Crónicas del subsuelo: Convivio

Crónicas del subsuelo: Convivio

Por:Marcelo Padilla

Bueno, pues. Que... ¡En fin! Ese día lunes por la mañana -como de costumbre- yo me levanté temprano apenas se dio la primera solana. Y me fui caminando hasta al café. Abril no estaba trabajando. Quise preguntar por ella. Fue solo una sensación. Pero algo me dijo que no. Algo por dentro me lo impedía. No quería levantar una sola sospecha ¿De cuándo yo me interesaba tanto en saber si la moza del café había venido a trabajar? No dije nada y me hice el sota. Saqué un libro para leer. Decidí esperar un rato por si Abril llegaba. O por si escuchaba algo entre los mozos que refiriera a Abril. Convivio, de Dante Alighieri, sobre la mesa del café. Abierto de par en par. Lo había empezado a leer en el hotel y lo dejé marcado en una página con un papelito. Guardé una cita, que aquí transcribo y comento: "y por eso es por lo que el profeta es menos honrado en su patria; por eso es por lo que el hombre bueno debe conceder a pocos su presencia, y su familiaridad menos aún, a fin de que su nombre sea reverenciado y no despreciado".

Les comparto este párrafo para dar muestras de que no toda persona puede ser querida por todo el mundo. El hombre vino desde el vientre de su madre con una mancha. Diría mejor, y a través de San Agustín en sus Confesiones, "con manchas" -Confesiones es una de las obras más importantes de San Agustín- donde dio a conocer que el hombre va de lo malo a lo bueno en distintas escalas. Estamos embargados en nuestra pasión -como lo estuvo el mismísimo San Agustín- desde que nacemos hasta que morimos. La pasión al hombre lo lleva a pecar por antonomasia de punta a punta en toda la maldita vida. Desde que dios lo trae a uno al mundo, ¡ya ha pecado por existir porque su profeta murió por nosotros! Es decir, está manchado. Viene manchado, nació manchado y terminará su vida así, manchado, entrando al odorama de la muerte, ciego de todo ver. A actuar mal uno viene adonde debería actuar bien. Digan colegas que existe el arrepentimiento. No hay como San Agustín para entender al cristianismo por vía de una revelación tan privada y genuina, honesta y de honda gratitud; y de un gran compromiso con la verdad como la que legó San Agustín. Que como todos sabemos, era africano. Sí, africano. Así como lo oyen.

Pues como les vengo contando aquí, no me han tratado muy bien que digamos por los pagos de Acuamonte. Entonces, gracias a la lectura de los autores que cito, pude meditar la dimensión. La dimensión del hombre que con el paso del tiempo se queda completamente solo. La del hombre que llega a un lugar desde otra parte del mundo no menos escabrosa que la que está sintiendo en ese sitio desconocido donde ahora se encuentra ¿Qué diferencia hay, si en mi patria nadie me quiere? Me pregunté en un momento de melancolía. ¿Podré reparar mi corazón ardido por el dolor, la excitación y el fracaso? Se me cruzaron los cables de mi convicción, colegas, y perdí el rumbo de mis objetivos, la jerarquía de cada uno de ellos, de cuál era el más importante y cuáles los complementarios. Necesarios, sí, pero al fin y al cabo complementarios. Me perdí en el método, porque entré a la jungla de las técnicas, ansioso por estar más cerca del objeto. Y ahí es donde uno puede fallar desde lo profesional, pero también desde lo humano. No sabía ya si tenía sentido a lo que había venido. No sabía si yo de Acuamonte me llevaría algo más que unos bellos paisajes en mi memoria y el fracaso de aquella cita. Suelo viajar sin cámara de fotos. El fracaso de no saber más de Mademoiselle Jones. Pues, es a lo que vine, al fin de cuentas. Y ya no quiero nada. He caído en una melancolía supina. ¿Ustedes me entienden lo que les digo?

Miren, estimados colegas. Hay que leer a Robert Howard. El escritor norteamericano que vivió tan solo 30 años y escribió obras maravillosas que luego fueron menospreciadas por ser tira de historietas y de cómics. Pero yo les extiendo el Convivio a que lean Cannan Negro, uno de sus relatos de tinte sobrenatural que es de una factura maravillosa; y si les queda el gusto, Cabeza de lobo. Porque Robert, pobre. Tenía tal apego a su madre, que cuando ella cayó en coma en sus últimos suspiros, él no pudo aguantar más la situación, y por impotencia se suicidó con una 38, dándose un balazo en la cabeza, sentado en la parte delantera de su coche. Y ahí se terminó la vida R. Howard. Pero quedan sus obras. Y de la obras, la vida de Robert Howard, de a quien a nadie le interesa. Todos lo conocerán por Conan El bárbaro, pero hay otras escrituras invaluables como las que recomiendo. Si son buenos antropólogos, si realizan buenas acciones, no les pasará lo de R. Howard. Eso espero. Porque he lamentado su temprana muerte hasta el llanto cuando leí su biografía en el hotel.

