Crónicas del subsuelo: Psíquico

Crónicas del subsuelo: Psíquico

Por:Marcelo Padilla

A las horas de caminar ya había caído todo el sol sobre ese mar poco indulgente; y de lejos, desde la costa sombreada por los edificios abandonados por su personal, luego que huyeran sus moradores por tal impacto psíquico, se veía verde azul ese mar; y por momentos, ese mar, tornó todo de color naranja como los atardeceres en todos los océanos de este mundo, a la hora de la mortaja según cada continente. No sabíamos qué hora era ni en qué peñasco nos habíamos metido. Tal vez nunca pensamos cómo lo haríamos de suceder lo que sucedió. Esa cueva en esa roca permite agacharse para entrar y erguirse como un mono y seguir hacia dentro como si uno ingresase a la boca de un lobo marino, muy gigante. Miramos con asombro al cielo hecho de roca con puntitas que caían hechas de tiempo congelado, cual fósiles de los últimos animales del reino. Deben de haber sido del paleozoico, o por ahí.

Unos dejos de haces de luz nos dejaron tantear unas paredes, en plena ceguera, aún viéramos en la oscuridad nítida, mantuvimos los ojos apretados y lo hicimos todos a la vez con la palma de la mano. Acariciamos sus cortezas. Todo se hizo sombra y hacia el fondo, todo era negritud ya hecha definitiva e infinita. En este caso no cabría el dicho, porque no era posible imaginar una luz al final del túnel. Y sin luz al final de túnel no hay final, ni luz, pero sí túnel de puro túnel. Pero ellos quisieron ver, ver y ver. Ellos miraban el mar desde lo hondo de la cueva; y fue entonces que me metí y me fui hacia ellos por despojo de mí mismo como si fuera a morir por ellos y con ellos. Ni siquiera hablaban. Habían perdido el platicar en el gesto de la boca y las señas que hacían al principio confundían. Habían dejado que la luz y las sombras fueran los sintagmas de su ubicación en el universo que les hizo el hueco alguna vez en su erosión escultural para que entrasen. Se manejaron por la orientación de las refracciones del sol y de la luna para guiarse hasta llegar a la caverna. Pero no solo el habla habrían perdido aquellos miserables.

Entonces, primero lo primero. El niño ciego. Luego el paralítico y al final, el niño mudo cojo. Los tres entraron, pero de a uno. Se veía a unos harapientos de mala muerte que aún en la mala vida buscaban la luz en las oscuridades del vientre de la montaña. En la cueva, hacia el final de un tramo, unos huevos gigantes sobre la arena reposaban helados y herméticos. Que sudaban. Dentro la cueva uno los podía llegar a ver. Y pudimos acercarnos lento, con pasos de rana. Luego de caminar cien metros de profundidad nos detuvimos, y estirando nuestros brazos llegamos a tocarlos, algo tímidos.

Las olas rompían sobre la roca y había subido la marea y nos dimos vuelta. Observamos las pequeñas vetas escuálidas de unas filigranas de luz que se colaban suavemente tras el frontispicio de la abertura de la boca de la cueva, y vimos, y sentimos, que golpeaba en las cáscaras humeantes, débilmente, una lluvia de gotas gordas. Nunca llegaron a entibiar a los huevos esos filamentos aéreos casi invisibles. Nosotros, ellos y yo, los tocamos como se toca algo desconocido, con muchísima desconfianza; lo hicimos. Apoyamos las manos abiertas y las dejamos en la calidez de la cáscara, muertas, entregadas, regaladas al antojo de la temperatura. Era una tibieza para el cuerpo sentir eso tan benefactor. Algo se concebía desde adentro de esos bolones, un latir. Ciertos tiritones en las manos lo decían, nos lo anunciaban. Pero lejos de temer ninguno se amilanó, y dejamos a las manos muertas, apoyadas sobre la primera lámina de aquellas protuberancias. Lentamente empezó a subirnos la temperatura en todo el cuerpo.

La noche se había colado por la cueva y los diezmos de la luna entraban, a medida del movimiento de los cuerpos celestes. Y éramos nosotros el cuarzo propio de aquel rayo que partiera alguna que otra vez a la roca. La tibieza acaloraba nuestras manos, y lo que había dentro de esos huevos no se sabía. Algo pujaba en el cimbrar de lo que pareció ser una vida. No eran como los huevos de gallina ¡Sí que eran gigantes!, pero de otra forma en su ovalamiento. Más bien redondeados por un fino encogimiento que los hacía más bellos y más altos, y parados sobre uno de sus conos, más bien parecían tótems a idolatrar esperando alguien llegase a venerarlos. No se movían. Por más estuvieran en la arena, y quizá por su peso, se hundieron lo suficiente para quedar estoicos; cimbraban en nuestras manos las primeras láminas de esas cáscaras. Y, como dije, nos daban un calor apacible tocarlas, acariciarlas. El ciego dijo ver, y el mudo también dijo estar emocionado de sentir el brotar de las primeras palabras en sus labios. Babeaba de emoción, entrecortando llantos y sollozos. Estaba consternado. El ciego dijo cosas por el estilo:

Ahora veo las palabras y toco el aire de las filigranas de luz y veo el tapial hacia el fondo que no sé si ustedes pueden ver; y allí, tras la veta negra de la roca, tómenla de posta para ver lo que sigue, está un hurraco. Le digo así porque debe ser de piedra y debe de estar fosilizado, ¿ven el hurraco? Ahí, tras el hurraco, está el color indescriptible. Espero que vean lo que yo veo para hablar como yo lo hago y así nos entendemos, ahora que se me ha dado el don de mirar, y tengo dónde mirar. Y qué mirar. Y cómo mirar.

