Crónicas del subsuelo: La bala de oro

Crónicas del subsuelo: La bala de oro

Por:Marcelo Padilla

La bala me entró definitiva y en cámara lenta por el estómago. Sentí un decaimiento. Ni bien la bala penetró mi panza. Salió hacia atrás. Disparada de mi cuerpo. Retrocediendo a lo cangrejo. A toda velocidad. Dejándome un agujero negro en mi panza. De ahí me saltó un chorro de sangre tibia. Me dijeron, que en ese momento, yo me había desmayado. Me dijeron, que mientras yo permanecí desmayado, había pasado una Era. Y que ellos, los cirujas, se morirían en una lucha de todos contra todos en sangrientas batallas de nosocomios. Pero habría otros. A su tiempo, cuando las cosas amainaron, unos jóvenes cirujanos se ocuparon de ese tema. Me dijeron que me quedara tranquilo. "Vos, tranquilo", me dijeron. Que "todo esto tiene solución". Y que "por ese agujero ahora sí. Ahora no quedaba otra". Me dijeron que me intervendrían. "No quedaba otra" me decían. ¿Y cuál es la otra? Pregunté, imbécil. Me intervinieron. Morfina, Suero. Fentanilo. Antibióticos. Proteínas. Alcohol. Mucha jeringa. Tufillo de hospital. Por más que lavaran los pisos y las puertas y los picaportes, el tufillo era de hospital. Quedé despatarrado sobre el piso. Con los brazos en cruz. Atrapado en un sueño de Tadeo Isidoro Cruz. Mi posición era la de un mártir, no te miento, la de un verdadero derviche que danza suelto de ropas, en la comba de la meseta y en el filo de la noche. Y que pertenece a la casta más pura de los sufíes de Al andaluz, de los tiempos de ian arabí en Murcia. Sobre todo de su época dorada en Damasco. Pero llegaron ellas, muy muy encofiadas de negro; y me subieron entre todas a una camilla. Después me trasladaron a la sala de operaciones, entre todas. El nosocomio estaba vacío. Tenía cientos de habitaciones libres para elegir ¡En cuál me quedaría! Los cirujas no pudieron sacarme la bala. Buscaron en todo mi intestino. Hurgaron con un palito flexible, de goma; que se metía como una víbora babosa, con una camarita, filmando por dentro de mis intestinos; y que ellos, los cirujas, a las imágenes del intestino, las verían en sus teléfonos, y que luego y por mensajes, luego de luego de debatir la intervención ¡ellos tomarían su instrumento para la extracción de la cosa! ¡La decisión! El palito de goma iba siguiendo forma y tamaño de mi intestino a medida de la situación. Esos malditos piratas buscaban la bala con esa técnica. Les habrían dicho, dicen, como les dicen a los piratas cuando se encuentran con un tesoro a través de un mapa, que la bala que andaban buscando, era una bala de oro. Prácticamente una joya de oro. Pero que la bala había retrocedido ni bien había entrado en la panza del señor, señalándome mí estomago, le decía un cirujano al otro. "Debe de andar tirada por ahí", se escuchó. "O habrá vuelto al vientre de la pistola. Entrado por el caño del revólver. A su nicho. Y de ahí a su cremallera, y de ahí a la cartuchera de cuero" ¡Una stalker calibre 36! Única pistola hecha en un país pacifista, afirmó, un general de cofia verde. "Y que las armas que tienen todos los niños del mundo en sus manos, son de juguete", y que la bala cuando pega no mata a nadie ¡Sobraba percusión en el ambiente! Faltaba argumentación. No había convicción. La percusión se imponía como una persecución. Las puertas se abrían ni bien las habían cerrado. Las carcajadas de las chicas de la limpieza rebotaban en todo el pasillo por donde me llevaron como un perrito a caminar, en lo que ellos llaman la reeducación de los movimientos motrices. El nosocomio se tornaba insoportable. No se trató solamente de percutir o de no percutir. Ellos no ven lo que yo he visto. Y eso me desespera ¡Cómo puede ser, les digo, -tirado desde la camilla- que no puedan darse cuenta que la bala entró y salió en un movimiento espectral! Cuasi japonés. "Técnica propia de