Creado por la mano del hombre en pleno desierto, el Parque General San Martín cumplirá 130 años como símbolo del paisaje, la memoria y la identidad mendocina. Un espacio donde la historia, la arquitectura y la vida cotidiana se entrelazan bajo la sombra de miles de árboles.
Casi 400 hectáreas en plena ciudad: cómo y por qué se construyó el Parque
Hay lugares que no solo se transitan: se habitan emocionalmente. El Parque General San Martín es uno de ellos. Desde hace más de un siglo, este inmenso espacio verde acompaña la vida de Mendoza como un testigo silencioso del paso del tiempo.
Cuántas parejas se dieron su primer beso en el parque, cuántos jóvenes celebraron la primavera en él o cuántos estudiantes fueron paseados por sus familias tras graduarse.
Es punto de encuentro, refugio frente al calor y escenario de celebraciones, pero también una obra monumental que transformó el desierto en paisaje y dejó una marca profunda en la identidad local.
Considerado el parque artificial más grande de América del Sur, el Parque San Martín fue creado el 6 de noviembre de 1896, cuando se sancionó la Ley 19 que dio origen al entonces llamado Parque del Oeste.
Su nacimiento no fue un gesto estético aislado, sino una respuesta concreta a una Mendoza golpeada por el terremoto de 1861 y por graves problemas sanitarios derivados de epidemias como el cólera, la difteria y el sarampión.
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Un parque para sanar la ciudad
Según detalla la Dra. Cecilia Raffa en su libro "Plazas fundacionales: el espacio público mendocino entre la técnica y la política : 1910-1943", que se puede descargar en este link, la idea fue impulsada en 1895 por Emilio Civit, ministro de Obras y Servicios Públicos, quien propuso poblar el oeste de la ciudad con un doble objetivo: mejorar las condiciones sanitarias y avanzar en la defensa aluvional mediante la forestación.
Para ello trabajó junto al médico higienista Emilio Coni, director de Salubridad. El proyecto fue tan ambicioso como inédito: crear un gran pulmón verde en una provincia árida, de suelo pedregoso y escasez de agua.
Para llevar adelante esa visión se convocó al paisajista francés Jules Charles Thays, figura central del paisajismo argentino, responsable también de espacios emblemáticos como los Bosques de Palermo, el Jardín Botánico y el Parque Centenario, en Buenos Aires.
Apenas cuatro días después de la sanción de la ley, Thays presentó los planos del parque, delimitados originalmente por el canal Jarillal (actual Boulogne Sur Mer), la calle Unión (hoy avenida Emilio Civit) y el Hipódromo Andino.
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Arquitectura verde en el desierto
Nada fue sencillo. Para conformar las 394 hectáreas de bosque fue necesario diseñar un complejo sistema de riego por acequias y canales. En los primeros años, el agua llegaba incluso en carros municipales tirados por caballos, una imagen que hoy parece lejana, pero que habla del esfuerzo colectivo por sostener la vida vegetal. Aún hoy, algunos sectores se riegan con camiones regadores.
A comienzos del siglo XX se sumaron viveros, bosquecillos, el zoológico -ubicado donde hoy está el teatro El Pulgarcito- y áreas de árboles frutales pensadas para el autosustento del parque. En 1906 se reformó el diseño del lago artificial y, pocos años después, el predio se extendió hacia el oeste hasta abarcar el Cerro del Pilar, luego rebautizado como Cerro de la Gloria.
El parque también comenzó a poblarse de símbolos: la Fuente de los Continentes, los Caballitos de Marly, el Rosedal con sus pérgolas y estatuas, y los conciertos dominicales de la Banda de Música de la Policía en el antiguo quiosco. Eran tiempos en los que el paseo se consolidaba como centro social y cultural de la provincia.
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El parque y la identidad mendocina
En 1947, mediante la Ley 1744, el espacio adoptó su nombre actual: Parque General San Martín, y la avenida Uriburu pasó a llamarse Avenida del Libertador. No fue un gesto menor.
El parque ya era parte del relato colectivo de Mendoza, un escenario donde se expresaba su vínculo con la historia nacional y con la figura del Libertador.
Durante el siglo XX, el arquitecto Daniel Ramos Correas tuvo un rol clave en la redefinición estética del parque. Desde una concepción que unía arquitectura y paisaje, impulsó una "ficción de la naturaleza" cuidadosamente estudiada: edificios mimetizados con el entorno, uso de piedra local, eliminación de vallas y una búsqueda constante de integrar el verde a la ciudad. La idea era clara: el parque debía sentirse como una prolongación natural de Mendoza.
Ese espíritu se mantiene hasta hoy. Desde 1996, el Parque General San Martín es área ambiental urbana protegida, y su preservación es parte de una política pública orientada a cuidar la biodiversidad, el ecosistema y los valores patrimoniales que lo definen.
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Un corazón que sigue latiendo
Hoy, miles de mendocinos y turistas recorren a diario sus calles y senderos. Allí conviven el Teatro Griego Frank Romero Day, corazón de la Fiesta Nacional de la Vendimia; el Estadio Malvinas Argentinas; la Universidad Nacional de Cuyo; centros científicos, museos, clubes deportivos y espacios culturales. La vida de la ciudad se sigue construyendo, en gran medida, alrededor de este parque.
A pocos meses de cumplirse los 130 años de su creación, el Parque General San Martín no es solo un espacio verde. Es memoria, es paisaje construido contra toda adversidad y es, sobre todo, una parte esencial del alma mendocina.
Un lugar donde el tiempo parece detenerse bajo la sombra de los árboles y donde la ciudad recuerda, una y otra vez, quién es y de dónde viene.
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