Crónicas del subsuelo: La isla misteriosa

Crónicas del subsuelo: La isla misteriosa

Por:Marcelo Padilla

 Debajo de un fanal. Apoyado sobre el caño que lo sostiene. Me quedo fumando en la esquina. Esperando a que llegue Abril me armo un tabaco apurando al tiempo. Para olvidarlo. Neutralizarlo de mis nervios. Lo hago siempre. Cuando desde niño tenía que esperar el micro para ir a la escuela, yo fumaba por eso, para anular el tiempo de espera del micro. Quien me lo había enseñado fue un amigo más grande que yo, que fumaba desde hacía dos años e iba a séptimo grado. Es un tip que arrastro desde aquellos años, y las más de las veces que lo he puesto en práctica, he tenido suerte. Y de grande también. Para muestra sobra un botón. Son pequeñas cabalitas que uno va aprendiendo en cada época Que no te las enseñan en la escuela ni en la familia. Entonces, pito fuerte y largo una bocanada; argollitas de humo se agrandan en las primeras que salen. Se achican las últimas. Creando un bucle. Un anillo espiralado ovillado por el soplo. Se reproduce el anillo en decenas de argollas cada vez más pequeñitas. Haciendo un efecto de rulero hacia adentro de un sinfín. Mientras, se esfuman una por una. El humo termina dispersándose por la brisa ¡Enfrente está la pérgola! Desierta frente a la mar, postrada en el horizonte. Semoviente para la ilusión óptica. Estática para el tacto de lo material. Sin moverse un ápice. Las mechas de una Santa Rita chacotean con el viento que se le revela al mar; y se le viene a la ciudad a desahogos un viento húmedo, y se forman charcos. Los carteles de los comercios se destartalan. Su trama de varillas entretejidas no permite ver bien desde donde estoy. No quiero andar a los asomos como los niños tras un farol. Ni como un delincuente que busca su presa escondido tras un árbol. Me corro de la esquina y me alejo del fanal. De espaldas y a pocos metros, ahora sí, observo a la pérgola en toda su dimensión. En el banco de la misma posan decenas de palomas gordas. Hacen buches y gorgojan. Sus pesquisas las llevan al piso a picotear algún alimento, tiritando, como lo saben hacer ellas.

La imagen es de una intrincada soledad. Abril no está. No ha llegado. Son las diez y cinco de la mañana y corre viento y además hace frío. ¿Es muy pronto, acaso? Esperaré los minutos de tolerancia que en toda cita se aconseja. Debo reconocer, que esperar me pone fulo. Más por los nervios que por el ánimo. Pienso pesimísticamente. Ya lo he dicho. Más de una vez lo he dicho, pero vale la pena repetirlo. Se han hecho las diez y media de la mañana y nadie hay en la pérgola. Tal vez por el viento que arrecia, Abril se amilanó y decidió no venir. Tal vez haya caído en cama, enferma de gripe, y no me pudo avisar que no iría a venir. ¿Quién la estará cuidando? Me preocupo. Yo creo en las intuiciones más que en las instituciones, colegas. Es muy amable Abril como para hacerme esto y dejarme plantado en la pérgola donde arranca el malecón. Aquí golpean las olas sobre las rocas, y el muelle pendula en un vaivén, al son del agua irisada. Las gotas salpican y a veces es una ola, que de un baldazo llega a los pies de la pérgola dejando restos de crustáceos hediondos, de los cuales se alimentan las sisellas. ¿Están al tanto los bichos? No es la paloma de ciudad que puede comerse a las ratas y a las cucarachas. A las que estamos acostumbrados a encontrarnos entre las sabanas de nuestra cama, porque hay un nido en el dormitorio que no hemos podido detectar. ¡Oh! Estoy solo como un jubilado de la vida, que no tiene otra cosa para hacer más que mirar al mar y conversarle a esas palomas gordas, y feas. Les falta saber flotar en el agua nomás. Pero hay otras especies de aves anfibias que son poderosas. Cazan con sus picos desde el aire y van como un avión suspendido sobre el agua, y con un picacho se llevan una presa del cardumen en un santiamén a su buche, y en el aire se la comen, la degluten. La trituran. Tienen autonomía de vuelo. Otras tienen unos buches enormes, donde almacenan los restos de lo que cazotean en el muelle, y sobre todo en la caleta de pescadores de Acuamonte. Aquí llegan pocos barcos. La pesca es más bien artesanal. ¡Pero está lleno de bichos horribles!