japoneses", alguien murmuró. Porque en Japón... etc. ¡No me dejaron hablar y se fueron! ¡El agujero tiene solución! Les grité a los lejos ¡Parche y solución!... La sangre iba tibia por las canaletas de carne. No conozco la palabra precisa ni tampoco su sinónimo. De amianto, no estoy del todo seguro si era. De goma, diría, si quisiera que todo esto que se relata, quedara aquí detenido en un paréntesis, y decirles: "¡cada uno a sus cosas!" Usted lector por ejemplo, podría dejar lo que está leyendo y volver a su rutina cotidiana ya mismo ¿Hola susy, qué cenamos esta noche? "Sos un idiota, sos un imbécil" ¡Fideos! -Dijo susy Rebeldía. "No tengo ganas de cocinar", -le remarcó. ¡Podrías llamar a una rotisería y pedir algo rico, Humberto! Pero no. El señor no tiene un puto peso. Pero sí tiene el tupé de entrar lo más campante a la cocina y preguntar ¿qué cenamos esta noche? Bueno ¡fideos blancos con aceite, cenaremos! Y usted, como lector desguazado de su linaje, y dejando a su condición de numerario abandonada a cuestiones domesticas que siempre terminan mal, viene y entra a la cocina, y le pregunta a su esposa susy Rebeldía ¿qué cenamos esta noche? Pero ella le ha contestado... señor Humberto, no se ponga así... no sea rencoroso, mi buen hombre. Fideos con aceite, dijo susy Rebeldía, si mal no escuché. En fin ¿No puede pedir un helado el señor? ¿No tiene plata el señor? ¿No tiene nada, Humberto? ¿Qué tiene Humberto en los bolsillos, un lagarto o un cocodrilo? ¿Sirve para algo, señor Humberto? ¿Usted sabe que se creó la canción sos un imbécil/ sos un idiota, y que la gente la canta en los supermercados en pleno delirio místico? Pero susy Rebeldía y para llevar la contra viene y entona las estrofas del himno nacional argentino, a viva voz, sacada, tratando de cipayos y miserables a todo el personal del nosocomio, y quiere obsesivamente decapitarle la pija al Dr. Esteban Ursio, por venganza de algo que nadie sabe. El Dr. Esteban Ursio corrió en busca de la seguridad del nosocomio. Desde ahí, problemas todo el tiempo con "los eternos laureles del señor Humberto" Mi estimado lector. Una cosa encadenada a la otra, es sucesión, serie, unidad desmadrada al infinito pliegue del cierre. Y para finalizar la escena ubicada dentro de este desvariado relato, yo le pregunto, señor lector. Ahora bien: ¿qué pasa con el día? El día se habría hecho imperceptible en la nueva Era. La noche poblada de despabilados tornó a refugio imperecedero, frente al fuego del afuera. "La habitación de la noche es para la fresca", se decía por los pasillos del nosocomio ¡No hacer en el día es hacer en la noche! Sabiduría de apocalipsis. En todos los malditos días sucedía lo mismo: de a poco, la noche, se carcomía al otro día. Ni yin, ni yan. La noche se emancipó por completo y creó su propio planeta, lunático, donde la gente producía cosas extrañas para consumidores extraños ¿El modelo del "ser" en el día, trasladado a la noche como un "estar" en el mundo? Vaya uno a saber ¿Un movimiento de placas? Tal vez si, tal vez no. Y gracias a eso, ¡y gracias a ustedes! Estimado público presente.../ ¿Se va entendiendo o no se va entendiendo? Entonces... ¿cómo uno puede pasar por alto el nosocomio? ¿Afantasmándose? ¿Despareciéndose mágicamente de a poco? Como esa bala de oro que persiguen en mi cuerpo los cirujas. Estaba yo tendido en la camilla. Ellos tenían, cada uno en sus manos una tijereta, un cortaplumas y un sacapuntas. Tenían de todo. Me metieron un compuesto primero, y pasé a lo que ellos llaman "desmayo" en términos vulgares. Cada vez que me veían caminando por los pasillos hecho un zombi, ellos me desmayaban con algún pinchazo. Me punzaban los brazos como a una muñeca. Me llenaron de alfileres. Mi cuerpo fue objeto vudú de sus supercherías. Pero la nave viene y va y se zangolotea. Como en el mar. El zangoloteo y el mareo en el mar. El