Crónicas del subsuelo:  Las sospechas sobre el Almirante y la cabra

Crónicas del subsuelo: Las sospechas sobre el Almirante y la cabra

porMarcelo Padilla

 La historia del Embajador de Finlandia, el mismo que anduvo por esta saga del informe que vengo compartiendo, el que introdujo a Sibelius en Malasya aquella vez y durante dos años no se escuchó otra cosa que Sibelius Sibelius Sibelius en las taifas del tirreno -porque la idea era llevarle la contra a los escuchadores de Wagner (esa es otra historia)- se conecta indefectiblemente con la historia del Almirante. El del saco azul y pantalón arena, con zapatos blancos tipo suecos. Era suizo el Almirante y usaba suecos estilo holandeses. Mire vea qué mezcladero de nacionalidades desconocidas para nominar a un calzado, don usté. En fin... ésto, y todo lo que le relato, me lo contó en una fonda cachuza La vieja chicha, quien guarda todos los secretos de Malasya y las más insólitas evocaciones de acontecimientos que vaya a saber hayan sucedido. Es que me los ha contado con tanto entusiasmo y creencia La vieja chicha, con tanta vehemencia y hasta con lágrimas por momentos, risas y carcajadas por otros; que he quedado encantado con esos fastos. Sin embargo, y corriéndome de mi emocionalidad, por otro lado, esos cuchicheos hacen a la historia de Malasya, como todo cuchicheo que se da en este suelo, mire vea.

En fin, mire vea la que le cuento Dr. Laguercio: una noche de verano había una parrillita en el fondo de una casucha donde se prendían unos leños secos. Se festejaba algo, según me dijo La vieja chicha, -no sé si un cumpleaños o algo similar, el clima era de celebración-. Hacía un calor insoportable a las diez de la noche y en festichola estaban los parientes muy sueltos de ropas, aprovechando que a partir de las diez de la noche corría el vientito de la fresca. Al Almirante, -no sé cómo llegó a la casucha ni qué hacía allí-, le convidaban con copas de sidra, turrones y algunas peladillas durísimas con gusto a plástico. Sanguchitos de miga, vino, berenjena al escabeche, mulita al horno. En fin, de todo le convidaban. Tenía más hambre que mendigo el gringo, a tal punto que se abalanzó sobre el mesón para comerse los restos de los platillos que quedaron luego de la cena. Un animalito el chabón. El Almirante se llamaba Robert Jacinto Walsher, nacido en el cantón que perdió Malasya en una de las invasiones. Pirata, según me entero luego, explorador de oro en tierras ancestrales. Un busca. Lo cierto es que El Almirante Robert J. Walsher se descalzó por el calor y dejó los suecos de madera apoyados sobre una ventana, sobre el canto, recostados en la persiana. Ahí quedaron hasta que el sol asomó sus primeros rayos. "Menos mal", dijo La vieja chicha, "que los dejó ahí, porque tenían una baranda a patas infernal los suecos del Almirante. Re mugriento había salido el gringo mire vea".

Mientras, la cabra vitriólica del niño de la casucha, daba reculadas como loca. Primero dio vueltas sobre el fondo, rodeando el limonero, luego amplió el recorrido y rodeó al pomelo, al naranjal y al mandarino; y chapoteó vívidamente sobre los melones y sandías que brotaban a los costados de la cerca del fondo que linda con el descampado. Más los zapallos que estiraban sus brazos hacia el centro del patio con sus calabazas verdes y naranjas. La cabra destruía todo a su paso mire vea. Pero como todos estaban en pedo y en familia, las acciones de la cabra pasaron desapercibidas como si fuera un fantasma transparente. ¡Quién dice! La vieja chicha no me lo contó, solo me insinuó que la cabra podría ser un efecto del alcohol (Tizne de Ruar) y no de la visión lechuga que todo ciudadano de bien tiene. Lo vamos a dejar en el terreno de superstición por ahora hasta obtener más información de esa cabra, que, si mal no recuerdo, es la misma cabra que se auto ahorcó en el aguaribay de agosto en las serranías de un poblado cercano, en el campo. Y que ello me da para sospechar, porque estaríamos hablando de un fantasma que ha quedado en pena por Malasya, que con su aparición puede nos esté dando una señal de algo que por ahora no podemos comprender. Disculpen ustedes si me estoy demorando con lo del Almirante, pero es que lo de la cabra...

