Crónicas del Subsuelo: Alemania Not Dead

Crónicas del Subsuelo: Alemania Not Dead

Por:Marcelo Padilla

En el departamento de los Bigornia todos duermen. Al menos eso parece por el silencio que se cuela entre las paredes contiguas que, si bien son anchas, dejan escuchar voces con asombrosa claridad. Por lo general, en el departamento de los Bigornia hay ruidos: taladros que zumban a cualquier hora del día, a veces por la noche; las menos -pero también- por la siesta. Pegado a los Bigornia viven varios niños, no sé cuántos, pero se les escucha por las mañanas y las tardes gritar; son más fuertes los gritos de un hombre tosco al que solo le conozco la voz -debe ser el padre, supongo- como a la mayoría de los vecinos, las voces sin cara les escucho, que después no puedo reconocer cuando me los cruzo bajando o subiendo por las escaleras, caras y voces no coincidentes, por eso les llamo "las voces del edificio", excepto las de Bigornia y su esposa Clota claro, con los cuales he departido un par de veces en tres años cuestiones relacionadas con el tiempo, banalidades digamos. Entonces, el edificio duerme, son las tres de la tarde de un día de verano calurosísimo en Alemania del Este. No he consultado la temperatura, pero debe rondar los 40 grados, adentro está mejor que afuera, tal vez por la altura y por los ventanales que dan al sur, atraviesa el viento frío o caliente, pero ingresa. El tema es tener las ventanas abiertas y ya. El sol ha desaparecido por un rato y las nubes acumulan lo que luego serán tormentas por la noche. Defensa civil ha recomendado no salir del edificio. ¿Solo del edificio? Al parecer solo del edificio. Por lo cual los 12 pisos están habitados por humanos en este momento. No sabe bien la gente lo que dice cuando habla.

Más temprano me crucé con monjita 1 y su caniche blanco, le pregunté cómo andaba y qué era de la vida de monjita 2. Bajó la cabeza, hizo un silencio y me dijo que había partido. "Uy, lo siento, lo siento mucho monjita 1", le dije. "No, no, no se murió, se fue a Brasil a surfear a las costas del nordeste, a Pipa precisamente". "Pero qué bien, me alegro entonces", completé. "Sí, pero me ha dejado sola con los dos caniches, el blanco y el negro", dijo apesadumbrada. "Y sí, es una carga, son dos, es mucho trabajo para una monjita", compadecí al verla triste. La charla se produjo en la verdulería y caminamos juntos dos cuadras con el perro. Cuando llegamos al playón, monjita 1 me pidió que la esperara, que tenía que comprar una soda y que luego subiéramos juntos por el ascensor. La esperé. El kiosko estaba colmado de clientes. Yo no tenía apuro, estaba de vacaciones y solo tenía que llegar a mi departamento a leer, podía esperarla. Monjita 1 sale del kiosko con una soda y una botella de vino tinto. "Epa, -le dije- hoy hay celebración". "No, no, no es para mí, es para el interventor de la iglesia que ha pasado a visitarnos". ¿Inspector? Pregunté. "Si, si, el inspector que traen de Buenos Aires para monitorear casos como el de mi compañera" (Dejar así de golpe los hábitos y cambiarlos por un traje de surfista (hábitos de surfistas) irse a Brasil, al nordeste, donde se cultivan creencias afrodescendientes, es todo un problema. Ella se había entregado a dios y a la virgen por completo desde los 16 años. Pero no sabemos que le pudo haber ocurrido. Tomar una decisión así. En fin, que el vino es para el inspector y le tengo que contar detalladamente cómo nos veníamos desarrollando en la convivencia. Él sabrá qué se hace en estos casos) A todo esto, ya íbamos por el ascensor con el vino, la soda y el caniche blanco, de viaje.

