Crónicas del subsuelo:  La conciencia ciudadana

Crónicas del subsuelo: La conciencia ciudadana

Por:Marcelo Padilla

-"Perdón, señora... ¿se la dejo abierta?". -"No, no señor... ¡muy amable! muchas gracias". -"Noo, por favor señora, no hay de qué"-. De tal secuencia en la entrada del edificio, el hombre ingresó con la conciencia tranquila. Había actuado como un buen ciudadano. Amable. Entonces, resoplando por esa dicha, caminó hacia el final oscuro del pasillo. Divisó los ascensores. Llegó a ellos por la tímida luz que emanaban. Salía desde adentro de esos aparatos una irradiación tenue y suficiente, como para que el hombre viera el tablero principal y distinguiera los botones de los pisos de departamentos. Con lo cual se iluminaron también las amígdalas del pasillo central; y si bien iba en lo oscuro, la luz de los ascensores, preanunciaba una llegada retraída, aunque segura. Afuera estaba nublado, muy lóbrego el cielo. Tanto, que había caído un vendaval hacía una hora nomás, y había quedado el día de noche. Y el agua había bajado de la montaña hacia la ciudad, arrastrando todo a su paso. Coches, casas, algunas camas. Pero, con la ciudad ya en calma, y luego del destructivo vendaval, continuó la oscuridad en el cielo por unas horas. Hasta que se hizo la noche, y eso se tradujo en todos los ambientes de villorios y humedales. Hasta en la gente se notó la pertinaz actitud del que tiene pavor por lo que vendrá.

Entonces, hubo que prender todas las luces de las casas a las tres y media de la tarde. Era todo el negro al que puede aspirar una tarde tan temprana. Había cierto recelo en las caras de la gente. Una vez que cerró la vieja geometría plegable del ascensor, el hombre, pisó el botón número 5 negro del tablero, con un dedo. Entró al ascensor y pisó con el mismo dedo el mismo botón negro número 5. Aunque ya era otro botón negro, por esas cosas de las repeticiones. Y viajó hacia lo alto, solo, pispiando las hojuelas mientras el ascensor subía y pasaba como en una película clásica los pisos anteriores al número 5. Recordó por esta escena, la película Ascensor por el Cadalso. Con música de Miles Davis. Llegó al piso número 5. Abrió la reja antigua del ascensor, y quedó del lado seguro, del que no se mueve. El número 5 estaba allí, esperándolo en el departamento donde se leía 5. Sacó sus llaves del bolsillo del pantalón. Algo apurado por entrar. Luego las puso, bien puestas, en la cejilla de la cerraja, que por otra parte, y hago aquí el primer comentario estético, estaba labrada a mano bajo los secretos de los fabricantes de llaves; y abrió, muy decidido y fuerte con el picaporte, la puerta del departamento desconocido.

Era la primera despedida desde que se había cambiado hacía unas horas a un nuevo sitio para vivir. "Nos vemos pronto", "Vamos hablando", se dijeron en la puerta con ella. Ella iba de espaldas hacia la esquina de la iglesia principal de la ciudad. Ella iba de negro con turbante. Él ya estaba arriba, en el quinto piso. El living, como se muestran los livings a 24 hs de haberse mudado alguien, lucía feamente decorado. Con cestas en el piso y cajones de verdulería en los rincones. La mesa y las sillas, ordenadas sin sentido contra el ventanal. Los cuadros. Apoyados en los distintos zocalitos que se encuentran a medio metro de las paredes, le sirvieron para afirmar los cuadros contra el blanco del muro. Se destacaban sus colores, dándole un toque de ordenado a algo que estaba absolutamente trastornado ¿Algo normal? ¡Sucede en situaciones de mudanzas! ¡Para qué dramatizar! Fue como entrar en la antropología cultural de una tribu.

Esto es un edificio. Una boca de boa de frontispicio por donde se ingresa. Pero cuando se ingresa, no se sabe quiénes hay adentro. Y es cuestión de tiempo para que uno vaya cruzándose desconocidos en los distintos espacios comunes al edificio: el hall, el ascensor y el pasillo de salida. De alguna manera, fue también entrar a la Divina Comedia. Pero Virgilio dormía una siesta eterna, y no estaba para participar de esta narración. Como ejemplo, me remito al dialogo con el que comienza este relato. Que bien podría ser terrorífico en su desarrollo. Y la señora de la entrada podría haber sido una malhechora que hacía de centinela de otros delincuentes. Y podría haber sido todo peor, un hado funesto. Sin embargo no. Para muestra sobra un botón. Cuestión que el hombre se encontró solo y desconfiado en un lugar desconocido. Aunque le agradó ponerse a ordenar los bártulos. No bien pasó la tarde, por la ventana observó la lluvia garuada. Algo poco común para febrero. Pese a esto, le faltó el fluir de la escritura. Por ahora se traba con los dedos. Porque no conoce bien el lugar, no sabe, qué teclas hay que golpear. Todo se acomodaría en la jornada siguiente.

