Pero como habrán visto, ahora, ya son como las dos de la mañana. Afuera truena. No cae una gota de agua pero truena. Estoy en una guardia médica. En un nosocomio. Acostado boca arriba y mirando el techo. Esperando no sé qué. Desde el cielo al techo le sale una luz blanca como de carnicería. Su luz mortecina me apunta a los ojos. Y me ciega. Parpadeo para comprobar, ¡dónde es que estoy! Y cuando dejo de parpadear me descubro tendido sobre una armazón llana, con una almohadilla débil para mi nuca, muy pero muy incómoda. Recostado mi cuerpo en la camilla de un box que me separa hacia la izquierda y hacia la derecha por unos biombos de tela. Nos dividimos los pacientes así, por biombos amparados en una estructura metálica bien firme. Y puedo escuchar los lamentos lacerantes de los heridos. Retumban sus ecos en la sala general. A mi izquierda una mujer de aparente voz anciana da pequeños suspiros y gemidos, con una frecuencia de segundos. Sin parar, ella gime y gime... como si gimiendo le amainara la agudeza del dolor. La que aparenta ser su hija por la voz, a esa señora la calma, y le dice que se aguante. La supuesta hija se pone nerviosa por las quejas de su madre, y pide hablar con el Dr. Olmos, a quien dice conocer y tener con ella muchísima confianza. Hace un pequeño escándalo en la sala general de la guardia del nosocomio. Luego le explican que el Dr. Olmos no puede venir a la guardia porque está en funciones de dirección; y ella, prepotente, lo llama por teléfono, delante de todos: "¡Horacio, Horacio, atendéme por favor, estoy con mamá, en la guardia, mamá te necesita! Ella tiene su número, pero nunca el Dr. Olmos la atiende. Entonces la mujer baja de su superioridad luego de tamaño papelón y se le acerca a quien sería su madre. Le dice que la bala que tiene alojada en la pierna ya se la van a sacar ¡en un rato, madre! ¡cuando venga Horacio! ¡el Dr. Olmos! Y luego de gritarle la toca, la suaviza. Le miente y le acaricia la frente. Pero la anciana gime y gime. Que ¡aguante más!, le dice la que aparenta ser la voz de su hija, ya nerviosa y desbordada.
Y al otro lado, en otro biombo y hacia la derecha, se escucha a un hombre de voz grave de unos cuarenta o cincuenta años. Se queja con alaridos de dolor. Le imprimen las manos los médicos sobre el plexo. Unos enfermeros le pujan el pecho para sacarle unos vidrios, muchísimas astillas de la panza. Grita. Jadea como un lobo. Ausenta la voz como un muerto. Aspira el oxigeno fétido del ambiente y se lo fuma todo hasta largar su remoto grito de sufrimiento, como cuando a un puerco lo están carneando. El bicho da alaridos que se escuchan en todo el descampado, y, en este caso, en todo el nosocomio. Alrededor del hombre, una junta de enfermeros y médicos con muchas gasas en las manos, lo asiste. "Alcohol alcohol", pide una doctora. Se la ve muy apurada. Chilla el hombre bicho cuando le apoyan las gasas con alcohol sobre los tajos. Yo estoy entregado con los brazos en cruz. En el medio de los dos. Y rememoro páginas de Tadeo Isidoro Cruz y de Funes el memorioso. Giro la cabeza hacia mi derecha y escucho al bicho bífido mortificado. Gruñe en su atadero. Y al girar hacia la izquierda escucho a la anciana voz en un dialecto hecho de quejidos. Parece que le mandara mensajes de agonía y de despedida a la que aparenta ser su hija, en un idioma muy extraño, donde el castellano ha desaparecido para siempre. INRI, no dice en ningún lado. Sin embargo, todo el personal, actúa como si en algún lugar lo dijera. O estuviese escrito, en alguna talladura antigua de madera, o en el fondo más oscuro de la mente de los que componen el personal.
