La caída del consumo empuja a Francia a arrancar viñas y reabre en Mendoza un debate incómodo. El cambio en las costumbres sociales haría que sea una crisis irreversible.
Cuando el vino sobra: lo que Francia ya decidió y Mendoza aún no discute
Francia se cansa del vino tinto no es solo un título periodístico en Europa: es una advertencia que resuena con fuerza en Mendoza. Mientras el debate local se enciende por el sobrestock, el país que históricamente marcó el pulso mundial del sector está tomando una decisión extrema: arrancar viñas para achicar el mercado. El fenómeno francés funciona como espejo incómodo en una provincia donde todavía se discute si el problema es coyuntural o estructural.
En Francia, la crisis ya no se disimula. El consumo interno de vino -sobre todo tinto- cae de manera sostenida desde hace años y las exportaciones tampoco compensan la baja. El Gobierno decidió intervenir con una política agresiva: financiar el arranque definitivo de viñedos para reequilibrar la oferta y evitar el colapso del sector.
Al respecto, en noviembre pasado, el Gobierno francés anunció un plan de 130 millones de euros para financiar el arranque definitivo de viñas en 30.000 hectáreas, el equivalente a tres veces la superficie del municipio de París, para "reequilibrar la oferta y restaurar la viabilidad en las zonas fragilizadas". Además, se extendió el programa de préstamos garantizados para ayudar a los agricultores a implantar cultivos alternativos. "Se estima que de las 789.000 hectáreas de viñas habrían desaparecido unas 75.000 en solo tres años", publicó La Vanguardia este fin de semana.
El plan oficial apunta a eliminar decenas de miles de hectáreas en regiones históricas como Burdeos, Gironde y el sur del país, una medida que hace apenas una década habría parecido impensable.
¿Por qué la gente toma menos vino?
El diagnóstico francés va más allá de lo económico. El economista Jean-Marie Cardebat, profesor de la Universidad de Burdeos, explicó que la crisis del vino no responde solo al precio o al marketing, sino a un cambio profundo en los hábitos sociales: menos comidas familiares, menos rituales alrededor de la mesa, nuevas pautas culturales entre los jóvenes y una relación distinta con el alcohol.
"La desestructuración familiar y el auge de las familias monoparentales han hecho que sean mucho menos frecuentes las comidas dominicales en torno a una larga mesa en la que se sentaban varias generaciones y en las que no podía faltar la botella de vino. Algo puede haber influido también el extraordinario aumento del porcentaje de población musulmana, aún más entre los jóvenes", ejemplificó uno de los informes sobre la realidad francesa.
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Por eso, el vino dejó de ser una bebida de consumo cotidiano para convertirse, en muchos casos, en una bebida ocasional. Esa transformación -lenta pero persistente- es la que empuja decisiones drásticas como el arranque masivo de viñas.
Un debate incómodo en Mendoza
Este debate se está dando en Mendoza, especialmente a partir de la frase del historiador Pablo Lacoste, que en una entrevista con Radio Post en la que describió al vino como algo "obsoleto" y lo comparó con una máquina de escribir. Pero entre productores, bodegueros, distribuidores y otros actores de la cadena todavía hay resistencias a asumirlo como un cambio estructural.
La tentación suele ser buscar la salida en el "vino nuevo": etiquetas más livianas, menos alcohol, propuestas sin alcohol o con bajo contenido alcohólico, pensadas para captar a consumidores jóvenes o preocupados por la salud.
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Eso explica por qué en Francia la reconversión no se limita a cambiar estilos de vino, sino que avanza directamente sobre la superficie plantada. El Estado francés asume que no todo el viñedo es sostenible en el nuevo escenario y prefiere achicar ahora antes que prolongar una crisis que erosione ingresos, empleo y relevo generacional. El costo cultural es enorme: arrancar viñas implica perder paisaje, historia y saberes transmitidos durante generaciones. Pero el costo de no hacerlo, advierten los técnicos, podría ser mayor.
En Mendoza, la discusión recién empieza a tomar cuerpo. La provincia vitivinícola por excelencia de Sudamérica enfrenta el mismo dilema que Burdeos: qué hacer cuando el mundo toma menos vino. Negarlo, maquillarlo o postergarlo puede ganar tiempo, pero no cambia la tendencia. Francia, con toda su tradición y peso simbólico, ya tomó una decisión. La pregunta que empieza a sobrevolar los oasis mendocino es si ese futuro con menos vino y menos viñedos también terminará siendo inevitable aquí.



