Vivir con miedo: volvieron los asaltos domiciliarios - Mendoza Post
Martes 7 Feb 2017
porRicardo Montacuto
Director Periodístico

Noelia, abuela ya, sintió los pasos a un costado de su vivienda, pero no pudo hacer nada útil para evitar lo que estaba por suceder. Cuatro hombres armados y encapuchados ya estaban metidos adentro de su casa, en Vistalba, uno de los distritos de Luján de Cuyo al que muchos se fueron a vivir, años atrás, buscando tranquilidad y aire fresco. “Tres de ellos eran muy lúmpenes y el otro, el cuarto, fue el que manejó la situación, y las armas…”, cuenta un testigo.

El que parecía el jefe se movió con tranquilidad y parecía tener destreza en el manejo de la pistola que llevaba. Además del arma, cargaba un radio en el que podía seguir la frecuencia policial. Sus tres cómplices atacaron primero la parte del botín que más les interesó: una pizza especial completa y dos cervezas que el marido de Noelia había pedido para la cena. El cuarto hombre, el jefe, llevó a lo mujer -que estaba aterrorizada- a la habitación, y en voz muy baja le pidió el dinero que había en la casa. Ella le dio su jubilación; unos pesos que acababa de cobrar. El hombre se metió los billetes al bolsillo sin decirles una palabra a sus cómplices. Se llevaron lo que pudieron, previo saqueo del freezer familiar. Últimamente, los ladrones atacan la heladera. Pasó en varios asaltos a comercios en el Gran Mendoza, especialmente rotiserías y carnicerías.

Noelia y su marido son abuelos, ambos. Uno de sus pocos placeres es el de recibir a los dos nietos que tienen en su casa de Vistalba. Afortunadamente, los chicos no estaban con ellos cuando ocurrió el asalto a mano armada.

Vidrios destrozados por cuarta vez, en la casa de un vecino.

Poco tiempo atrás, hubo otro asalto parecido. Elsa es otra vecina de Vistalba, desde hace 28 años. Y tenía la costumbre de salir a la galería de su casa todas las noches, a tomar fresco. La intranquilidad empezó cuando una de las llaves de la casa desapareció de un lugar en el que solían dejarla. Esa llave abría el candado de la reja de entrada, que rápidamente cambiaron. Una noche, meses atrás, Elsa demoró por alguna razón su salida a la galería, mientras su esposo estaba por irse a dormir. Sintió el tropel por el costado, pero nada pudo hacer. “Se metieron en casa y nos redujeron. Fue una pesadilla. Nos encerraron, revolvieron todo durante unos cinco o siete minutos… no nos lastimaron, pero el miedo queda… siempre está” cuenta Elsa. Esa noche, ella estaba con su hija y su marido. “Nuestra casa da a un baldío. Entraron por ahí… vienen desde el ‘Sol y Sierra’ y creo que nos estaban vigilando. Por eso supieron cuándo meterse” cuenta Elsa.

Un vecino de la mujer vio todo y llamó al 911. Los delincuentes se hicieron humo antes de que llegase la policía.

Después del asalto, Elsa y su familia pusieron en casa una alarma con monitoreo, seis cámaras, reflectores con sensor de movimiento, y vigilancia. Invirtieron unos 40.000 pesos en equipamiento. Tardaron seis meses en volver a su vivienda, a causa del miedo. Entretanto, alquilaron en el centro de Luján de Cuyo.

La paz perdida

Las historias se repiten en Vistalba, un distrito que pasó de la tranquilidad suburbana a la inseguridad y los asaltos domiciliarios graves, con gente armada que produce daño y deja marcas para toda la vida. Al marido de Noelia, la mujer del primer testimonio, le gatillaron el arma “en vacío” tipo ruleta rusa varias veces, en la cabeza. Este lunes, la mujer volvió a la fiscalía a declarar.

“Hay una escalada… más asaltos, con más atacantes, y más violentos…” dice Gustavo Marón, un vecino que participa del colectivo “Vistalba Segura”, un grupo de vecinos que ha decidido organizarse para defenderse, pero con información y por las vías institucionales.

Un cerco roto, por donde pasaron delincuentes en uno de los asaltos.

