Crónicas del subsuelo: Se escucha una canción

Crónicas del subsuelo: Se escucha una canción

Por:Marcelo Padilla

 Las situaciones cambian. Se modifican, y a veces transforman a las personas. Dejándoles una marca para toda su vida. Súbitamente y de un momento a otro. Las cosas pasan. La cotidianeidad se trastorna, sensiblemente. Desde un lugar lejano a nuestras casas, la cotidianeidad se ve alterada a cada minuto. Diferentes oportunidades se nos presentan. Más que por el plan que tengamos entre manos, es uno mismo quien no conoce las calles que caminamos, y no el plan. El plan todo bien. El plan siempre camina. Todos los planes que hacemos ¡están bien hechos! Los que tuvieron éxito y los que se hundieron en el fracaso, se pensaron a la perfección; y por ejemplo, puede que uno se pierda en las calles que no conoce y termine en un azogue. Los mapas engañan. La cartografía es anterior al territorio. Lo dijimos y lo dijeron sin decirlo quienes los hicieron a mano, buscando tesoros en otros parajes. Por un lado, uno, está más avispado lejos de la cotidianeidad. Anda atento a lo desconocido. Con los ojos bien abiertos y de par en par. Miramos con los ojos de un provinciano las novedades de la ciudad y nos sorprenden tantas luces, carteles. Se anuncian obras de teatro, de cine, conciertos musicales, espectáculos para niños, películas triple X. Pispiamos además de coté. Todo es extraño y es inédito, y tiene otros matices, a los que no están acostumbrados nuestros ojos. Da vergüenza a veces mirar tanto en un lugar donde a uno lo desconocen. Lo desconfían. Se le nota a uno ese gesto típico de forastero. Hay que subir la guardia y andar con más cuidado. Cada sitio, además, tiene su perfume único. Su propio hedor característico. Y, lo que a nosotros nos puede dar asco y provocar rechazo, a la gente del lugar le da igual. La gente es diferente. No solo por su cultura. Se abusó demasiado al insistir en explicar las cosas tras la lente del maldito y omnipresente culturalismo antropológico. Sus rasgos. Sus formas de caminar, la predominancia de la altura en ciertas y determinadas razas. El tamaño de los dedos de la mano, en ciertas comunidades endogámicas. Los huesos. La agrura del cráneo en poblaciones de montaña. ¡El bocio! Los restos en los cementerios.

Pero por otro lado uno anda como tonto mirando lo que no es común a nuestra cotidianeidad. Casi babeando nos quedamos frente un objeto que jamás hemos visto. Mientras todos pasan de largo. Es evidente. De un momento a otro puede suceder lo imprevisto e inesperado. Una mirada. Por ejemplo. Una mirada entre dos personas puede cambiar dos vidas, y hasta una tercera vida, y seguir con el cuento de la familia numerosa del visitador médico, de buenas intenciones, que tiene que trabajar afuera todo el mes para alimentar a dos familias porque tiene dos esposas en distintas provincias. No es el del viajero un plan que se implementa con la rigidez con el que lo aplican los antropólogos en Suiza. No. En ellos está todo controlado, así como su tiempo y sus relojes y los horarios de sus trenes. Eso dicen. Nunca fallan. Todos están con la cara abúlica. Sin embargo, todo está perfecto ¡Para nada en nosotros las cosas se dan así! Todo puede darse vuelta de un día para el otro. Como una media terminamos enredados en una comedia. Y puede desmoronarse el plan que teníamos anotado como un castillo de arena. Uno puede tener el cronograma y las acciones a desarrollar correctamente detalladas, y en tiempo y forma, con una nota a un superior que lo acompañe. Habiéndose presentado por mesa de entradas y luego autorizado por la institución. Con las firmas de las autoridades al final de la hoja, ¡con el sello de la institución y todo!

