Afuera llovía a cántaros y la siesta tornó oscuridad por el encapotamiento de las nubes que de a poco fueron desapareciendo en plural, para ser todo negrura y al fin, una sola nube gigantísima que todo cielo cubría. Negro cielo, oscuridad en la siesta de guardar y una sensación a noche permanente en un horario típico y privado del sol radiante, cuanto menos nublaciones esparcidas que dan pocas de luz y mantienen la idea del día. NO. Afuera llovía a cantaros. Y todo era azulada cerrazón. Entonces, de repente la puerta suena, o mejor: la golpean con un toc, toc, toc, tres veces la puerta suena, de repente. ¡Ah! debía venir Shá, con el que habíamos quedado en juntarnos a las seis de la tarde, al bajar el telón antes de la aparición del celaje. La lluvia había amainado un poco, pero el cielo... seguía negro.
Era Shá. -: Hola Shá, tanto tiempo, estaba esperándote, ¿un café? Lo tengo listo... Shá pidió disculpas por el barro de sus botas, aceptó, sirvió una cucharada de azúcar en la taza, sacó un paquete de tabaco y armó dos cigarros anchos y largos. Fumamos y bebimos café bajo una humareda suculenta que nublaba la presencia y solo en vetas ondulantes podía conversar, y ver al propio Shá, que por franjas recortadas movía sus brazos y las estremidades de su cuerpo, como sacudiéndose, mientras las voces de Shá salían de su boca en diferentes direcciones produciendo rebotes y acoples desde cuando dijo "acepto". "Acepto, acepto, acepto" se escuchaba informe el retumbe. Debí cerrar todas las ventanas para que no pasara el agua y el viento helado y, de paso, prender el horno para entibiar el living cuanto menos, mientras, bajo una inmolación de cenizas, Shá, intentaba explicarme el proyecto que tenía en mente. Ese era el motivo de la reunión, el proyecto que Shá tenía en mente y me quería contar, de ahí que la reunión combinada se diera, aunque yo no la recordara en el momento del toc, toc, toc, en la puerta.
Pero antes de proseguir con la charla de Shá y el desarrollo de su proyecto, debo decir que no me sentía del todo consciente cuando Shá entró al departamento con dos osamentas atadas con alambre, como si me fuera a dar una clase de fisiología o algo parecido. Entre el humo y la negritud de la tarde y esas osamentas que dejó Shá en los dos sillones individuales, donde sentó a una en un sillón y a otra en el otro, nosotros acomodamos nuestros cuerpos en uno de los largos frente a las huesudas, como si fueran dos invitadas más para tomar el té, los cuatro en plena charla. Qué tontería, pensé. Digo mejor: los dos, pero con presencia de las osamentas, parecía que departíamos cuatro, dos esqueletos y dos humanos, como si todo fuese normalidad. Lo era por cierto, y por momentos, a decir verdad, por más nublaciones que hubiera, las voces de Shá repicaban y al menos yo creí que por soplos salían de sus huecos, de los huecos de las que fueron bocas carnosas de las huesudas que trajo Shá a nuestra conversación, cosa que nunca entendí de Shá, porque su visión del mundo jamás pasó por el arte de la osamenta ni por una posible ventriloquía que simulara, al parecer, estar practicando. Shá venía con un proyecto que parecía incluir a las osamentas que arrastró y acomodó en los sillones, frente a nosotros. El humo, vez más sublimado, impedía ver del todo bien, no solo se difuminaba Shá, sino también a las osamentas, las cuales, mientras charlábamos con Shá, parecían opinar con movimientos o gestos de desaprobación, que al menos yo veía entre el humo y la ensoñación. Shá no hablaba de las osamentas, en ningún momentos las nombró, -: ponelas por aquí, ponelas en los sillones así no se te quiebran, le dije, como para colaborar, pensando en la fragilidad de esos huesos de muertos que en el living de mi casa participaban de una charla.