Es un estremecimiento religioso el que se observa en el actuar de los médicos y practicantes. Si bien la técnica y la ciencia de la experiencia, hacen "al saber" del cirujano por repetición de casos; es el ímpetu de entrega hacia el cuerpo del otro, con el que se allegan al padeciente los profesionales de la técnica de intervención del cuerpo. Primero, entonces, al humano se lo recibe en su agonía; y luego se lo intenta curar. Entre esos dos momentos se pone a funcionar el manual de procedimientos, que es de variado tenor en el menú de los abordajes. Abordajes de todo tipo y laya. La tecnología antes ausente, ahora, no anestesia con opio a las personas. No ha sido de maquinas la obra de dios en esa historia tan bien narrada, que uno encuentra en las sagradas escrituras. Todo hombre, y toda comunidad, se constituye de cierta fe para ser clan o para ser tribu, y para "no ser" individual, el hombre se diluye en el grupo, en el clan o en la tribu y luego en la comunidad de iguales. No existe el hombre como centro del mundo. La montaña en su reverso de la frase mueve a la fe que tiene el hombre, porque tener fe es un acto de sinceridad del sinsentido de las cosas. Y son montañas de fe las que se aquietan en el paisaje, imitándolo, en una simbiosis espiritual y demoniaca. La vegetalidad demoniaca del paisaje determina la minúscula partícula que es el hombre en el entramado de la naturaleza. Está cercado por ella en la vegetalidad demoniaca del paisaje. El árbol tiene una presencia que el hombre completa en el mundo como un gajo de un fruto que se pierde en el tiempo. El hombre así, tiene fecha de vencimiento.
Pero yo en el nosocomio no le pregunto nada a nadie. Solo he seguido los pasos de quienes me han hablado con cierta autoridad científica. Y cuando pasan los médicos y me dicen que ya vendrá a llevarme un enfermero para hacerme unos estudios. Yo no digo nada. Digo bueno. No les pregunto en qué consisten tales estudios ni de qué se tratan, ¡a qué apuntan! ¡qué quieren descartar que ya no sea descartable en mi vida! No quiero saber nada de nada de lo que van hacer conmigo. De saberlo, ¿qué cambiaría? ¡No cambiaría nada! Lo he comprobado en otras circunstancias. Cuando unos hombres quisieron saber lo que les hacían antes que se lo hicieran, fue para peor. La mente teje novedades del futuro y a veces vuelven a uno con el mal agüero a cuestas. Siempre la mula vuelve al máis. Mejor entonces es hacer silencio. Yo no pregunto nada. Y me lo he propuesto así. No quiero salvarme. De nada ni de nadie, ni estar preparado para preservarme, en este vendaval de bilis negra, a la que se me ha sometido para una futura vida de placeres. ¡Yo, espero la muerte! Creo que ya podría morir definitivamente. A veces pienso que no soy yo. Que un alguien a quien no conozco ha decidido, que yo sea un ente, que navegue a través del tiempo nutriéndome de sangre y de otros abalorios humanos por el estilo. Pero desde las primeras veces en que estuve mano a mano con la muerte, yo supuse y yo sentí, ¡que ese alguien podía fallar! Que su método y su laberinto de privación -y no de acertijo- se caerían algún día. Como se desvanecen los velos, como cuando se le caen las burkas a las hermosas mujeres árabes en la noche de jazdalén y se despierta la lujuria post Ramadán. Las mascaras que tenemos para participar en sociedad saltarían de los rostros y el mundo quedaría cara a cara, pelada, ¡impactadas de saberse! Y yo, el supremo dictador de entrecasa y de mis tolderías, definitivamente moriría en esa caída tan esperada por mí. Con el castillo derruido en escombros, y arrastrado mi cuerpo por la falla, mi cuerpo yacería con aliento póstumo. Hedor de maldoror. Quizá éste sea el maldito y premonitorio instante para morirme.
