Pero esto, no es todo. Y supongo que ahora, ¡ustedes se preguntarán! ¿Cuándo nos cuenta este hombre de la vida y obra de Madmoiselle Jones? ¿Hasta cuándo deberemos esperar? Yo les digo que lejos estoy, ¡mi ánimo lejos está! De hacerles perder el valioso espacio del que dispone una persona. Y más en estos tiempos atareados donde uno tiene que ir de aquí para allá y no puede prestarle atención a las cosas del mundo sutil. El que se expresa y manifiesta al son de la cotidianeidad acelerada. Y es entendible que así suceda toda vez que el mundo fue hecho, de una manera exacta, para que justamente al oculto mundo sutil lo perdamos de vista. A veces allí están las claves de lo que muchos persiguen, afanosamente en el día a día. El día solo tiene 24 horas y no en todas las horas uno está dispuesto a escuchar una historia semejante y tan extensa. Pero no me digan que al menos no les resulta escalofriante y atrapante. Si han llegado hasta acá les pido hagan el último esfuerzo en cultivar sus paciencias, porque estamos cerca del final de este ratio. Pido disculpas a las autoridades de este salón, quienes gentilmente me han permitido venir a él a desplegar esta narración. ¿Ustedes comprenderán si les digo que por escrito es distinto? Cuestión que resolveré en pocos días porque tengo que elevar un informe escrito a mis jerarquías sobre lo hecho y deshecho en estos pueblos lejanos. Tengo entendido que para las jornadas de agosto debería estar terminado y entregado el informe que menciono. Porque se celebrarán, con la puesta en escena, cientos de ponencias con sus autores vivos, a modo de conclusión de un proyecto que viene de la mano del Dr. Korch, y que quienes integramos su extensísimo equipo de trabajo, y aquí quiero elevar mi homenaje, estamos orgullosos y agradecidos por el espacio que nos brinda el Dr. Korch para indagar y desplegar nuestros intereses académicos, lejos de la academia física, de su arquitectura, del edificio donde la academia se lame su propio pie, porque no sabemos si los académicos que no salen de su oficina puedan hacerlo. No pueden, me inclino yo a pensar. He pensado por momentos que están momificados.
No obstante, mi propósito de indagar sobre Madmoiselle Jones no se iba a doblegar así como así. Debía hacerle frente a las vicisitudes que se me presentaran. Mientras cruzaba por entre las colinas de Acuamonte a Willoche fui rumiando un nuevo plan. Y al llegar a Willoche lo tenía que poner en funcionamiento, ¡de inmediato! ¡Era mi última oportunidad, antes de irme! Así de simple. Entonces, fui andando hacia el pueblito de Willoche. Quizá allá las cosas fuesen distintas y las gentes más amables. Debía tener fe, o mejor dicho, recuperar la fe. Recuperar mi idea. Entonces, al llegar a Willoche, luego de dos horas y pico de caminata por entre las colinas recalé en la plazoleta principal y paré a tomar un descanso. Me senté en un banco de hierro forjado que sostenía unas maderas viejas y derruidas de asiento. Y miré a los alrededores. La plazoleta estaba descolorida. El pueblo lucía desertado. Los arboles estaban secos y la flora del lugar había desaparecido por falta de agua. Se veían los tallos verdes de la flora seca con el vigor estoico de quien resiste la carencia. Pero que por sabia intuye, que pronto, encontrará la posibilidad de renacer hacia arriba con toda la fuerza que provee esa alquimia del agua con la tierra. Algunas lluvias vendrían a criar a la mata informe. Entonces, bajo estas banalidades que ocuparon mi cabeza, tuve una sensación extraña. La idea que había barajado me llevaría a preguntarle a alguien dónde yo podía tomar un café. Y ahí sí, hablar. Cavilaba. Con el objetivo de fomentar la calma del lugar yo iba a presentarme como un periodista de turismo, mi nueva treta. Y decirles, que había llegado a Willoche motivado por su atractiva arquitectura, y por sus colinas y sus vistas, y hablaría del mirador, ¡mucho tiempo hablaría del mirador! Consagrándolo como un sitio para el rito amatorio del conocimiento. La gnosis. El lugar por excelencia para amar a la diosa Sofía ¡Claro que sacaría fotos! Y luego elaboraría una crónica del lugar y de sus gentes, que publicaría en una revista de estudios antropológicos denominada Ileusis. Y en medio de esa historia yo preguntaría por las personalidades destacadas del poblado. Que siempre las hay. Y colar así mi ansiada pregunta por la ignota Madmoiselle Jones.
