Crónicas del subsuelo: Pesimismo y cábala

Crónicas del subsuelo: Pesimismo y cábala

Por:Marcelo Padilla

¡Me acosté esa noche con una enorme esperanza! ¡Quería que llegara el domingo! ¡Para ver a Abril! Se los he dicho. Soy de pensar desde el pesimismo. Lo tengo como cábala. Si llega, lo bueno será recibido como una grata sorpresa, y lo malo, como la misma costumbre. Y se festejará a lo grande si lo bueno llega. Como en este caso, se habrán dado cuenta... ¡La chica del café me dijo que sí! A lo que voy, es a que no hay que esperar nada de nadie. Ni lo bueno ni lo malo de nadie. Ustedes colegas... ¿Qué piensan sobre esto? Podría decirse que el ánimo es una cuestión personal y muy íntima, y no producto de tal o cual pensamiento e ideología, creencia o situación que se nos presente. Y que el pesimismo es un gran mal dentro de los cientos de males que hay en este mundo. Al pesimismo se lo ha visto desde una perspectiva despectiva, y se entiende que así lo vieran quienes edificaron una moral ciudadana de progreso y bienestar, para todos los hombres y mujeres que habitan el suelo... ¡De nuestro territorio! Ser pesimista fue siempre mala señal. Siempre se decía: "Así en la vida no puede triunfar nadie. Tenés que dejar esos pensamientos pesimistas que para nada te hacen bien y te frenan para alcanzar tus objetivos, porque en la vida ser pesimista trae cola". Pero, yo intento, estimados colegas, y los llamo a reflexionar un pesimismo vital. Diría, vegetal. Porque si el pesimismo sale de su condición errónea de haberlo ligado a la depresión o a la insatisfacción del hombre ¡Es un arma! Ahí descubrimos una herramienta, un recurso a mano que tenemos para blindarnos del mal y de los males que nos aquejan. Vengo cultivando un pesimismo filosófico y, diría, también vivencial. No sin antes decir que para mí, pensar pesimísticamente, me ha dado buenos resultados en la vida. El fracaso ya está instalado en nuestra sangre. El fracaso es nuestra propia historia. Nacimos en ciudades producto del fracaso, errabundos por el interior de los anillos de Saturno. Somos fracaso hecho raza autóctona. Si partimos de esa base -discutible, por cierto- el pesimismo filosófico es el sentimiento del pensamiento, y viceversa. Uno puede pensar en frío. Y dudar. Y sospechar. Sin caer en la desgracia de la queja permanente, hecha carne en los seres humanos de nuestra tierra. He visto pesimistas exitosos. He compartido reuniones con gente sabiéndose fracasada en la vida disfrutando de las cosas simples.

