Pero ahora el individuo que se encontraba bajo un cuadro de delirio siniestro en el nosocomio ¡tiene que mudarse! ¡Mudarse de casa! Donde vive ¡arrienda! Donde muere ¡resucita! ¡Se le ha vencido el contrato de tres años de alquiler! Ya lo echaron al individuo del nosocomio no bien les sacaron las sondas y los parches de su panza. Con lo cual, apenas superado el trance de las intervenciones en el nosocomio, ya mismo debe cambiarse a otro sitio para vivir ¿Dónde? ¿Dónde ir? ¿Dónde buscar un sitio cuanto menos digno para él y su pequeña hija? Lo cierto es que El hombre de los Siglos sabe. Pero el individuo concreto no lo quiere decir. No se lo ha dicho a nadie, y eso le da cierta calma. Le permite soportar preguntas que le suelen hacer sus allegados. Pero él, firme en su convicción de no hablar, no dice nada. Apenas moviliza unas cajas con los pies, y de a poco, libro por libro, los va metiendo en cajones, que consigue en los almacenes de la zona. Es un ritual de la paciencia ¿Para adelantar un trabajo que será imposible? Sin embargo se ha visto en la obligación de contratar, y en esto sí he de darle la derecha, a un par de hombres que se dedican a las tareas de la mudanza del mueblerío. Los hombres le han dicho que para el sábado sí. Y él se prepara, obediente, para el sábado sí. ¿Cómo uno puede disociar -me pregunto- una situación de otra, si hasta ayer estuvo en el nosocomio, y apenas es dado en alta por los cirujas, tiene que poner toda su cabeza y su cuerpo en una nueva mudanza? Para que no se enteren que está vivo, El hombre de los Siglos no le ha pedido nada a nadie. A la dueña del cuchitril donde vive, no le ha mendigado tiempo demás para reponerse de las intervenciones y de los dolores, de los agujeros causados por las balas; y luego, ya recuperado, sí, cambiarse del cuchitril, pero como debe ser. Y entregarle las llaves en la mano a la dueña de la propiedad privada ¡Fue en la obra de teatro en esa obra infinita donde lo balearon los de la guardia imperial británica! En la embajada inglesa, precisamente, agentes de seguridad dieron la orden de dispararle. A quien supo combatir desde los escenarios le entraron tres balas de las doce que le tiraron. Y que luego el público aplaudiera de pie hasta romperse las manos en el teatro, ¡oh, sí! ¡Un actor como los de antes!, gritó alguien desde el público, una vez en plena función de la obra infinita. ¡Este hombre ha hecho de su obra su propia vida! ¡Y de su vida una guía de puente a su propia obra! Confundiéndose en ese maremoto de sensaciones la muerte se le hace presente. Como para recordarle que no todo dura mucho ¡Más bien poco, apenas unos instantes! Ahora se encuentra solo en el cubículo delantero de su casa, de donde se tiene que ir de inmediato. Se la ha pasado por la cabeza volver a la pieza privada que tuvo en el nosocomio donde tenía una ventana antigua que da a la iglesia principal de la ciudad, y ser atendido por la boca, cuando le suministraban el almuerzo y la cena, el desayuno y la merienda. Pero no. Él sabe que no puede inventarse otra intervención así para seguir dilatando la situación. Ahora lo rodean cajas y muebles parados patas arriba, platos y cubiertos. Mucho bártulo. La biblioteca ya está desarmada, las revistas deben estar en vaya a saber qué cajón de verduras ¿Miren si no es la ambientación de una obra de teatro el escenario donde el hombre se encuentra ahora? ¿Digan si no es demasiado sostener, lo que antes fuera una guerra y ahora es una mudanza para no ser visto más por los alguaciles de los vecinos, todos vigilantes y curiosos, por su forma de vivir? ¿Acaso la vida de un escritor se haya transformado en una gran rareza en esta época? ¿Acaso sea que a quien vive en calma en su posada le vengan a poner sobre los vidrios, unos ojos vigilantes para aguaitarlo, para saber qué hace, a qué se dedica, de qué vive, en qué trabaja? ¿Usted, quién es? ¿Acusado de ruidos molestos por correr una silla del piso? ¿Una silla donde se sienta a trabajar cada día? ¡Pero qué despropósito! El hombre no se le ha metido a nadie en su casa