Me vine hasta el café apesadumbrado. Con el ánimo bajo. Con la capa caída. Sin ganas de hacer nada. Y no hay mejor opción cuando uno se siente así, que sentarse en un café a divagar con la lectura y el pensamiento. ¡Ya lo ven! Es lunes. Abril no está en su trabajo. ¡Y no sé qué le puede haber pasado! ¿Pero, qué tengo que ver yo con esa Abril para me preocupe tanto, si es una desconocida para mí? ¿Cuestiones del amor? ¿Puedo yo decir que es amor lo que yo siento por ella, o es pura excitación? Me estoy alimentando mal. Paso de largo los almuerzos y con algo me entretengo el estómago por las tardes, y luego paso hasta la noche, y en la hora de la cena pico algo, y después me voy a dormir. ¿Se me habrá cerrado el estómago y se me habrá abierto el corazón? Me regaño a mí mismo. Me ofusco. No doy pie con bola, me digo en silencio. Estoy en mis últimos años de mi profesión y sigo deambulando por lugares que a decir verdad, ¡no sé si me interesan! Ya no me interesa saber más de lo que sé. Porque, saber ¿Para qué sirve saber? Me pregunto yo. ¿Tengo que olvidarme de Abril para recuperar el interés por Mademoiselle Jones? ¿Olvidé a mi perro jones, acaso, como para hacer el segundo duelo, y de salir de éste haga yo el tercero? ¿Por qué me he apegado tanto, oh, dime dios, por qué? Al mozo que me trajo lo de siempre no le dije nada. Pagué la cuenta.

Una tormenta estaba a punto de explotar. Empezaron a caer unas gotas y unos refucilos me daban la señal de que me tenía que ir. Estaba en la vereda del café. Podía haber entrado. Y esperar que se pasara el aguacero porvenir adentro del café. Y tomarme otro café y seguir leyendo. Pero preferí la intimidad del hotel. Me fui caminando. Apurando el tranco por la lluvia. No tenía paraguas. No tengo muchas mudas de ropa y por el calor y la humedad, es difícil que aquí se sequen si no hay sol. Corrí una cuadra, la última, hasta llegar al hotel. Entré semi mojado y sediento a la habitación. Directamente fui a colgar la ropa en las sillas. Me puse otra muda más bien de explorador. La que usé al principio cuando llegué a Acuamonte. Me tiré en la cama. O, mejor dicho, la cama me imantó. Me dejé estar. No quería salir de la habitación. Entonces determiné quedarme todo el tiempo que fuera necesario descansando en la cama de la habitación del hotel de lo que podría ser el impacto de una depresión. Me tomé unos somníferos. Y me quedé dormido por no sé cuántas horas. Al levantarme ya era el otro día, de madrugada. Sentí frio. Me había acostado con la ropa de explorador puesta. Tenía sed, muchísima sed. Me levanté hasta la cocina del hotel y busqué una botella en la heladera. Me la llevé a la habitación. Me la tomé toda de un solo saque. Parecía que venía del Sahara. Y por el sueño que tuve y quizá por la ropa de explorador que tenía puesta, venía del Sahara. Me sentía decaído. Creo haber pescado un resfriado.

Sin embargo, eso no me impidió querer salir de madrugada a caminar. Tal vez movilizando mis músculos recuperaría la fuerza que había perdido. Pero yo iba alucinando. Caminaba en dirección al malecón. Sentí miedo de mí. Sentí que si me dirigía al malecón podía ser una tentación para mí para meterme al mar. Perdí el conocimiento, la conciencia, por completo. Lo único que puedo decir de toda esa secuencia es que me desperté, transpirado, sobre unos cartones. Estaba acostado en el piso, en la vereda de un banco. Del único banco de Acuamonte. Estaba mugriento, lleno de barro. Parecía un mendigo. ¿Era un mendigo? ¿Era Acuamonte donde estaba? Me levanté como pude. Me dolía todo el cuerpo, la espalda, las piernas, como si me hubieran dado una paliza. No tenía sangre que me brotara. Debió ser todo esto una pesadilla. Pero no, era cierto, era verdad, yo estaba ahí, tirado sobre la vereda, protegiéndome del frio con unos cartones. Y el hotel, ¿donde está hotel? Me preguntaba. Embotado, me erguí. Salí caminando como pude de ese lugar hediondo con olor a meo. Pasé por el cafecito que siempre está abierto, ese, donde me encontré al hombre que me habló de la isla misteriosa, el libro que yo en ese momento estaba leyendo. "Cerrado", decía el cartelito. 

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