Pero la vida es una sola. Tiene múltiples dimensiones. Y, en esas dimensiones, a veces la vida se nos va en tremendas estupideces. Por saltar un puente, uno viene y se cae y se rompe entero. Y queda paralítico en una silla de ruedas de por vida. Por andar descalzo uno se electrocuta al abrir una estúpida heladera, ¡y no cuenta más el cuento! La perdemos. Perdemos dimensiones de la vida y de los hechos. La mayoría de los hechos nos pasan por al lado. Como pasan los transeúntes en una gran ciudad. Sin mirarnos, indiferentes a las necesidades y preocupaciones de uno. ¡Van pensando en las de ellos! De la mayoría de los hechos ni nos enteramos. Y, además, es bueno no querer enterarse de todos los hechos que nos circundan. Es sano. Para el antropólogo que sufre cambios de temperatura, de alimentación y de hábitos, es mucho más que sano no tocar ni el diario. Ni prender la televisión. Digo más ¡es reparador! No saber nada por un buen tiempo de lo que ocurre a nuestro alrededor ¡hace bien! Eso sí. Hay que emplear el tiempo. Porque ahí está y por ahí pasa la cosa, en cómo emplear el tiempo mientras no estamos en las tareas del trabajo o en las de la casa ¡Qué hace uno en los tiempos muertos! Los tiempos vagos y de abulia ¡Qué hace uno en los tiempos libres! Y sé que da para repreguntar por cada uno de estos tópicos, claro que lo sé. Pero déjenme que les diga lo que yo repreguntaría: ¿existe el tiempo libre? En todo caso, agregaría otra: ¿existe el tiempo? Quedamos vacíos en la dimensión de lo aparentemente posible o imposible. El tiempo se aniquila. Su noción se desvanece. No sabemos qué hora es. Aunque la noción de vacío sea la correcta, ¡el vacío es inllenable! Un cuerpo. Otro cuerpo, pueden llenar un vacío ¡Un clavo sacar otro clavo! Pero cuando ese cuerpo ya no está, el vacío sigue. Continúa. Después viene otro y se va, y todo se hace hondo e insondable. Como un hoyo sin piso. Como un barril sin fondo. Sin límite. Solo vemos el brocal donde aguaitar la nada y miramos hacia abajo. Y vemos todo absolutamente negro. El único punto de vista es el del túnel. La única salida muy muy al final del túnel. El ojo es mocho y solo ve el camino a casa, del lado A de la vida ¿Cuántos caminos hay a casa en el lado A de la vida? La ceguera de no conocer, la miopía de no reconocer. ¡El ver sin mirar pispiando!