Ya no creo que llegue Abril. Se ha hecho muy tarde. Pero, por esas cosas del azar yo me voy caminando por el malecón, haciendo lo que iba a hacer con ella. ¡Conversar! Pero sin ella. Camino frente al viento. Voy conversando con nadie, conversando conmigo, hablándole a mi fantasma y preguntándole cosas, y respondiéndomelas a modo de consolación cuando no encuentro respuestas a mis intrincados pensamientos. El fantasma me contesta y yo me pierdo. Hablar solo, no es cosa de locos como se decía. Uno necesita decir las cosas aunque nadie haiga alrededor. Y no solo pensarlas. La procesión, ustedes lo sabrán colegas, va por dentro. Despilfarra mis pelos el viento y me los revuelve sin darme un descanso para aguantar el vendaval. Es cansador caminar así. El viento se había puesto inaguantable, y más yendo a contramano ¡Se hace imposible! No he llegado a los quinientos metros por el malecón que he decidido cruzar la avenida hacia el poblado. Tan solo dos coches pasan por el camino a alta velocidad, luego, una carreta lenta, con su clack clack, es objeto del contraste de la velocidad, y pasa prácticamente en cámara lenta. Voy a refugiarme en un café. Siento el fracaso por la ausencia de Abril ¿Me lo habrá hecho a propósito? ¿Alguien le habrá dicho algo de mí como para que ella desista? ¿Le habrá dado temor encontrarse con un extraño, un cliente del café que acude a verla cada día de la semana? Esto es inaudito, colegas. Pero no por ello yo me iba a doblegar. Si bien me sentí triste por la ausencia de Abril, las cosas ocurren, como dije. ¡Y pasan de una manera misteriosa! ¡Por algo no nos pudimos cruzar! Creo en las cábalas y tengo muchas supercherías que aprendí en otros viajes, de otras culturas, y que las he adoptado para mí, para una -digamos- mitología privada. Cuestión que no sé de qué se trataba ese algo y no quise perder más tiempo con mi cabeza pensando el porqué Abril no acudió a la cita. Cuando vaya al café mañana por la mañana me enteraré. ¿Y si no voy? ¿Y si yo utilizara la misma treta que ella? Si pensamos que ha sido una treta su ausencia, yo, estaría complicado con los argumentos, y todo se echaría a perder como una fruta a punto de caerse de la rama. Un damasco apachangado y pasado de fermentación no tiene razón de ser, a no ser que uno quiera hacer dulce. Entonces, responderle con otra treta por una suposición mía, haría más débil el argumento. ¡Debo actuar naturalmente como si a mí no me importara su desatención! Mañana veremos. Tengo todo el domingo para mí. Lo deberé trasformar en un día productivo, ir a un museo por ejemplo.

Me siento en una mesa de un café que está metido entre unas callecitas de morondanga, donde el sol no puede entrar por la estrechez de la calle, y por la altura de las casonas comerciales es que el sol se apaga antes de tiempo. Es pura sombra este downtown. Puro frío. Puro viento que se cuela por los callejones. No hay nadie en la calle y menos en el café. Elijo una mesa pegada al vidrio que da hacia afuera. Observo por el ventanal la callejuela vacía, mojada por la brisa húmeda del mar. La trae el viento hasta las primeras travesías y todo resbala. Se escucha música agradable en el café, algo así como una música para cruceros varados. Me pido un café doble, con un vaso de soda grande. En el morral traigo un libro de Julio Verne, La Isla Misteriosa. Lo abro en la mesa y me dispongo a leer. Subrayo unas cuantas frases. Una en particular me abruma. Me empoza. Me acobarda y me hunde en un humor de perros. Me quedo pensando en la frase. La frase disimula con sus tintas algo que yo no quiero pensar. Pero dejo la frase a la deriva, colegas. Y sigo con la lectura.

El globo aerostático hace cinco días que está en el aire, debajo hay un huracán que lo sostiene y no lo deja bajar. Es el huracán de 1865 que se dio cita un 24 de marzo por esas costas lejanas a Richmond, donde hay una isla. La isla misteriosa. Y cinco forasteros con un perro están allí arriba, en un globo, haciendo un esfuerzo sobrehumano por sacarle peso a la barquilla. Tiran sus bolsos, tiran sus armas. Se han desposeído de todo lastre y están flotando en el aire dentro de un globo aerostático que se está deshinchando. A punto de caer en el mar. Por esas paradójicas razones de la atmósfera y los fenómenos meteorológicos, que yo no puedo explicar, ninguno de los cinco se ha caído. Ni top, el perro del señor Cyrus Smith, que va con ellos. Algo sobrenatural los mantiene en vigilia de la tragedia. Pero no. No ocurre lo que debería ocurrir. La novela se expande de a muchos episodios. Toma cuerpo, sus personajes son definidos con una claridad sorprendente. ¡Quién pudiera escribir como Julio Verne!

Es domingo de resaca en el pueblo de Acuamonte. La gente llega somnífera al café. A tomar whisky, o algún aperitivo, eso sí, cerca de las once llega. Después se irán a almorzar. Es la costumbre en este pueblo que los hombres se acoden en la barra y las mujeres se ubiquen en las mesas, con sus niños y sus bolsos. Aumenta el bullicio en el salón. No se pueden entender las conversaciones porque todos hablan a la vez, y algunos gritan. Hay viejos sordos a los que les hablan al oído, y el sordo también grita, preguntando: ¡¿qué?! Me dispongo a pararme e ir hasta la barra a pagar lo consumido. En la barra un hombre me mira cabizbajo, de costado, auscultándome de arriba hacia abajo. ¿Se habrá dado cuenta que soy un forastero? ¿Por qué me mira los zapatos? Yo, ni lerdo ni perezoso, y lejos de acobardarme lo saludo con un "Buendía señor". El señor me responde lo mismo, "Buendía señor". Ahí queda la cosa.

