Crónicas del subsuelo: Globos terráqueos

Crónicas del subsuelo: Globos terráqueos

Por:Marcelo Padilla

 Cierta vez, caía la tarde. De golpe desapareció como un fantasma y heló. Prendí una vela. Hacía frío, muchísimo frío. Encendí un pucho y quedé con los ojos fijos mirando la llama de la vela encendida. La concentración en la llama de la vela dio rienda suelta a una deriva mental que duró lo que dura una vela larga en derretirse. No sé cuánto tiempo fue. En todo caso, la llama de la vela permite no saber cuánto tiempo es "el estar" fijamente mirando una llama de una vela larga, hasta que se apague toda, hasta el último suspiro antes de la plena oscuridad. No se puede medir cuánto es "el estar", por ende mucho menos cuánto fue el tiempo del "estar". Porque al fijar la mirada como lanza que amaga volar en el aire de un continente a otro, la mirada, se va con la lanza a perderse entre las estrellas. Queda el mero pensar, el mero pensamiento del cual disparan las mil y una alucinaciones jamás contadas a propios y mucho menos a los ajenos. Es la purísima soledad de la llamita de la vela y un cuerpo que activa su maquinita de pensar al dejar de distraerse con cosas. Pensar, en este caso, puede convivir con la palabra delirar, paso previo a encarar una acción y por repetición musical escribir todas las palabras que la vela quiera empiecen con v corta:

vitrina, vidrio, vidriera, vidurria, vino, villerío, violeta, virula, venganza, viruela, virus, verga, vidente, virgen, villancico, vitrola, vincha, virgaza, viseado, viringa, vinchuca, votería, voto, vito, vermut, viviana y vela. Vuela vinca vil vinchuca voto viñedo van veinte van Jalen vos venís venís venís venís venus vaso vico varice vidriera villana. Vena viento ventrílocuo vagina vulva vieja valparaíso vasco venganza vaya vi veintitrés viles vesánicos.

vi volar valses vencidos

visiones voltarén voltarén

ver vuestro volcán

Es que suena gracioso. No me digan. Hasta estúpido, diría.

Eso es lo que hacía cada noche. Con el tiempo me transformé en el idiota de la vela. Las noches en vela me veía en rituales alucinatorios jugando con letras monstruosas ¡armando guerras mundiales de verdad! Por eso me compré el planisferio, uno grande en la mercería del barrio. Tengo el más grande planisferio de todos mis compañeros de grado. Eso lo sé porque espié a estos soretitos. Ellos tiene globos terráqueos: algunos prenden luces de cada país y me invitan a sus casas para que vea las luces de mierda de Angola y Holanda, en sus hermosos globos terráqueos. Para que vea las luces que se prenden en Japón y las luces de países como Guatemala. (Lo de Guatemala fue de mala leche ¿Pará qué Guatemala? ¡Así de chiquito!) Pero, ¡qué bien se ve... hijos de puta!

Me lo hacen a propósito porque pueden darse el pajerísimo gusto de prenderme Guatemala en mi propia cara luego de haber visto cómo se iluminaban Egipto y Croacia, contestándose con luces, de burla. Dejaron a los conocidísimos países sin prender: debe ser porque me quieren hacer sufrir para que yo, de rodillas, les pida me prendan Alemania o Estados Unidos de Norteamérica. Los conozco, por eso ya no voy a las convocatorias. Me quedo haciendo mis propios mapas. Porque cuando sea la exposición en la escuela, los voy a cagar a todos.

Yo era un hombre grande, mis compañeros de colegio también eran hombres grandes. Pero, seguíamos en la misma. En la lucha. En ver quién era el más pija de todos mostrando lo que tenía iluminado en su casa. Una noche fui a cenar a la casa de Roberto Calzetti y su señora esposa. Llevé un ramo de flores para la señora y un vino añejo para Calzetti. La verdad es que fueron muy amables, me recibieron bien... pero la señora hizo la maldita pregunta. Por eso no quería ir a lo de Calzetti. Algo me decía que si iba saldría el tema. En fin, Calzetti se sentaba en diagonal a mi banco. Flor de hijo de puta fue. Me gastaba todas las mañanas con lo mismo, me tiraba elastiquines con papelitos doblados que me daban en las orejas, en pleno invierno.

Y cuando iba a la casa de sus padres, de niño, me sacaba los globos terráqueos que coleccionaba. A todos se les prendían las luces. Se los traía el padre de Norteamérica. No sé en qué andaba el padre por esas épocas. Gobernaban los milicos. De cualquier manera la pasé mal esa noche en lo de los Calzetti. Ni bien se tomaron unos vinos empezaron a hacer preguntas incómodas que yo no quise responder por respeto. Preferí el silencio y agachar la cabeza ante las risotadas de Calzetti y su señora esposa cuando me preguntaban esas boludeces que no me daban ninguna gracia. Es más, me humillaban las risotadas. A veces pienso me usaron de payaso, o de muñeco, tal vez para salir de sus malditas y tediosas rutinas de pareja matrimonial que no pudo tener hijos. Seguramente habrán invitado a cenar a muchos en otras oportunidades. A muchas amigas solteronas de la señora de Calzetti, y le harían lo mismo. Calzetti siempre fue un hijo de puta.