Lo que acusaron de barbarie no es más que la forma en que los hombres de lejanos confines adoptaron desde la periferia del fracaso. Cercando al éxito del centro, para algún día dar la estocada final y definitiva: ¡eliminar todo centro de las cosas! Y que quede el descampado y la periferia. Un desierto ondulante y barroso ante la vista. Una periferia fantasmal. Una periferia de acoso hacia el centro nerval de nuestra patria. Si lo pensamos mejor, lo que rodea al éxito es un acorralamiento de pesimismo y de venganza, de revancha por la lejanía de unos pueblos. La periferia es pesimista por naturaleza. La ciudad y el centro tienen afanes. Y crean ilusiones, e inyectan esperanzas. La esperanza solo puede tenerla quien busca "ser alguien" en la vida. Y eso, ¡Es lo que se da en la ciudad! ¿Se pretende en ese teatro social lograr la felicidad? A costa de mucho sacrificio. Y cuando no la logramos al poco tiempo nos deprimimos, y somos una turba iracunda. Que se lamenta. Que pena por las calles. Por eso los templos. Siempre, colegas, pensé en el sentido que pueden tener los templos en las ciudades, especialmente en las ciudades; porque en las zonas rurales son otro cuento, que nos llevaría una eternidad en conversar dado que lo rural es anterior a los burgos. Los comerciantes, el toma y daca de la vida. El meta y ponga. Esos espacios de silencio para llorar en la iglesia cuando a uno lo mandan a la misma. Pues es ahí cuando el silencio se apodera de nosotros. Y por un rato podemos relajarnos rezándole a un santo o a una virgen, sin que nos vea nadie llorar. Nadie nos está mirando. Es como ir al baño. Con la segura intimidad que todos hacen lo mismo y nadie mira al otro para saber cómo lo hace, y a qué huele lo que está haciendo o ha hecho. Cumplen una función meditativa y de salud. Si uno va a la misma iglesia todos los días también ha de ir al mismo café todos los santos días. ¿Y qué hay en ello? ¡Se preguntarán! ¿Qué tendrá que ver un templo o una iglesia con un café? Y mucho, colegas, ¡Muchísimo! Las dos imágenes se presentan como opuestos. Pero, ni al café ni a la iglesia uno va a trabajar, ni a cumplir con un mandato, ni a poner en práctica las órdenes de un jefe. Nadie nos obliga ir al café o a la iglesia. Entonces, uno ingresa a un lugar tenebroso donde hay hombres acodados en la barra, despilfarrando el tiempo, mirando ciegos a la nada de ese vidrio. Perdiendo literalmente el tiempo en cuestiones pedestres en una mesa de vasos vacíos ¿Y en la iglesia? Entramos a esa arquitectura sacra, donde hombres y mujeres no miran a nadie alrededor y se persignan en un acto privadísimo y están con la cabeza gacha casi todo el tiempo. Padre, hijo y espíritu santo ¡La trilogía! Si vemos así las cosas, entonces, todo lo que hacemos es para perderlo. Porque nada queda en nuestra propiedad, más que esas charlas, de las cuales muchas veces ni nos acordamos. Más que la quietud en el templo y el café, al cajón no nos llevaremos nada. Nos hermana en esos sitios un sentimiento metafísico que no lleva a una profunda conmoción. En esos enclaves montados en la muchedumbre de la ciudad, hombres y mujeres practican un ritual, sea en el café o en la iglesia, las personas se suceden en un rito constante. Cada vez son más y más extrañas. Uno se siente extranjero en la fraternidad. Pero, por lo menos, son espacios que cumplen el mismo rol que una medicación psiquiátrica. Uno baja los cambios. Sale relajado, por veces sollozando simulando con un pañuelo en la nariz. Pero luego uno se encuentra tras las puertas de la iglesia o del café con el afuera. La turbia vida cotidiana ¡Uy, miles de personas pasan y pasan! Las bocinas de los coches aturden. Nosotros salimos blindados de la iglesia. Pero ojo que uno puede perder la cabeza por el shock del afuera ¡El contraste es muy fuerte! Y asumimos ese contraste por sumisión, dando los primeros pasos de bebé, porque solo en el café o en la iglesia uno se desvincula del afuera, haciendo nada, quedando paradito o sentadito, quietito. Nada productivo, nada que sirva para algo. Aun nadie se hable con nadie, en esos templos la soledad no desespera. Solo se acongoja.

Digo esto para reflexionar con ustedes sobre las formas de nuestras vidas, ¿Cómo hace uno en un lugar donde no conoce a nadie y la cultura es diametralmente opuesta a la de uno, opuesta a nuestras costumbres? Ahí sí que la cosa cambia sobremanera. Entiendanmé ¡No quería defraudar a Abril! Sé que le he mentido sobre mi identidad y mi lugar de nacimiento. Pero lo hice por pudor. Me dio pudor contarle lo que yo venía a hacer a Acuamonte. Pensé que si le contaba la verdad, la cosa entre Abril y yo se iría a estropear. Yo hacía de detective, colegas. No es grato moverse como un detective. Dejé que todo fluyera. Abril empezó a interesarme cada día más. Y heme aquí, en este momento de la historia que les estoy relatando ¡Que me vengo a enamorar de la chica! ¿Ustedes se han enamorado en una situación de estas características? ¿Se lo han permitido? Me quedo en el hotel todo el sábado y no salgo ni a la puerta. Me veo leyendo literatura erótica, porque he conseguido en una librería cercana, unos libros antiguos recomendado en Orgía, por Tulio Carella: Sonetos Lujuriosos de Pietro Aretino, La Venus de las pieles de Sacher-Masoch y Las canciones de Bitilis de Pierre Louys. Les pego una ojeada y me quedo con Las canciones de Bitilis. Me preparo un trago, sí, un trago autóctono. Me preparo un Tizne de Ruar con limón y cerveza helada ¿Quería festejar? ¡Estaba hundido en el erotismo! Me gustan, además, aunque este no sea el caso, los cuentos de hadas como pornografía medieval. Pensar en Abril no es pensar en Mademoiselle Jones ¡Es pensar en la espalda de Abril y en cómo será su piel! Fue ahí que perdí el rumbo de mi investigación ¿Ustedes colegas, saben que eso le puede pasar a cualquiera, no? ¿O no lo saben? Pues el hotel había quedado vacío. Los turistas salieron a hacer excursiones por Willoche y abandonaron el barco, y seguro han estado en el mirador ¿Les pasará lo que a mí en Willoche? Eso ya lo sabrán, estimados colegas. Paciencia. Que ahora quiero contarles lo que me ocurrió el domingo, cuando nos encontramos con Abril en la pérgola, donde empieza el malecón. Donde habíamos quedado cuando se lo propuse en el café. Paciencia. Si quieren llegar conmigo al fin de esta historia, solo les pido, paciencia. Cuestión que llega el domingo. Me levanto temprano. Me levanto como a las seis de la mañana con el despertador trinando. Me preparo un café de la maquinita. Me siento frente al ventanal esperando el amanecer. Pongo la radio y sintonizo música autóctona. Estiro los pies y los apoyo en el canto del ventanal, que ya he abierto, para que entre brisa fresca. El cielo está naranja y parece el sol, una bola de fuego que se asoma por Acuamonte, sobre las colinas de Acuamonte. La postal es maravillosa. Como falta para las diez, me pongo a leer un libro. Pero no puedo concentrarme. Leo un párrafo y tengo que volver a releerlo. Me pierdo en la frase y me como los puntos y me paso de largo las comas. Deliro pensando en la íes. Estoy algo nervioso. Me doy cuenta.