El ascensor, viejo y desvencijado, falla cada dos por tres. Lo dicho: se paró en mitad del viaje. Entre el tercer piso y el cuarto. En tres y medio o en el cuatro menos medio, como prefieran, no da para reírse. Las teclas negras dejaron de funcionar y el ascensor quedó varado en el aire con las lianas de goma colgando. "Esperemos no se caiga", me dijo, con un tono siniestro, esbozando una sonrisa sardónica por la comisura de sus labios finos, pálidos, incrustados en una cara lívida. Como todas las caras de las monjitas. Pensé en ese momento que monjita 2 debía de estar bronceada escoltando olas en su tabla, pero no le dije nada a monjita 1, solo lo pensé de los nervios. Fabriqué un silencio corto. "¿Y si gritamos? ", me dijo al levantar la cara, mirándome fijamente a los ojos. "Yo no puedo demorarme, el inspector está en mi departamento esperando, pues yo grito", dijo, en un dialogo interno, la monjita. Apenas terminó su entredicho mental y prosaico, su cara, empezó a transformarse de la palidez a un rosado palmo, y a medida que su voz salía del gañote, aguda y sostenida en un LA iracundo que me dejó ciego y sordo, tiritando, porque no solo el ruido tremendo de su grito afinado durante tres minutos tuve que padecer, sino que también, las cosas que le salían de la boca, eran raras, tentaculares, como gusanos que brotan y luego entumecen en un movimiento gomoso hacia adentro, por cierto también su lengua, que cortada por la mitad un par de centímetros eran dos lenguas, bípedas, funestas.

El café sabe a veneno para cucarachas, debe ser porque lo he preparado en la manguita de tela que hacía meses no usaba, o por la cafetera que tenía café rancio cuando llegué y tuve que lavarla, pero así nomás, con agua de la canilla, la llené y la vacié en el momento, en fin, por esos dos motivos creo que estoy tomando un café con veneno, y envenenándome. Como ya no creo en la revolución tendré que hacer algo, hace por lo menos 40 años que vengo creyendo en la revolución, y quizá el peso de la palabra REVOLUCIÓN me haya significado demasiado, y con mayúsculas aún más. Ahora la estoy padeciendo, algunos le llaman derrota, o te diagnostican que te quebraste como si fueran traumatólogos ideológicos, quedando uno como un ser peligroso y funcional a cierta marginalidad del pensamiento que no sirve para las coyunturas, para luego salir con los típicos clichés de frases fáciles y comunachas sobre el ánimo y la voluntad de transformarlo todo, como si se tratara de una cuestión de fe, con muchísimos etcéteras que vienen de la mano de la manija de la fe. Tal vez sea una forma de comprobar el carácter religioso de los que creen en la revolución, ahora, que estoy sintiendo un poco de asco, supongo por el café envenenado por mí, consigo sostener que no puedo con esa palabra. Al escribirla me alivia. Pero tampoco es un gran problema que digamos, la palabra implicaba muchas cosas; las religiones y las creencias han saturado la lengua de ese cosmos apagado, no hay palabras supletorias ni suplentes, pues hoy, en esa palabra, hay mil palabras silenciadas en sus pliegues que se esconden, y están más derrotadas que yo en todo caso, si por derrota se entiende "desencantamiento".

- "Cuestión que una noche entramos los tres al Teatro (Zona de Revistas) Llegamos a las veintitrés o clock, re puestos, como para ser parte del delirio que imaginábamos íbamos a presenciar, o no, pero por las dudas... Viejo, sucio, de maderas abandonadas, pleno de paisanos de todos los puntos del país menos de la Capital Federica, una resaca garbosa que suena noventera, el Teatro y su gente despliegan una bizarría de pacotilla. Se agarran a trompadas en el escenario: el padre del niño que toca el piano con el merquero que hacía de niño en un dúo con otro idiota que también hacía de niño, los dos re puestos, no sé qué pasó que se empezaron a escuchar gritos, que pum, que pam"- Le conté a monjita 1, del cagazo, en el ascensor, después de verla gritar sosteniendo con un LA y presenciar a los pulpos que le salían de la boca al cantar. No sé por qué le conté eso, ni sé de dónde lo saqué, pero al menos la señora se calmó, o por una cuestión biológica se le acabó la capacidad pulmonar (eso pudo suceder) seguramente.

El cielo parió una araña enorme que se hizo lugar entre las nubes. De colores azules en degrade y pelitos en las puntas de las patas. Imanaba unos rayos de sol naranja, la pude ver a eso de las ocho de la tarde cuando el ocaso. Abajo, ya no gritaban los pibes que saben jugar en el patio del colegio. Usurpándolo en pleno verano, bajo un sol egipcio. El patio está pegadito a una pirámide que construyeron durante estos últimos años, no sé a ciencia cierta cuánto demoraron los robots, pero sé, por los comentarios de las vecinas y del portero eléctrico, que no menos de doscientos artefactos levantaron la esfinge. Día y noche sin descanso, a algunos los mandaban a boxes cuando les faltaba aceite, los bichitos de metal hicieron lo que hicieron hace cinco mil años unos humanos para dar cuenta de su existencia eterna. Pero es aquí nomás que tengo a la pirámide negra, la veo por la ventana. Está terminada. Lejos del uso turístico la pirámide negra suena como un gajo grave. Se escuchan máquinas y taladros que supongo serán gigantes. Han borrado las palabras de las paredes. Recuerdo una frase que decía:

¡Castelucchi hijo de puta! Pintada con aerosol flúor verde.