Como si fuera una anunciación de un luto peregrino escucho, el sonido de unas convexas campanadas de un Baptisterio, que ingresan por la ventana del nosocomio. Salen, desde allí y entran por la distancia de ese hueco que hay entre el nosocomio y la capilla ardiente, muy cerca, a 50 metros, y que es de unos pastores amigos de hace décadas. Hay un cajón en medio del salón de la capilla ¡Dentro de ese cajón estoy yo! Muy bien presentado de traje y corbatín. Me han acomodado el rostro, y el color ocre de mi piel, tirando a pálido por el talco de la cara, ya es mortaja y sedante de momia en el oficio fúnebre. Estoy rodeado por un cura y unos pocos conocidos que yo no ubico de cuándo y de dónde los he visto. Sé que a mi velorio no iría gente célebre. Solo algunos viejos gulhs que actúan de lloronas ante la llamada de la muerte de uno de sus compañeros. Ellos, siempre presentes en su oficio. Ellos también padecieron lo mismo que yo, y tuvieron que atravesar el tiempo. No se precisa conocerse para estar reunidos en mi velorio, porque la atracción de la sangre entre la fraternidad de los gulhs, impone la omertá. La primera lealtad, antes que apareciera la mafia. O la camorra. Los que ahora le llaman depresión a la languidez del espíritu no saben que antes de los antes de los antes, a lo mismo se le llamó melancolía. Entonces ni les comento a los médicos ni a los enfermeros que yo la padezco desde tiempos inmemoriales, desde que anduve por Gades, o por el viejo imperio de Marruecos. Oh, la melancolía. ¡Qué les voy a decir a ellos si no me van a creer! En todo caso pensarían que deliro, o que alucino. No quiero que me tomen más por loco. Así que nada de lo que pienso yo les cuento. Ni a las enfermeras que me ajustan el suero cuando vienen a revisar esas bolsitas aéreas de los calmantes que cuelgan en este lamentario.
De golpe me cercan cuatro mujeres de guardapolvo azul. Y muy simpáticas me preguntan cosas. Parecen practicantes, residentes. Todas a la vez me indagan: "¿tiene fiebre?" "¿ha ido al baño?" "¿de qué color (¿de qeer culer?) es la caca que ha hecho en estos días?", "¿ha hecho caca o no ha podido hacerla?", "¿cómo es que llegó hasta aquí?", "¿tiene alguien que lo acompañe?" "¿cuáles fueron los síntomas que tuvo para que viniera a la guardia de urgencia?" "¿usted tiene antecedentes familiares de etc.?". Yo ni les respondo. Simulo no entender, y ellas me dicen que no importa, que luego pasarían y me lo explicarían y me lo preguntarían de nuevo, a todo. Oh, no. Mientras, una de las enfermeras me toquetea la zona del abdomen y me pregunta si me duele. Yo le digo ¡sí, que sí me duele. Y mucho! "¿Acá?". Sí, ahí. "Ok, enseguida volveremos a pasar ¿ya sacó la orden para que lo vea el doctor Víctor Antonio Aminuff?". No, le digo. No lo conozco. Quedo dormido en la camilla. Me despierta un enfermero de blanco, impecable, de acara angulosa, un joven enfermero de los que anda por la guardia. Me dice que tiene que sacarme sangre de uno de mis brazos. Que baje el brazo izquierdo y lo deje quieto y apoyado en la camilla, y que abra y que cierre con la mano, y que luego haga un puño y lo suelte, lentamente, abriendo la mano. "Ahora está bien", me dice. Y que me quede quieto. Yo sin decir nada lo bajo como él me lo pide. Y hago los ejercicios para que se vean las venas. "Tiene buenas venas", me dijo el joven. ¿Y eso es bueno o eso es malo?, le pregunto. "No, es bueno". Entonces hago lo que me dijo y le expongo mi brazo venoso. El enfermero le da unas palmaditas a mis venas. Luego me clava una aguja enorme, ancha y larga, como las que se usan para tejer el matambre antes de meterlo al horno. "Va a sentir un pequeño dolor", me dice en advertencia. Yo no digo nada, y lo siento, muy profundamente, al dolor de la aguja del matambre cuando ingresa punzante en una de mis venas. Yo cierro los ojos. Estoy muy débil y no tengo fuerzas para oponerme a nada. Soy un cuerpo regalado a hurgüeteadores de cadáveres. Pero estoy penosamente vivo. Y entiendo que en el nosocomio harán lo imposible ¡para mantenerme vivo! ¡Y cómo explicarles que yo me quiero morir, definitivamente, ahora mismo! Es imposible que me den importancia. Mis palabras y mis pensamientos no valen nada. Sigo entregado como un cordero de dios. Degollado a la disección de los cirujanos. Soy carne de carancho.