para saber lo que están haciendo, y justamente por eso, por mantener una medianía de su vida, una distancia prudencial y sin aspavientos, y aislado de los demás, vienen y le endilgan ruidos molestos y falta de colaboración con el complejo, ¡de no querer participar de la hipócrita vida social de un complejo de departamentos! ¡Cuatro! Por cierto. Donde vive gente sola en tres, y en uno, una familia joven con un niño chico, y un perro enano. Pero la situación se desarrolla sin parar. Todo es inevitable. Se precipita la acción de la escritura. Hay que acelerar lo que se vivió sin la menor noción del tiempo. Todo se precipita. Es hora de mudar, que no es lo mismo que decir con Marcelo Fox en el inicio de "Invitación a la Masacre" (1965) ¡Es hora de morir! Los recuerdos de cuando llegó a este cuchitril no bien entraron a producirse taponaron sus días, y pasaron los meses, y pasaron tres años, y todo lo que ha pasado mientras vivió en el complejo, han sido paladas de cal y de arena por igual. Con lo cual ni bien salía de una, entraba en la otra, y en el menor suspiro ya pasaba a la siguiente. ¡Demencial! Gente que se muere como de costumbre pero que ya fue enterrada, ¿dónde están? A la mayoría de los muertos se los ha cremado. Algunos de esos muertos fueron sus amigos y amigas; y otros, cuanto menos conocidos de cierto ambiente de dudoso linaje de bajo fondo. Han sido tres años duros. Ya no se hacen los velorios como antes, se ha dicho en otras escrituras. Pero el tiempo sigue, si es que el tiempo existe, entonces, el tiempo te persigue. Y el tapón de acontecimientos se ha tornado una dificultad para la persecución del tiempo. Se debe anti coagular el taponamiento. Para que salga toda la podredumbre del lugar habitado. Pero ha llovido mucho por la zona. Dos vendavales en cuatro días, han ocurrido. Considerados sucesos poco convencionales para la zona de provincia. Los caminos, han quedado a la miseria, anegados. Las ramas de los arboles, que antes viera por la ventana moverse en una danza sufí, están destrozadas en el suelo, bloqueando el fluir de la calle. Parece una maldición ¡Es una maldición! Pero para no desesperarse por la premura de la mudanza, el hombre ha optado por escribir y por leer, para olvidarse un rato al menos que tiene que partir de esa morada el sábado próximo. Tira líneas porque sí, sobre la ardiente página en blanco. Ha degustado de unos cuentos de León Bloy como para reírse de las desgracias de otros, y unos "cuentos descorteses" que escribiera el francés con su fina pluma desgraciada y que se publicaran hacia 1894. Y otros "cuentos feroces" que le publicaron el año anterior en 1893. Pero el hombre del que hablamos y que se tiene que mudar, si bien ha sido publicado y su obra más importante ha rotado en circuitos de especialistas en ciencias ocultas, y que tal ha sido ponderada entre los más finos paladares de la lengua castellana ¡fue elogiado por su pluma lenguaraz! Considerada una vocinglera diatriba contra los informes de literatura con los que se acostumbra a leer en esta época, donde se lee, lo digerido y lo fácil, para la comprensión lineal de una historia con principio y fin. Todo el mundo quiere un principio y un fin. Con todo, ha recibido felicitaciones en convalecencia por una nota de tapa que lo ha elogiado por su obra descabellada en un diario nacional, que no llega a estos pagos de provincia, porque ya no llegan ni los diarios. Nunca hubo festejos ni celebraciones de sus pares. Ni él ha hecho evento siquiera, donde reúna a las mentes más perspicaces de la zona de provincia, como suelen hacer los que se consideran escritores. No. Por el contrario a la pose y a la socialidad velada. Cada conquista no buscada por él, ha sido recibida con la gracia de un samaritano de monasterio. En silencio. Cuanto menos compartida con su pequeña hija, quien lo acompaña en las buenas y en las malas de la vida. Una niña con quien comparte vida cotidiana y variadas lecturas. Una niña sabia de apenas 13 años. Con ella comenta su obra. Con ella conversan los avances en la escritura