Una semana atravesada por símbolos y frustraciones: la foto de Messi con Trump que Milei no logró conseguir, la inesperada liberación del gendarme Nahuel Gallo con la intervención de Chiqui Tapia y una trama que dejó al Gobierno frente a otra escena política que no esperaba.
Messi con Trump, rescatando al soldado Gallo y la tortuga se escapa otra vez
En este conventillo los grandes temas de la política y la economía se mezclan con vecinos excéntricos, perros mágicos que administran el lugar y una saga de sucesos con límites difusos entre la ficción y la realidad.
Antes de que saliera el sol ya se escuchaba el repiqueteo de sus pasos ansiosos sobre las baldozas flojas que chapoteaban manchando sus zapatillas de barro. Arrastraba las macetas de malvones, pesadas, sobre el cemento, se sacudía la tierra de las palmas de las manos dándose chirlos sobre los muslos y bufaba, despeinado y transpirado.
Ya con el sol en alto, los primeros vecinos se asomaron a la baranda de sus habitaciones y lo vieron todo rojo, ofuscado e insultando a gritos: se le había escapado la tortuga. Una vez más.
Por algo prefería a los perros. La tortuga, autónoma, lenta y de escasa reacción a la presión externa se escurría entre sus manos una y otra vez.
Una de las tantas veces en que la tortuga se le escapó fue en noviembre de 2025 durante un viaje a Estados Unidos. Allí esperaba encontrarse con Lionel Messi, que participaba de actividades vinculadas al evento, lo que generó la expectativa de una foto entre ambos. Sin embargo, ese encuentro nunca se produjo. Ante esa situación, tuvo que conformarse co una foto con Rafa Nadal.
Sin embargo, esta semana, el capitán argentino apareció en la Casa Blanca junto a Donald Trump, lo saludó, le dio la mano y participó de un acto oficial. Entró detrás de Trump como un Avenger. Él, se conformó con subir una foto con Karina por el "día del hermano" y un video viejo de 2018 dónde decía en televisión lo bien que jugaba Messi.
Ver: Donald Trump recibió a Lionel Messi y al Inter Miami en la Casa Blanca
En el patio, detrás de un tanque de agua y unos tarros de pintura viejos y apilados, un susurro mínimo lo alertó. Ahí, acovachada, gris y camuflada, la tortuga lo miraba. Estaba lejos y por más lenta que fuera iba a tener el tiempo suficiente para escabullirse. Algo más doloroso que perder es ver la derrota ante los propios ojos.
Otras de los grandes escapismos de la tortura fue un acto de la diplomacia blue: la operación "rescatando al soldado Gallo".
Resulta que la familia del gendarme esquivó las vías oficiales y le pidió ayuda a Marcela Pagano, quien había llegado al Congreso con La Libertad Avanza pero luego se alejó. Quién gestó el contacto fue Natasha Niebieskikwiat, una periodista especializada en política.
En esa instancia se activa la "diplomacia blue", con gestiones que involucraron a figuras que no forman parte del gobierno actual. En la negociación habrían participado el ex embajador argentino en Caracas Oscar Laborde y la ex embajadora venezolana en Buenos Aires Stella Lugo, quienes mantenían vínculos con el entorno del poder venezolano encabezado por Delcy Rodríguez y su hermano Jorge Rodríguez. Según esa versión, desde Caracas existía disposición para liberar al gendarme, pero el gobierno venezolano sostenía que nunca había recibido un pedido formal de repatriación por parte de la Cancillería argentina.
Ahí hace su aparición el Juan Domingo del deporte nacional, el enemigo de turno que aportó un avión privado para traer al soldado de regreso a suelo argentino. El contacto se habría facilitado a través de Jorge Jiménez Ochoa, titular de la federación venezolana de fútbol, el gentilicio del comunismo moderno, desde la mirada oficial.
El día fue un nubarrón. Ante todo el vecindario lanzó al menos 56 insultos en 100 minutos, lo que equivale a un agravio cada 100 segundos, casi el doble de la frecuencia registrada en su discurso el año anterior. Las expresiones apuntaron principalmente hacia la tortuga opositora y todo aquel que hubiese facilitado su torpeza ante la exposición que traslucía el escapismo del lento animal.
Al final su séquito de afínes se movió rápido, alcanzaron al aletargado caparazón y lograron la foto con el preciado bicho para devolver la calma y recuperar la sensación del control. Pero lo impredecible estaba instalado: los reflejos habían pestañeado y la tortuga ya había avisado que se podía volver a escapar.