La vieja chicha desconfió del suizo (desde que lo vio le celaba, me dijo) y no lo llamó más con el mote de "Almirante", le sospechaba su candor de europeo oportunista. Sin embargo, según me cuenta, lo dejó moverse con naturalidad. Hasta que lo vio en un momento de la noche mimando la cabra. El bicho quieto, escuchando lo que le decía el suizo al oído. No solo la acariciaba, sino que le daba besitos en el pico. Le apretaba suavemente las orejas, le acariciaba el lomo, y la cabra los más campante. No le gustó ni mierda a La vieja chicha tal situación. La noche transcurría y las gentes bailaban twist y gritos en medio de la noche estrellada con una luna que imantaba, que no hacía falta iluminar el fondo. La luna sola y la parejita en el fondo, pegados al granado bien bien al fondo, a los apretones y besos como dos novios recién inaugurados. La cabra, en un momento salió eyectada y se fue sola a su habitación pegada al lavadero. Se vistió sexy, lujuriosa diría, se pintó los labios, se puso una capelina verde y salió de estrella de la noche a bailar con el suizo con un vestido pegado al cuerpo de color bantú lleno de perlas encastradas a los pespuntes. Eran dos novios dando pasos de baile alternados, practicados, en una coreo que daría la envidia de cualquier espectáculo circense. Un poco fogosos para la presencia de gente mayor y de niños que correteaban por todo el predio, mire vea. Sobre todo, por el dedito del Almirante que lo tenía ensartado en el culito de la cabra mientras bailaban apretaditos unos boleros del chino Aberastain, un gran cantante de boleros de Malasya, disco de platino mire vea don usté. En fin, un poco mucho, ¿no? Cuando los vio La vieja chicha hizo un escándalo: "Que suizo violín, que con los animales no, que la cabra es virgen, andáte a la puta madre que te parió alemán o sueco que se yo lo que sos hijo de una gran bolsa de bosta polaca de barco mercante, basura humana conquistadora del ojete de cabras, te voy a cortar los guevos con el cuchillo de los carneos", etc, etc, etc. Un verdadero descajete a las cuatro de la mañana en el pago se armó. La cosa es que el suizo, el Almirante, salió de piro saltando el alambrado de la entrada y la cabra atrás, vestida y pintarrajeada. Huyeron, se fueron en el auto del suizo a todo lo que da levantando un polvo perfecto para la fuga. Dice La vieja chicha que se la llevó a su cantón, "que no sé cuál de todos es al que pertenece ese gringo cabrón roba animales vírgenes".

El tiempo pasó, no sé, ponele dos años. En ese tramo no tuvieron en el pueblo ninguna noticia de la cabra ni del suizo. Hasta que una vez, viendo tele-emoción en el barsucho de siempre, apareció la noticia que dejó a todos lívidos y con la boca abierta. La noticia narraba algo feliz para el avance de la humanidad. El suizo era particularmente afecto a los animales de granja, su casa quedaba en una montaña donde se hacen quesos y aceites y se convive con animales, sobre todo cabras y ovejas. Bueno, El Almirante salió en la tele abrazado a la cabra dando notas sobre su matrimonio con el bicho. Que se habían casado en una Capilla de la Iglesia Ortodoxa de los Alpes, que eran felices; y, lo más desopilante de todo, que estaban esperando a un bebé. Que no iban a abortar, que era buscado. Pa qué.

Marcelo Padilla