Miré a mis costados. Se hubo levantado un viento que arremolinaba el yuyal desperdigado, la tierra y el polvo que envolvía y tornaba al sitio en un pueblo encantado por el misterio y el ocultamiento. En eso, un perro se me vino, lánguido en sus movimientos, evidentemente muerto de hambre y de sed, a donde yo estaba sentado. Yo solo tenía unos biscochos en el fondo del morral. Y agua en la cantimplora. Le ofrecí al perro la mitad de uno de los biscochos que partí, y le puse agua en una vasija descascarada que encontré tirada, al lado de un árbol totalmente embalsamado. El perro tenía los fanales del diablo. La luz de sus ojos era de hielo seco, vaporosa. Sin embargo, y contra mis malos pronósticos, no me mostró sus dientes. Se lo veía sentenciado a su extinción. Sumiso. Al parecer por sus huesos debilitados ese animal no tendría mucho tiempo de vida. Con todo, el perro desmantelado se acercó a la vasija. Y tomó a lengüetazos toda el agua que le puse. Luego se me arrimó, y de un bocado se tragó la mitad del biscocho que sostenía con mi mano. Eso me hizo ganar su confianza. Tal vez me podría constituir para él en su nuevo amo. Su dueño, por un momento, al menos. Se lo veía vaciado de alma. Aunque llevara colgado holgadamente un collar amarillo de su cuello, con un dije que decía su nombre y se había borrado, el perro, era un don nadie en esta desolación. "Debe de haber tenido dueño", pensé. Y no hay mejor forma de andar en un pueblo abandonado que con un perro que cumpliera el rol de Sancho. Mi compinche de aventuras. Mi otro yo del lado b de la vida. Por si las moscas. Le di un biscocho entero, y le puse más agua en la vasija y le hice un cariño suave y juguetón en la cabeza. Quise asegurarme que el perro estuviera de mi lado. El perro hizo el mismo procedimiento. Pero esta vez, luego de tomar y comer el agua y el biscocho, vino y se me acurrucó entre los botines, haciéndome arrumacos, moviéndome la cola. Me pareció que el perro ya era mío. En ese sentido, le puse un nombre. Le puse jones ¡jones, jones, jones! Le decía. Empezamos a practicar. El perro comenzó a responder a mis llamados. Hacía un buen rato que yo andaba dando de saltones por la plazoleta abandonada con jones. Me veía como un niño con su perro nuevo, pero los dos estábamos arruinados. Éramos viejos. Tal vez por eso es la nostalgia que me da este pueblo de Willoche. Tenía un biscocho más para darle a jones para cuando hubiéramos recorrido las pocas manzanas que tenía el pueblito. Y le daría más agua, si encontrábamos una canilla disponible. Yo lo iba a cuidar, pero ¡esto no estaba dentro de mis planes!
