El llanto en la puerta del jardín no es un capricho ni un límite a imponer: es una señal de un sistema nervioso que necesita sostén. Una mirada necesaria sobre cómo acompañar el ingreso a la escuela priorizando el bienestar del niño por sobre el apuro de los relojes adultos.
Pensar la adaptación escolar desde el vínculo
Cada inicio del ciclo lectivo vuelve a poner sobre la mesa una escena conocida: niños que lloran, adultos que se angustian y escuelas que buscan organizar un período que durante años llamamos "proceso de adaptación". Muchas veces este tiempo se vive con apuro, con expectativas de resultados rápidos y con la sensación de que se trata de una moda pedagógica más. Sin embargo, quizás la pregunta no sea cuánto durará la adaptación, sino desde dónde la estamos pensando.
Repensar este período desde el vínculo no implica desestimar las dificultades reales que atraviesan las instituciones y las familias, ni desconocer las exigencias laborales que muchas veces condicionan la organización del seno familiar o la complejidad administrativa. Implica, más bien, cambiar la mirada sobre lo construido: pasar de un niño que debe adaptarse a un sistema, a un niño que necesita vincularse para poder estar, jugar y aprender.
Adaptación o vinculación: un cambio que no es solo semántico
Hablar de adaptación suele colocar el énfasis en el niño como quien debe ajustarse a una nueva realidad: a otro espacio, con nuevos tiempos y con normas que ya están definidos. En síntesis: el niño debería acomodarse a ese mundo nuevo. En esta lógica, el llanto, la resistencia o el retraimiento aparecen como obstáculos a superar. Enfocándonos en su conducta externa, cumpliendo en esa circunstancia un rol pasivo.
Cuando hablamos de vinculación, el foco se desplaza. El centro ya no está puesto únicamente en el niño, sino en la relación que se construye entre el niño, su familia y la institución. El ingreso a la escuela deja de ser una prueba de tolerancia a la separación y se transforma en un proceso de construcción de confianza. Este cambio no es menor: modifica profundamente el rol que se le asigna al niño.
El rol del niño: de adaptarse a vincularse
Desde una mirada vincular, el niño no es un sujeto pasivo que debe "aguantar" (sobreponerse) hasta acostumbrarse. Es un niño pequeño, con un cerebro inmaduro, que está atravesando una experiencia intensa e inédita de separación y novedad.
La neurociencia ha mostrado que en los primeros años de vida las áreas del cerebro vinculadas a la regulación emocional aún están en desarrollo. Esto significa que los niños no cuentan con recursos internos suficientes para autorregularse frente a situaciones de estrés, necesitando imperiosamente un adulto que lo sostenga. Cuando un niño llora al ingresar a la escuela, no está manipulando ni "probando límites": está expresando que su sistema nervioso se encuentra desbordado.
Desde esta perspectiva, el llanto no es un problema a eliminar rápidamente, sino un mensaje que necesita ser escuchado, donde deberíamos poner el acento en las necesidades del niño contemplando la etapa de desarrollo evolutivo que se encuentra. Un niño angustiado no puede abrirse al juego ni al aprendizaje, porque su energía está puesta en recuperar la sensación de seguridad.
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Como señalan las investigaciones sobre desarrollo temprano, el cerebro aprende mejor cuando se siente seguro. La curiosidad, la exploración y el interés emergen recién cuando el niño percibe que el entorno es confiable.
La función del vínculo es de protección y supervivencia, siendo esto una necesidad innata, por lo cual será imprescindible que viva sus momentos durante la primera infancia en forma favorable para convertirse este tiempo en el cimiento para experiencias que lo acompañarán toda su vida.
El vínculo de apego como base para aprender
El psiquiatra y psicoanalista John Bowlby (1907 - 1990), pionero en el estudio de la "teoría del apego", sostuvo que los seres humanos nacemos con una necesidad biológica de establecer vínculos significativos que nos brindarán protección y seguridad. Estos vínculos no son un lujo emocional, sino una base imprescindible para el desarrollo.