El vacío de Mademoiselle Jones, por ejemplo, es un vacío inllenable e intolerable. La antropología ha perdido una gran oportunidad de reconocerse en la grandiosa obra de una persona inenarrable. Pero hoy, por los temas de agenda que se nos imponen; muchas veces, esos temas van por un camino que nos va alejando de las obras excelsas, hechas en otros tiempos. Nos perdemos otra dimensión del conocimiento adquirido por otro ser humano, en este caso robusto, por sus dotes y creaciones. Ustedes han visitado miles de páginas de cientos de libros de una apreciable cantidad de autores. Pero no han podido llegar a la obra de Mademoiselle Jones. Y eso, su desconocimiento cultural, puede que tire los cimientos de lo que han leído hasta el momento, durante toda su vida. Lo que saben, lo que han comprendido a lo largo del desarrollo profesional en su carrera, quedaría en la nada. No saber de alguien del tamaño de Mademoiselle Jones es cuanto menos un problema de cultura general. Si me pusiera estricto diría que es un problema estructural de analfabetismo académico. De grandes dimensiones subterráneas. ¿Podemos hablar ahora de la obra muerta de Madeimoselle Jones? Escritura de catacumbas. Disculpen que les diga esto, así, con la dureza que por momentos cobran las palabras. Lo que se conoce como moda. Es en las academias donde brota, germina, y encuentra el humus, de una semiótica que interpela a las conciencias. Hasta que termina igualándolas. Establece fácilmente un lenguaje común para una época en común. Y es muy encantador a veces enterarse de obras publicadas con temas tan actuales. Donde todos los lectores coinciden con un gusto, un estilo, un lenguaje, un dialecto. Un argot determinado. No lo voy a negar, porque a mí también me pasa. Todos corremos a devorar las obras que tratan temas tan efectivos. Digo temas actuales, como sinónimo de contemporáneos. Tan contemporáneos. Los del hoy, los del mero vivir, los que nos tientan. Por sus propuestas y sus respuestas ¡a temas complejísimos! ¡Por la mayoría inabordables! Que encima están en vigencia. Pero pocas obras llegan a tocar el cielo santo de la sabiduría con las manos. Se toca el cielo luego de un gran sacrificio en el infierno. Lo dicen las escrituras antiguas y arquetípicas. Se toca el cielo con las manos luego de hundirse en la podredumbre del Dante. Por eso la idea del fracaso no debería darnos culpa, porque no es que esté mal fracasar. El fracaso cumple el mismo rol dinámico que se perpetúa con el éxito de otros, en este caso, somos arte y parte del éxito de otros. Sin embargo ustedes y entre ustedes todos, son exitosos desde que pisaron la institución. Pisar una institución da el prestigio necesario para que luego sus juntas cambien. Y sus vidas también. Las más de las obras excelsas se dilapidan en los anaqueles de las viejas bibliotecas públicas. Otras pasan de largo por la impúdica pasarela de la moda, y son olvido en un instante; y quizá resurjan por otros acontecimientos cuarenta años después, que otros sabrán explicar en su momento. Sin embargo, lo que hizo Mademoiselle Jones, resulta difícil de clasificar. Como resulta difícil clasificarla a ella. Como persona, como investigadora. Porque lo personal aquí también cuenta. La trayectoria individual. Los intereses que la llevaron a realizar tantos viajes a diestra y siniestra, por el mundo. Los apuntes. Los cuadernos marcados. Las señas, que solo el que las escribe las entiende. Son sus jeroglíficos. Así como el médico que receta y escribe dificilísimo. Son muchas las dinámicas aunque no las queramos reconocer. Y es comprensible, toda vez que nos hallemos frente a lo desconocido. Es normal.

Pero yo les estaba hablando, estimados colegas ¡del amor! Y no quiero dejar pasar la oportunidad para profundizar en este tema, tan escabroso y tan caro a los sentimientos de hombres y mujeres, diría, de todo este maldito mundo. Sean de la profesión que sean y a la clase social a la que se pertenezca. El amor es un misterio hasta para el homo suizo. A veces perdemos el tiempo afanosamente en revelarlo. Sobre todo cuando estamos solos, y ya no cortejamos con nadie. ¿Alguno de ustedes lo habrá vivido? Puede que sí, ¡puede que no! Pueden tener esposas y esposos. Pueden tener hijos e hijas. Pueden tener muchas cosas que dan el matrimonio, la monogamia, los quehaceres ciudadanos ajustados a la moral y a las buenas y sanas costumbres. Pueden tener... ¡Y lo tienen! Pero, no me digan que en el amor no hay algo huraño que no se sabe nunca. Y que nunca se sabrá. Porque yo recuerdo cuando entraban a tugurios de mala muerte para no sentirse solos. Aun sus esposas, aun sus hijos, aun sus nietos. Aun toda su maldita parentela bailando la tarantela. Aun ellos mismos. Aun las prostitutas. Aun los mulatos con los cuales alguna de nuestras profesionales ha caído en la tentación de meterse con el mulato a un baño, para darle ese gusto, a esa fantasía que gobernó por años su deseo. Aun sus salarios. Entran a las casas de prostitución y se dan un gusto que pagan con la suya. Pagábamos soledad a cambio de compañía. Desamor a cambio de cariño. Aburrimiento a cambio de sonrisitas. Pagábamos por sentir algo distinto a lo que se siente cada día: esa náusea, de lo lleno. Lleno de gente. Lleno de comida. Lleno de bienes. Lleno de amantes. Lleno de reuniones. O, lleno de ira. De locura. De desesperante locura y soledad.

