El Conde busca revancha, desvelos del 2027 y el peronismo que mira a Lula

Entre internas, desorden y una sociedad golpeada, el peronismo busca rearmarse mientras Sergio Massa ensaya un rol de articulador: ordenar hacia adentro, reconstruir confianza hacia afuera y pensar una coalición amplia con la mira puesta en 2027.

El Conde busca revancha, desvelos del 2027 y el peronismo que mira a Lula

Por:Florencia Silva
Secretaria de redacción

 Estaba amaneciendo, la mañana era muy fría, el verano se retiraba. En el horizonte, dos siluetas: la del otoño llegando y la del Conde, de regreso para buscar revancha.

Hay momentos donde todo parece desordenado, como si cada uno estuviera jugando su propio juego. Un archipiélago de voluntades sueltas. Así está hoy el peronismo: intendentes del conurbano queriendo apagar los incendios de los crímenes y robos violentos con una latita de atún con agua, gobernadores cuidando la caja como pueden, legisladores negociando por cuenta propia. Un ejército sin general, con soldados que responden primero a su barrio antes que a una conducción.

En ese escenario aparece el Montecristo del conurbano, con memoria de la caída y sed de revancha.  Circula entre oficinas, reuniones largas, cafés que se enfrían mientras pasan nombres. Gobernadores, intendentes, diputados: todos desfilan por ese despacho. Escucha, toma nota, arma.

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Ese "laboratorio del massismo" funciona como una mesa de disección política. Ahí se juntan datos que llegan de los municipios, de las áreas sociales, de las demandas que empiezan a apilarse. Intendentes que cuentan que las cajas de alimentos pasaron de 200 a más de 350 en distritos de 30 mil habitantes, familias que al día 15 se financian con Mercado Crédito y después desinstalan la app fingiendo demencia con la mora, tarifas y servicios que se llevan entre el 21% y el 43% del ingreso. Todo eso se ordena, se repite, se convierte en discurso.

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El Conde, en esta versión criolla, tiene claro el problema central: el peronismo fragmentado está lleno de "rebeldes". Dirigentes que siguen adentro, pero juegan su partido. Intendentes que arman listas propias, sectores que negocian por afuera, piezas que no responden a una conducción. Nadie rompe del todo, nadie se alinea del todo. Cada uno toca su música y el conjunto suena desparejo.

Por eso la primera obsesión pasa por el orden interno del peronismo. En esas reuniones se repite una idea: antes de discutir candidaturas o reformas, hay que fijar reglas. Cambios en las leyes electorales sin acuerdo político previo terminan en lo mismo: ruido, internas, desorden. Papel mojado.

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Mientras tanto, el massismo hace su lectura del momento. Ven a Javier Milei en un tramo más complejo, con problemas que empiezan a sentirse en la calle: consumo golpeado, pymes ajustadas, más gente golpeando la puerta de los municipios. También aparece una duda clave: ese malestar todavía busca traducción política. Por eso la consigna interna es clara: repetir, insistir, instalar.

Pero hay un frente más pesado, más silencioso. El mercado y la desconfianza hacia el peronismo. En esa mesa chica lo dicen sin vueltas: cuando el peronismo gana, el mercado se pone nervioso; cuando pierde, respira. Y eso complica.

Porque en esa reacción está el riesgo real: dólar que se mueve, inversiones que se frenan, incertidumbre que se dispara. Entonces el plan del Conde sale del barrio y entra en los salones donde se define la guita. Aparece una tarea concreta: reconstruir confianza con el mercado, hablar, explicar, dar señales, construir previsibilidad. Mostrar un peronismo con capacidad de gobernar sin sobresaltos.

Ahí entra el modelo que miran como referencia: Luiz Inácio Lula da Silva. Lula volvió armando una coalición enorme, sumando incluso a tipos que habían sido rivales. Bajó la intensidad ideológica, amplió el espacio y priorizó ganar. Tragar sapos, sumar volumen, dar garantías.

Sergio Massa y el Frente Renovador toman esa lógica y la adaptan al conurbano. La idea del "rifle sanitario" queda archivada. El plan apunta a abrir: sumar peronistas, no peronistas, sectores del centro, empresarios. Construir una coalición amplia para 2027, capaz de retener la Provincia de Buenos Aires y pelear la Casa Rosada.

Así, entre el frío de un ciclo que se apaga y la incertidumbre de lo que viene, el peronismo se mueve en esa tensión permanente entre la dispersión y la necesidad de orden. El Conde avanza, paciente, tejiendo acuerdos, probando lealtades, midiendo tiempos. No hay épica todavía, ni síntesis clara, pero sí una intuición compartida: sin conducción no hay victoria posible. De cara a 2027, la revancha no será solo contra un adversario externo, sino contra sus propias fracturas. Y en ese desafío, más que nombres, lo que estará en juego es la capacidad de construir un proyecto que vuelva a sonar como una sola música.