La jornada siguiente.

Asoma un sol. La mañana está fresquísima. Me pongo una camisa para abrigarme. Coloco la pava sobre una hornalla de la cocina. Prendo el fuego. Voy al baño, a mojarme la cara. Me miro al espejo y dejo de mirarme en el acto por lo que veo. Me lavo la cara frotándomela toda. No me seco. Me peino con las manos mojadas hacia atrás la melena que cubre mi cabeza. Soy el mismo en el espejo, pero, con otro color. Afuera nubea. Soy el más turista de todos los turistas. Andan pocos por las calles, pero son los únicos que andan por las calles, y son turistas. Los demás son cirujas tirados en las esquinas, recostados bajos los aleros de los bancos. O alguno que otro que viene pasado de largo arrastrando los zapatos, descuajeringado. Busco un café. A la vuelta y a media cuadra lo veo. Me siento en una mesa en la vereda. El café tiene características particulares. Es antiguo, para los que creen que lo antiguo es de la década del cincuenta. Y la construcción del café, ¡es de la década del cincuenta! Con lo cual, de antiguo tiene poco. Más bien es una arquitectura mantenida con objetivos de negocios. Pero ni bien tenga que hacérsele unas reformas estructurales, lo tiran abajo y levantan una arquitectura plegable y nueva, hecha a medida. Sin la lobreguez del pasado. Todo nuevo y reluciente. Eso, da, en estas épocas, cierto prestigio de modernidad. Por afuera se conserva el café, solamente por el tipo de construcción. Porque por dentro, abunda el plástico y los módulos de MDF, los paneles de chapa. Se mantiene la carcasa. Hay lugares que se mantienen por fuera y por dentro. Como las iglesias, las sinagogas, las mezquitas y las pagodas. Pero los cafés, ora en otros tiempos fueran templos del ciudadano perdido en el horizonte, donde se acodaba a filosofar mirando el vidrio que lo separaba de la realidad, han desparecido del mapa. Hoy tan solo mantienen la carcasa. Poco se puede lunfardear adentro. Por eso me siento solo, y afuera y al final, así miro la carcasa, que es lo único que me interesa del lugar.

El café en sí está bien, igual que la soda, que es abundante. Recorro el barrio, si es que a una zona céntrica se le puede llamar barrio. Hay precios. Si uno camina. Hay precios para todos, y de todos los gustos. A mí me gustan los altos precios por lo que valen, no por lo que aparenta el producto ni por el producto. Decimos que la ciudad fue hecha. Hecha y deshecha por el hombre y las catástrofes, los terremotos, y luego vuelta a hacer; y cuando decaen las estructuras más modernas, vueltas a destruir con grandes máquinas que irradian la idea de progreso. "Aquí van a poner algo nuevo", se comenta, por lo general, en estos casos. Y también decimos que antes, el campo nunca fue hecho. Estaba. Era. No fue una aparición fantasmagórica. Estaba antes que el hombre poblara la llanura y las estepas y las cadenas montañosas. Mientras la ciudad no estaba, no era. El huevo o la gallina no servían de metáfora filosófica. La ciudad, cierto es, no estaba. No existía. El campo sí. Todo fue hecho en la ciudad porque en la ciudad no existía nada, y fue un gran descampado hasta que llegaron ellos, los colonos. Pero eso, va de Perogrullo. Sabemos hay gente distraída que cree que la ciudad nació de un huevo de gallina, o fue hecha por obra de dios, cuando éste creo el mundo, junto a todas las maravillas luego de las cataratas. "No. Negativo. Negativo agente. Está desaprobado. Tiene que estudiar".

Hay una persona colgada del edificio de enfrente con unas sogas ¡Oh! nada que temer. Se trata de un trabajador que limpia las ventanas del nosocomio, colgado desde cielo. Nunca había visto cómo se limpian las ventanas exteriores de un nosocomio. A la parte de afuera hay que llegar colgado de arneses. Eso hace al y el trabajador. Limpia, las ventanas de todas las habitaciones del nosocomio, colgado como un héroe de unos arneses, y lleva puesto un casco, y está vestido con ropa de rescate. Es un espectáculo para quien viene del campo. Uno mira y dice: ¡oh, qué vértigo! ¡qué valiente! Uno dice muchas cosas. Una podría decir "qué vértigo", y otra podría decir "qué julepe". Pero da igual, porque se entiende. Hay distintas expresiones que significan lo mismo. "Qué julepe" y "qué vértigo" hacen referencia a lo mismo, si el lector viera lo que estoy mirando, entendería lo que escribo. Se entiende. Punto. Nada más que explicar en este caso.