El enfermero me deja una sonda y luego viene alguien que no veo y me deja otra sonda colgando del otro brazo. Y miro hacia arriba, y veo, que ya son dos tubitos que penden desde un fierro alto, que como centinela me vigila, muy pegado a la camilla. El fierro tiene rueditas en las patas. Seguramente yo tendré que llevarlo, arrastrándolo, por los pasillos del nosocomio. Agazapándome para no atropellar a nadie. Delicadamente por los pasillos de este purgatorio iría yo zigzagueando la ventisca que llega de la boca del infierno, tibia y desollada. Una señorita de aspecto andino, vestida de enfermera color azul oscuro, de pies a cabeza, llega a mi box. Tiene una sonrisa que deslumbra. Me dice que tiene que sacarme sangre del lóbulo de la oreja, para un estudio de contraste. Yo no digo nada y quedo extasiado por su amabilidad. Me lo hace con suavidad, y con su sonrisa se me fragua un devaneo en mi pensamiento. Pensé que, bien podría, si he de salvarme de ésta, como parecieran querer los médicos, escaparme con ella a vivir al mar. Y ser los dos felices. Y leer juntos novelas románticas. Y tomar caipiriñas. Y coger hasta la preñez mientras sale el sol en la mañana frente al mar. Y que se ponga en el atardecer y en el mismo equinoccio ese mismo sol para que todo sea un permanente amanecer con ella, multiplicado por mil, en los espejos de las olas del mar. En una manta sobre la arena ella me pondría crema en la espalda y en la cara, y yo me prendería de su boca y luego de su cuello. Hasta dejarla seca ocre, momificada. Intuyo ella es plena y virgen. Y podríamos quedarnos dormidos y abrazados para siempre hasta que alguien nos encuentre, y nos lleve a un entierro en un pozo para dos, hecho especialmente para nosotros, con una apacheta labrada en hierro forjado, arriba de la tumba.
