El bochorno de Boca y los ataques a Fayt, miserables argentinismos del Siglo XXI - Mendoza Post
Domingo 17 May 2015
porHugo E. Grimaldi (*)

No hay mal que por bien no venga. Más allá del tufillo político que se percibe alrededor de tan triste episodio, lo sucedido en la cancha de Boca Juniors el jueves fue primordialmente la más acabada consecuencia de la cultura argentina del siglo XXI, la misma que la sociedad ha sabido criar, consentir, asimilar y casi naturalizar en estos últimos años.

Felizmente, en esa noche de tantas ignominias, esa nueva cultura se corporizó en un espejo que le permitió a mucha gente reconocer la cara del monstruo que anida en el cuerpo social.

Como hecho deportivo, el cruce futbolero entre los dos más grandes tuvo poco que ver en verdad con tamaña vergüenza, la que será aleccionadora sólo en la medida en que el grueso de la sociedad reconozca de una vez y para siempre su penosa responsabilidad en la degradación en la que ha entrado. La mano sobre la boca de todos los que no querían que sus labios fuesen leídos ha sido la más terrible admisión de la mediocridad.

Una "bomba" armada durante los últimos años. 

No habrá que engañarse con la justificación de que no hay que generalizar en los análisis. Hay pruebas que el fútbol, que tiene problemas inmensos derivados de su propia conformación, fue apenas un vehículo, aunque también por suerte tan contundente destape se dio en medio de algo muy masivo debido a los rivales y gracias a una televisación que engordaba en espectadores a medida que crecía el escándalo.

Lo mejor de todo es que la trascendencia del caso permite que se puedan verificar los graves daños que ha generado una bomba que por acción, mala praxis u omisión fue pacientemente armada durante los últimos años, aunque también tolerada socialmente hasta que casi se hizo rutina.

Los políticos suelen decir que ellos siempre están al servicio de las demandas de la población y esta excusa de seguidismo, alimentada por las encuestas, es una forma de sacarse la responsabilidad para esconder sus propios errores o la falta de liderazgo. En otras ocasiones, quienes ejercen la conducción lo hacen aún a costa de arrastrar a los ciudadanos hacia sucesivos fracasos, mal interpretando sus deseos.

La demostración de un cambio de paradigmas. 

Sin lugar a dudas, los sucesos que quedaron a la vista de millones de personas fueron un claro efecto del cambio de paradigmas que se han llevado a cabo en los últimos tiempos y, a la vez, una gruesa bofetada a los dirigentes de la política. No todos han reaccionado todavía, ya que esa noche hubo muchos episodios que, eslabonados, mostraron miserias individuales y colectivas al por mayor y habrá que procesarlos ahora comparándolos con los ítems más notorios del período, a pura memoria y reflexión.

El péndulo osciló hacia el populismo en el año 2001, cuando se instaló que la crisis había sido terminal y que no se podía volver atrás para recoger ni siquiera algo de lo bueno alcanzado. Entonces, se avanzó pateando tachos. A quince años de comenzado el siglo, lo que ocurrió en la Boca deja expuesto con crudeza que aquel errado diagnóstico ha dejado al país ahora mismo con la basura desparramada por el piso y a la vista de todos y con muchos ciudadanos a la buena de Dios, casi sin cobertura moral, con valores trastocados y sin reglas de juego.

"Antes de mejorar el problema de la vivienda, se impulsó la urbanización de las villas y se toleró que los maestros fueran degradados por los padres o aún por los alumnos" 

Primero, fueron las asambleas barriales, los clubes de trueque, los piquetes a toda hora y en todo lugar para "ganar la calle" y luego, llegó la aceptación de los manteros, las casas tomadas y las empresas recuperadas, para negar las leyes y la cultura del cumplimiento tributario. La tolerancia hacia estos desbordes generó nuevas formas de convivencia alejadas de la igualdad ante la Ley, con derechos cercenados para muchos bajo la premisa de que no se podía "criminalizar la protesta", mientras el garantismo judicial hacía de las suyas, a la hora de liberar a los delincuentes.

Otro escalón del problema lo constituyeron los malos ejemplos que, de arriba hacia abajo, le fueron llegando a la gente bajo la forma de falsificación de las estadísticas que no convenía mostrar, entre ellos la loca variación de los precios, el número de pobres, el crecimiento del delito o el fracaso de las pruebas educativas.

Falsos datos, falsos números, falsos hechos. 

En tanto, en otras cuestiones se tomaron atajos peligrosos: antes de mejorar el problema de la vivienda, se impulsó la urbanización de las villas, se toleró que los maestros fueran degradados por los padres o aún por los alumnos y se cerraron los ojos o no se trabajó cómo se debía en materia de adicciones, desde el alcohol hasta las drogas más duras.

En temas más políticos, aún a costa de cometer injusticias el gobierno kirchnerista mantuvo activa una política de seducción hacia los organismos de derechos humanos y hacia los derechos de las minorías, se negaron hechos de supuesta corrupción, antes que someterse a la Justicia a la que se intentó avasallar, se alentó la militancia en el periodismo, se condicionó la libertad de expresión y se abrieron "grietas" en todos los estamentos para tener siempre a mano un Boca o River.

