Esta es la historia de la ignota antropóloga Madmoiselle Jones. De quien se sabe poco en el ambiente académico occidental. De quien, en realidad, se sabe nada. Ni en el barrio donde creció de niña, se sabe algo. Y mucho menos se sabe, de sus producciones intelectuales, cuando viajó a sitios extraños y alejados de la civilización durante su carrera profesional, hasta desaparecer por completo de la faz de la tierra. Decir "poco se sabe" es una galantería del lenguaje, una guisa, para no ser tajante. Una manera del decir. Pero resulta que en este caso, la ambivalencia de su existencia, a la señorita Madmoiselle Jones le dio una chance para estar entre nosotros, tal vez de otra manera, y más en la forma de presentarle en sociedad aquí, ante una inestimable audiencia tan multitudinaria e interesada como ésta, a quien agradezco su presencia. Toda vez que alguien preguntó por ella, en cualquier ámbito, nadie pudo responder si la conoció. Ni de mentas la habrían escuchado nombrar. Por tanto, esta es la historia de una mujer desconocida que observó, registró, anotó, escribió y habló, en diferentes conferencias por el mundo, en diferentes idiomas y dialectos, sobre las costumbres de hombres y mujeres de lejanísimos confines. Con caciques y jefes de tribus desconocidas para el mundo conocido. Ella entabló relaciones simbióticas. Sin embargo, nadie, puede citar un solo trabajo de investigación, ni algún extracto de su puño y letra que se desprendiera de algunos de sus libros. Ni nadie puede incluir como bibliografía alguno de sus prolíficos trabajos de campo, que a decir verdad, fueron muchísimos. Y que todavía nadie encuentra, como para realizar un trabajo de edición del material y darle merecida difusión ¿Quién entonces, puede dar cuenta de una persona que prácticamente nadie conoce, excepto yo, y que no aparece ni en la guía de teléfonos? ¿Quién puede decir algo de ella? ¿Ah?
Lo vengo corroborando desde que me propuse escribir para una editorial que difunde resultados de investigaciones científicas, una escueta biografía sobre ella. Como contribución a la última antropología, trata e intenta desplegar esta declaración de trayectoria, que por ahora reviste un gran misterio. Porque digámoslo al principiar. La antropología desaparece. Es una momia en las vitrinas de las universidades y en los puestos nativos. He verificado que las gentes, se espantan al escuchar el nombre de la disciplina: "antropología". Ciencia maldita. De un corpus de teorías y estudios con resultados ladinos, y que por su método, mereció -con justicia o no- su extinción de este planeta. Recuerdo el día que extirparon todas las carreras de antropología del mundo occidental. Porque en el oriental, se sabe que... etc. Se imaginarán, sólo un cipayo podría abrir una carrera de antropología en el áfrica. En cualquier país africano resultaría una afrenta, y quienes osaron mencionar tal posibilidad fueron devorados por animales que los nativos saben adiestrar para cazar extranjeros. Se hacía y se hace. Si no, pensemos en el antiguo Egipto. Y en el actual, claro. Cuando se habla de lo que hablaban los antropólogos, se decía, y se dice allí: egiptología, nunca antropología. Abarcando con esa denominación algo mucho más duradero y perenne, que el simple hombre mirándose el ombligo de su propia antropología. Hoy sabemos por experiencias tiradas de los pelos que, para ampliar el objeto de la antropología, muchos de ellos plantearon que ya no hacía falta "el trabajo de campo". Que al trabajo de campo lo puede hacer una máquina de barrido de datos, y que otra máquina haría la interpretación de las costumbres paganas de su población. Y a nosotros, los antropólogos degollados, solo nos quedaba guiar con el mouse el robotito. Es el robotito quien pregunta, registra y observa, nos dijeron los expertos, luego de instalarse a vivir en una comarca de características extrañas, lejana a nuestras residencias. Estaban probando un nuevo método.