A ver si nos entendemos. Por más que inflen la goma, la goma está pinchada. Yo lo vi a Lenin embalsamado. No era un homenaje material y simbólico, era la forma de avisarnos que los muertos mandan por un rato. Hasta que aparece un eclipse y la misma guardia del mausoleo se come al muerto de cera. Se lo comieron a Lenin, y Stalin suena a metal. Me habré robado 40 libros del partido comunista cuando nos prestaban el teléfono en la biblioteca única de la URSS. Todos de ciencia ficción soviética. En revistas soviéticas traducidas al español por un vasco ciego. El vasco esvástica, le decían. Porque traducía nazimente los textos originales del idioma original ruso. Después, tocaba una banda punki que rompía todas las instalaciones. ¿No queda claro acaso?

Los Bigornia. Hago un apartado aquí para hablar de los Bigornia. La familia Bigornia, que a cada santo una vela, pero en la iglesia principal de los jesuitas, nunca en su morada. Prenderlas en la casa es para ellos un acto considerado pagano. Y de pagano a ser vigilado permanentemente por mis silencios que ponen los pelos de punta a los Bigornia que buscan excusas para quejarse de banalidades como las bostitas de los perros que ellos tienen, o ruidos que no existen más que en su propio departamento, no en los otros, pero que actúan como si los ruidos vinieran de los otros departamentos. Si bien habita un niño, los perros tienen ventaja. Porque me he enterado que los bichos duermen en una habitación especial, toda decorada con manchas de "la noche de las narices frías". Y el niño duerme en la cucha. Hábitos nuevos de esta humanoide presencia que ha detectado en los animales una forma de relación sin obstáculos, previo adiestramiento, por cierto. Ya los vecinos humanos no van más, tal vez se pueda únicamente hablar con monjita 1, o con el portero eléctrico apoyando mis labios sobre el fono que no funca pero que deja salir unas voces sucias por los agujeritos del portón de entrada, en el frontispicio del edificio, cuando vienen a ofrecer especies y medias.

Desencantamiento. Otra palabra pesada como una placa de hierro de una máquina de grabado antigua. La que usaron e inventaron los chinos. Después vino la imprenta siglos post. Quedaron los libros sagrados o las sagradas escrituras, las obras totales anónimas donde se puede descifrar el mundo. Aunque la idea de obra sea reforzada y resignificada con las lenguas modernistas, lo oculto, siempre, tendrá un sitial en la madeja de palabras sean en papel o en las de la inteligencia artificial. Es más, la inteligencia artificial comete autónomamente el delito de castración de un tabú arquetípico primitivo, matando a las obras que le precedieron como progenitoras, dejándolas en el vacío del desperdicio del entretenimiento, pero como muchos se autoproclaman escritores, la cosa, funciona a la perfección. Eso que llaman literatura, también se extingue. Más allá de los templarios que se ocupan de ella y sus piruetas marginales que le hacen al mercado, eso que llaman literatura, desaparece. Y el robot sin genero estará apto para potenciar tus valores (Asco me dan los sorbos de café con gusto a detergente) He dejado de cultivar muñecos de cera. Representaciones de líderes de antaño que en el galpón tenía en un museo oculto de mesiánicos. Cada tanto, a cada uno, les digo algo de lo que dicen de ellos en las calles, y si es ofensa se los digo al oído para que no escuchen los demás liderazgos. Podría ser una biblioteca de cera, pero para eso falta un tiempo. Recrear por ejemplo la escritura primitiva hecha de símbolos incrustados en las piedras. Pero es el extremo de lo que situamos hoy y eso dura un pedo en el aire. La era del turismo embutido ha despertado cierta forma de bienestar. Y ahí hay veto y decreto. Luz de catarata que suena a pajarraco de placenta. Nos estamos quedando ciegos. Hay cofradías, mundos mágicos que se crean y recrean. La teoría no es más que una ficción de formulas positivistas. Ser racional es, en la vida, lo que hace integrarte. Con psiquiatra incluido. Es la epistemología la que se ha caído en el corral, por eso no dejo de consultar las voces sin rostro que suben y bajan de las escaleras del edificio. Son mis clásicos. Alemania del Este ha sido derrotada. Nos preparamos como migrantes uniformados de azul. Estamos listos para despegar.