Es muy temprano todavía. La mañana es de noche. Demora el sol en aparecer en el crepúsculo blanco. Afuera no estaría nublado, pero, no se sabe nunca con este tiempo tan cambiante. Hay estrellas que pueden desaparecer tras un manto de neblina. La gran trampa del sentimiento amoroso es justamente la ansiedad de lo eterno. De que se haga amor eterno ya. Y que efectivamente sea eterno ya. Vivimos contando los días, tachándolos como presos. Y las horas de un día duran nada, y en otro día las horas se hacen de goma, elásticas, y el tiempo nunca pasa. Por una discusión subida de tono e hiriente, y que deja huella, uno cree que ha terminado la relación con ella o con él, pero no. Para que el amor se termine tiene que pasar un tiempo de prueba, considerable. Son para mí seis meses, cruciales. Los primeros seis meses de toda relación es el tiempo de todo encantamiento. Luego se ingresa en una fase distinta. Ya hay más confianza. La confianza mata la curiosidad y hace perder el pudor. La confianza nos deja vulnerables. Uno entra en confianza en una relación y todo cambia, comparado a los primeros días de miel. Comienza la ansiedad y cierta amargura, que no se explica uno cómo, y de qué, y por qué. Uno ingresa a un estado de cautela, de precaución, de ensimismamiento. Para no meter la pata uno opta por callarse. A veces uno quiere poner los puntos e imponerse. Nada tiene sentido ya. "Ya no me da un beso al levantarse. Tiene cara de idiota. No quiere verme esta mañana" ¡Uno piensa cosas! ¡Y termina yéndose a trabajar sin desayunar con un nudo en la garganta! Quizá el entuerto se resuelva en la cena, en la noche, a eso uno apuesta, a postergar para la noche. Porque la noche tiene su encanto y es propiciatoria de la magia. O dejar que el tiempo pase para que se acomoden los patitos de la bronca, unos días. Uno hace una cena a modo de reconciliación. Pone velas en la mesa. Hace varias ensaladas ¡Lo que nunca! ¡Se vende! Uno se vende por la culpa. Pero a veces uno falla con los pronósticos. Uno se vuelve paranoico. La relación se atosiga. Torna al otro mero partener y miembro de su carne. Como si el otro fuera una extensión de lo que siente el cuerpo y el corazón propios. Disculpen ustedes tanta perorata...

Cuestión que fui al bar y decidido a hablar con ella, con Abril, la mocita del café. Ya no habría nada que esperar. El tiempo fue considerable. He actuado bien y con prudencia. Y le he dado tiempo al tramado mental -de haberse tejido- entre ella y yo. No puedo agarrarme de su forma de atender y tomarlo una señal: de que yo le guste, de que yo le atraiga, de que ella me necesite y que quiera dormir conmigo durante toda la vida. Porque los que atienden en los bares se muestran predispuestos, amables, y Abril es muy amable y simpática. Y no por eso... Me siento en la misma mesa del café pegada a la callejuela. Siempre esa mesa esta vacía. Debe ser porque está pegada a la calle. Y a nadie le gusta que lo salpique un charco cuando pasa una bicicleta, ni qué decir un coche. Pero a mí me gusta ese lugar. Ya lo considero mío. Y ella, Abril, me lo reconoce cuando se acerca y me pregunta "¿lo de siempre?". "Sí", yo le digo. "Buenos días Abril", le agrego siempre. Bueno, en fin. Que en el café ahora no hay nadie. He sido el primero en llegar en la mañana. Tengo la posibilidad de hablar con Abril. Debo encontrar el momento para invitarla a pasear por el malecón como lo había soñado. Pero cuando la estoy por llamar con una seña, escucho que de adentro gritan su nombre "¡Abril, acordáte de esta noche, tenemos el cumpleaños de Hermegio!". "Sí", responde ella, "lo tengo agendado para las 22 en el bar del Julepe Rabioso". Es el muchacho de la barra. Un preparador de cafés es que le habla, le grita con desparpajo, porque el tipo la debe de conocer y entre ellos debe haber cierta confianza, y además el tipo es joven como ella. Punto. Y él le está haciendo acordarle a Abril de esa reunión aniversario de un tal Hermegio ¿Quién carajo será Hermegio? Con lo cual quedo pasmado. No le hablé. Menos mal que no le hablé. Ustedes imaginen el chasco que me habría llevado si yo la invitaba para esa noche. Sin embargo pensé que podría proponerle la cita para otro día. Debería ser más específico en la invitación ¿Cuál es ese otro día? ¿Mañana? ¿Pasado? ¿La otra semana? Yo no quiero ir a bares en Acuamonte por las noches. He quedado mansito con aquella paliza a la que no quiero recordar. La caminata por el malecón me parece conveniente y más intima si se quiere. Pero ella debería responderme que sí, que iríamos juntos al malecón a caminar. A tomar la fresca. Ahí charlaríamos distendidamente. Pero no lo sé. No sé si ella querrá ir. Si es que tiene compromisos, o le parece de entrada que no es posible, o ¡directamente nunca! ¿Que me olvide de eso, me diría? ¿Que no ocurrirá porque no quiere ni verme, que solo soy un simple cliente, uno más en el café? ¿Todo eso, me diría? Entonces cuando la veo pasar con una bandeja hacia otra mesa, le pido que después se acerque a la mía. Que le quiero preguntar una cosa. Ella me dice ¡cómo no, señor! Al decirme "señor" ella me aleja. O eso creo yo. La palabra "señor" impone una distancia. Y para transgredirla hay que estar muy seguro y muy confiado en sí mismo, y estar atento a un plan B si no fuera a suceder el plan A. Ella, de golpe, se me aparece. Mesa mediante se para delante mío. Abril tiene los ojos pícaros, pero esta vez se le ven cansados y algo entristecidos. Eso me acobarda. Pero me doy valor y le digo, "Abril, seré directo. Me gustaría conversar con usted caminando por el malecón. Soy forastero y no conozco a nadie. Sin ningún compromiso".