La contundencia de la urna se transformó en hegemonía. 

Dentro de todo este cóctel de situaciones, que fueron exacerbadas por la hegemonía conseguida a partir de la contundencia de las urnas, a lo largo de los años los gobernantes jugaron fuerte en lo ideológico para imponer un modelo, aunque también hicieron lo mismo en lo político para consolidarlo y trabajaron para copar lo más que se pudiera del Estado.

Todo este escenario, matizado con un estricto cortoplacismo en lo económico y desaprensión en temas que habían sido más que cuidados durante la primera parte del período (déficits, emisión, reservas), dejó listo el caldo de cultivo para la peligrosa penetración del narcotráfico y para su avance en el territorio, a partir de la dependencia que provoca la mercadería que ofrecen no sólo entre los adictos, sino entre quienes viven a la sombra de un negocio que se ha expandido sin cesar en consumo y también en producción, aunque este punto es algo que también se niega. De ese tronco de códigos mafiosos y de ajuste de cuentas armas en ristre, se ha consolidado un hermano muy menor de los narcos, aunque cada día se los nota más peligrosos y con negocios en común: los barrabravas.

"En la cancha, colgados de los paravalanchas y con la bandera, nunca mirando el partido, porque no miran el partido, arengan, arengan y arengan. La verdad, mi respeto para todos ellos". Quizás por ignorancia, ella nunca se percató del error, pero aquel discurso de Cristina Fernández del año 2012 en el que hizo un elogio casi folclórico de los barras y no una crítica hacia los "negocios" que encaran (coimean a funcionarios y a agentes de seguridad, venden drogas en las tribunas, son trapitos en las calles, revenden entradas a partidos y recitales, aprietan a jugadores para viajar, etc.) fue un ancla que le dio muchas más alas a los violentos de las canchas.

Hasta entonces, los barras eran protegidos por los dirigentes, por los punteros políticos y hasta por Guillermo Moreno, porque representaban una mano de obra para cuanto mandado se necesitara, incluidas pintadas o asistencia a actos partidarios de cualquier color, pero después de esa alocución se agrandaron más de la cuenta porque sacaron chapa de ser "respetados" por la propia Presidenta.

Toda esta catarata de situaciones fue calando de modo profundo en una parte de la sociedad, sobre todo entre los más jóvenes, quienes no conocen por su edad otro modo de vida, ni tienen para comparar demasiadas referencias de cómo se manejan otras sociedades. De a poco, son todos temas que se han ido rutinizando en las mentes, tanto el rol del Estado onmipresente no sólo en lo asistencial, sino como dador de empleo hasta el hartazgo o la imposición ideológica para que se considere al consumo como el gran motor de la economía.

El primer signo visible del este modelo socio-cultural que ha perforado a buena parte del tejido social es la violencia, la que se vive en la calle todos los días, la que muchas familias deben soportar y la que campeó en la Boca la otra noche. Violencia en quienes arrojaron el líquido en el túnel, en los que hicieron volar el dron de las cargadas, en los que tiraron botellas llenas de orín a los jugadores de River Plate, en la actitud desafiante y el saludo mafioso de los de Boca a los delincuentes responsables de todo el desaguisado, incluido del dinero que ellos mismos se perderán este año por no jugar más en la Copa Libertadores.

Un "operativo exitoso".

¿Qué tiene que ver todo esto que sucedió en un partido de fútbol con el ataque despiadado al que es sometido a diario el juez de la Corte, Carlos Fayt por parte del Gobierno o de los agentes paraoficiales? Basta leer los alambiques que se utilizan para desacreditarlo por su edad, para comprobar que las agresiones llevan implícitos los mismos principios del barrabravismo, los que se quieren llevar puesto todos los estamentos de la "vieja política", cambiándolos por lo más cuestionable de esta nueva sociedad que se quiere amasar.

El recuento de los hechos de esa húmeda noche de La Bombonera tuvo casi todos los ingredientes del deterioro, que son la parte estructural de la nueva cultura descripta: agresión, patoterismo, burlas, sacar ventaja, el individualismo, eliminar al enemigo, engaño y códigos mafiosos y posiblemente, zonas liberadas y connivencia.

Así, en esas dos horas y pico de tensión extrema se asistió sin que a nadie le importara, muchos menos que a ninguno a las invisibles fuerzas de seguridad que según el secretario Sergio Berni participaron de un "operativo exitoso", al copamiento del estadio por parte de los más violentos y a un triste rosario de atajos de parte de jugadores, técnicos, dirigentes y autoridades.

Entre todos los protagonistas aparecieron como en un catálogo -y bienvenidos fueron porque se hicieron evidentes- la falta de solidaridad, la permisividad, las mentiras, la búsqueda de justificaciones, el no hacerse cargo, la culpa es siempre de los demás, la negación y sobre todo, la anomia (el árbitro tuvo muchos reparos a la hora de aplicar la Ley), todos los efectos más perniciosos que ha dejado la cultura que los argentinos comenzaron a absorber durante los últimos esos años, sin que se les mueva un pelo. 

 (*) Especial para Mendoza Post