Hay un hombre que está solo en su departamento y se siente mal, algo descompuesto, pesado, y que le dan ganas de vomitar a cada rato. Está quieto en el sillón de leer. Se ha tomado dos o tres mates. Lee un libro chino antiguo, lee "Sueño en el pabellón rojo" escrito por Cao Xueqin en el siglo XVIII. Es un clásico de la literatura china. Pero, cada página que lee le cae mal. Toma mate y le cae mal, toma agua y le cae mal. Apoya el libro chino sobre la banqueta donde descansa sus pies. Y respira profundo, a ciegas. Luego se levanta. Sigiloso y con parsimonia, haciéndole un saludo al sol frente a la ventada por donde entra todo el sol. Pero luego se dirige al baño. Se mira en el espejo. Y dice: ¡Oh, estoy amarillo! Y se preocupa. Y le molesta algo interno que no sabe cómo explicarlo ni de qué se trata. Pero no bien repasa sus ojos hundidos y ojerosos y para despejarse frente al espejo se lava la cara, y se moja toda la melena. Luego intenta secarse suavemente la cabeza con una toalla. Pero nota que no tiene la fuerza suficiente para hacerlo. Entonces alza un peine celeste que encuentra en el vanitori, dentro de un cajoncito lleno de boludeces, y se desenmaraña hacia atrás toda la melena con el peine, y se vuelve a mirar al espejo. Y se ve como un cadáver presentable de los que hacen en El Prado con los próceres, los reyes y los hidalgos. De pronto el espejo le devuelve una sonrisa burlona, psíquicamente distorsionada. Y tal sonrisa produce un sonido como el de un taladro chillón en una permanente nota alta... Una mueca sarcástica, como si se tratara de otro, le mira los ojos; y sin siquiera hablarle al otro que lo mira, el otro le repite un libreto por vía astral. Alguien, según su extravío, le dice desde el espejo mirando su rostro cetrino, frases calculadas, y él las pronuncia de memoria por la mimesis. Y ya es un muñeco y un arlequín, una marioneta desencajada de la ventriloquia. Esas figuras han moldeado formas en el hombre de hallarse en soledad. Desde tiempos remotos. Nada de lo que le dice es nuevo, porque lo nuevo, está condenado a la falibilidad de su época. El fondo del espejo es de fuego. El hombre no le da importancia por negación, y se sienta a cagar con toda su gracia en el inodoro. Apesta lo que ve en los detalles de los sanitarios, porque de cerca para él todo es nítido. Lo que defeca es de un color extraño. No quiere pensar en nada de nada. Se lava el culo con las manos, y para asegurarse, bajo la ducha cortante del bidé donde solo sale la caliente, se mete un dedo en el ojete, y se logra sacar un cúmulo de mierda dura, como una pelota de color clarito, amarronado. Luego se lava las manos con jabón de manera obsesiva, como si padeciera una enfermedad contagiosa. Vuelve al sillón de lectura y se da cuenta que no tiene fuerzas para nada. No alza el libro chino del cual se nutría y le hacía olvidar la guerra. Intenta tomar unos mates tibios para cambiar de tema, pero se vuelve al baño y vomita por segunda vez. Decide, por fin, irse a una guardia médica. Como puede, pide un coche por teléfono, un coche que lo acerque hasta el nosocomio. A los minutos llega el coche. Baja por unas escaleras el hombre insípido pertrechado de sus documentos. No se olvida los cigarrillos, que lleva en el bolsillo interno de su campera. Viaja por la ciudad. Llega a la puerta del nosocomio. El coche lo deja apenas a unos pasos de los vidrios inteligentes... ¿Cuánto es? Le pregunta el hombre al chofer. "Etc." Le dice el chofer. Y el hombre le paga, y luego se baja. Entra por las ventanas que se le abren de par en par sin que el hombre tuviera que tocar un picaporte. Y en el nosocomio siente el fresco por el aire acondicionado. La gente esta amuchada frente a una pantalla con números y letras, que él desconoce, de una manera patética. Pero las chicas del mostrador, le han dicho en la entrada: "¡fíjese en el número que le ha tocado y en la letra que acompaña a ese número! y esté atento a la pantalla porque por ahí lo van a llamar. Ahí va a salir su nombre y su número y su letra. Mire la pantalla". El hombre, ya embobado por la situación, no entiende literalmente ni jota. Ve jotas y haches y números, que no puede identificar claramente. Se le deforman a los lejos como los tristes trópicos se le deformaban al antropólogo. Pero se ve que al menos le mantienen un aura de dibujo a los números. Como el 8, que lo ve un 3, y como al 6, que lo ve un 9. No obstante decide preguntar en uno de los boxes por su nombre. El hombre no ve de lejos pero ve de cerca. Y desconfiado de lo que no ve de lejos, el hombre se allega al jovencito del box de la zona de cajas, al final del pasillo. Y el jovencito que le toca le adivina el gesto, y le dice que ya lo han llamado hace unos segundos, desde box número 12. "¿Usted