de su nueva novela y de un libro de relatos que viene trabajando paralelamente a otros textos, porque este hombre de quien hablamos, no deja de escribir un solo día, a la par que lee por las tardes, como si se tratara de un método monacal, obras que le nutren su escritura. No aparece en ningún periódico local, y eso, le da dos sensaciones. La primera, sentirse libre por ignorado, y la segunda, ignorado como condición para sentirse libre. En este sitio, donde si bien no ha nacido, pero vive desde los siete años, con lo cual ¡es un hombre del lugar! No existe. No quiere existir tampoco ¿Es un hombre del lugar? ¿De un lugar que bien podría considerarse propio? ¿Pero no bien uno considera propio algo, al rato, se lo quitan? ¿Y uno, en este caso, ese hombre, ha vivido de prestado en una tierra que no le ha reconocido su existencia? En el complejo. Sigamos en el complejo. En el departamento de abajo, vive un viejo desagradable y mañoso, solitario y peleador, que parece estar loco. Que se queja de todo, todo el día. Es un maldito. Lo tiene entre ceja y ceja. No le ha hecho nada. Tal vez porque lo ha ignorado cuando ha escuchado alguna de sus quejas, o por no repeler una puteada, el viejo desagradable, se ha molestado buscando su atención. Pero El hombre de los Siglos no le ha dado importancia, a pesar de haber sido insultado por el viejo desagradable estando ebrio una noche de navidad, y él estuviera convaleciente por los drenajes cuando iba y venía del nosocomio. Y que por alguna que otra vez hayan intercambiado palabras de mal humor por los reclamos, ese viejo desagradable, se las haya agarrado con él. Al punto de pedirle que les ponga a las patas de las sillas de su departamento una gomita, para que cuando arrastre la silla en el piso de su departamento, no se escuche abajo, donde habita ese viejo desagradable. Todo esto llega a su fin. No queda nada para que este hombre se mude de sitio. Quedarán esos recuerdos. Su evocación. Cuando salía a caminar temprano por las calles arboladas de su -utilizo el "su" como forma de incluirlo- barrio. Se lo desconoce por la zona. La gente cree que el hombre podría andar en algo raro. ¡Y sí, podría andar en algo raro! ¿Y qué tiene de malo andar en "algo raro"? ¿Qué sería "lo raro" en este caso? ¿De dónde es el hombre que se juzga, del que todo se comenta, sin que él sepa nada? ¿Pero de "lo raro" que perciben los demás, acaso coincide con lo que hace? ¿Escribir? ¿Qué tiene de raro, escribir? El hombre de los Siglos se sirve unos mates en la madrugada cuando no ha clareado el albanecer. Por el ventanal del cuchitril ingresa un aire fresco, a pesar del voraz verano. Mientras duerme la niña, él escribe y fuma. El método que implementa consiste en escribir hasta que la niña se levante, y poder compartir con ella los buenos días con unos mates, y conversar con ella en el amanecimiento, los planes por hacer. Eso le da vitalidad y compañía. Nunca imaginó que su cómplice y compinche fuera alguien tan pequeño, y tan hermoso. Nunca pensó escuchar de parte de su hija que está leyendo a Alejandra Pizarnick, por motu propio. Y que le gustan los cuentos de Alberto Laiseca. Y que le gusta la literatura, y que lee obras largas como El señor de los anillos, y que le ha dicho que cuando sea más grande ¡quiere vivir en Bélgica! La misma hija que con diez años le ilustrara su novela principal con unos dibujos tenebrosos, a la vez que infantiles. Y que en la novela y en los créditos sea la única persona que figure con su nombre y apellido completos, porque su padre firma con nombre de fantasía. Anonimado. Pues todo eso formaría parte de su recuerdo, y del recuerdo de la niña sabia. Muy humilde es la niña sabia. Hacendosa y respetuosa de su padre. Siempre le dijo estar orgullosa de él. Quizá es la única persona que se lo haya dicho, en todos estos años. Sabiendo del esfuerzo que significa pasar horas y horas escribiendo y reescribiendo. Eso lo debatían también. El goce por escribir y reescribir, sobre todo, lo maravilloso que implica reescribir una obra. De la página en blanco a un