-Gracias-, respondió Shá a mi ofrecimiento, y las ubicó con la delicadeza propia de un titiritero cuando acomoda a sus diablillos en su taller después de una función, separando hilos y maderitas liadas, cosiendo algún harapo de algún muñeco, obsesivamente ido. Mas se trataba de no enrollar los huesos de las osamentas, por eso con extremo cuidado, Shá, mientras me comentaba cómo el aguacero había hundido unas casas cerca de su propiedad, el enlagunamiento de los patios y los problemas con los que se ven los inundados, desenredaba y desenredaba los pelos de una de ellas, que se habían entretejido en el viaje con el omoplato de la otra. El pueblito de Shá se había inundado y ahí andaba él con las osamentas, de aquí para allá, por sus dichos: las vengo trayendo desde el campo, no sabes lo difícil que es llevarlas, pero bueno, yo me ocupo y las cuido mucho porque es una herencia que me acaban de dar unos parientes lejanos que viven en un pueblito muy retirado de la ciudad. Yo me asusté, prosiguió Shá, cuando me las entregaron en mano en la puerta de la casa de esa familia, no me habían dicho por teléfono, ni advertido, de qué se trataba la herencia, pero yo acepté, porque según me dijeron entusiasmados, era una sorpresa, algo de mucho valor sentimental para la familia.
Pero la historia es la siguiente: a Shá no le dijeron nada de qué iba la sorpresa, Shá no conocía, hasta ese momento, a sus parientes lejanos, y según me comentó entremedio de la charla del proyecto y el humo del tabaco, esas personas, eran un poco extrañas, algo había escuchado Shá en reuniones familiares de domingo cuando hablaban de los primaverales, así les llamaban, en joda, porque más bien eran parecidos a los Locos Adams. Locos por parte de padre y Adams por parte de madre, ¿se entiende?. Los niños de la familia, decía Shá, eran tenebrosos, algo extraños, movían platos y vasos con la mente, hacían volar cucharitas por el aire y montar un combate suspendido en el aura de la casa, hecho que a los comensales mató de risa. Diez cucharas guerreando como espadachines bajo la araña de luz, rozando caireles las cucharitas que ya parecían avioncitos de la segunda guerra mundial. Así los niños de los parientes. Con esas.
-: Claro amigo, todo se hace complicado así, pero si no te dijeron nada en el bus con las osamentas a cuestas, pues has tenido suerte porque, que yo sepa, no te dejan subir a los buses con esqueletos recién estrenados de esqueletos, comenté, porque no databa la muerte de los difuntos de mucho tiempo, eran esqueletos calentitos, recién desropados de sus carnes, si todavía algo de sangre sin cuajar tenían en las coyunturas, en fin, te dejaron por esta vez, pero la próxima fijate si las vestís a las osamentas, ¡Ropa, Shá!, con ropa no te van a decir nada. Yo te puedo vestir a una con algún pantalón y un pullover, ah, y con unas zapatillas que ya no uso; deberías pedirle a Sheyla algo de ropa de mujer, creo que con un vestido largo y una peluca estás con la otra, fijate, no me cuesta nada amigo, le dije, tirándole una onda, porque por más humo y negritud de la tarde, me empecé a dar cuenta, o caer en conciencia, que Shá tenía los esqueletos de dos personas muertas no hace mucho tiempo en su poder.
-: Disculpen la interrupción, yo no creo que las mediciones actuales puedan hacer mella en la conciencia de la población, es más, la técnica por excelencia que se está utilizando en las tierras del Golfo de Bermejo es la cura por ensoñación hipnótica, y en focus group, con grabación de voces, dijo, sorprendentemente, una de las osamentas, precisamente la que estaba sentada en el silloncito celeste, pegado al ventanal que da al sur de los párpados. Y prosiguió: Ahí las personas apelechan como los gatos y lentamente, luego de ofrecerles el refrigerio (tizne de ruar concretamente, rebajado con soda pero con una medida fuerte de tizne) se sueltan, hablan, opinan, puede que alguno entre en un brote psicótico pero eso lo controlan con electrodos, así el informe final puede recabar no solo las opiniones conscientes de las personas del focus, sino además, toda su variada gama de delirios y alucinaciones. No hay otra técnica por ahora mejor, las estadísticas convencionales han fracasado rotundamente bajo el velo de la paga por la palabra, se explayó la osamenta, pegándole un sorbo a la taza de café de Shá, quien escuchaba atentamente sorprendido, pero con un dejo de maravillado orgullo, lo que decía su osamenta, la argumentación de su esqueleto alambrado.
Shá estaba entre shockeado y alucinado con la participación de una de las osamentas en la charla, empezó a destacar su luminosa interrupción, a beatificar esos dichos de un muerto que dejaba una materialidad física para testimoniar, permitiendo la aparición de voces que rebotaban entre pared y pared del departamento. Afuera llovía a cántaros, la charla siguió amenamente y entonces las osamentas pasaron a ser compañías de tertulia que con gratitud, aprobamos con Shá, desviándonos por completo del motivo del encuentro convenido.
Marcelo Padilla