Proceso augusto si los hay. El mirar ciega. Siento los pies hirvientes por distar de ese color indescriptible. El ciego no paró de hablar por ver y el mudo, no descansó de babear emocionado por escuchar lo que se estaba conversando en esa cueva.

-Ya va a salir, ya va a salir, le dije al mudo.

Ya van a brotar las palabras de tus labios, finamente, claramente, de manera incandescente. Te hemos escuchado, hermano. Estás entrando en el mundo del oír. Escuchar y hablar es lo mismo. Pero, por distintos orificios ocurre que lo que se dice y lo que no se dice ¡Es sé igual! Ahora estamos en el dorado camino hacia lo humano, y ese color del que nos hablas, hermano, puedes verlo tú, querido hermano mío. Y es una maravilla que así suceda. Porque nosotros, los que vemos y hemos visto ya te robamos miles de noches y miles de días. El tiempo acomoda las cosas.

El ciego y el mudo me miraron cual profeta, y se emocionaron, nunca sacaron sus palmas de las cáscaras. Se habían hecho adictos. Yo me alejé de los enormes bolos y atiné a caminar hacia el hurraco de piedra. Sospechaba. Quería ver lo que el ciego dijo ver y nos contó sobre ese color indescriptible. Repté, sin que nadie me viera, hasta lo extraño y lo desconocido de esa cueva pestilente, sobre esa arena húmeda y helada.

Despierto. Abro los ojos y no veo. Miro el techo y mis ojos parpadean. Mis manos no responden. Quiero restregarme los ojos y no puedo. Del lagrimal siento que me sale una pequeña gota, y la aprovecho para cerrar y abrir y para cerrar y abrir hasta que logro ver algo. Ese algo se mueve y me marea. Cierro los ojos y abro en cruz y a tijeretazos. Veo. Pero veo mal. No veo nítidamente. No sé si es el techo de la cueva o es un techo de hospital. Sí, sí, sí. Es el techo de un hospital. Ahora escucho: alguien jadea a mi lado y parece un animal. Parece que fuera un perro con sed el que jadea a mi lado. Pero no siento olor a perro y tampoco siento olor a ningún animal. Más bien lo primero que siento es olor a lavandina. Un fuerte olor a lavandina. El calor me abraza. Siento al cuerpo húmedo. Ahora tirito intensamente y me olvido del olor a lavandina y me olvido del mareo, y también me olvido del olor del animal y hasta me olvido de mí mismo.

Estoy en la cueva, sí, en la cueva ¿Nos quedamos dormidos? ¿Dónde están ellos? No puedo ni hablar para preguntar dónde está el ciego, el paralítico, el niño mudo. Y los huevos ¡Dónde están los huevos! No puedo doblar mi cabeza para mirar hacia los costados. Mi cuerpo acaso esté muerto. Acaso sea yo una conciencia pura en un pedazo de carne que reviste una caja hecha de hueso, mi osamenta hereditaria que cargo y tras cargo. Acaso sea una caja de resonancia, de voces que cantan a coro en una cajita de música donde una bailarina da vueltas, como una loca esquizofrénica. O no. Qué soy. Qué soy. No sé qué hacer con mi conciencia. No quiero estar en este momento. Donde estoy, no sé cómo hacer para irme de mí mismo, y de éste lugar; quiero vivir o quiero morir, pero no quiero querer más esto. Qué hago, estoy desesperado. ¡Dónde está mi corazón! No, no. Esto debe ser un maldito sueño.

Abro la ducha. Me siento algo mareado, y también pesado está mi cerebro. Como si tuviera en mí y dentro de mí una sopapa que ausculta mis pensamientos. Una sopapa que me chupa los pensamientos hacia afuera y se me salen por la nariz y la boca y los oídos. Oíd mortales, el grito sagrado. De la cabeza no se me van algunas de las imágenes. Parecieran fijadas a mi mente, pegadas e inamovibles. Sí, tuve una pesadilla. En fin. La vida. Ahora toco la lluvia de la ducha y siento al agua tibia tirando a calientita. Me embuto. Dejo mi cabeza unos minutos bajo el agua que aumenta su calidez hasta el hervor de mi mancebo cráneo. Me digo cosas a mí mismo bajo la oscuridad y la cerrazón de mis ojos. No me miro, solo me escucho, ni siquiera parpadeo para no ahogar mi vista próxima. Me lleno la boca de agua negra y algo en su tibieza hace de mi boca un órgano extraño, como si me hubieran injertado una boca desde el exterior. Y me reclamo cosas. Tengo miedo de abrir los ojos. No vaya ser que no sea el baño ni la ducha donde creo estar, y tampoco un hospital donde pueda estar sobreviviendo. Quiero abrir los ojos y estar en la cueva y volverme. Quiero volver al origen. Al origen de todo esto que por lo visto se rebobina solo, y no se sabe, quién es que lo para, lo detiene.