Es evidente, que la cosa así no iba a funcionar. Lo probaron. Lo aprobaron con su firma en dictámenes, tanto el decano y el rector de cada institución, donde se haya dictado esa materia. Firmaron convenios de cooperación internacional a gran escala. Algunos se animaron a traficar animales que fueron puestos en caniles en la universidad. Todavía quedan algunos, que como monos, comen y saltan cuando ven a los estudiantes de otras carreras, de otras disciplinas, pasar a su lado y hacerles monicacadas. Los estudiantes les tiran maní. Algunos loros correntinos de buena parla, quedaron atascados en nidos, en los pliegues de cemento de la universidad, y ellos ahí están, emitiendo con sus voces, distintos tonos de lenguaje, piropos a las chicas, por ejemplo. Embobados con la tecnología las autoridades supusieron. Más bien, diría, se dejaron arrastrar por la corriente de una época, que los llevó a suponer que todo iba a ser para mejor. Y aquí tienen. Y aquí ven. La cosa no se palpa ¿La cosa pasó a retiro? La cosa, ahora, no es ni siquiera una cosa. Era la aristocracia antropológica. Y de ella es que salieron sus vástagos negros que siempre existen en toda familia, a viajar por mares, montañas y desiertos. A muchos se los escondía en los fondos de los castillos y las casonas señoriales, en los marquesados, para que no se escaparan. Algunos tuvieron familia, como gallinas en la granja, y fueron más que animales domésticos. Pero otros, no. La madre y el padre del antropólogo que se embarcaba en aquellas excursiones, daban por perdido a su vástago. Cuando salían de excursión esos hijos malditos, que pusieron en vilo a familias enteras por entregarse a una causa, digamos de por sí, irresponsable, en el mero afán del descubrimiento de cosas y de gentes, en raros sitios, ellos temblaban. Todos temblaban en el muelle. Tenían la embarcación ante sus ojos y sabían que no volverían jamás de los jamases. Se sabía. Peligroso riesgo era hacerlo de esa manera, tan rudimentaria. Pero siempre hay quienes desafían el destino de los valores que guían a una comunidad y a una familia. Se iban los vástagos. Se alistaban en la antropología como se alistaron los soldados para combatir en la guerra de su patria, los bastardos. Era casi paralelo el alistamiento imperial con el alistamiento académico. Con lo cual, podemos tranquilamente hablar de los soldados de la antropología. Y de los antropólogos de la guerra ¿Qué los diferenciaba? Prácticamente nada. Porque los dos usaban armas. Unos para matar al enemigo y otros para someter al nativo.
No obstante esto, que puede resultarle al lector producto de una mirada simplista y cruel de una ciencia que nada tiene que ver con el combate, debo decir, que fueron ellos, los verdaderos pioneros en la disciplina. Muchos se quedaron en el campo. Pasaron al otro lado del mostrador por diferentes motivos. El más común de ellos fue el ensamble con nativos de la comarca, con quienes formarían, a la fuerza, familias. Se habló de una nueva raza en la comarca de negros barbudos con pelo rubio. Fueron llevados por zanahorias. Como a los burros. A lugares malditos, donde les hicieron probar pócimas extrañas. De ahí que muchos empezaran a delirar en los rituales. Y del delirar por esas pócimas luego les dieron alimentos, bien entrada la noche. Que no se sabe de qué bichos. Pero, después pude averiguar, que no se trataba de bichos. Ni de animales, ni de pájaros silvestres, ni de comadrejas. Sino de carne humana. Sirva este rodeo introductorio, aunque escueto, pero no por ello menos eficaz, para saber de la historia de alguien que no se conoce. Que supo conocerse, sí. Que hubo quienes la vieron y la escucharon, también. Que algunos pudieron intercambiar palabras con ella, obvio. Pero que, sin embargo, al día de hoy, quienes le rodearon en vida están todos muertos. Eran los informantes. Los que proveen los detalles del contexto y de los acontecimientos vividos. Testimonios vagos que sirven de alguna referencia en el mapa de la búsqueda. Cierto es que yo a Madmoiselle Jones le tenía mucho aprecio, además de un profundo respeto por sus resultados en el trabajo. Con lo cual debo distanciarme para ser objetivo, como a muchos les gusta decir, y no ser tan parcial cuando hable de ella, de la persona, y por qué no decir también, de sus teorías, por muchos en ese momento consideradas anticientíficas y maledicentes. Perversas. Necrófagas. Definitivamente caníbales.