El hombre del edificio desconocido quiere hacer todo bien. Cada paso que da, quiere, y se entrena para ello, sea el de un ciudadano hecho y derecho. El hombre dice: "vivo en la ciudad y quiero ser un ciudadano". "Quiero comportarme como un buen ciudadano". Eso lo lleva a reflexionar en qué consiste ser un buen ciudadano "¿Hay un manual del buen ciudadano?" Pregunta en la planta baja del edificio donde se encuentra el departamento desconocido. "¡No!", le responden. "Pero usted mire cómo actúan los demás, ¡imítelos!", le dice alguien, ciudadanamente hablando y que se le nota experto en ciudadanías. "¡Ciudadano por imitación, eso, nunca lo había pensado!" Entonces, el hombre, se ve compelido a observar esos movimientos de los ciudadanos que lo rodean en la ciudad. Que le rondan como moscas, por arriba, por abajo, por atrás, y por delante ¡Qué buena idea! Aprender por imitación. El movimiento del caminar, el movimiento de los brazos. La cadencia segura de una marcha militar por las veredas. ¡Qué bien camina ese ciudadano! Parece un alemán ¡pero es de Guaymallén! La mirada firme y hacia adelante ¿Eso es ser un buen ciudadano? No es lo único, supongo, que garantizaría el objetivo de lograr el absoluto, para ser un ciudadano egresado de ciudadano. Hay muchas otras cosas que imitar, que aprender, que cultivar. Es un juego. Supongo que a muchos les debe de haber pasado lo mismo alguna vez.

Recuerdo a una amiga que le pasó. Ahora que lo recuerdo, hace como treinta y pico de años. Debe de haber sido una experiencia muy diferente ser ciudadano, hace tanto tiempo. En la ciudad de ahora, no lo sé. Pareciera que todo habría cambiado. Y en ese parecer me siento un extranjero. Pero debo de tener precaución y no hacer como si lo supiera todo. Yo nunca fui ciudadano. Y ahora quiero serlo. El hombre lo ha dicho, "... quiero serlo". Además de serlo, se nota, quiere parecerlo. Y para parecerlo deberá imitar y seguir imitando otras conductas, muy distintas a las que hace treinta y pico de años celaba por las calles de la ciudad. Pero las cosas se dan como se dan.

En otro café que investigo me siento en la puerta, bajo un toldo, donde las mesas se reparten entre los parroquianos. Un tipo de al lado en una mesa solo, me mira, me ausculta la cara. Me fija la vista. Está pelado. Se ve normal, pero no tanto. Presiento que quiere decirme algo. Me dice: ¿vos no ibas al colegio tal? Afirmativo, le dije. ¿Cuántos años tenés? Muchos, le respondo. "Porque yo fui en el año etc.". "¡Ah no, pero yo fui antes, siete años antes!", le agrego. Su nombre es -dice- Willy. Me cuenta que tiene cáncer de próstata, "de siete centímetros es el tamaño del cáncer", me especifica. Justo yo estaba por morder un bocadillo, pero lo dejé en el plato. Y me contó que vive en la calle, y que duerme en la plazoleta Alem. Lo dicho. En esta ciudad son todos turistas, y yo, el más turista de todos. Mientras que Willy y los de su condición pueblan las calles subrepticiamente, a veces escondidos y otras hechos esculturas de mendigos. Lunáticos, cósmicos. Delirantes. Perdidos en la nada de la ciudad. Algo, que uno no sabe, abriga a este tipo de personas.

