Crónicas del subsuelo: Carnavalia

Crónicas del subsuelo: Carnavalia

Por:Marcelo Padilla

 Había decidido no ver a nadie más sobre la faz de la tierra. Encapsulado con su anillo negro dentro de una caja lumínica, que prende y apaga, resacoso de sociedad, abyecto. Desde que madre murió en sus brazos hecha una muñequita, por las tardes y las noches, subvertidas por el haz de luz que entra por el ventanal del sur, sabía mirar bandadas de pájaros negros que deambulaban por el cielo. Oronda ella, con las gafas oscuras para el sol y su pañuelo gitano, atado, inmaculando su cabello: aros grandes, redondos, que brillaban con el rechinar del sol contra el asfalto, un lunar hecho de Kegel y la melancolía pegada sobre el vidrio, un vidrio que llevó siempre consigo, el vidrio que la acompañó desde su desconocido nacimiento hasta las firmes cadenas de nubes que con su traqueteo sonorizaban la tarde mustia, de acordeón, de arrabal pringoso.

Otoño, por lo general, daba una tenue luz sobre aquella ventana. Irradiaba sola con el ajar del sol y quedaba fosforescente por la noche. Las tijeras de la peluquería que madre acuñó, las toallitas para las cabezas que les ponía a los niños piojosos de los barrios, el collar de perlas de madera que le hacía lucir sus pechos, el vestido largo, flamenco, y los zapatos con taco alto, de muiño. Era madre de él quien se hacía pasar por muñeca en el teléfono de su trabajo, que no se sabía cuál fue y será en este momento; que ya tiene tantos años que parece una niña suave, de lejos, desde muy lejos, sin escucharle la voz ni una campanada de domingo.

Alumbraba madre.

Alumbraba esposos y novios. Él la conoció muñequita chica de vejez y la perdió un día entre los soldaditos e indiecitos que morían sin sangre por la siesta, ahogados en la cuneta de barro que criaba gusarapos y en derredor los hinojos, con su tubérculo blanco acebollado, brillante como el verde de sus crías, borbotaban.

No sé qué más hizo con él mismo luego de encapsularse tras esa pila de libros y estoques que formaban una muralla y no penetre la luz y, surtirse, de la laboriosa oscuridad que implica no querer ver más a nadie. Como solía decir: desde ahora vivo de espaldas y con la cabeza suelta que se me cae o baila, se menea, y así mi cuerpo irá balanceándose hasta que caiga y ruede por los carriles y algún tren pase para decapitar mi cabeza que será subida con estaca en el patio de abril entre los melones y los zapallos, el limonero que ya tendrá más de setenta años y el mandarino que escupía su fruta a cada rato; y a esos picaflores de la calle, que sabían corren como galgos por las chicas de la cuadra, chayándolas con bombitas de agua y pimienta, para que duela más.

Bajó una escalera alemana electrificada, contando los últimos escalones, pensando cómo haría con el cuerpito echado y umbrío de la madre hecha una niña en la cama. El calor todavía flotaba en la habitación. ¡Pero madre, donde te has metido de nuevo en esa muerte! ¡Es que estoy muriendo varias veces!, dijo la madre, sin mover un musculo de la cara, exhausta. Encremada y con los ruleros que sabía ponerse por la tarde para estar linda por el ocaso y, sin salir siquiera del porche, disfrutar de la soledad de una casa familiar sin familia. En realidad, madre jugó siempre a las muñecas y convertida en una de ellas tuvo hijos como tienen hijos las muñecas, jugando a coitos, entre las sábanas de la cama o en el sillón del living. Las muñecas se revolcaban con el movimiento de los dedos de la madre que las hacia gozar y reír en el mismo acto. Sin pudores, de edad avanzada, muñequita madre tejía escarpines para los niños nuevos.

Yo, que lo puedo contar, que los vi a ellos extrañarse, tanto hijo como madre, de lejos y de cerca, pero sin verse. Por la demencial calle de los espantos le he visto al hombre visitar otras madres en años anteriores, en años que fueron el pasado en el mismo momento de ser años, como si le fallaran todos los relojes, sin tiempo, con las muñequitas que cobrarían de a poco una entidad, manifestándose materializadas con habla y poesías a destiempo recitar al verla a mami freír croquetas para el medio día.

La fragilidad de mi cuerpo al escribir sobre ellos, el moco, que al fumar se engallosa y vuela por el ventanal, apuntándole al techo de un auto estacionado. La fragilidad con que los dedos, con que las manos al tiritar, con el cigarro al prenderse así mismo; o la asonada de trompetas del curioso elenco de mariachis japoneses que pasaba por las ventanas a dar la serenata a madre. Él ya no puede ni escribirlo, porque no lo sabe tan siquiera, no sabe de su incauta locura a la que lo ha llevado esa oscuridad luminosa para escriturar los poemas que madre no publicó, y en posesión de la nada quedaron en una valija de cuero negro, ajado, que se movía por las casas donde reposaba, años, décadas, infiernos y terremotos. La maleta está ahí, en el mismo sitio, no enterrada como la maleta de él en el campo, bajo un montón de piedras y que en un bolsillo está la foto cortada a la altura del brazo que se ve amputado, en una rabia singular.

La Corneta de Papel, si mal no recuerdo, llamábase el grupo de poetas donde la única mujer era madre de sí mismo. Si hasta llegaron a editarle al viejo Leónidas una publicación que, aya el tiempo de los ayases, le han volado su cinturón de castidad de un tirón para cometer el acto sobre sus poemas. Ahí, hilvanados por letras caligráficas, bien escritos, a pulso y a impulsos, cuando las muñequitas no paraban de gritar pidiendo teta por las noches.

Se afeita mirándose al espejito que cuelga de un palo del patio, de un clavito. Con la paciencia de un faquir se afeita cada bozo nacido y abortado por destajo con la navaja. La lumínica de las tierras secas le daba el velo exacto del tamaño de su ilusión, soñando gritos de las tribunas soviéticas cada vez que le pegaban en el campito de la esquina. Ya era un hombre con testículos. Vestía jardinera y le salían pelos en la boca. Toda una hombrecita. Una especie de bocabarba le nacía desde el labio superior cayéndole ondulada hasta su pecho. El niño lobo, le decían los otros. El niño lobo daba vueltas con su bocabarba por la manzana de su cuadra y los niños escondían, le gritaban cosas horribles hasta que se comió a uno, a dos, a tres, a cuatro, a cinco, a seis, a siete.

Cuando se comió al séptimo nadie puso denuncia alguna, empezó a hacerse respetar niño lobo y escuchó la voz de la señora que le vendía el whisky. Que le dijo con la jeta pintada: "Aféitate niño, Aféitate". Niño lobo no quiso, por el momento, porque después... ese niño lobo estaba frente al espejito pensando ilusiones de gritos soviéticos, en calzoncillos, porque era un verano permanente, aunque nevara el verano era permanente. Sin tedio, el paraíso estaba en la puerta de su casa. Madre lo plantó. No hubo padre. Hubo una abuela que nació de madre porque la traía de antes, y él apareció con abuela nacida ya de madre, y pará de contar.