tiene el 24 H?" No sé, le dice el hombre al jovencito. -"Pues mírelo, le dice el jovencito-. Sí. Sí, 24 H, dice el hombre con el 24 H en la mano. "Perfecto", le dice el jovencito, y el jovencito se lo dice con una ganas de vivir de la san puta: "vaya al box número 12, entonces". El hombre ya vacío de sí se acerca tiritando y ansioso, y jadeante, al box número 12. Tras un vidrio una chica muy hermosa y con los labios gruesos y morenos, y de perturbadores ojos pardos, le dice que tiene que pagar un co-seguro para poder ser atendido por el doctor. El hombre, atontando, le pregunta si éste es el número y la letra correcta con el que tenía que venir a este box, ¡éste! ¡El 24 H! Se lo muestra a través del vidrio como un imbécil. Ella le dice que ¡sí! Y le sigue la corriente como a un desquiciado, y el desquiciado cree que es amable con él, porque la señorita le despierta amabilidad. Pero la amabilidad con que lo atiende no es con él, es contra él, y lo está vacilando. Este hombre es un enfermo al límite de la locura. Y que con ese papelito, la chica de sus ensueños, le agrega: "vaya ahora hasta el primer piso y busque el consultorio número 6, ahí lo atenderá la doctora Selena Echague. Usted no bien vea el consultorio número 6, golpee nomás". El tipo le hace caso a la morena de ojos pardos ya sumiso y entregado. Le hace caso sin chistar. Él, como un estúpido, y pasándose por honesto y buen ciudadano, le dice: "te olvidaste corazón de cobrarme el co-seguro". ¡Ah!, dice ella, "usted tiene mucha razón y le agradezco su honestidad, ya no quedan hombres como usted". Y él queda babeando sin caer en la cuenta que tiene que ir todo amarillo y hecho pija como estaba a la consulta con la cirujana. El idiota le paga el co-seguro y se lleva con él y entre los dedos la factura del co-seguro doblada, caminando entre la gente, como una persona de bien que padece una enfermedad de bien. Una enfermedad de doble apellido, como la gente que amuchada está en la sala de espera. Y por momentos se siente alguien importante. Como un fantasma sube la escalera de la planta baja al primer piso. Llega al piso número 1, y busca el consultorio número 6, y entre pasillo y pasillo lo identifica, y hace una mueca de gracia, contento de haber encontrado el sitio donde lo estaban esperando para darle la noticia. El consultorio que reza en lo alto del dintel el número 6 está ahí, frente a su cara, y como si estuviera delante del espejo de su casa golpea la puerta con dos toc toc. La puerta se abre bruscamente y lo atiende una mujer de guardapolvo verde. "Pase, señor, adelante". Cuando ingresa al consultorio hay un hombre con un guardapolvo beige, ancho de espaldas, parece una patovica. Ella es la Dra. Selena Echague y él es Dr. Maximiliam de Tournée. Dos cirujanos que cumplen funciones en el nosocomio. Ella, la doctora, luego de una serie de interrogantes, le dice al paciente: "Está muy amarillo. Por lo tanto tendremos que internarlo, y de urgencia". La Dra. se lo dice con una sonrisa de "todo está bien, buen hombre". Los ojos se le agrandan como dos huevos duros. Pero, pero... "Sí", le dice la doctora, "tendremos que internarlo porque tiene una coliasistitis aguda, de ahí su color amarillo". El hombre les pregunta a ambos médicos: ¿Y eso? "Eso significa que deberemos hacerle estudios en el nosocomio: análisis de sangre, electrocardiograma, y otros estudios de ocasión para su caso, que no es normal, y le tendremos que sacar sangre para el etc.". Pero si yo estaba... "Sí", dice la doctora, "Pero ahora no. Ahora mismo deberá internarse". Él le pregunta si puede buscar algo de ropa de su casa y volver al nosocomio. Pero la Dra. Selena Echague le recomienda que mejor sea alguien de su familia o una persona de confianza quien le acerque la ropa. Él le dice que no tiene a nadie porque vive solo, y le agrega, como corresponde a todo ladino, una cara de víctima, de cordero degollado. Ella se compadece y lo autoriza a irse a su domicilio, pero le insiste, a que vuelva lo más rápido que pueda. Atónito, el hombre sale del consultorio donde Maximiliam de Tournée no ha dicho nada, y solo ha consentido con sus gestos a la doctora Selena Echague. Y esto al hombre por un rato le ha llamado la atención. Pues entonces el hombre sale del consultorio. Baja la escalera, y se siente peor que cuando había ingresado. Gana la calle pedregosa. Se siente decaído y mareado. Tiene muchísima sed. Por lo cual se cruza a un kiosco a comprar una bebida fresca. Pasan muchísimos autos a esa hora por la avenida. En el kiosco de enfrente del nosocomio venden bebidas. Y cruza, sin esperar el rojo del semáforo, y se mete entre los autos y los esquiva con un estilo particular de suicida. Casi artístico. En el kiosco se encuentra a una vieja amiga que lo