Pero caigo en la cuenta. Oh, no. Estoy en Austwich. Me están metiendo agujas hasta en el culo. ¡Y yo me quiero morir de urgencia! Por ese momento que pensé me hubiese gustado querer vivir y vivir mucho más de lo que he vivido hasta ahora. Pero solo por y con ella lo haría. Pero resulta que todo es un engaño o un ensueño, y yo estoy delirando por el dolor y por la sangre, y por lo que me entra desde las bolsitas aéreas por las venas, sustancias de vitalidad que yo no quiero que me entren, líquidos para la recuperación que desprecio. Y la veo que después de sacarme sangre del lóbulo de la oreja ella se va. Sin darle importancia a lo que no sabe me pasa por mi loca cabecita enamorada. Y cuando se va, de espaldas, ondeando sus crines que le llegan hasta la cintura, yo vuelvo a la cruel realidad de mi convalecencia. A mi bronca. Al verdadero verdugueo. A los gimoteos de la señora de la izquierda y a los quejidos del hombre de la derecha, que se acompasan y respiran y gimen y gritan como si fuera un coro lamentario de una tienda de campaña de la guerra de secesión. La guardia está saturada de desvalidos del Misisipi. Gente para amputar, soldados para diseccionar, órganos negros para distribuir por la cadena clandestina en los túneles de los gulhs. Los confederados han sido derrotados y se calculan que son miles y miles de bajas de ese bando. Por las correderas, el rumor dice (y lo hace correr el propio Ambrose Bierce) que llegarían todos los heridos al nosocomio. ¡Y veo que puede ser verdad! Porque corren de aquí para allá mujeres y hombres jóvenes con guardapolvos blancos. Desesperados. Verdes y azules también son los tonos de los otros guardapolvos. En la sala de espera un hombre tiene la cara adusta, sabiendo, que tal invasión de negros de los algodonales, es inminente. He visto el sabor de la pena en muchos hombres que no saben ni dónde están parados, y a muchas mujeres que aun sabiéndolo, se les menea el piso ¡como si fueran a desvanecerse! ¡son en definitiva norteamericanos! ¿no querían eso, norteamericanos en nuestra tierra? Algunas señoras del salón vomitan por la noticia, y sus parientes se ponen irritables. Y le exigen al administrativo ¡Urgente, no dan más, están tirados en los sillones desmontables, y ya se vienen los negros! ¡Nosotros como argentinos tenemos prioridad ante esos negros vagos que vienen a sacarnos el trabajo! ¡Pálidos! Otros viejos lívidos parecen no llegar a su destino, a su última oportunidad. Pero el muchacho de la guardia está tomando nota de los números de documentos de los baleados, y no puede con todos. "¡No hay lugar, deberán esperar!", les dice el muchacho sin mirarle los ojos a los lamentarios.
Es el infierno del Dante. ¿Dónde estará Virgilio?, me pregunto. Pero la pregunta me la hago para adentro, porque nadie entendería el chiste. Y a mí me gusta hacer chistes, fabricarlos, no repetir los de los otros. Por eso me los hago para dentro y para mí. Y me rio solo cuando el ánimo acompaña. Que generalmente acompaña. Ahora me veo en la camilla bajándome con sumo cuidado para sentarme en una silla de ruedas. Me asiste un enfermero que me llevará a hacer una tomografía computada. Me siento y mis brazos están llenos de tubos transparentes, colgados, pendiendo del fierro largo, al cual puedo llevar con las rueditas por todo el maldito nosocomio ¡con una mano! ¡La imagen es patética! Yo me rio por dentro luego de salir de la guardia del terror. Y no sé bien por qué me sentí animado. El hecho de moverme de la camilla y salir de la película que estábamos filmando me dio cierta esperanza, vacua por cierto, porque moverse significaba avanzar hacia otro casillero, uno más. El enfermero me metió en un ascensor para el cadalso. Viajamos tres pisos, pero el enfermero me dijo que se había equivocado y que había apretado el 3 y era el 2 el piso correcto. Entonces nos volvimos en el ascensor hasta el piso 2. Con una mano abrió la puerta de metal del ascensor, y me empujó hacia afuera. Me dejó en la puerta y en el pasillo de algún lugar, que resultó ser la sala de tomografía computada. "Ahora lo hace pasar la radióloga", dijo. Bueno, le digo. Entregado. Entro porque me llama. La radióloga con cara de nada y acostumbrada a su ejercicio me recita, de memoria, los pasos a seguir: cómo debo ponerme, qué tengo que hacer cuando la maquina me introduzca en la caja, dónde yo debería retener la respiración. Repetimos la acción por media hora. Entraba y salía mi cuerpo de esa caja de metal y chapa, que hacía chillidos, como si a alguna pieza de la maquina le faltara aceite. La radióloga me dijo que debía retener y soltar la respiración, porque no sale ni se ven claramente las imágenes si no lo hago como ella dice. Tiene mal carácter. Debimos repetir la escena al menos cinco veces. Hasta que dijo "Terminamos, puede bajarse de la camilla. Ahí le llamo al enfermero para que lo busque y lo lleve a la habitación que le han asignado en el piso 3". Yo, además de bueno, le dije gracias. Gracias por haber terminado con esta tortura. Me dolía todo. No tenía reservas para seguir con los procedimientos que faltaban. Sin embargo yo no decidía. A mí me trasladaban por el purgatorio. Mi cuerpo no era mío y yo no lo gobernaba. Y pude ver cuando íbamos entre la gente de la sala de espera, que yo me había transformado en una especie de atracción para el público, aterrado por los negros del Misisipi.