Cuando un niño se siente acompañado por un adulto que interpreta las señales de sus acciones, y que responde a sus necesidades, puede aventurarse a explorar el mundo, y por ende abrirse al conocimiento, puesto que la seguridad emocional no genera dependencia, por el contrario, habilita la autonomía y el aprendizaje.
Trasladado al ámbito escolar, esto nos invita a pensar que la posibilidad de aprender, jugar y relacionarse con otros niños depende, en gran medida, de que el niño haya podido construir un vínculo de confianza con quienes lo reciben.
El rol del adulto: sostén y regulación
Si el niño aún no puede autorregularse, necesita de un adulto que cumpla esa función. En este período, tanto la familia como los docentes ocupan un rol central como figuras de sostén y regulación emocional.
La presencia de la mamá, el papá u otro adulto significativo (como figuras de referencias primarias) en los iniciales días del proceso de vinculación no debería leerse como una dificultad, sino como un recurso. Acompañar no es "malcriar", ni impedir la adaptación, sino que representa la base del vínculo de apego seguro.
Desde esta mirada, la docente no es solo quien propone actividades, sino quien observa, escucha, valida emociones y ofrece calma. Su disponibilidad afectiva es tan importante como la planificación pedagógica.
Cuando el tiempo y el trabajo aparecen como obstáculos
Una de las críticas frecuentes al enfoque vincular es que "no siempre se puede". Las familias trabajan, las escuelas tienen tiempos acotados y no siempre es posible que la madre este presente durante el ingreso por distintas circunstancias (personales, laborales, entre otras).
Pensar la vinculación no implica desconocer estas realidades. Implica buscar alternativas posibles dentro cada contexto. Cuando la mamá no puede acompañar, puede hacerlo otro referente significativo: el papá, una abuela, una tía u otro adulto con quien el niño tenga un vínculo de confianza. Lo importante no es quién acompaña, sino que el niño no se sienta solo frente a una experiencia que aún no puede elaborar por sí mismo.
Otra idea frecuente es que hablar de vinculación es una moda. Sin embargo, los fundamentos de esta mirada no son nuevos. Las teorías del apego, los aportes de la psicología del desarrollo y los avances de la neurociencia llevan décadas señalando la importancia del bienestar emocional en los primeros años del niño.
Lo que quizás sea nuevo es la posibilidad de integrar estos saberes al ámbito educativo y animarnos a revisar prácticas que durante mucho tiempo se naturalizaron.
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Preguntarnos por el bienestar del niño no significa bajar expectativas, sino comprender que el aprendizaje no puede darse en un clima de angustia sostenida.
Cuando el niño se siente seguro, aprende
Un niño que confía en el adulto puede separarse, jugar, explorar y aprender. No porque se le exija, sino porque se siente preparado para hacerlo. El juego, principal lenguaje de la infancia, aparece cuando el niño está disponible emocionalmente.
Desde esta mirada, el período de vinculación no es tiempo perdido ni previo al aprendizaje: es aprendizaje en sí mismo. El niño aprende que la escuela es un lugar donde sus emociones importan, donde hay adultos que lo cuidan y donde puede ser quien es.
Una invitación a repensar prácticas
Repensar la adaptación escolar desde el vínculo no implica recetas únicas ni modelos cerrados. Cada institución, cada docente y cada grupo de niños construirá su propio modo de acompañar este proceso. La invitación es a detenernos, a observar a los niños reales que tenemos delante y a preguntarnos qué necesitan para sentirse seguros. A corrernos del apuro por "normalizar" conductas y abrir espacio a la escucha.
Tal vez, si cambiamos la pregunta, de cuánto tarda un niño en adaptarse, a cómo podemos acompañarlo mejor, también cambie la experiencia para todos: niños, familias y educadores. Porque cuando el vínculo está cuidado, la adaptación deja de ser una exigencia y se convierte en una consecuencia natural.