¿Por qué entonces, no pensar que el destino me tenía preparada, al fin, una grata sorpresa? ¿Ah? Había que volver a confiar. Si pensaba pesimísticamente no iría a lograr nada. Como en la vida. Debía confiar en mi plan y sus derivaciones impensadas ¡debía confiar en mí! Entonces, tomé coraje. Y nutrido de mis auspiciosos pensamientos nos pusimos a andar con jones por los alrededores de la primera manzana de Willoche. El perro no se me quitaba de mi vista. Yo pispiaba las casas. Bajo un silencio oceánico. No se escuchaban ruidos ni conversaciones en la primera casa donde me aproximé con el perro. Me moví hasta la segunda casa. Lo mismo. Pero esta vez me acerqué hasta las ventanas exteriores del frente. Y me asomé, corriendo una cortina de madera, hacia dentro de la vivienda. Si bien no había nadie a la vista, las cosas y los muebles, la decoración, estaban ordenadas. Como si alguien estuviera en alguna habitación o en el baño, o durmiendo. Eso me dio tranquilidad y me reforzó la convicción, de que en este pueblo, vivía alguien. Me arrimé con jones hasta la tercera casa, y realicé el mismo procedimiento: aguaitar. Para muestra baste un botón. El mismo caso que la segunda casa presentaba la tercera. No quería golpear. Me pareció invasivo tocar a la puerta de algún vecino. Mi idea era hablarle a alguien, que estuviera en la vereda, o que anduviera por la calle caminando distraído. Pero, no había un alma a esas horas en Willoche. No sabía si era por la hora, no sabía si siempre era así Willoche. Solo jones y yo estábamos en esa soledad. Dábamos el talante de compañeros de tropa. No quise arrebatarme y seguí revisando las casas de la manzana 1. En ninguna casa, pude ver ni la sombra de una persona. Tampoco se le notaba el abandono que sí tenía la plazoleta, a ninguna casa se le notaba estar abandonada por sus miembros. Excepto a una, que se encontraba al final de la segunda cuadra de la manaza 2. Su frente mostraba una pálida imagen muy parecida a la dejadez, con que las casas quedan, debido a la depresión de sus integrantes. Muchas veces, los integrantes, se desintegran adentro de las casas por implosión psíquica. Pero afuera nadie lo notaría. Solo por rumores, uno, en un pueblo chico, puede llegar a enterarse de los movimientos de la personas, ¡dónde van, a qué casa se cruzan y a qué horas! De ahí que los crímenes fueran tan feroces en los poblados rurales. Ya se había abolido el intercambio de mujeres púberes. Simplemente sangre. Quizá por esa norma simbólica que dice que no se deseará a la mujer del amigo, ni a la del pariente, este pueblo, daba que hablar en los periódicos, aquí no hay periódicos ni llegan los que hacen afuera. Sabemos, de muchísimos casos, de ese tenor de asesinatos. La proximidad. La ira. Pero solo mencionaré a modo de ilustración al Crimen de Cuenca.
Dicha casa, de la cual les hablo, se presentaba con manchas amarillentas en las paredes, con gajos de barro seco, de esos que quedan en las paredes por las lluvias. Ni una manguera le habían echado a las paredes. La casa parecía más que abandonada, empobrecida, por dejadez diría yo. El perro, mi amigo jones, hizo un alto en el camino y me miró, fijamente a mis ojos. Tenía las orejas paradas. Yo le pregunté qué pasaba. Entablé una conversación con jones para observar sus movimientos y leer, quizá en sus ojos, un mensaje. Algo, el perro, me quería decir. Yo opté por quedarme en la puerta de la casa amarillenta. Me senté en el piso a descansar, en un pedazo de tierra, donde pudo haber pasto alguna vez y ahora ya no hay, e intenté jugar con jones, tirándole un cascote para que fuera a buscarlo. Pero el perro no quería jugar ni con un palo. No quería moverse. Se quedó fijo, mirándome. Esperando que yo hiciera algo frente a esa casa amarillenta que por momentos destilaba una hediondez de sangre seca. Deduje que quería que fuera a pispiar como en las otras casas lo hice. Y así fue que lo hice. Confiaba en la mirada de jones. Y esto es lo que vi por la ventana de esa residencia hecha rancho por afuera: un salón oval vacío. Una estufa de hogar de campo, en el centro, de lo que vendría siendo el living, largaba un hilo finito de humo. No había sillas. No había gente. No se escuchaba a nadie. No había música en el ambiente. Busqué a jones cuando me di vuelta de mirar por la ventana, y el perro ya no estaba. Me volví a buscarlo. Di dos vueltas a la manzana. El perro había desaparecido. Cuando empecé a llamarlo jones, jones, jones. Una mujer, vi asomarse por la ventana de una de las residencias ubicadas en diagonal a la casa amarillenta. La miré y me quise acercar, pero la mujer cuando me vio, entró en pánico, y salió disparada hacia dentro de su casa. Como si hubiera visto a un demonio ¡Dónde estará el perro! Pensé en preguntarle a esa mujer. Y me envalentoné y fui hasta la puerta de su casa, y le di tres golpes a la madera de la entrada. "Buenas tardes, señora, ando buscando a mi perro". Le dije.
