La mansión con ladrillo visto, enormes jardines y arte hasta en las paredes

Entre jardines geométricos, murales centenarios y la memoria viva de Fernando Fader, la histórica casona de Luján de Cuyo se erige como uno de los mayores tesoros culturales de Mendoza: un espacio donde la historia familiar de los Guiñazú, la huella del artista y el presente del patrimonio provincial se funden en un mismo relato.

La mansión con ladrillo visto, enormes jardines y arte hasta en las paredes

Por:Juan Manuel Lucero
Periodista

Entre los cipreses que dibujan geometrías perfectas y los árboles centenarios que filtran la luz como si fueran vitrales naturales, la Casa de Fader sigue en pie como uno de los grandes refugios de la memoria cultural mendocina. 

No es solo un edificio ni un museo: es un testimonio vivo de una época, de una familia, de un artista y de una provincia que encontró en el arte una forma de narrarse a sí misma.

La Casa de Fader se puede visitar de martes a domingo.

Ubicada en Luján de Cuyo, el Museo Provincial de Bellas Artes Emiliano Guiñazú - Casa de Fader ocupa una finca de 1,5 hectáreas que fue, a fines del siglo XIX, residencia de verano de Emiliano Guiñazú y Narcisa Araujo, miembros de una familia ligada a la vida social y cultural de Mendoza. 

Guiñazú había adquirido el predio en 1889, cuando el oasis todavía se expandía entre viñedos y chacras, y la casona comenzaba a erigirse como un espacio de encuentro, descanso y contemplación.

Ver también: Mendoza y sus cines: cuando el séptimo arte copaba el centro

La historia del lugar cambió para siempre a comienzos del siglo XX, cuando a esa casa llegó Fernando Fader. Nacido en Burdeos en 1882 y formado en Francia y Alemania, el pintor encontró en Mendoza no solo paisajes y luz, sino también un hogar artístico y afectivo.

La relación con los Guiñazú fue decisiva: Emiliano se convirtió en su mecenas y, con el tiempo, en su suegro. Fader se casó con Adela Celeste Guiñazú, hija mayor del matrimonio, en una boda fastuosa celebrada en el actual hall central del museo, ese mismo espacio donde hoy todavía laten sus murales.

Fernando Fader.

Entre 1905 y 1906, Fader dejó su huella definitiva en la casona. Pintó frescos y murales en el hall de ingreso, las galerías y la piscina interna, con escenas alegóricas, simbólicas y mitológicas que dialogan con la arquitectura y el entorno. 

Allí desplegó un lenguaje distinto al de sus paisajes rurales e impresionistas: más decorativo, más íntimo, pensado para habitar los muros. Ese conjunto mural, junto con su obra pictórica, constituye hoy el patrimonio más valioso del museo.

La casa, una obra de arte en sí misma.

Arquitectónicamente, la casa expresa el eclecticismo propio de la segunda mitad del siglo XIX. Con el paso del tiempo, la fachada frontal fue modificada con un carácter medievalista; se abrieron claraboyas para inundar de luz natural el espacio central y se reorganizaron los salones para alojar salas de exposición. 

El esquema alargado, con galerías a ambos lados y habitaciones rodeando un gran espacio central, conserva el espíritu de residencia veraniega, aun en su actual función cultural.

Ver también: Casi 400 hectáreas en plena ciudad: cómo y por qué se construyó el Parque

El parque, diseñado a la francesa, es parte esencial de la experiencia. Los cercos de cipreses forman "salas" al aire libre donde conviven esculturas, senderos y silencios. 

Caminar por esos jardines es volver a un tiempo de paseos pausados y conversaciones al atardecer. No por casualidad, el proyecto museológico original imaginado por el profesor Julio Suárez Marzal definió al lugar como un "museo viviente".

Los jardines, parte fundamental de la experiencia en esta casona.

La historia institucional comenzó en 1951, cuando la provincia inauguró oficialmente el museo tras la donación del inmueble realizada en 1945 por Narcisa Araujo, ya viuda de Guiñazú. 

Desde entonces, la Casa de Fader cumplió un rol central en la difusión de las artes plásticas, con una colección que hoy supera las 1.700 obras y que incluye piezas de artistas mendocinos, nacionales e internacionales. El museo cuenta con 17 salas de exposición, galerías exteriores, talleres de restauración, archivo y biblioteca, en un total de 900 metros cuadrados cubiertos.

Ver también: La joya neocolonial por la que pasaron presidentes y resiste al vandalismo

El tiempo, sin embargo, también dejó marcas. Intervenciones desafortunadas, problemas estructurales y el desgaste propio de los años obligaron al cierre del museo en 2012. 

Durante siete años, las puertas permanecieron cerradas y la casona pareció quedar suspendida en una espera silenciosa. En 2016, el anuncio oficial de su restauración devolvió la esperanza. Un exhaustivo estudio técnico detectó fisuras, corrosión, humedad ascendente y debilidades estructurales vinculadas al suelo y al peso del edificio. La solución fue profunda: consolidar el museo desde los cimientos, reforzarlo para resistir la actividad sísmica y recuperar los detalles ornamentales originales.

La casa debió ser reforzada desde los cimientos.

La reapertura, en noviembre de 2019, fue también un acto de reparación simbólica. Los muros volvieron a respirar y los murales de Fader recuperaron su esplendor. Hoy, con un alto nivel de conservación y protección patrimonial, la Casa de Fader vuelve a cumplir su función como custodia de las artes.

Fernando Fader no murió en Mendoza -la tuberculosis lo llevó a las sierras de Córdoba, donde falleció en 1935-, pero aquí dejó una parte esencial de su vida. 

Ver también: La Biblioteca General San Martín: un templo de libros erigido sobre la memoria

Su paso por esta casa condensa su historia personal: el reconocimiento temprano, la pasión artística, el amor, la ruina económica tras la quiebra de su empresa hidráulica, y la persistencia creadora aun en la enfermedad. Esa dimensión humana es la que todavía se percibe al recorrer los salones, como si el artista nunca se hubiera ido del todo.

Declarados Bienes del Patrimonio de la Provincia en 1998, el edificio, el parque y la obra de Fader constituyen uno de los mayores capitales culturales de Mendoza. Más que un museo, la Casa de Fader es un lugar donde el pasado dialoga con el presente, donde el arte encuentra refugio y donde la provincia reconoce una parte fundamental de su identidad.

Tras cumplir 100 años, la casa fue declarada Patrimonio de la Provincia.

Entre jardines, murales y silencios, la Casa Fader sigue contando su historia. Y, en cada visita, vuelve a recordarnos que el arte también necesita una casa para quedarse.

Ver también: El "Empire State mendocino": la historia del icónico Edificio Gómez

Esta nota habla de: