Una noche, mientras residía yo en el nosocomio, soñé algo muy particular que me tuvo en la vigilia. Me desperté de noche y el sueño continuaba. Y como todo sueño se desvanece en la mejor parte. Opté, por alargarlo despierto. No se trató de una pesadilla, no. Más bien de una obra de arte en mi cabeza. Un obra de teatro donde yo era el único actor protagonista. En la obra no me asistía nadie. No había actores secundarios. En todo caso, los actores secundarios, salían desde el público. De alguna manera, se les imponía ese rol a los espectadores. Y recuerdo que al principio de cada función, les daba vergüenza participar, negándose a subir al escenario. El desarrollo de la obra seguía su camino largo. Una obra que yo calculé prácticamente infinita. Como de tres o cuatro horas. Una obra que en cada función en vivo dura tiempos diferentes. Donde la primera función se desarrolla en una hora y media y la segunda en dos horas y media o más. Y así pensé que la obra sería más inédita función tras función. Por cansancio encontré el momento final. Mi límite físico. Mi garganta estropeada y ronca, mis rodillas llenas de hematomas, y mi espalda encorvada por los movimientos bruscos que debí hacer con mis extremidades. El cierre del espectáculo se daría sin más por el cansancio y desbarajuste de mi cuerpo, al tirarme de un armario sobre el escenario, como Altazor, intenté un final con un vuelo rasante sobre los espectadores. Pero me caí ni bien salté del armario, de boca, contra el tablado. Y los espectadores aplaudían de la risa que les causaban mis torpezas. Los límites de mi resistencia y de mis pulmones toparon contra un murallón. No obstante, los espectadores que miraban su reloj, podían irse en cualquier momento, si les parecía que la obra era larga y tediosa. En cualquier momento de su desarrollo se podía ir cualquiera de los presentes porque al final quedaría un solo espectador, con el que terminábamos conversando. En cada función de la obra infinita puse mi cuerpo por entero. Necesitaba estar bien físicamente para aguantar las funciones, y me preparé; porque cada función podía durar una eternidad. Una eternidad que se gasta, pero al fin una eternidad. Algo así como si al actor protagonista le brotara en medio de la función algo del cerebro. Colindante con lo esquizofrénico. Algo así como si el actor protagonista estuviera atrapado en un shock de locura, o en alguna de sus formas a las que su psiquis lo tiene acostumbrado. La obra no registra los tiempos por secciones, se pierde en el caos de la obra en vivo. Pues la obra nunca se soñó con secciones ni descansos. Ni apertura, ni epílogo, ni final. Una obra de corrido que empezaba en cualquier segmento en la cabeza del actor protagonista, y que luego se perdía en el delirio, en la hiperoralidad del hombre que habla solo. Se podría decir también que es una obra sin lapsos. Porque lo adrenalínico de la obra lleva a los espectadores a la saturación. A la saturación en el pensar y en el reír. Entonces especulé, que yo necesitaba hacer deportes, llevar una vida sana y estar a la altura de la obra en cuestión. Para poder representar la decena de personajes, yo debía llevar una vida cuanto menos ordenada. Sobre todo porque soy mayor. Y un actor mayor, por más entrega en el escenario, se puede quebrar una pierna, o esquinzarse. O romperse la cabeza. O quedar atrapado con la cabeza comida por el piano de cola en medio del escenario. Yo termino cansado de cada función y necesito reponerme en la cama por 24 horas. Dormir, alimentarme bien, de manera saludable. Sin embargo, empecé a pensar en el mobiliario que me hacía falta para decorar el escenario. Y ahí apareció la idea de un piano de cola, que ubicaré en medio del tablado, como si el protagonista principal fuera el propio piano de cola y no el actor protagonista. El hombre. Está escondido detrás de las cortinas, mostrando parte de su cabeza. El tipo es de curiosear. O del biombo, porque también necesito urgente un biombo, donde me cambie de ropas y de trajes de disfraces, sin que me vea el público. Esa era la idea, y no otra. Una obra donde realmente el actor principal ya no es más él. Una obra de desdoblamiento de la personalidad por completo. Pero todo al mismo tiempo y en paralelas dimensiones. Si al dialogado le hacían una pregunta, el mismo dialogador corría a cambiarse detrás del biombo para responderse, vestido de otro personaje, que podía ser una hada o un desollador, o un asesino payaso. Con lo cual, si usted a leído "payaso", se podrá imaginar que es una obra para toda la familia. Porque la idea, o el sustrato principal del espíritu de la obra, es recuperar la institución de La familia. ¿Quién podría ignorar una obra de teatro así? ¿La había soñado como una forma de sustento, dado mi exiguo salario de profesor? Pensé en el arte como forma de sustento. Y me apareció el teatro, más bien el escenario. Sumado a esto, venía pensando en el nosocomio, donde doy conferencias de metafísica, del arte de la novela, o la discusión sobre la idea de autor en la literatura. Temas de los cuales vengo afilado escribiendo ensayos. Se demoraría, por supuesto, el actor principal, único protagonista de la obra, cuando fuera a cambiarse detrás del biombo para ser otro. Y si no es un payaso será un mago, un otro, otra persona que sintiera otras cosas de las que siente el actor protagonista. Y todo en la obra es más o menos así. Ya verán más adelante que se hará en la obra con el piano de cola. Luego caí en la cuenta. Necesitaba una serie de artefactos que se saben encontrar en los hospitales. Un papagayo y una chata para la cacona. Guantes blancos, de goma, para inflar con la boca. Porque la obra tiene que ver con las acciones que se desarrollan en un nosocomio. Jeringas, tubitos, bolsas de suero, y un fierro donde colgarlas. Eso está sobre el escenario como parte del instrumental de la obra, y puede correrse o dejarse atrás del piano de cola. O a veces el actor principal entra con el fierro al escenario porque tiene rueditas, y se puede trasladar que es una maravilla. Además volvería a hacerme lo que me hicieron. Me puse sondas en los brazos, me clavé agujas en la cabeza, todo de mentirita, ojo; pero también me tiré un líquido espeso, del color y la densidad de la sangre, y yo me chupé mi sangre, y fui un vampiro por un rato con una capa negra. Pero eso dura en la obra unos minutos, intensos por cierto. También necesito un velador de luz, alto en lo posible. La obra se desarrolla gran parte en la oscuridad. Y por momentos en la máxima negrura. Nadie ve nada. Solo se escuchan los imaginarios diálogos del actor protagonista, que soy yo. Pensé en un músico con una guitarra eléctrica que entrara en la escena con una luz que le siga las manos al tocar. Y que elabore arpegios y solos de viola, estridentes. Yo no estaría en escena. El músico improvisa melodías para ambientar el rudimento. Yo no tengo límites para seguir tocando. Porque en la obra, la improvisación, es un pacto misterioso. Nadie sabe como sigue el guión. Simplemente porque el guión era eso. Escenas donde yo al representar un conflicto bélico, me visto de soldado. ¡Voy a pelear contra los ingleses! Pero todo ahí, como un imbécil, arriba del escenario. En la obra, se mata a los ingleses. Hay que decirlo. Pero no por eso tendría problemas con la embajada inglesa, al contrario, la idea es que la obra rote también por las embajadas. Y que en cada embajada los miembros de la institución puedan asistir sin pagar, como una forma de mantener al personal cuidado, y con entretenimientos artísticos, para neutralizar la alienación a su trabajo. "También ellos se lo merecen", diría yo como argumento. No hay nada más divertido que matar ingleses de mentirita en la propia embajada inglesa, y que la embajada inglesa te banque y te sirva sanguchitos, y te de champagne, y que encima ¡te aplaudan de pie! Entonces, pensé, que debo comunicarme con mucha diplomacia en mi lenguaje, con los funcionarios de las embajadas. Eso es una tarea de gestión. Imaginé un teatro solo para mí. El publico acomodándose en los asientos. La hora de inicio se respetaría pero no la del final, porque a los finales no se los respeta. Son finales y punto. Y nadie puede preguntar a qué hora termina la obra, porque de entrada se los invitaría a los espectadores, advirtiéndoles, de esa experiencia soporífera. De perder el tiempo por perderlo. Sería una obra, para decirlo sin vueltas, para perder el tiempo. Para todos aquellos que apurados en la vida cotidiana atraviesan una situación de esas características. A la explicación del por qué de lo infinito de la obra lo esgrime mi limitación, porque yo no sé terminar las cosas que sé empezar. El sueño se independizó de la vigilia. Fue el puntapié inicial que me permitió decir: ¿quién mueve, mauro? Y de ahí se echó a rodar. Entonces, la obra sucedía de verdad. Y lo que yo actuaba y decía en el escenario estaba ocurriendo de verdad. Sentí ansiedad. La adrenalina del actor protagonista: Yo, tirado en la cama del nosocomio, atravesado por tubos y sondas, en una pieza donde había un crucifijo hecho de clavos. ¡Me iban a intervenir de nuevo! Lo sabía. Algo habían dicho los cirujas del nosocomio en unas oraciones sospechosas, como sabiendo a quien se lo decían. Me temían, temían cómo fuera a reaccionar. Sin embargo hicieron todo lo que quisieron, de punta a punta. Yo siempre estuve entregado, pero igual ellos me temían. Debí llegar al final de este calvario. Los tiempos del purgatorio habían llegado a su fin, como una eternidad que se gastó; Eso indicaba que había evolucionado mi salud. Estuve horas con