Crónicas del subsuelo: Última jugada - Mendoza Post
Lunes 8 Feb 2021
porMarcelo Padilla

Los pasos que se escuchan llegan del pasillo de la cocina. Finito pasillo que embute el sonido que entra por la ventanita chica. Son los pasos y las corridas de unos pibes jugando al fútbol en la canchita de abajo. Que por la disposición del refugio se cuelan sigilosos como si los pibes estuvieran jugando allí, frenando y produciendo el chillido con las zapatillas, zumbando sobre las baldosas en la cocina de la jugada. Por momentos sobresalto de la silla. Aun sabiendo. Los pibes gritan y se recriminan pases mal hechos o le empachan al mismo de siempre su vocación por hacerla toda: querer gambetear desde el arco donde se la encontró luego que pegara en el palo y salir jugando, mirar hacia los costados y en un movimiento mágico amagar con el cuerpo y la dirección de los ojos para seguir por el medio y dejar la tendalada.

Luego vendría lo que suele suceder. El pibe llega al área y en lugar de pasársela al que quedó más descubierto de marca, solo frente al arco vencido, la desvía. Los compañeros le gritan para que la pase, sin embargo el pibe que desde el arranque de la jugada la quiso hacer toda solo, la toca con displicencia y no la mete, la deja que ruede en su devenir y la pelota pega en el palo y se va. Los gritos aumentan al unísono. Son puteadas. Era gol y no fue. La pelota no consigue lo que todos quieren, y no entra. Lo que se valora es la frustración de ese instante. Que la pelota no entre y no se festeje. No se sabe si quiso hacerlo así, a propósito, no obstante, yo, que miro el partido desposeído de mis supuestos intereses de escritura y tengo la mirada panorámica de la jugada, de la arremetida desde el área chica propia hasta la contraria, no me quedo con el final. Es más, cuando la tira suave con el pie izquierdo para luego rematar de derecha intuyo la desproporción. Si hubiera entrado era para el cuadro. Pero lo que la frustración no puede entender por su capricho es el bordado, el paciente y pensado tejido de una jugada que no se sabe.

Es que yo lo vi jugar. Y cuando digo "jugar" digo justamente lo que resulta contrario al desenlace. Que siempre es arbitrario y por su carácter imprevisto deja pasmoso al que espera. Lo que no se sabe deja pasmoso. El final de una jugada. Difícil quedarse con el hilvanado entonces para el que dentro de la cancha está con adrenalina esperando el remate de todo final humillante. Códigos. El gol ya se había producido por el mismo hilvanar, casi prefijado si la contamos toda y desde el principio. Y ahí la hecatombe, porque con la displicencia lo que se logra es producir una honda humillación en forma de piedad. La piedad del que tiene el rol de verdugo y no cumple la orden de la sentencia. Porque lo que el morbo quiere es la sentencia cumplida, el sometimiento después de ir ganando 6 a 0. ¿Para qué el séptimo?

Se la morfó, se dice.

El pibe mira hacia el cielo mordiéndose los labios, como si a él se le hubiera escapado. Yo desde arriba intuyo fue a designio por la desproporción del hilvanado. Que era una afrenta meterla así, humillando con ese final de circo romano sin César. Por eso me quedo con la decisión consciente de tirarla suave afuera. Porque la obra culminó y todo final con grito enceguece, pero también somete psicológicamente al rival. En definitiva lo que se tiene más en cuenta al final de las cuentas es la definición que concreta entre lo productivo y lo improductivo. No la obra que hilvanan los pies y la cabeza, el final. Que será, en todo juego profesionalizado -aun en una canchita de baldosas- lo que mueve la aguja de las pulsaciones efectivas. Pero el pibe decidió otra cosa que "no es de esperar", no hacer el gol. Ahogar en la soledad de una noche el grito. El grito solitario y la lágrima de cuneta que chorrea por los ojos del pibe que juega a ser el Morro. Porque el pibe que erra lo que ya fue edificado hizo lo que su crack mandaba desde su interpretación. Cuando uno de chico juega al fútbol es "alguien que quiere ser" o al menos parecérsele, de tanto mirarlo y admirarlo.

-¿Por qué no lo hiciste?- Le gritan. -¿Por qué no disparaste?

No contesta ante el reclamo.

Ante tamaña jugada, el reproche es masivo. Como si de las bocas de las ventanas salieran los gritos de desaprobación. En las ventanas no hay gente asomándose. Miro hacia los costados y no veo ni una cabeza mirando hacia abajo. Miro y gambeteo las miradas imaginarias y al darme cuenta de mi soledad como espectador lo aplaudo, le grito gol, gol de entrada. El pibe levanta la cabeza y mira intentando divisar de donde le llegan los aplausos. No ve bien pero levanta la mano para saludar la gratitud y luego se mete el dedo gordo de la mano izquierda a la boca, como si tuviera un chupete.

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El sábado por la mañana me llega la noticia, es uno de mis hijos.

-Pa... ¿viste?

- Sí, lo hizo a propósito le digo, erró a propósito.

-Ahhh, me parecía, pobrecito, me dice.

Luego comienzan los mensajes a borbotones. No son amigos ni amigas ni conocidos, son mis otros hijos que me escriben para preguntarme lo mismo.

-¿Viste pa?

- Sí, lo hizo a propósito, le digo a cada uno en primera tanda.

La que se envalentona es mi hija, la más grande de las dos hijas, y me dice que se va al banderazo. Claro, cómo no, si en brazos la tenía en la tribuna cuando era una bebé y luego una niñita bajo la lluvia, abrazándola en los gritos de los goles contra Almirante Brown cuando debutó el Checho. Después empezó a ir sola o con amigas, sola desde los 15, sin cumpleaños más que el festejo colectivo de colores y explosiones uruguayas en el desierto.

Los peritajes confirman que el Morro murió en la madrugada del jueves

Las horas pasan y la noticia se expande. Mi hija al final de la noche me manda unos videos y unas fotos.

-Lo despedimos como él se lo merecía, cantando- me dice en el audio con el nudo.

No hablé con nadie más que mis hijos porque la tribu estaba alicaída y no pude explicarles nada. Nada que tenga que ver con el desenlace. Por eso les conté lo de la jugada hilvanada de su vida, la obra lenta y de amague de barrios bajos del casco viejo de Montevideo. Las callecitas que rodean al Feliciano, todas angostas de dolor. Más angostas, más cercanas, más familiares.

Marcelo Padilla