Dejo el libro y me levanto para servirme otro café de la maquinita. En mis bolsillos del pantalón tengo unas monedas que no sirven para nada. Pero me las quiero llevar de recuerdo, así que las guardo en mi maletín. En un bolsillito que tiene cierre, para no perderlas. También llevo unas piedras extrañas de regalo para unos parientes que se dedican a la mineralogía. Unos tíos que se proponen la minería artesanal, y buscan pepitas en los ríos bajos de su pueblo. Cuando empezaron con ese oficio no eran nadie, pero ahora son multimillonarios. Tienen oro, venden oro, y lo labran. En oro las columnas de su casa. Son dos tíos solterones que viven juntos. Nunca se casaron. De chico pensé que eran maricas, y que se iban a casar porque siempre anduvieron juntos. Uno nunca sabe. Nunca me lo dijeron. Tampoco yo les pregunté si había algo entre ellos, algo así como un pacto. Pero mis tíos eran excelentes personas más allá de su condición sexual. Montaron el emprendimiento una vez, de muy jovencitos, y fue desde de ahí no pararon hasta hacerse multimillonarios, buscando pepitas en el río. Tuvieron montañas de pepitas. Las piedras que les llevo son un presente nada particular, son solo unas piedras y sé que a ellos les gustan las piedras, punto. Quiero quedar bien con ellos. Me han ayudado mucho en mi trabajo. Sobre todo cuando he tenido que viajar, ellos me han pagado los pasajes. A ellos les debo gran parte de mi carrera ¡Cómo olvidar a tío Jorge y a tío Emilio! Entonces, se hacen las nueve y media de la mañana, y me dispongo a ir hacia el malecón ¡A encontrarme con Abril! Yo estaba muy emocionado y a la vez muy nervioso. Pongo en el morral un chocolate para regalarle a Abril, cuando la vea. Es un bocadito en forma de volcán relleno con dulce de leche. El papel glaseado que lo envuelve es muy brillante, como de oro. Quiero darle una sorpresa. Acá no los venden, y no hay. Y no creo que se conozcan. Quiero hablarle de las cosas que tenemos en nuestra tierra, quiero que goce con lo que yo le cuente, de nuestra imponente geografía, de nuestras costumbres, de nuestro particular humor. Si le llegara a gustar el bocadito, le podría dar otro, porque tengo una caja en el hotel. Quiero probar llevándole uno, para no venderme como un enamorado, y aparecer con la caja entera como un imbécil. Aunque lo esté, quiero ser precavido. No quiero que de entrada ella me vea como un pretendiente siquiera. Quiero que ella sienta confianza, la suficiente como para caminar por el malecón y charlar. Camino por entre las callejuelas de Acuamonte en dirección al mar. Hace viento. Hace sol y es temprano, pero el aire es verdadero.