atiende. Es la dueña. Le decían la negra tumbi. La negra tumbi se pone alegre de verlo, pero ella es bicha, y se da cuenta, y no le pregunta por su color amarillo, y lo atiende amorosamente y le da su bebida fresca que él abre y se la toma de un solo sorbo desesperado. En el momento llega una clienta al kiosco, y al ver al hombre como estaba, no se aguantó. Y le preguntó: "¿por qué está tan amarillo, señor?", y él le dijo: tengo un cáncer terminal. Y se fue con la botella vacía. Caminando por la vereda: una, dos y tres cuadras. No sabe qué hacer ahora mismo. No le han dicho que tiene cáncer ni los médicos ni nadie, pero él a su vieja amiga sí se lo ha dicho a través de la clienta, de bronca, de bronca con él mismo. Entra en sí. Para un taxi con la mano derecha, y el taxista frena, y se le acerca delicadamente con las luces de posición. El auto está reluciente. Y se le huele desde afuera el perfume. Sube como un preso camino al fusilamiento. Una vez que sube al coche el chofer lo mira y lo mira, por el espejo retrovisor. Y lo primero que hace es sacarle conversación. Y le pregunta, -se notó que no se pudo aguantar- : "¿Usted se ha visto el color que tiene, señor?". Sí, le responde el hombre. "¿Tiene alguna enfermedad?". Parece, le contesta. Y el tipo del taxi le dice: "¿usted sabe que a mi señora le pasó lo mismo?". No, no lo sé, le agrega desganado. Y aprovecha para cambiar de tema y le pide al chofer que por favor suba los vidrios de la ventana. Y el chofer le dice que "¡claro, señor, que cómo no! Se lo dice falsamente como los esclavos para quedar bien con el que llevan. La esclavitud es hablar suponiendo que hay que matarlos a todos porque sí, y porque no también. Y la esclavitud se hace chofer, mendigo o profesor universitario. Entonces el chofer aprieta un botoncito en el volante y el vidrio trepa suavemente hasta impedir que entre una sola ráfaga de viento, y luego, como si se tratara de una demostración de la máxima atención individual para el confort del pasajero, el chofer, sin decir nada, prende el aire acondicionado. El ambiente del auto se pone helado, y no puede entender el pasajero qué puta es lo que le pasa por la cabeza al chofer, que lo lleve a suponer, que el pasajero tiene calor y necesita frio. Me siento para el orto como para andar en el coche con el aire acondicionado al palo, cagándome de frio. Es pleno verano. Pero llega un momento en que me distiendo por la suavidad del motor del coche, y hasta me parece un viaje encantador hacia mi departamento. Miro los arboles que se bambolean. Miro las casas llenas de flores. Me olvido por un rato a lo que voy a mi departamento y siento algo de disfrute. Pero el chofer le vuelve a hacer otra pregunta, justo cuando lo tiene nocaut contra las cuerdas, distendido. "¿Le hace mal el viento, señor?" Me hacen mal las preguntas, le contesta el hombre con las bolas hasta las alfombras del auto. El taxista se pone insoportable con las preguntas. El hombre está montando en cólera, pero se las viene aguantando como un caballero y no se altera de manera manifiesta. Piensa para adentro: (apuráte, la concha de tu hermana) El tachero le dice: "¿Usted sabe señor que yo leo los pensamientos?" No, no lo sé, ni me importa. Cuestión que llegan a destino. ¿Cuánto es? Le pregunta el hombre. "Etc", le dice el chofer. El hombre le paga y cierra la puerta con un golpe seco. Tenso, sube las escaleras de su departamento. Se tira en la cama. Mira el techo. Piensa. Masculla, rumea. Se deja estar unos diez minutos así. En la nada de la nada. De golpe salta de la cama y se mete al baño, y se mira al espejo: insulta. Putea a su madre que lo parió, y a todos los santos, y a todas las vírgenes. Está sacado y no puede creer que se tenga que ir a meter a un nosocomio. Tiene que juntar ropa y enseres del baño para su aseo, como si se fuera a ir de viaje, como lo tenía preparado antes de enterarse que tenía que ser hospitalizado. Tiene que meter el desodorante y el cepillo de dientes y la pasta de dientes, y el jabón; y el perfume y el protector solar en un neceser, tal cual como si se fuera a ir de viaje. Y después meter en un bolso dos remeras, dos camisas, dos libros, un cuaderno y un lápiz, y una botella de agua congelada, como si se fuera a ir de viaje, logró bajar dos cambios. Lo hizo todo prolijamente como si se fuera a ir de viaje. Y miró el reloj. Y decidió por demorarse una media hora más en pedir el otro coche para volver al nosocomio. Y se sentó en el sillón de leer, y se prendió un cigarro, como la hacía antes de salir para ir de viaje. Miró la ventana. Se despidió de su gato. -Hasta la vuelta, Bruno, le dijo-, y salió con sus petates del departamento, hacia el coche que lo esperaba en la puerta, para ir al nosocomio y no al aeropuerto.