Madmoiselle Jones -aquí reconstruiremos lo que se pueda rastrear de ella- nació en el condado de Willoche (Acuamonte) una noche de lluvia. Las calles estaban empantanadas y ningún médico pudo acudir a su parto. Nació en una cabaña, donde residió junto a sus padres. Fue recibida por una comadrona vecina que la sacó de las fauces de su madre. Con vida. No sabemos qué día, ni tampoco podemos precisar el año de su nacimiento. Fue en un pueblo chico, pegado a los mares de nieve. Willoche estaba a cinco o seis kilómetros de Acuamonte de a pie. Acuamonte tenía características de ciudad, porque había una iglesia y un calabozo y una plaza. Un convento y una variada gama de bares, donde iban sólo hombres vestidos con turbantes y faldones largos hasta los pies, y andaban con la cara totalmente cubierta. Pensé cuando llegué a Willoche que debía concretar el arriendo de una casa donde alojarme, y dejar la habitación del hotel que alquilé por 15 días, para asegurarme un tiempo de búsqueda. Entonces, antes que la vida de Madmoiselle Jones, tuve que gestionar la mía, la propia, en una instalación. En un sitio con domicilio permanente. De donde yo saliera y volviera sin problemas y pudiera cocinarme, sin hacer gastos extras, ni tener que andar mostrándome ante la terca gente de ese pueblo escondido tras el humedal y la montaña. Nunca mejor que preguntar en un bar. Desconfiaba preguntar en la iglesia y en el calabozo. Pensé que los hombres de los bares tendrían la información y muchas más opciones que lo que me pudiera recomendar un comisario o un cura. Entonces me bañé en el hotel y me organicé para ir, tras la caída del sol, a uno de esos bares. Y empezar a pispiar. Me dejé la barba para no quedar como un típico europeo, colgué mis mostacillas de mi cuello, me pinte con kejel por debajo de los ojos, me puse la cofia que compré en la casa de artesanales. Fumé un pipazo de opio. Y me lancé a los bares.
El tris del atardecer rompía al entrar diáfana la noche. Un cielo inundado de estrellas cubría la superficie celeste. A la vera de los cordones pasaban mulas y unos bisontes cansados. Donde los cactus erran por numerosos, el detalle de su cantidad, irían a buscar pasto esos bichos guiados por el nómade. Los bares como de luto por la oscuridad dibujaban sombras. A la luz de velones. Como si uno ingresara a las entrañas de un lobo gigante y envolvente. Música safari colábase por entre las ventanas de barro. Irreconocible música, por las cuerdas de instrumentos desconocidos para mí. Eran el taimar del alma venturosa por la libertad de la noche, que en los hombres del poblado lograba el sosiego y una calma adusta. Mientras las mujeres se reunían en el jazdalén a cursar sus cantos y menciones a sus dioses, elevando plegarias en un idioma indómito. Tuve que decidirme por uno de los bares, para comenzar la gran marcha de la noche. Mi búsqueda. Y entré a uno, que traqueteaba literalmente con el viento. Las chapas y las finas maderas temblequeaban por la brisa. Corría un viento fresco y agradable. Una percusión inquietante, desde el fondo de un salón, me convocó a acercarme a unas lenguas de fuego que brotaban informes de un brasero. Reunidos estaban, unos hombres negros, que batían sus tambores con sus manos. Apenas golpeaban el cuero con sus yemas, en un latir de candomblé, regurgitaba el ambiente. Mucho humo a tabaco cosechado. Humos de hash y opio me marearon, no bien me acodé en la barra larga. Bajo un cetro había una vela que me iluminaba la mitad de la cara. Y pedí lo que se podía pedir en ese bar. Tizne de Ruar. El trago maléfico. Del que yo sabía. Unos hombres, me dijeron, que probaron una vez. Y que quedaron tísicos al salir de una reunión. Pero yo me animé y lo probé, y le dije "quiero otro, póngame otro", al mozo de la barra. Entré en un trance. Me predispuse. Para animarme a entablar mi primer parlamento, con quien se pusiera delante de mí. Ya estaba preparado. Para preguntar por la existencia de la señorita Madmoiselle Jones había que ser valiente. Había que enfundarse de coraje. Yo conocía su lengua, entendía su dialecto. Pero alguien por detrás de mí se acercó. Sentí su aliento en la nuca. Me dijo, sin que me diera vuelta, en su idioma, que si necesitaba algo se lo dijera. Cuando volteé mi cabeza no estaba más ese hombre, no había nadie detrás de mí. Como si yo lo hubiera alucinado. Me sentí mareado, pero logré calmarme. "Quizá es la bebida", pensé. La maldita bebida que tomé.