Aquí se produce un click en esta historia. Y me quiero detener para revelarles, cómo las cosas que nos pasan, nos pasan por encima. Todo se modifica de modo imprevisto. Pero que las hay las hay ¡Ella finalmente me dice que sí! ¡Que cómo no, que sería un gusto, que no hay problema! Que ella tiene franco el día domingo. Que si quiero ir el domingo a caminar con ella al malecón, no hay ningún problema ¡De maravillas! Le digo. Entonces quedemos de acuerdo en juntarnos en la esquina donde arranca el malecón, en la pérgola, donde hay unos banquitos para sentarse y mirar el mar. Yo la espero ahí Abril ¿como a qué hora le parece? "A las diez de la mañana", me contesta. Apruebo la hora y le digo gracias. "No hay por qué", me dice Abril. A todo esto ella me pregunta por mi nombre. "¿Cuál es su nombre? Para no decirle... señor". Eso me gusta. Me da la sensación de que ella quiere hacerse amiga o probar hacerse amiga. Le digo Toni -me dicen Toni, Abril- pero me llamo Antonio. "Bueno, entonces -me dice ella- le llamo Antonio, me gusta el nombre Antonio. Es un nombre con personalidad", me agrega. Es un nombre antiguo, le digo yo. "Pero suena muy bien", me dice ella. ¿Si a usted le parece?... Dígame cómo quiera Abril, Antonio. Sí, dígame Antonio, le afirmo algo desesperado. "¿Usted es italiano?" Me pregunta ella ¿Le miento? Sí, le digo. Del sur. Nací en Córcega (Reino de Nápoles, Francia, Italia) Pero de chico me trasladé con mi familia a Nápoles. Y vivimos muchos años en Sicilia. Le digo todo eso y le miento de entrada. En ese momento a Abril la llaman desde adentro del bar. Parece que tiene clientes que atender. Nos despedimos con un "nos vemos el domingo". Yo me quedo inquebrantable en la silla. No sé si pararme e irme o quedarme, un rato más, por la vergüenza y la emoción. ¡Tengo ganas de cagar! No quiero ir al baño del café para no cruzármela de nuevo ¡yendo a cagar! No quiero amedrentarla con mi presencia, ni que sospechen algo entre ella y yo sus compañeros de trabajo. Decido terminarme la soda de un trago. Dejo sobre la mesa el pago de lo consumido, para no llamarla de nuevo, y me voy caminando hacia cualquier lugar. De fondo se escucha una canción, una canción que reconozco, pero no sé de dónde. "Calles rotas y humedad, pienso no mirar atrás".