La inseguridad en Vistalba saltó a los medios el año pasado, cuando los vecinos se hartaron de los asaltos domiciliarios violentos, casi todos del mismo estilo: “Cuatro o cinco tipos que atropellan la puerta de tu casa, la tiran abajo, y enseguida los tenés adentro” dice Marón. Luego de varios asaltos violentos, y reuniones calientes y poco fructíferas con funcionarios del ministerio de Seguridad, a punto estuvieron los vecinos de hacer un “bocinazo” frenado a último momento, cuando el ministerio de Seguridad acordó una serie de medidas para reforzar la seguridad, con la participación activa de los vecinos. Mucho ayudó que uno de los vecinos asaltados fuese el entonces juez de Cámara y hoy integrante de la Suprema Corte, José Valerio.

Ni el mapa

Uno de los problemas más graves con los que se toparon los habitantes de este distrito repentinamente castigado por la inseguridad, es el desconocimiento geográfico que los policías tienen de la zona. En general, se trata de efectivos de otros departamentos, o que no conocen acabadamente el lugar. “Es muy común que, ante los llamados, nos pregunten cómo llegar” dice Marón. Por eso, los propios vecinos les dieron a los policías mapas de la zona, relevamientos topográficos, y hasta hitos del distrito… “para que sepan que si uno les dice, desde la piedra colorada tres cuadras a la derecha, sepan cuál es la piedra y dónde ir…” acota el vecino consultado, entre muchas otras voces y testimonios. Tal es la bronca al respecto, que los vecinos confeccionan planillas con el tiempo que tarda la policía en llegar, o en salir a buscar a los delincuentes.

Lo último: piedrazos contra vehículos en la Panamericana.

“Casi no queda vecino en Las Compuertas que no haya sido víctima directa de un hecho de inseguridad. Y no se trata de que simplemente entran y te roban una manguera. Se meten en las casas cuando está la gente…” dice otro habitante de la zona. Visto así, es un milagro que no haya habido muertos. Y no sólo por el accionar de los delincuentes. Días atrás, sólo la mala puntería de un vecino que alquila en uno de los barrios privados, evitó una masacre. El hombre sintió ruidos afuera de su casa y salió armado y a los tiros. Del otro lado del cerco, había trabajadores de un servicio público haciendo sus tareas. “Las balas nos pasaron por arriba de la cabeza” dijeron vigiladores del lugar.

El problema político

Vistalba y su crisis de inseguridad se transformaron además en un dolor de cabeza para el gobierno. Uno de los vecinos del lugar es un ex militar experto en asuntos de seguridad urbana, autor de libros, y ex integrante de operativos de las Naciones Unidas (ONU) en lugares muy conflictivos del planeta. Se trata del coronel Carlos Pissolito, quien ha motorizado las reuniones, informado y asesorado a los vecinos para que tomen medidas de seguridad, y ha prestado colaboración a los policías. Otros, se encargaron de visibilizar el problema, abriendo la información a los medios. Pero es Pissolito quien “cuenta las costillas” de los recursos que realmente destina el ministerio de Seguridad a Vistalba. Por eso los funcionarios no lo quieren. Al primer paso de tinte político que el coronel retirado de, o que aunque fuere “parezca” dar, le van a caer al cuello. Ocurre que Pissolito se ha ganado la confianza de sus vecinos y eso siempre genera suspicacias “en la política”.

Pissolito en el programa "Te Digo lo que Pienso", el año pasado.

Y uno de los reclamos principales sostenidos por Pissolito es, justamente, que el ministerio ha “incumplido” los compromisos asumidos. Por eso los vecinos, luego de los asaltos de la semana pasada, decidieron enviar al ministerio de Seguridad una nota en la que reclamaron que se brinde a la zona los recursos comprometidos luego de la crisis del año pasado. Y tras la catarsis correspondiente a cada “post asalto”, los residentes decidieron el sábado reiniciar la vía del reclamo.

En la nota que enviaron al ministro de Seguridad Gianni Venier, los vecinos se quejaron porque la presencia policial “ha disminuido notablemente” en enero, y lo relacionan directamente al “incremento” de los asaltos y robos. También dicen que los policías no conocen la zona, y que no hay detenciones de sospechosos pesa a que los propios vecinos han aportado “fotografías, filmaciones, chapas patentes”. Esta queja abarca a la fiscalía local.

Uno de los datos más penosos de la carta enviada a Venier dice que la policía no puede usar el teléfono inteligente que proporcionaron los vecinos, porque en la comisaría no hay Internet.