primer borrador, y de ese primer borrador, rescribiéndolo en cinco, seis y siete borradores más. Y los intríngulis de ese oficio, tan vilipendiado por estas épocas. Escribir es un delito, dice H. A. Murena. Y para el padre, que la pequeña hija le diga eso, constituyó una iluminación bendita, que nunca encontró entre sus pares. Siente que alguien lo entiende. Siente que alguien en este puto mundo lo acepta como es, con lo que hace y cómo lo hace, con lo que despliega en las horas más oscuras de su creatividad delirante. A la hija pequeña le da orgullo que su padre escriba. Y que lo haga por la sinistra y fuera de todo interés de reconocimiento, algo que se planteó su padre hace ya muchos años, cuando se retiró de la vida pública y de los encuentros con otros literatos y políticos, y de otros pensadores de esta zona de provincia. En una monacal vida de privaciones vive. La hija pequeña, que en la novela elogiada, aparece como "mi pequeña napoleón" en uno de sus capítulos, simplemente, está orgullosa de tener un padre escritor, aunque él no se conciba escritor. Y tal vez solo con eso, y por eso, y con tan solo eso, el padre tenga fuerzas para seguir escribiendo, y estar siendo un escribiente, por naturaleza. Un asesino de la época, un perverso internacional de la palabra. Pues volvamos al metié de este relato. El hombre se muda. Se muda de casa, se muda de ropa, se muda de piel. Como las alimañas. Como las serpientes que pierden su cola para volver a reconstruirla. Como los sapos y las ranas. Muda sus escamas como los anfibios. Es un animal que metamorfosea en cada célula y se reconstituye por entero, y es otro animal de nuevo, más salvaje, pero más libre. Dotado de fortaleza, es un guerrero en las sombras del dolor y el anonimato. Es un experimento cuasi humano que se ha probado por la acción de un primate cuando comió sus primeros hongos. Y el primate ha pergeñado como juego de su locura alucinógena. No ha muerto nunca, y siempre está muriendo entre semana. Es dramatic, como le dijo un amigo, del que hablamos hace un tiempo en este crudo relato. ¿Se puede sentir de viejo el abandono al que fue sometido una persona de niño? ¡Claro que se puede sentir! Sentir es la verdad, de lo que con palabras se dice, de otra manera. Porque la verdad no tiene palabras es pura verdad su revelación y punto. Traducido a un lenguaje que por mera versión se aleja del sentir. El pensar oculta el sentir, y este hombre que no muere y se nos va, ha logrado la perfección de la unidad de la gnosis. El sentir para pensar y el sentir para escribir y el sentir para confrontar. El sentir para morir cuando fuera a suceder. La vida es, para este escribiente temerario, un desafío de combate. En la guerra ve, una forma de redención, para que luego se instale definitivo el reino de dios en este mundo. Combate en las formaciones militares de los bandos en disputa, pero disimula su existencia, a veces como un parroquiano, otras como una mujer que vende comidas en las calles ataviada con túnica. ¿Se lo podría considerar un terrorista solitario? Teje sus ideas sobre la guerra y piensa una estrategia de actuación. Ve un claro en una finta y se mete, como un fantasma, y luquea al pasillo de sombras para no ser visto. Ha recalado en países que no recuerda ni su nombre. Ha combatido por el imperio y contra el imperio. Ha sido dotado de una eficaz forma de desaparecer. Pero recién el hombre lo viene a descubrir ahora, después de no sé cuántos siglos de peripecias. De grande, casi de viejo en su eternidad. ¿No será la conciencia, el preanuncio de la definitiva muerte del vampiro? Pero ha caído otro fuertísimo vendaval, el tercero en diez días. Y todo el agua se lleva. Por las calles pasan los cestos de tu basura y los restos de tu bodrio de esperanza, la esperanza de la casa propia. Van navegando como barcos las casas propias. Con sus familias adentro, porque ellos creen que así podrán salvar algo. Las caras de desesperación, muecas duras que se quedaron ahí, por el estupor. El agua ya es el mar. El mar donde nos estamos hundiendo.



