Crónicas del subsuelo: Willoche

Crónicas del subsuelo: Willoche

Por:Marcelo Padilla

Entonces, entré cansino a la habitación del hotel donde hube de alojarme. Y busqué las gasas que traía en mi maletín. La cinta. Sí, la cinta para vendar las gasas estaba ahí. En un bolsillo del maletín de primeros auxilios con el que ando. A la sazón me saqué la ropa. Frente al espejo desgajé las viejas gasas. Todas llenas de pus. Lavé las heridas con agua oxigenada. Luego, muy lentamente, siguiendo con la mirada las heridas que me devolvía el espejo, tapé con una gasa doblada uno de los agujeritos por donde supuraba ese pus, y con otras gasas tapé los otros. Y le puse una cinta a cada una de ellas. Quedó bien hecho el procedimiento. De las heridas supuraba en los calores, y con los movimientos al caminar salía ese pus rosado que debía limpiar un par de veces, en cada maldito día. Ya me sentía mejor y más cómodo. Pude servirme un trago en la habitación y encender la radio para escuchar música. Debía relajarme. Me tiré en la cama. Sentí una puntada en la espalda con picos de dolor que iban y venían, cual picadura de serpiente. Me tomé un calmante. Tirado sobre el colchón y con el ventilador de techo prendido al 5, pensé, que debía de armar un buen plan para lograr mi cometido. Cómo saber algo de Madmoiselle Jones.

Había actuado impertinentemente. Incitado, impulsivo. Tal vez por el lugar. Tal vez por la ansiedad que provocan los viajes a territorios desconocidos, cuando uno llega y se entrega de cabeza. Uno no se da cuenta pero se abatata. Y cuando se abatata puede que lo degüellen, por imprudente recienvenido. Por eso quise salir a buscar de entrada nomás a Madmoiselle Jones, y preguntar en los bares por ella; y no a un cura o a un comisario. En realidad, preguntar por ella era el objetivo, y salí, cosa que nunca ocurrió como habrán podido apreciar por el relato. A la que te criaste. Salí ávido por saber de ella. Mi motivo era interno, no comunicado. A nadie le había dicho en ese pueblo el por qué de mi presencia en el lugar. El objetivo de mi búsqueda, para ellos, era un misterio, tanto como para mí lo era la vida de Madmoiselle Jones, hija del lugar. Yo era un forastero, y se me notaba. Y sé que a eso lo hice mal. Me arrebaté. Por fortuna puedo decir que estoy vivo, porque podría haberme ocurrido algo funesto. Estar muerto, por ejemplo. Tal vez esos tipos me perdonaron la vida. Debo tomar esta suerte. Debo pensar mejor. Menos arrebatado. Por eso dejé que pasaran unos días sin que yo saliera por el pueblo a preguntar por ella. Me propuse conocer el lugar, entonces. La zona. No a los hombres ni a las mujeres del pueblo. Primero debería hermanarme con el lugar y luego con las personas. Con su naturaleza.

Y fue así que subí a la primera cuesta, hasta llegar a un mirador que se encuentra pasando por debajo del jazdalén, el único en el pueblo de Acuamonte, hecho por los etruscos en la obra de Wilcook. Y contemplé los alces sobre la llanura envuelta por el valle. A los cervatillos en su runfla que se correteaban uno tras otro en un circulo gigante. Pienso que estaban jugando, deben haberse divertido mucho. Los bisontes quietos, como moles, en la hondonada donde el agua estanca. Pero, al desconocer la sustancia del movimiento de los animales, tuve que suponer lo que veía. Interpretaba yo con mis prejuicios lo que se me presentaba ante mi vista. Pero supe luego, que nada puede pensarse de ante mano sin ellos. Son inevitables. Todos los cargamos. Nos han hecho creer que es un mal tener prejuicios. Pero yo creo que son una forma de defensa ante uno mismo y ante la especie, y ante los animales, o ante cosas extrañas que se nos presentan ante los ojos. Los objetos, los artefactos, el maquinismo de las cosas cotidianas. Un fantasma. Un monstruo que vimos una vez y nunca más. Uno tiene un prejuicio tras otro al caminar por las calles de una ciudad. Entonces, uno no anda indagando qué hay detrás del velo de las cosas y de los hombres. Anda, simplemente. Uno, anda solo por la vida.

Desde lo alto del mirador vi unas cascadas bellísimas que se bifurcan al metro del primer chorro. Rompían desde lo profundo de la roca y eran bocanadas de espuma blanca las que se formaban en los manantiales transparentes. No se pueden ver desde otro lado que no sea desde aquí, este paisaje. La fresca llega hasta el mirador y hasta una brisa de agua puede que nos sorprenda, mojándonos los brazos y la cara. El pueblo estaba hundido en el valle. Rodeado por colinas ondulantes. Unas hileras de álamos envolvían el vergel que entre la naturaleza y su pueblo habían erigido tantos años. La variedad de flores era extraordinariamente infinita. De todos los colores en degradé las había. Las había más grandes y con pétalos de seda donde uno podía depositar un plato si quería. De todos los tamaños eran. Las más pequeñas casi imperceptibles. Pero amuchadas en millones formaban un manto de arte que alguien habría tramado con paciencia y con esmero, con tiempo o sin él. Era el prejuicio de las flores lo que me llevó a vivenciar lo que relato. Sin saber nada del comportamiento de las flores, ni de su botánica inevitable, ni de su desdicha en los inviernos. Pero yo insistí con mi prejuicio y mi tono; quizá para no decepcionarme y vaciarme por dentro de tal encantamiento, escribo lo que escribo, sin desear otra cosa. Sentí el disfrute de mi monomanía. Me movía por ella. Todo lo que apreciaba tenía muchísimos sentidos. Muchas representaciones en el ver y muchísimas más en el pensar. Y yo podía inventar en mi cabeza si quería, cómo es que lo hicieron los etruscos.