¿Por qué no lo sería ahora, y su señora esposa, calco de Calzetti?

***

Al velorio del Luciérnaga González fui porque me insistieron. No pararon de decirme la tarde anterior ¡Ché, cómo no vas a ir al velorio del Luciérnaga González! Pero, la verdad no tenía ganas de ir. Además hacía un frío de cagarse. Terminé yendo por la manija insistente de los que dan consejos permanentemente (Calzetti y su orquesta). Me sentí acorralado. En la vereda estaban todos, menos el Molinero que vivía en Brasil desde hacía unos años. El que no estaba en el living era el propio Luciérnaga González, el muerto, por eso cuando pregunté por él -como quien pregunta por un vivo- no me quisieron decir nada en el velorio. El Luciérnaga no estaba y yo conocía solo a mis compañeros de escuela. No me acuerdo de la familia, ni de su esposa, ni de sus hijos, ni de nadie vinculado hoy al Luciérnaga González. Hace, no lo veo, por lo menos 20 años. Una mujer, por apuro supongo, se me acercó al oído y me dijo habían decidido cremarlo sus familiares, por eso no había cajón. Hacía un ratito lo habían decidido, según cuenta la mujer estaría podrido y la hediondez del cuerpo no se aguantaría en una casa con 45 personas apelotonadas. Ahí caí del todo. "Al pedo", me dije a mí mismo. "Al pedo vine, si ni siquiera está el cajón con mi compañero adentro". Pero si no iba... guay ... ¡¿Por qué no fuiste al velorio del Luciérnaga González?! Preguntarían.

No era ninguna guerra fría. Pareció una guerra fría por unos meses mientras cada uno preparaba sus mapas y planisferios, globos terráqueos, estructuritas de madera y alambre, retablos de violentísimos sucesos bélicos. Lo cierto es que algunos de los más hijos de puta, entre ellos Calzetti y el Luciérnaga González, más el sumiso lameculos de Aldrich Peña, tenían pergeñado armar la guerra en la muestra de mapas de fin de año. Lo supe por el chismoso de Anselmo Martínez varios meses antes. Lo tomé como advertencia para pensar y a la vez sospechar que Martínez era un servicio de inteligencia que jugaba para ellos y se hacía el buenito conmigo pasándome info. Pensé en un momento se trataba de una acción distractora para que yo me preparara para la guerra, hiciera aguas en lo diplomático y terminar de hacer el ridículo delante de los padres de los hijos de puta de mis compañeros, de Calzetti y su orquesta.

***

Por las dudas diseñé dos planes. Uno diplomático y otro de golpe tras golpe con tres divisiones autónomas. Para que el colapso de sus globos terráqueos y sus luces de citys como San Pablo, Hanover, Berlín, llegaran a producir las explosiones en plena muestra, antes de las explosiones que producirían ellos. Así podía asegurarme la retaguardia al menos. Por la vía diplomática armé mapas benignos que no hicieran la mala metástasis de la destrucción. Porque estos soretitos, conociéndolos desde sus primeras intervenciones en la maldad, me la tendrían jurada. Ya me habían comentado de las tropas que preparaba Calzetti. Dos guardias de mariscales, mil soldados, y los malacates dispuestos para el rescate de los muertos que quedarían en el piso. Así dejarían el camino limpio para masacrarme en mi planisferio. Al ser liso, la tenían más fácil.

En plena oscuridad, sin la llama de la vela que se había apagado hacía unas horas, en mi grimorio pesadumbral, me puse con el trabajo fino. La hechura de nuevos caminos que terminaran en el punto exacto del mapa donde estaba la escuela me llevó muchísimo trabajo y pensamiento. Si las tropas de Calzetti tomaban la ruta tradicional -seguramente lo harían, lo conozco a Calzetti, siempre quiso ir por todo, de golpe- mis unidades autónomas de combate estarían esperándolas cerca del Himalaya. Y desde las cumbres podría descargar la batería de misiles para cortarles el paso. Otra no les quedaría que tomar por el río Otelo. Y, una vez en sus catamaranes, los tendría a todos regalados para liquidarlos.

***

Además de lo diplomático y lo bélico, pensé un tercer plan alternativo y superador, mi haz en la manga. Consistía llevarlos a mi terreno: el delirio. Ahí estarían en mi cancha, y de local, se sabe, la presión para el visitante es mayor.

***

Fabriqué mis retablitos deliromísticos. En cada uno un santo de rodillas rezándole a una persona cualquiera. Esto los confundiría porque a cada santo una vela, y el santo no se le arrodilla a nadie, y menos a un cualquiera. La repetición en serie de los santitos arrodillados los enloquecería. Cien retablos con la misma imagen. Dando vueltas por las paredes de mi delirio privado.

Y ahí sí...