Crónicas del Subsuelo: Un pacto de fe, por miedo - Mendoza Post
Lunes 13 Abr 2020
porMarcelo Padilla

La ciudad ya no es sinónimo de prosperidad, con el siglo XXI andando a partir de 2020, "el afuera" se transformó en aquellos ancestrales miedos que la cosmovisión andina conjuraba con multiplicidad de dioses que servían de paradigma de organización y sentido, pero ellos lo asumían como parte de la dualidad entre cielo y tierra, "el adentro de ellos" fueron siempre las montañas, las yungas, el río, los lagos, el mar. La parcela comunitaria abastecía a la comunidad. No había individuo, era el "estar siendo" en comunidad al amparo de sus dioses. El caos se asumía, se aceptaba la fantasía demoníaca a la que no había que perseguir ni eliminar, se conjuraba. En las ciudades hoy abandonadas no sabemos resolver esa tensión porque la idea de ciudad implica desde Roma a la ciudad amurallada.

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Las ventanas, las puertas, las claraboyas, las rejas, los balcones. Todas las hendijas en la ciudad han vuelto indispensables. Por razones y motivos que por el momento desconocemos en el encierro, todo espacio, por diminuto que fuere y permita habitar con la mirada "el afuera", repito, ha vuelto indispensable. Quienes tienen patio miran al cielo y topan con la ceguera de las divisiones a mediana altura. "Mirar" hoy "el afuera" es una condición de existencia y "una manera de estar" en este mundo. La oscuridad asoma cada tanto cuando cae la tarde anticipada por la parición del otoño. Apoyados con los codos en las ventanas fumando un pucho, solos, con el tiempo baldío detenido, elástico. Postales de las de antes cuando no había tanta tecnología para "mostrar" ese click de la muerte que dice Roland Barthes es toda fotografía. La fotografía como instante del paso a otra dimensión. Los adoradores del sol crucificados en su teoría metafísica fisgoneando barcos imaginarios que transportan cajas. La erosión constante de nuestros bienes, de los objetos que usamos técnicamente en la ciudad. La canilla que pierde una pequeña gota de agua cada cinco minutos, detenida en su formación de gota, cae sobre el jabón de pan que ya tiene su cavidad hecha de tiempo y perseverancia. El sarro. Las teclas de las computadoras que dejan de marcar la letra en una lenta y suave extinción de los objetos que hemos acopiado con el desarrollo del tiempo concebido para la productividad como virtud occidental.

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Ser productivo en este mundo es la primera actitud para salvarse, al menos eso nos vienen diciendo los tribunales de la moral que regían hasta que el mundo de golpe entró en cuarentena. Fosas comunes en los países más prósperos y en los conquistados para la prosperidad. La majestuosidad de las grandes ciudades rendida a su propia desolación. Fagocitadas las arquitecturas imponentes de arábigo estilo, del gótico y La Bauhaus, rascacielos que no rascan por pavura. Las canteras y acueductos romanos, los arcos del triunfo y las estatuas de la libertad, el clásico y el neo clásico, el barroco, las celdas de los grandes complejos habitacionales para la familias proletarias. Los residuos arquitectónicos de los márgenes, las villas de emergencia, siempre en emergencia. Las calles deshabitadas por los que ocupaban las calles para refugiarse en bancos o en cajeros automáticos. Las capitales donde se cocinan los capitales y multiplican las ambiciones de una libertad fantasmal que atrajo a millones de desesperados a la Isla de Manhattan, esa isla de lágrimas que dejaron los inmigrantes para acrecentar el imperio, y morir en la propia construcción. Georges Perec ha dejado sobrado testimonio en un texto de poesía sobre Ellis Island. Desde 1892 hasta 1954, Ellis Island fue el principal punto de entrada de inmigrantes a los EE UU: 12 millones de personas desembarcaron en la isla, convertida en centro de control migratorio, penitenciaría, hospital psiquiátrico, paritorio y zona de aislamiento sanitario para enfermedades infecciosas.
"Ellis Island es para mí el lugar mismo del exilio, es decir, el lugar de la ausencia de lugar, el no-lugar, el ninguna parte". Un lugar de tránsito y de entrada pero asimismo de exclusión y "selección artificial".

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El equilibrado y suspensivo destino de Valparaíso con sus cables que sostienen encumbradas casas en los cerros. O la misma fundición de Mendoza que con el tiempo de las acequias diagramaron el trazado para ubicarnos en un lugar sitiado. Los Campos Elíseos, los lagos artificiales y los canales de Venecia, Ámsterdam o Birmingham, las ciudades con canales donde el agua estancada ha vuelto a moverse en la distopía de un mundo parado en seco. El amuchamiento en las casas, la insoportable levedad del ser en una Checoslovaquia escindida por los cristales de bohemia. Las viejas primaveras revoltosas de pueblos que pugnaban por derechos. Los pájaros que toman confianza y se animan a meterse por las ventanas para avisarnos algo que todavía no podemos descifrar. La noche de sirenas y las patrullas, las series policiales que ya nos hemos cansado de mirar sin mirar esos asesinatos pendientes. El viento que va y viene a piacere dibujando nubes impresionistas. La misma ventana, la misma mirada hacia el mismo lugar inmodificable. La ciudad abandonada por consenso activo de los gobernados. Un pacto de fe, por miedo.