La mujer lucía demacrada y vieja. Aunque no debe de haber tenido más de 30 o 40 años, ella estaba a la miseria. Su aspecto, el de una loca de atar. Con costras en la piel de su cara, despeinada y tosca en sus formas. Con los ojos estrávicos. Tuve temor, que por las características que menciono de su rostro, de su forma de presentarse ante la vida, ella, me fuera a atacar con algo. Pensé en la imagen del cuchillo de cocina. No sabía de quién se trataba esa mujer vahída. No debía yo tomar en confianza el dialogo que entablara con ella. Por eso, cuando me respondió "aquí no hay perros", yo le dije que me perdonara por la molestia ocasionada. De haberle golpeado a su puerta. No bien me lo dijo, espetó a continuación: "tenga cuidado por aquí, forastero". Y lejos de agradecerle le pedí que me contara a qué debía tenerle cuidado. La mujer no dijo nada. Puso cara de póker como si yo pudiera llegar a entender esa señal. Y yo sin entender al fin entendí, que se trataba de algo anómalo lo que me quería decir y me dijo, sin palabra, y por seña. Algo ya me producía un socavón en mi cuerpo. Cierta descompostura. Tenía sed y tenía hambre. Muy cercana era la sensación que sentí, a la desgracia. Ese tono, en la forma de advertirme la mujer, me hizo volver al asustamiento. Pero ahí nomas se me vino a la cabeza un pensamiento, que leí por ahí, alguna vez, que dice: "hay que ir con todo el susto y el miedo hacia adelante. Que el miedo es parte de la acción motivadora de la práctica humana, y que no podemos evitarlo, solo conjurarlo". Entonces le pregunté a la mujer si aquí, en el pueblito de Willoche, no vivió una familia de apellido Jones, que yo andaba de visitas (omití mi plan de periodista de turismo y fui al grano) y que quería contactarme con mi prima, dije -mentí- mi pariente, Madmoiselle Jones. La mujer al escuchar el nombre de la que dije era mi prima, enmudeció. Pero logró soltar palabra por reacción. Se le estrujó la cara y se puso más lívida de lo que estaba ¿Algo atragantado tenía la mujer que no la dejaba pronunciar el nombre de la persona que yo andaba buscando?