Iba hecho una momia en la silla de ruedas, amarilla y desganada. Parecía un combatiente del bando de los contrarios, y lo era. Yo, momia agónica, voy hacia el piso número 3. Y ahí me dejarán ¡Para hacerme otros estudios! "¿Dramatic, sin o?". Así me dijo un amigo gulhs que pasó a visitarme por el nosocomio. Me lo dijo en tono de pregunta, de broma: "Dramatic". Yo me reí mucho, y le agradecí por haberme hecho reír mucho en un momento tan lúgubre y ominoso, esquizofrénico, cuanto menos delirante. A él le faltaban los antirretrovirales, me confesó. Pero se lo veía bien, aunque distante, y ahora pienso que por eso me lo contó. Estaba desganado. Pero me dijo que pronto le llegarían, y todo estaría bien de nuevo. Tenía dos siglos y pico encima dedicados a la literatura clásica, a la poética de los malditos, a la narrativa hiperselvática de José Lezama Lima. Fue escritor y profesor de literatura. Y formó escuelas, primero de amanuenses, luego de escritores y poetas. Y nadie sabe que muchas de las escuelas donde van los jóvenes ahora a estudiar, llevan su nombre. Su estampa. En todas las celebraciones de efemérides escolares lo recuerdan, pero no lo saben, no lo conocen. Para la población es un mito, y para algunos ilustrados darwinistas es una deformación humana producto de la debilidad, con que algunos seres quedan en el camino de la evolución, fallados, para siempre. Pero está más vivo que nunca. ¡Con otros nombres! Fue conde lujurioso en el magisterio y en el convento. Monacal y perverso en la escuela de la iniciación de las carmelitas descalzas, a quienes les dejó el perfume de la oralidad poética para conversar con la virgen y con dios. Posee hasta hoy, y no ha perdido un ápice de esa exquisita sabiduría que sabe administrar con sus discípulos, calidad para escribir. 7 azotes es su último poemario clandestino. Me lo llevó de regalo al nosocomio y también me dejó un libro de yapa, un libro publicado por mondadori, de una tirada que luego se hizo de culto ¡una joya! Poema de animales, de Ted Hughes, el esposo de la singular poeta Sylvia Plath, quien se suicidara de muy jovencita y ha dejado una obra bellísima y cruda. Tanto en su poesía como en su novela póstuma, la campana de cristal, se denota su madurez vampírica.
¿Queda algún estudio por hacer? Esa fue mi primera pregunta y se la hice al médico de cabecera, cuando él pasó por la habitación número 3, para chequear cómo me sentía. Había comido, había tomado líquido, me estaba reponiendo de la catástrofe interior. Pero él me dijo que en un par de días yo volvería a mi casa. Que me iban a dar el alta para que en mi casa, con unas medicinas y una serie de indicaciones para la curación, llevara yo mismo el proceso de acompañamiento de la enfermedad, afuera del nosocomio. Y que luego de hacer el último estudio que me quedaba por hacer, determinarían, con el equipo de cirujanos, cuándo es que me intervendrían.
- ¡Me intervendrían!
- ¿Me intervendrían?
- ... me intervendrían.