Más tarde, por curiosidad, preguntaría en el poblado por las características extrañas que tienen esas construcciones. Pero seguramente quien me dijera algo lo pondría bajo sospecha. Estaba amilanado. Dudaba. Sentí miedo. Debo moverme por la mañana en ese pueblo. La noche puede esperar. Lo que me pasó en esos bares con esos encofiados podía sucederme a esas horas y con esos aditamentos. Tampoco fue una sorpresa si a lo lejos evocamos lo ocurrido. Todo forastero es tratado como forastero. Ir de lejos a un sitio, da para dudar, y mucho más para sospechar. Hay pueblos que reciben con hospitalidad a los extraños, pero otros no. Porque claro, hay maneras y maneras. Y en Acuamonte, parece, que a los forasteros en la noche los tratan así. Pienso a favor mío y de mi suerte. A algunos forasteros los deben haber matado. Cuántos extranjeros muertos tendrá este lugar, como para que yo siga vivo aquí. Pero yo salí vivo. Y puedo rememorarlo desde el mirador en lo alto del valle, donde observo el tramado especular de la naturaleza del pueblito de Willoche. El pueblito donde nació Madmoiselle Jones.

Willoche brillaba por el sol. Mientras en Acuamonte se habían formado unas nubes negras encapotando al cielo, en Willoche, oronda tras las cuestas, gobernaba la gracia de Dios. Cuestiones de las montañas y de la creencia. Esa ligazón que se produce entre los esclavos y la deidad, llamada religión, era proba. Al rato empezó a garuar en el mirador. Yo me quedé sentado en una piedra contemplando los dos pueblos, fumando un armado de tabaco, bajo una tenue lluvia ligera. Había llevado una libreta pequeña para realizar anotaciones. Tenía una lapicera. Tenía agua fresca en la cantimplora. Unos biscochos en el morral, en el fondo del morral. Tenía lo suficiente para vagar por el valle unas buenas horas. Las horas que quisiera hasta el celaje. Me antojé ir hasta Willoche caminando entre las colinas. No había a quién preguntarle por dónde fuera conveniente ir. Sin embargo, desde la altura del mirador, pude divisar una huella bien marcada, por donde deben andar los del lugar haciendo pastar a sus animales. Nunca pensé que podría haber animales sueltos en las cuestas de Willoche y Acuamonte. Pensé solo en la ingobernable naturaleza que yo contemplaba maravillado desde el mirador que da hacia Acuamonte. Pero Willoche estaba, ahí nomás. Tras darme vuelta se lo veía al pueblito. Cuestión que me paré de golpe y zapateé el piso y me chasqueé los pantalones y la camisa, sacándome el polvo. Me predispuse. Tomé un largo trago de agua y empecé a caminar hacia Willoche. Eran seis kilómetros. Por las colinas, tal vez en dos horas, estimaba yo que llegaría. El camino era de piedras redondas, ovaladas, y algunas con sus cortezas tenían puntas filosas. Que con el sol uno podía divisar por el camino. Las piedras a esa hora brillaban como una serpentina que cegaba. La tierra trémula. Seca. Con algunos manchones húmedos por las lluvias. Pero el sol es más fuerte en las alturas. Y al rato de un vendaval el sol reaparece fantasmal para cubrirlo todo, y secar la naturaleza, dándole el brío de la vida a las cosas y a las plantas. A las flores y a los arboles.

El pueblo se mostraba con desentono por esa arquitectura nouménica traída de no sé dónde. Plaquetas altas y anchas de carácter brutalista, revestían los techos y las paredes de las residencias. Se veía a lo lejos una ciudad futurista. Como si en lugar de haberla construido alguien, hubiera llegado armada desde otro planeta puesta a funcionar de inmediato. Aunque tuviera más de 500 años. Willoche fue refugio en la huida de los perseguidos por los otomanos. Habríanse asentado en este paramo un puñado de familias. De ahí su ancestralidad que hace comulgar, como en toda arquitectura, a oriente y occidente. En realidad son uno solo en esas poblaciones. No hay levante ni poniente. Solo sur y norte. Las cosas aquí son bien distintas a como las conocemos. Las sensaciones poco comunes tras ver el manto tramado de florecillas tan pequeñitas. En el futuro los japoneses podrían inundar el lugar y sacar fotos. Preanunciando, en un rebobinado antropológico, lo que ya pasó y sabemos. Después se vino lo que vino, lo que todos conocimos, de lo que nos siguen contando en las noticias, y no hay Willoche ni Acuamonte que valga. Estimados colegas.