vomito marítimo por mareo en aguas movedizas. Las olas y el viento. La ciénaga y el mar. El fuego ya no deja a los paseantes pisar tan solo la última playa en el mar. El mar hirviendo de siglos, ya lo ven. Me desperté en una habitación blanca con luz de carnicería, obvio. Tres enfermeras me miraban como se mira a un mal parido. Luces de carnicería ¿Aquí venden luces de carnicería? Oh no. Olores azapallados en el ambiente. Muy muy de hospital la movida: sector terapia intensiva, etc. Gente que parte, de vez en cuando, pa no volver. Como es de costumbre en el humano... Y ¿qué decir de los baños polacos? Qué decir. Solo diré que fueron baños medievales con la diferencia que yo, nunca tuve tina. Me pasaron unos trapos mojados por las verijas. Me tiraron de espaldas sobre la camilla. Yo miraba las luces de la carnicería y escuchaba los gritos, en los ecos de las habitaciones vacías, de las vacas desgajadas. Estaba totalmente desnudo ¿Qué le están haciendo a mi cuerpo? Perdón, escuché. ¿Usted ha podido hacer de cuerpo? Pregunta la enfermera, con una sonrisa ¡Hacer de cuerpo me pregunta la enfermera! Se dice de muchas formas. Una tarde me interrogaron por lo mismo ¡si yo había hecho cacota! Me sentí tan ridículo que no contesté. Hasta que me lo repitieron, enojadas, las dos enfermeras que me habían bañado. Oh no. No quiero más baños polacos. No quiero que me enjuaguen las verijas. Por dios. Soy eterno, pensé en decirles. Pero no se los dije. Ya nada tenía sentido. Estaba en la entrega total. No era yo ¿Y la bala? Preguntó una enfermera de cofia negra, con cara de curiosa. No sé, parece que no la pueden encontrar. Pero la bala debe de estar por ahí, tirada en el piso, como dijo alguien en la sala. Yo canto. Ennegrezco mi ánimo. Canto elegías a los viejos dioses. En cantatas daimónicas modulé unas mudras para todos mis generales caídos en combate. Elegías de despedida. Peanes funerarios. Y demás liturgias. Idus de marzo. ¿Y los particulares? Me preguntó la enfermera curiosa. Los particulares están en esa pira humeándose tras la masacre. Miles y miles de particulares decayeron en las calles. ¿Y por qué tan vacío el nosocomio? Pregunté. Nadie contestó. Nadie contestaba cuando yo hacía una pregunta. Era inevitable que yo estuviera ahí y así, inmovilizado. No había para ellos otra salida que la de buscar la bala adentro y no afuera de mi cuerpo. Esto será eterno, me dije. "Faso, morfina y mate". Canté ese tango silbado. Lo arme ahí, y luego hice un disco de memoria. Con una canción punk a la que nombré "la vida de fernando y vanina". Y recuerdo que la letra era una porquería. Porque hablaba de látigos y de corridas por la calle. Litigios. Tetas, culos, pijas y conchas. De un trió que salió mal trataba la canción. Fue una canción que me dio el impulso para crear un disco silencioso y para mí. Mientras entraban y salían las enfermeras con las jeringas, yo me debilitaba, entonces las canciones se pusieron darks. Lentas. Mórbidas y suicidas. El disco suicida tuvo como nombre. Y se bailaría luego unos años más tarde en los boliches juveniles. La juventud la pedía, pedía el disco entero. En los casamientos y en los natalicios la pedían. Todos a través del disco lo lograban. Habían desplazado a la música, una intención. Con un mero ademán lo que hacían era postergar lo que más tarde sería eutanasia dura y pura, sin arpegios. Una junta de generales vi humear tabaco por la ventana que da hacia la iglesia principal. Los cinco generales fumaban y cuchicheaban. En todas las conversaciones creí escuchar mi nombre. ¿Cuál era mi nombre? Ni yo lo sabía. Entonces les dije, que me nombrasen como se les ocurra. Que daba igual, que si ellos uniformaban una forma de llamarme, estaría todo bien. Para evitar confusiones en ellos más que en mí, les decía yo. Yo tenía claro quién era ¿Tenía claro quién era? ¿Quién era? ¿Quién? ¿Ah?