el nogal y los olivos. 

El río murmuraba en el día y por la noche emitía un bramido intercalado de chapuzones que golpeteaban sobre las chapas que intentaban delimitar el terreno (digo "intentaban delimitar" porque el río ensanchaba por las noches y el agua comía los bordes de barro del final del terreno) La voz interna de Veinquer indicaba las coordenadas para la desaparición y lo particular del caso es que mientras Ali dormía luego de escribir "sus desapariciones" de los fotogramas que devolvía fugazmente el espejo, los pintores hacían su trabajo. Pol era el más chico de los tres, todos lo conocían como Pol sin embargo a medida de su desaparición constante algunos empezaron a llamarlo Ghost. Pol empezó con las paredes exteriores mientras los chapuzones golpeteaban contras las chapas, el trabajo de la noche le despertaba una luz interior como linternas en los ojos y así, el método de Veinquer, avanzaba según el manual de procedimientos. Insid no hablaba, era más bien limitado en sus gestos y movimientos, no era lo que podríamos denominar cabalmente un ayudante, pero su presencia animaba a los otros dos compañeros para la faena, "dos es soledad", decía Insid mientras preparaba la pintura de barro en el gran pozo del fondo. El viento de la zona era una constante por las tardes a eso de las siete y Ali, en su proceso de despeinarse por ataques esquizofrénicos quedaba agotada en la cama. Veinquer pintaba, capataz del equipo de tres, ordenaba las acciones a medida de los dictados de su voz interior, del libro, según sus palabras, informe que lo habitaba y así su lenta desaparición, la desaparición de sus manos pero también la de las paredes que pintaba. Ali despertó una mañana con una pared sola, el espejo apoyado y los fotogramas que se diluían en gotas por el empañamiento. El río afuera murmuraba un nuevo amanecer, uno más cercano esta vez, un amanecer de desapariciones constantes que dejaba paso al tedio de las horas. No había muertes por contar, solo desapariciones permanentes que en el pliegue del nuevo tiempo reconstruía las tendencias estéticas de una época de anonimatos esparcidos como cenizas luego del gran vendaval.