Willy quiere conversar, y yo le doy oreja, y también emito mis opiniones ecuménicas sobre los temas que propone reflexionar en el café. Con lo cual, de un momento a otro, ya estábamos los dos sentados en la misma mesa bajo el toldo, charlando de la muerte. Pero también de la vida, porque hablar de la muerte, es hablar de la vida. Palabras más palabras menos nos despedimos hasta el próximo encuentro. Me retiro del lugar. Voy caminando lento por debajo de los tolditos de los negocios. Está por llover. Y yo estoy por escribir. Deberé sacar esa campera vieja que le prometí a Willy para que no tenga frío cuando llegue el otoño. Le dije que se la dejaría con el tipo de la caja del café. Y nos dimos un abrazo. Yo estoy escribiendo. Ha pasado una hora de aquello, y ya estoy en mi departamento desconocido escribiendo. Una de las buenas cosas que a un hombre solitario le pueden ocurrir en la ciudad es pasar por desconocido, inadvertido. Difícilmente tenga los ojos de alguien sobre el vidrio de la ventana mirando lo que hago, lo raro de lo que hago. Escribir. Ese delito paranoico. De ese delito de escribir es de lo que trata todo lo escrito en estos tiempos. "Es una metafísica", le dije a Willy, entremedio de la charla. "Sí, es una metafísica que nos hayamos encontrado". La charla, la conversa. Siguió por otros rumbos.

Otro tema: Yo tenía un gato llamado Bruno Schulz en homenaje al escritor polaco. Pero ya no lo tengo más. Lo he perdido. O lo he abandonado. No me lo pude traer a mi departamento desconocido porque el gato no era de mi propiedad privada. Aunque libre, el gato, vive en una casa contigua a donde yo vivía. Y me iba a visitar todos los santos días. Se me acurrucaba en el vientre y se dormía, donde justo tengo las heridas. Su ronroneo me hacía bien. Lo recordaré. Y no hay mejor forma de recordarlo que volver a Bruno Schulz. A sus "... tiendas de color canela", y a sus "... calles de los cocodrilos". Al tipo de la puerta de la iglesia le vengo prometiendo unos zapatos. Debo recordar dónde encontrar esos zapatos que nunca uso. Solo es cruzar la calle y dárselos. Habita en la puerta de la iglesia principal y mendiga. Tal como los pordioseros de las taifas cristianas andalusíes. Otro más.

Me entero de una obra por una conferencia donde el expositor cita un libro. El autor es un filósofo norteamericano, el expositor es español. El filósofo norteamericano se llama Peter Kingsley. Quien tiene una profusa obra. En este caso se trata de un libro en clave de ocultismo con buenos fundamentos y una prosa atrapante. La obra a la que me refiero lleva por nombre "En los oscuros lugares del saber", y lo que intenta el autor es reconstruir la tradición occidental, pero se trata de una tradición que viene de los tiempos asentada en la metafísica. En el mito de occidente. En sus antepasados, antes de Cristo. Y ahí es donde al autor se sirve del poema largo de Parmenides. He llegado a la mitad del libro de un tirón. La prosa atrapante de Peter Kingsley me lleva a los siglos V, IV a. d. c. Yo estoy en el café del toldo, me siento en una mesa, y pido un cortado mediano y miro a las gentes, a las que veo como focas. No aplauden nada, pero están ahí, al borde, esperando su alimento. Una turba anciana y maltrecha habita este café de buenos precios. FOCEA, la ciudad babilónica persa, de donde se dice en el libro habitaron unos hombres que se tuvieron que ir, asestados por la expansión del imperio persa. Se fueron a los barcos, y consultaron al oráculo de Delfos, para saber dónde ir a asentarse en el mediterráneo. Paraban en los puertos y pedían lugar para instalarse. Por esas cosas de las confusiones en la interpretación de la lengua griega, hermética, los foceos entendieron que el oráculo les dijo Cirna, y ellos lo tradujeron como Córcega, pero no. No fue Córcega donde tenían que migrar para instalar una ciudad. Resulta que cuando fueron mal recibidos por los corsos quedaron a la deriva en los barcos, buscando quien los alojara, ofrecieron comprar territorios, y se los negaron por celosos, por ver a los foceos grandes competidores. Pero los foceos se encontrarían con un hombre desconocido, que les dijo que habían interpretado mal el oráculo, y los mandó a lo que conocemos hoy como Marsella, para que fundaran Elea, la ciudad que sería la base de toda la sabiduría ancestral de occidente. Por tanto, ya que traigo esta referencia, decimos que las ciudades se fundan y se funden. Y eso es lo que pasa con las ciudades que ya no existen. O que sucumbieron bajo el trino de volcanes, o que fueron chupadas por el mar. O que fueron incendiadas, o que fueron vaciadas por sus habitantes para escapar de una invasión. Los foceos fueron grandes navegantes pero también fueron una especie de hombres anfibios muy bien dotados para moverse en el agua. Y las ciudades de los anfibios están sumergidas, tapadas, y son hoy el campo de cultivo para teorías conspirativas. Pero esto viene desde el fondo de los tiempos, desde el fondo de los mares. Y aquí solo ha caído un vendaval, y la ciudad ha quedado parada.