Desde que estalló el escándalo por los vuelos y su patrimonio, Manuel Adorni avanza en equilibrio inestable mientras el Gobierno intenta sostenerlo con gestos de unidad que no logran correr el foco: las dudas crecen, la investigación sigue y la interna empieza a moverse por debajo.
Adorni, el equilibrista: solo se trata de seguir
Desde que le cortaron los aviones, el equilibrista tuvo que improvisar otras formas de transitar, un vehículo que le garantizara el perfil más bajo posible. No le quedó otra que caminar por la cuerda.
El cable está tendido entre dos torres: en un extremo, el último firulete neorenacentista de un balcón de Balcarce 50; en el otro; la covacha de un palomar bajo un alero en la Procuraduría de Investigaciones Administrativas.
El equilibrista se larga andar por la cuerda que vibra y zumba en el aire cada vez que él descarga su peso en cada uno de sus pies. No lo hace solo: detrás suyo, como un equipo técnico improvisado, aparece el Gobierno intentando sostener el número. La estrategia es clara y repetida. Mostrar normalidad, multiplicar reuniones, posar en fotos, fingir que todo sigue igual.
Desde el extremo de la soga atada en el balcón del Ejecutivo, aprietan el nudo como pueden. Intentaron una conferencia de prensa para dejar de hablar de aviones, pero el tartamudeo del equilibrista dejó más escándalo que certezas. Entonces fueron por el plan B: si no puede solo, que vaya acompañado. Ahí fue el equilibrista a enredarse en una gira de selfies con ministros, asesores, colaboradores, el que lleva los bidones de agua, el que prepara el café y hasta las palomas que ranchean en los escaparates de Casa Rosada.
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Una de las fotos más buscadas es con Pato Bullrich, una especie de candidata casi natural si se llega a caer de la soga. Se juntaron en el despacho de ella a hablar de zaraza legislativa y después él le pidió una foto y le apoyó la sien en el pelo díscolo de Patricia, medios echados sobre la mesa, blandos como dos mestizos después de aparearse al sol. El tema es que ni el rictus facial más descontracturado puede con la saña y pareciera que todos los tiros salen por la culata. En las redes, lejos de transmitir unidad, la pregunta fue ¿cuánto sale el reloj del equilibrista? Es escarnio es difícil de distraer.
Para colmo, Patricia no se cocina con un solo hervor. Accedió a la foto, pero no hubo ningún mensaje explícito de aguante en el momento en que los otros ministros lo hicieron. Por el contrario, en el peor momento de él, Patricia subió una foto comiéndose un sanguchito de milanesa que le convidaron en Tucumán, provincia autopercibida como la capital mundial de maridaje de pan y carne frita.
El recorrido sigue. Reuniones con posibles reemplazos, silencios selectivos, fotos que se suben y otras que no. Aparecen nombres como Sandra Pettovello y Diego Santilli, dos que pelearían el puesto y que tampoco estuvieron presentes el día de la conferencia de prensa.
En uno de los extremos de la soga, Karina Milei tiene el control político más fino. Observa la situación del equilibrista, no se muestra como una defensora activa, pero tampoco lo suelta. En paralelo, empieza a mover piezas en áreas clave: una de las más sensibles es el control del sistema de inteligencia, donde impulsa a su armador Sebastián Pareja para presidir la Comisión Bicameral. Ese movimiento no es menor, porque implica quedarse con una palanca de poder importante dentro del Estado en un contexto donde las tensiones internas crecen.
Del otro lado aparece Santiago Caputo, que sigue teniendo influencia pero cuya relación con Karina está marcada por la desconfianza. Aunque en estos días intentó mostrarse cerca del equilibrista acompañándolo antes y después de la conferencia de prensa-, eso no alcanza para disipar el ruido interno. La disputa entre ambos no es abierta, pero se expresa en estos movimientos silenciosos por espacios de poder. En ese marco, el equilibrista funciona como un escenario donde se reacomodan fuerzas: mientras uno intenta sostenerlo, el otro mide hasta dónde conviene hacerlo. Es la mercancía, el objeto de negociación, ¿si lo quemo, qué obtengo a cambio?
El problema, en el fondo, no está en la cuerda ni en el equilibrio, sino en lo que arrastra. Porque mientras el Gobierno ensaya fotos y reuniones para sostener la escena, el escándalo sigue creciendo por otro lado: aparecen bienes no declarados, las inconsistencias en las declaraciones juradas se acumulan y la investigación por el vuelo privado a Punta del Este sigue abierta. Nada de eso se disuelve con una selfie ni con una reunión de agenda.
Por eso, más allá del show, la tensión es real. Cada paso que da el equilibrista no tapa el problema, lo vuelve más visible. Y en política, cuando las explicaciones no alcanzan y los datos siguen apareciendo, el riesgo deja de ser una metáfora: pasa a ser una cuenta regresiva.
Ver: Fuerte banca de los Milei a Adorni para frenar los rumores de renuncia



