Crónicas del subsuelo: Carnaval clandestino - Mendoza Post
Lunes 15 Feb 2021
porMarcelo Padilla

Orgullo loco y mucha policía a los costados, él de la mano de ella, el canal y el barro salpicando a la comparsa de La media luna que sale por una esquina y esconde por la otra. El viejito Videla salta de la silla de ruedas y grita un gol de su equipo en el descampado, lo llora al gol porque tiene algo en los ojos, una enfermedad que le hace lagrimear. Y no es porque esté triste ni bajón, simplemente llora. Son las siete de la tarde y el barrio devora la paciencia. Han empalado a uno en el micro abandonado y luego otro se ha electrocutado con el cable que hace años quedó colgando sobre la vereda. El movidón sigue entre pliegues porque es día de carnaval y las tropas vienen entrando por la rotonda del avión desde la vecina provincia a no sé qué, pero asustan. El carnaval ese, habrá sido por el 77 creo, o el 78, no importa. En la hondonada de la vereda de tierra, en la esquinita el miraculos sentado en una piedra al lado del paraíso. Solo con la madre en un camastro vestida de negro y en la otra esquina los Robledo, la familia de maleantes que nos albergaba, todos niños y niñas rodeando el cajón del delincuente abatido. Las bombitas llenas con un toque de pimienta para que piquen más, la Betina no, la Celina, la Betina era vecina de otra casa en otra provincia, me debo haber equivocado pensando, pero lo aclaro porque fue la Celina que vivía arriba de la estación de servicio que al año de llegar voló, prendió fuego y cerraron la zona con tanques de guerra. Atentado no fue, porque ya desde adentro de la casa decían que al fósforo lo tiraron sobre el combustible prendido. Así que no anden hablando estupideces que a los subversivos bien que los necesitan para seguir alimentando la necesidad de los militares. Al menos yo me voy a buscar la cerveza que escondí en la teja del techo, debe estar caliente pero igual me la tomo con la Celina arriba del techo, haciendo equilibrio por la inclinación, a la siesta con los gatos que deambulan y nos saludan con sus ronroneos. Debemos haber tenido diez años.

Sí, que entraron a todas las casas, sí, unos en la esquina y los que no pudieron cruzar, en la otra. El miedo fue que nos llevaran a nosotros los que estábamos en la esquina contraria echándole baldazos de agua al incendio luego de la explosión. Ay, me quiero volver, apenas he llegado, explota una bomba de nafta, los militares revisan las casas y empujan a mi abuela y a mi padrastro, a madre no la tocan porque está vomitando en el baño. Las bombitas están en el balde llenas y todavía sobreviven. Mañana las tiramos igual, pero hay que esperar a que se vayan los militares. Quiero tomar una gaseosa fresca, tengo sed, el fuego y el calor, la ilusión del carnaval, las vendas en los ojos, la Celina que no vuelve a jugar porque la base de su casa se ha prendido fuego. De golpe. Corre agua por la acequia y mientras tanto tiramos los barcos, de Jujuy y Bajada de Arroyabes hasta Jujuy y Villagra. Una cuadra larga con los barcos a la deriva, al del Gustavo le fue mal, se le hundió antes de la mitad de cuadra. Pero igual el que se ahoga mira a los demás. El del pimpo sigue, tal vez el de él tenga mejor suerte porque está atravesado en la base por un palito de helado de madera fina y flota mejor a pesar que se hunde y da vueltas, pero el palito le hace de flotador y llega primero a Villagra y Jujuy. En términos de competencia gana. Los demás gritamos porque atrás venía como una lancha el del Gustavito chico. La Betina no puede salir de su casa porque no la dejan. Después de la noche de los militares revolviendo las casas parece que la madre no quiere que salga. Ah, y el terremoto, me había olvidado que en el 77 ocurrió lo del terremoto en Caucete y acá se sintió fuertísimo. Salimos en calzones a la puerta de la casa a las seis y algo o siete y algo de la mañana porque la casa y el barrio se bamboleaban. Pero de vuelta los militares con sus metralletas dando vueltas por la casa y alrededores con cascos y armas de guerra.

Carnaval clandestino de niños clandestinos porque no nos dejaban hacer lo que hacíamos igual, a la siesta nos escapamos de todo encierro y penitencia y ese espacio de tiempo sin nada de tecnología ni juguetes importados era nuestro. El viejo miraculos está contra la pared, lo revisan las fuerzas militares y le pegan en las piernas, se cae, cae como un oso alcanzado por una bala, se desvanece y rompe su cabeza contra la vereda. Miraculos sangra en la esquina y nosotros no podemos hacer nada porque éramos muy niños, pero por dentro...la venganza vendrá en años. En la esquina de los Robledo ni un alma y todo en silencio, a decir verdad, nos buscaban a todos: niños, niñas, viejas, viejos, padres, madres, tíos y tías, y a los locos miraculos que si bien no le hacían nada a nadie más que mirar el culo de cualquier persona que pasara se los querían limpiar por tener cara de pobres y tontos. Los milicos odiaban a los tontos y por eso les pegaban en la calle. Yo quería comer sandía, nada que ver el reclamo que le hice a mi abuela, pero yo quería comer sandía y así de paso distender la situación de zozobra, bueno pues: comí sandia y la noche se hizo día.

Un carnaval así, uno asá. Las acequias siempre fueron los ríos. Más con el moho que se junta y los gusarapos. Flotar... flota cualquier cosa, menos los cuerpos de los muertos porque una vez el cuerpo de un muerto iba por la acequia suavemente trasladándose y quedó atascado en una esquina. Que los palos y las hojas, que la acumulación de basura luego de la lluvia, que pum que pam el muerto quedó bajo el puente hecho de caño y allá los bomberos con las sogas de acero. Rescatando a un muerto y, de paso, a Doña Josefina que vivía al lado de mi casa, se le puso que los bomberos le bajaran el gato del árbol de la puerta de su casa por calle Jujuy. Un flash, la vecindad y el carnaval, que el vecino estaba separado y nadie lo decía, que tenía un hijo con la de la esquina y todos se hacían los chotos, bueno así. Carnaval clandestino.

Crónicas del subsuelo: Última jugada

Marcelo Padilla