Meses atrás, en Vistalba la organización civil contra los robos y asaltos tomó cierta popularidad, porque los vecinos comenzaron a organizarse a través de grupos de alerta por WhatsApp. Por eso ellos mismos compraron un teléfono inteligente para la policía de la zona. Esos grupos de alerta y vigilancia, muy útiles de acuerdo a los vecinos, levantaron sospechas en el ministerio de Seguridad. “A veces disparan alertas porque vieron un perro desconocido… o una persona que no conocen que pasó a cien metros… o pretenden que la policía esté en todos lados al mismo tiempo” dicen los funcionarios. Justamente, el uso de WhatsApp fue fuente de discusión entre algún vecino y el secretario de relaciones con la comunidad Hugo Fiorens. “Nos dijo que en los grupos teníamos a los ladrones infiltrados. Y esto no es cierto. Controlamos a todos y sólo se ingresa a través de referencias responsables” contó un referente del colectivo “Vistalba Segura”. Parece que Fiorens no compartió la novedad con la que contaba con sus superiores, según pudo averiguar el POST.

Lo que pasa en Vistalba no es muy distinto de lo que ocurre en otras zonas del gran Mendoza. De hecho, en Seguridad ofrecen estadísticas. “Vistalba no es el lugar más inseguro ni están pasando el peor momento de la inseguridad… sí es cierto que en enero bajó la presencia policial, por muchas razones… entre ellas, necesidades de la zona en general, planificaciones, hubo cambios de jefes…” explican en el ministerio. “Es verdad que nos habíamos comprometido a ciertas medidas, que se firmó un convenio, y las dos partes hemos cumplido, y también faltaron cosas que hacer de parte nuestra… pero también de los vecinos” se sincera una fuente. “Les pedimos que nos dieran todos los datos de todas las denuncias en marcha, y sólo nos dieron seis casos…” se quejan. Y luego dicen que les multiplicaron por tres las guardias y patrullajes de Vistalba.

Ministro Venier.

En el gobierno provincial no son muy amigos de dar “condiciones especiales” en ningún ámbito, salvo necesidades políticas o estratégicas. Tampoco en Seguridad. De hecho, no se conoce que el ministro Venier se haya sentado personalmente a firmar un convenio de seguridad con ninguna zona del Gran Mendoza, salvo Vistalba. Pero no por ello dejan de reconocer que algo raro hay con la seguidilla de asaltos, por un lado, o con la disminución de la presencia policial por el otro. Por eso hubo una investigación interna. Parece que hay en la mira algunos policías que en lugar de estar patrullando Vistalba, iban a cumplir servicios “extras” a Luján Playa. “Nos decían que estaban en un lugar, e iban a otro…” se quejó uno de los funcionarios.

Es cierto que la gente de Vistalba, a través de los grupos de WhatsApp, de la red “Vistalba Segura” y de sus contactos con los medios, lograron visibilizar su problema. Es probable que en otras zonas de Mendoza con menos acceso a la información, la difusión, los funcionarios y los periodistas; sufran la inseguridad diaria de igual modo. Pero menos visible.

Es cierto además que cuando estaban a punto de recibir un “bocinazo” de muchas de las siete mil familias que viven en la zona más castigada por los asaltos, los funcionarios reaccionaron y dieron más presencia policial, más guardias, más atención a la zona. A nadie le gustaría recibir una protesta o un piquete de sus propios vecinos, y menos si son la “clase media trabajadora” con aspiraciones de progreso, como ocurre con los residentes de Vistalba. El propio intendente de Luján de Cuyo, Omar de Marchi, tiene el problema bien monitoreado y ha destinado abundantes recursos a cierres perimetrales, alumbrado público, y otras medidas de infraestructura para mejorar la zona.

Sin embargo, los baldíos subsisten. Muchos de esos terrenos, a veces de más de una hectárea, son verdaderas autopistas y escondites de los delincuentes.

Los nombres de las víctimas, a los fines de esta nota, no son los reales. Pidieron protección de su identidad, por miedo. Elsa, la mujer que acostumbraba a pasar tiempo en la galería de su casa hasta que delincuentes armados modificaron su vida para siempre, resume el estado de situación: “Nos ha cambiado la vida. Ni bien comienza a oscurecer, cerramos las celosías, giramos las llaves de las puertas, y nos metemos adentro. Ellos ven todo lo que hacemos, y nosotros no podemos verlos. Pero somos los que ahora vivimos entre rejas”.

Frente a ello, no hay discurso que alcance. Así es vivir con miedo.