Crónicas del subsuelo: El intruso - Mendoza Post
Lunes 29 Jun 2020 14 días atrás
porMarcelo Padilla

Frente al lodazal que estanca el camino, por el que deberían atravesar las cabras a paso lento, han montado un puesto de atención al público con un cartel que dice: "oficina de proyectos imposibles". Con las lluvias del invierno -las primeras- y la nieve que enceguece por refractación a la manada, el cartel aparece más claro, al menos ante los ojos del que topa con sus cornadas caprichosas las paredes de barro. En la cueva el fuego alienta la jornada y Deolinda cocina en una olla de hierro el menjunje para cuando vuelvan los hombres de la cacería. En el desierto diurno, el mareo por la sed ha dejado tendido al General y, con la escasa visión apenas puede ver a los helicópteros que sobrevuelan.

***

-¿Son helicópteros o drones? Pregunta el vecino que entró al departamento a pedir una llave cruz y se ha sentado a tomar unos mates, a charlar un rato. Sergio pregunta lo que ya ha leído. Debió haberlo hecho cuando fui al baño, por curiosidad imagino, e insiste en conocer una de las dos opciones que él ha imaginado. Al volver del baño le digo que no sé, "puede que sean drones, sin embargo la situación que todos ad/miramos es la de la tecnología y no la sed del General tendido ni tampoco el caldo que Deolinda cuece a fuego de leña fina desde hace más de un lustro". A Sergio - instalado en el sillón con unos mates y hojeando algunos de los libros de la mesa ratona- le pido paciencia para terminar de escribir, que me aguante o que me charle.

*** Los vidrios de los ventanales empañados por el vapor de la pava le dan la idea. Se pone a dibujar como un niño y mientras más acciones realiza Sergio, más me desconcentro. El tema es que Sergio ha preguntado -luego de espiar el texto- si son "drones o helicópteros" los que sobrevuelan al General desmayado en la tierra cuarteada. "", le digo, para definir la inquietud del vecino... "Son drones, han desaparecido los pájaros y los caranchos, los drones tienen una cámara que filma desde distintos ángulos la desaparición del General, por eso siguen ahí rondando como moscas. Es claramente una acción de transmutación tecnológica del alma".

-¿Y Deolinda? Insiste el vecino.

No le contesto de golpe, dejo siga dibujando la ventana empañada mientras pienso y ensayo una respuesta. "Es la muerte del General que no vuelve y Deolinda -nuestra Penélope que no teje sino que cocina un menjunje permanente- está sola y embargada de esperanza".

*** Sergio no registra la respuesta. Con las manos empapadas decide abrir la ventana y mirar la ciudad hacia el sur. El ventisquero le da en la cara y esa nieve a lo lejos que hace olas revuelca a los cuerpos congelados. El cartel se pierde entre salpicones de barro y nieve, desaparece, se vacía el puesto de atención al público. Sergio, el vecino, el intruso, me sorprende parado tras mi espalda mientras escribo, cuestiona el texto, pone en discusión el caso de la desaparición y me incita a que lo cambie, que le de otro formato a la historia. Tiene la llave cruz en mano que siento como una amenaza.

***

-Está bien Sergio, empiezo de nuevo si te parece.

-Dale, poné que te dicto:

"Se le cae el techo de la cocina por acumulación de pérdidas de agua de la vecina del octavo. Deolinda no se llama Deolinda, es la difunta, me dice con un tono grave.

-Lo interrumpo y pregunto ¿Para qué es la llave cruz?

-Ahí te cuento, pará- me dice, seguí escribiendo.

"La animalidad es un proceso de coagulación hormonal que se cuece a fuego de leña fina y los caranchos están disfrazados de drones por los servicios de inteligencia, los pájaros que vemos por la ventana nos espían. La llave cruz es para espantar y si hace falta dar por muerte al video-caranchaje que nos asola".

Ni bien el vecino terminó el dictado del último párrafo saludó y se fue con la llave. Lejos de aquella intrusión incómoda del principio, cuando Sergio entró al departamento y leyó el escrito abierto, por curiosidad, imagino, dejé las palabras y me fui a la ventana. Asomé la cabeza al vacío y ahí estaba Sergio tirado en el piso, pegado a la tierra con la llave cruz en mano y cinco caranchos sobrevolándolo.