Luego de tragar saliva, la mujer me dijo: "ella desapareció un día que salió a comprar pan y no la vimos más". Yo, sin perder tiempo en palabreríos, le pregunté por la panadería. ¿Dónde quedaba la panadería que ella decía? La mujer me dijo que la panadería ya no estaba. No estaba en el lugar. "La habrían derrumbado unos hombres, que vinieron mandados por el condado de Acuamonte, pertrechados con tractores y maquinarias, para demolerla". Me dijo, y agregó súbita: "es allá, donde se ve ese descampado", señalando con un dedo. Le agradecí sobremanera por el dato. Le agradecí por las recomendaciones de cuidado. Y me fui hasta el descampado donde supuestamente hubo una panadería. La panadería donde podría habérsela visto por última vez a la señorita Madmoiselle Jones. Me ubiqué en el centro de esa desolación. Ya era la tarde. Y extrañé a jones, mi camarada. ¿Dónde estará mi perro? Pregunté en un momento de melancolía, mirando, atribulado, hacia el cielo tomado por las nubes. El cielo había mutado de color. La noche se hizo amenaza. El celaje estaba a punto de despuntar. Y sabía que en pocos minutos, y sin darme cuenta, al lugar lo irían a gobernar las sombras, la noche entera, la inmensidad de lo oscuro. No había iluminación en el pueblo de Willoche luego del último otoño. Decidieron sus vecinos no tener más luz artificial. En el condado de Acuamonte, sede y delegación de pueblos aledaños, se sabía todo, pero nadie lo decía. La desaparición de Madmoiselle Jones es un misterio toda vez que nadie lo cuenta. Me dolió muchísimo pensar en que nunca iría a ver al perro de Willoche, mi camarada jones. Luego supe, por decires en el hotel, que en las zonas aledañas se cocían cosas extrañas, y que muchos exploradores en un tiempo, llegaron de a montones, a realizar coberturas de tal extrañamiento. Documentales, películas, fotografías.
Era Willoche, más allá de la desaparición de Madmoiselle Jones de la panadería, una incógnita hecha arte tenebroso ¿Qué artista hubo de pensar, para luego acercarle a dios, el boceto de un pueblo así, hecho relato? ¿Lucifer podría haberlo hecho? Decidí entonces, estimados colegas, quedarme en Acuamonte unos días, hasta se venciera el arrendamiento de mi habitación en el hotel. Debía tramar un tercer plan. No me iba a amilanar. Si el guerrero zafa de una batalla, es que está preparado para una guerra. Y en eso me afirmé para retomar mi camino. Y retomar mi confianza. Y saber, que si había llegado hasta acá, como ustedes, no podía ser en vano, todo el camino que hice, y ustedes han hecho a lo largo del relato. Algo debía llevarme como dato para poder conferenciar sobre la vida y la obra de Madmoiselle Jones, al menos, como para producir un escrito, que mapeara el arte de la situación y contarles, esta perturbadora experiencia antropológica. En el hotel me senté en el buffet a tomar un café con un vaso largo y frío de soda. Ese día el hotel estaba lleno de turistas. Pensé en la tercera e inesperada etapa de mi plan. Hablar con los turistas. Pero antes de comentarles, colegas, lo que hablé con uno de ellos que venía de Francia, les quiero compartir cómo yo supe de ella y de su obra, de la ignota Madmoiselle Jones. Porque les dije que yo era el único que la conoció. Se las estoy presentando ahora, quizá de manera impulsiva, como toda presentación de alguien que no existe. Entonces. Enero de 1922. Waikiki. Yo era un niño. Estábamos de vacaciones en la playa con mis padres. Arrendábamos una de esas cabañas de madera que traían de misiones, que solían inundar los paraísos de palmeras y las playas con polvo de ladrillo. Como único hijo, yo hice lo que me permitieron mis padres. Me tuvieron de grandes y, como todos los padres grandes tienen miedo de lo que les pueda ocurrir a sus hijos, mis padres, sufrían mi crianza, y yo sufría por ella y por ellos. Fui criado con temor a mí y a ellos. Con temor a que me pasara algo con los otros y conmigo, y con ellos, transmitido por el asustamiento de mis padres, esa sensación se había tornado crónica. Lo cual me llevó a tener varias visitas a un psiquiatra de mi ciudad. Fui recomendado por unos amigos de mis padres. Fui psiquiatrizado de niño por mis sospechas a todo. Mis padres negaban eso. Ellos decían que era yo el problema, y no ellos, por su educación de advertencias con la que me criaron, transfundiéndome un miedo aterrador y una falta de confianza que me inmovilizaba día tras día ¿Cómo entonces criar a un hijo sin advertirlo de los problemas con que se podría encontrar en el transcurso de la vida? Uno puede retrucar con esa pregunta ¡cierto que lo es! Pero en este caso, y por lo corroborado en vida, no pudo ser de otra manera.