la cabeza en la obra de teatro, descabezado, mutilado, verdugueado. Pero llegaron las enfermeras por el examen de glucosa. A realizar otro control. A sacarme sangre para compararla con la de ayer. A los pinchazos de anticoagulantes. A sacarme sangre porque sí, porque hubo veces, yo recuerdo, que me sacaron sangre, mientras dormía y porque sí. Elucubré conspiraciones de todo tipo. Como buen paranoico pensé que cuando entraban las enfermeras venían a inyectarme el líquido final. Yo aceptaba en mi paranoia, todo. No reaccionaba. Por momentos estuve muy contento, pero recuerdo que debió ser por las seis placas de sangre que me transfundieron. Sangre de otra persona. Del mismo grupo sanguíneo, pero de otra persona. Y pensé, si la transfusión podía llevarte a ser otra persona. Y me lo guardé para esta oportunidad, para contarles, luego de salir del nosocomio. Cuestión que me intervinieron otra vez para sacarme restos de sangre, que no eran saludables, y para que no se formara un coagulo me pusieron un drenaje, otro drenaje más, al final de la carrera. No bien hice un poco de fiebre me metieron a terapia intensiva. Y ahí estuve unos días, que fueron eternos. Yo no aguantaba más. El tiempo pasa. A los días me cambiaron de habitación, a una habitación común donde estaría solo. Maltrecho pero solo. Sin baños medievales. Una sensación extraña de libertad recorrió mi cuerpo. Mi ánimo fue modificándose lentamente hacia un mejor pasar. Pero lo que parecía un páramo de descanso terminó siendo un descajete de entradas y salidas de enfermeros y médicos a mi habitación. Cada dos horas entraban a la habitación. El nosocomio era una caja de la risa. Hacía eco en los pasillos. No sé por qué y de qué, estaban riéndose a las carcajadas. Ahí nada era para reír. Gente al borde de la muerte. Sufriendo los dolores de las intervenciones. Retumbaban en el pasillo los gritos y las risas del personal. Quise quedarme solo. Y trabé la puerta con un palo de limpiar el piso. Nadie podría entrar. Golpeaban la puerta y yo decía: "ocupado". "Ocupado. Estoy en el baño". Y así se iban. Después volvían. Y como los enfermeros de la guardia nocturna se dieron cuenta, y para no tener problemas, les dije que me había quedado dormido, que disculparan, que había puesto el palo de la mopa al lado de la puerta, y que seguro se habría caído sobre el picaporte. "Un accidente", dije. Pero de nuevo llegaron con mis anticoagulantes. "En qué brazo", me preguntó el enfermero, "en éste", que tengo menos hematomas le dije. La obra continuaba por tandas en mi cabeza. Se iban los médicos y los enfermeros de la habitación y yo retomaba la escena en la función. Me vi acostado sobre una mesa larga en medio de la obra, arriba del escenario, delante del piano de cola. El biombo estaba de pie donde debía de estar. Se me ocurrió agarrar el papagayo como micrófono. Y funcionó. Di mis discursos bélicos y románticos. Entremezclados, como un desesperado, que está en medio de una guerra. Pero no pude pronunciar dos idiomas a la vez. Yo expresaba mis diatribas y mis cantos con el papagayo. Los espectadores ya estaban regalados a mis pies. Se habían conmovido cuando usé la chata para defecar en vivo. En la obra yo me daba el alta y la gente, aplaudía tal decisión, a contramano de lo que recomendaban los médicos. No sé porqué, la gente, se identifica con estas estupideces. ¡Tampoco el actor principal de la obra se ha escapado de un campo de concentración! Menos es un héroe. Es un imbécil que no bien intentó salir por el pasillo con sus bolsos, lo frenaron los de seguridad, y lo ataron como a un loco de un neuropsiquiátrico. Tampoco da para aplaudir, y no es ejemplo tal acción para las futuras generaciones. Y así lo metieron de nuevo a la pieza, al grito de "fentanilo, fentanilo, quiero que me pongan fentanilo". En la habitación de al lado había una mujer que intentaba caminar después de una cirugía. La llevaban a la rastra y ella emitía quejidos. En la pieza de enfrente un hombre con un acv no paraba de silbar. "Los familiares, los familiares" gritó una enfermera. "Que vengan los familiares". El telón se corrió, perezosamente. Todos los enfermeros en primera línea de combate salieron a saludar al público con sus bayonetas. Después pasarían los médicos con sus estetoscopios y guantes blancos de goma, de los de operar. A todos, el público aplaudió. Aproveché el buen ánimo del personal del nosocomio. Hablé en un rincón, apartado, con un cirujano. "Bueno, le dije, ¿qué le parece mi recuperación doctor, no es momento de irme?". "No, todavía no es el momento", dijo tajante. "Todavía tenemos que hacer el tratamiento final para el drenaje de la sangre". "¿Y usted que me sugiere doctor?". "¡Que vuelva a su habitación! La función estuvo hermosa, ¡mire como ha quedado de contento el personal!"



