Inaugurado en 2006 sobre los antiguos terrenos ferroviarios, el Parque Central transformó un espacio de cargas y trenes en un oasis urbano de 14 hectáreas que hoy es memoria, encuentro y paisaje vivo de Mendoza.
Parque Central, el oasis en medio del concreto que nació sobre las vías
Hubo un tiempo en que el sonido dominante de un sector de la Ciudad de Mendoza no era el de los patos sobre el lago ni el murmullo del agua cayendo. Era el traqueteo de vagones y el silbato seco del tren.
Allí funcionaba la antigua Estación de Cargas del Ferrocarril San Martín. Allí, donde hoy las familias toman mate y los chicos aprenden a andar en bicicleta, la ciudad cargaba y descargaba su progreso.
Entre 2003 y 2006, esa postal cambió para siempre. El proyecto -concebido entre 2000 y 2005 por los arquitectos Daniel Becker, Claudio Ferrari y Oscar Fuentes- dio forma al Parque Central, inaugurado oficialmente en 2006.
El resultado: 14 hectáreas en plena trama urbana, a pasos del centro, convertidas en uno de los pulmones verdes más importantes y convocantes del Gran Mendoza.
El reloj que recuerda al tren
Antes incluso de la inauguración total del parque, el 23 de diciembre de 2004 se habilitó la plaza del Reloj de Sol, frente a la rotonda de Perú y Pellegrini, en el sector noroeste. Allí se levanta el gnomón, una estructura metálica de gran altura que proyecta su sombra sobre la piedra y marca las horas desde las 8 hasta las 19.
Al mediodía solar -cerca de las 13.45 hora local- la sombra prácticamente desaparece. En el suelo, los números conviven con los signos del zodíaco y con un detalle que no es casual: el ecuador, los solsticios y los equinoccios están señalados con vías del ferrocarril incrustadas en la piedra, como una cicatriz noble que recuerda el pasado del predio.
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El cálculo del reloj fue realizado por un especialista austríaco, un dato que suma precisión técnica a un espacio que, en esencia, habla del tiempo y de la memoria. Donde antes los trenes marcaban el ritmo de la ciudad, hoy lo hace la sombra.
La presencia de los aguaribays
Cuando comenzó la transformación, en el terreno sobrevivían unos 160 árboles originales, en su mayoría aguaribays o pimientos. A ellos se sumaron más de 1.200 ejemplares de distintas especies y arbustos: acacias visco, casuarinas, catalpas, jacarandás, palos borrachos, retamas, membrillos y laureles rosas, entre otros
El lago central no es solo un elemento paisajístico. Fue concebido como reservorio de agua de riego en una provincia semi-desértica. El agua, una vez más, como tema dominante en Mendoza. Su presencia genera microclimas y refresca el aire en los meses más duros del verano.
El anfiteatro natural de césped, que corona uno de los sectores más amplios, se convirtió en escenario de recitales, actos y celebraciones. Allí, la ciudad se sienta sobre el pasto y mira al frente, como si el parque fuera un gran teatro a cielo abierto.
Un polo cultural que creció con los años
El Parque Central no quedó detenido en su inauguración. En 2010 se sumó la Nave Cultural, consolidando el perfil artístico del lugar. Y en 2017 se inauguró el Paseo Antonio Di Benedetto, un corredor de 230 metros que integra las naves Cultural, Universitaria, La Báscula y Creativa.
El paseo -de casi 4.800 metros cuadrados- fue pensado como espacio de encuentro y conexión. Tiene bancos para más de 150 personas, iluminación subterránea, zona wifi, bicicleteros y acequias que emulan las antiguas vías del tren. También cuenta con carteles que recuerdan la vida y obra del escritor mendocino que le da nombre.
Así, donde antes había cargas y maniobras ferroviarias, hoy hay cine, actividades al aire libre, ferias, recitales y talleres. El parque pasó de ser un lugar de tránsito industrial a convertirse en un nodo cultural y social.
Un oasis en medio de la ciudad
El Parque Central tiene un valor estratégico para el desarrollo urbano. Pero más allá de los números y las obras, hay algo que no figura en los planos: la sensación.
Al caer la tarde, cuando el sol baja detrás de la cordillera y el reloj de sol proyecta su última sombra, el lago refleja un cielo anaranjado y las luces comienzan a encenderse. El murmullo del agua recuerda a las acequias, el viento mueve los árboles y por un instante la ciudad parece desacelerar.
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Sobre esas tierras donde el tren imponía horarios estrictos, hoy el tiempo se vive distinto. Más lento. Más humano. En una ciudad que marcha al ritmo que impone la rutina, el Parque Central regala un tiempo para el mate, el sanguchito, la reposera y el tiempo compartido para una amena charla entre vecinos.
El Parque Central no borró el pasado ferroviario: lo incorporó a su diseño y lo convirtió en parte de su identidad. Por eso los vecinos se lo apropiaron y lo habitan a cada hora del día, para ejercitarse, tomar clases de yoga, bailar bachata o salir a tomar un helado por los senderos que lo recorren. Y en ese gesto, quizá, reside su mayor acierto. Transformar la memoria en paisaje y hacer de la historia un lugar donde todos puedan quedarse un rato más a vivir y disfrutar de la ciudad que los cobija.
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