Pago. Me voy. Pero de atrás me llama ese hombre y me interroga, en medio del salón del café, si yo estaba leyendo La Isla Misteriosa. Le pregunto que cómo lo sabe, y le digo que sí, que estoy leyendo ese libro de Julio Verne. El hombre se me acerca y me dice susurrando, que esa es una de las mejores novelas de aventuras que leyó en su adolescencia. No en la escuela, la leyó en su casa, me dice, susurrándome al oído, lo cual me da cierto asco. Está pasado de alcohol y tabaco. "Porque en mi casa había una biblioteca inmensa, con obras clásicas infantiles", y agregó que él se la pasó de niño leyendo esas obras. ¡Ah! Y que al pasar a mi lado en el café, vio el título del libro que yo tenía en la mesa. ¿A qué se dedica? Me preguntó el hombre, sin susurrarme al oído y ya repuesto de su personaje, alejado de mí. Me dedico a la investigación antropológica y a los informes de culturas alejadas, le digo, sin mentirle. ¡Ah, qué interesante trabajo! Yo conocí a un forastero que vino a Acuamonte una vez a lo mismo, andaba buscando a una mujer que nació en el pueblo de enfrente, en Willoche, dijo el viejo, con cierto desparpajo. Perturbado, le pregunté: ¿Y no se acuerda del nombre? No, del nombre del forastero no me acuerdo. ¿Y de la mujer que andaba buscando el forastero? Sí, dijo, y agregó, sentenciando y mirándome fijo a los ojos: Se llama Mademoiselle Jones.

Decirles que me quedé helado, es poco colegas. De buenas a primeras aparece revelado el nombre MADEMOISELLE JONES en los labios de otra persona. Yo con la cabeza en la pérgola. Todo mi pensamiento en Abril. Toda mi emoción derrumbada por el fracaso de la cita con Abril. ¡No supe qué hacer! Se me ocurrió caer en el silencio. Un hilo helado de sudor recorrió mi espalda. Pensé que me iba a desmayar. Le cambié de tema. ¿Usted anda siempre por este café?, porque le puedo traer otro libro que seguro le irá a gustar, ¡es de aventuras! Le digo pálido y condescendiente. Quiero retener su rostro, su forma de hablar, quiero saber si es de aquí o es de allá, este hombre tan extraño, que me habla como si supiera todo lo que yo vengo a buscar. No quiero que ese hombre desaparezca. Lo necesito como el agua. ¿Podría llegar a descubrir el secreto? Quizá estaba ahí el secreto. En fracasar con Abril para que yo fuera a ese café donde nunca voy ¡y encontrarme con ese tipo! En el hotel no tenía ese libro que le ofrecí. Lo sabía, pero pensé en buscar en una librería uno de Emilio Salgari, pensé en La Reina de Los Caribes, en Los Piratas de la Malasia, en Cártago en llamas, alguno de ellos debería estar en cualquier librería. Así resolvería la promesa con él. Aunque para él sea una excusa, para mí la excusa del libro significaba acercarme al secreto de Mademoiselle Jones. Debía averiguar si Mademoiselle Jones le había revelado a alguien su secreto. Quizá este sea el hombre que lo sepa. El hombre me contestó que andaba de paso, que cuando viene a Acuamonte se arrima a este café. Yo le pregunté de dónde viene. Me dijo que de Willoche. Una vez a la semana. Le pregunté si era un día fijo el que venía. Me dijo que todos los domingos. ¿Nos juntamos el domingo que viene? Yo vengo y se lo traigo al libro. Y después, otro día -le agrego para comprometerlo- me cuenta que le pareció. El tipo, sorprendido por mi generosidad, me dice que bueno, que el domingo que viene nos vemos, que muchas gracias señor. Me dijo finalmente que ande con cuidado. La advertencia me hizo acordar a la mujer en Willoche, cuando fuimos con jones, mi adorado perro jones, a recorrer las primeras manzanas de las casas del poblado, y que en aquella oportunidad, aquella mujer, al verme se escondió, pero yo después toqué a su puerta, y luego de conversar sobre el posible paradero de mi perro que se me había perdido, ella me dijo que anduviera con cuidado. Sin más. Y se metió adentro de su casa. Tales circunstancias me llevaron a ocupar la cabeza de nuevo en Mademoiselle Jones. Dejaría mi preocupación por la cita inconclusa. Tenía entre mis manos una posibilidad inesperada. Un hombre ha pronunciado su nombre y apellido. El único hasta ahora en Acuamonte. Debo seguir con mi búsqueda, mi pesquisa. Mi obsesión. Volví al hotel. Ansioso. El próximo domingo me encontraría con el tipo. Tengo que buscar en la semana una librería para encontrar uno de Salgari. Lo haré mañana por la mañana así me saco un compromiso, y quedo tranquilo con lo prometido. La tarde se ha oscurecido. Me tiro en la cama a leer. Mañana será otro día...