Pedí un jasmisher con limón para limpiarme y se me pasara el mareo. En la barra, a mi lado, se arrimó otro hombre. No podía verle la cara. Era uno de los encofiados con faldones largos. Me hizo una seña. Que no entendí. Le pregunté en su idioma, si deseaba algo. "Sí", me dijo. Y se quedó callado. "Qué", le pregunté. Y él me dijo "su vida". A lo que yo le espeté "¿cómo, por qué mi vida, estimado señor? Espére, que le sirvo un trago para que se explique", y me moví de la barra hacia donde estaba el mozo, y le pedí nos sirviera otro Tizne de Ruar, uno para cada uno. Pero cuando volví al lugar donde departíamos con el hombre se había ido, de manera misteriosa, y no lo pude divisar más en el bar. Pensé en cambiarme de bar e irme a otro, y estar más sereno. Entonces pagué la cuenta y salí temerosamente de ese bar, que ya me había recibido con suficientes sorpresas. Caminé por la rambla, a pesar del viento en contra, seguí al costado de la marea, mirando cómo se azulaban en negro los maenes de los refucilos. Parecía que se iba a largar una lluvia. Las nubes estaban cargadas. Yo, que venía a averiguar de la vida de una mujer me encontré con que querían arrebatarme la mía. En un pueblo que por comentarios, yo sabía, que se la trae. Entonces, cuando se me hubo pasado el mareo y la sorpresa por el shock, decidí probar de nuevo en un bar frente a la rambla. Lucía de colores. Decorado con luces de colores se destacaba del resto, y en su entrada había un cartel luminoso cuyo nombre no quiero pronunciar por esas cuestiones del destino. Cuestión que me asumí forastero y fui con cautela. Entré al salón y había gente bailando una música estridente, mucha juventud, mucho lukeo en sus ropas, que se me hizo difícil distinguir quiénes eran. Pero recordé ahí nomás que se trataba de la noche de carnaval. Y había celebración. Entonces me fui a la barra. Y en ese ambiente más ameno me dieron ganas de bailar entre los jóvenes del lugar, llevando mi trago en mano. El maléfico Tizne de Ruar. Otra vez el mareo y las alucinaciones. Me debilité y me fui a un sillón y me tiré a descansar. No sabía dónde estaba. Con lo cual, dormitar me haría bien para recuperar mi conciencia de forastero. Pero era tarde. Porque al despertar y restregarme los ojos, tenía a dos hombres frente a mí, parados, altísimos. Me agarraron de las manos y me levantaron como un trapo. Me subió uno de ellos a uno de sus hombros. Me sacó del bar y me tiró como una bolsa de papas en la puerta, en la vereda tumultuosa. Los jóvenes de la calle me miraban y reían. No sabían nada de mis intenciones. Se reían a carcajadas. Yo solo quería departir en el bar de un sitio. Dónde preguntar por Madmoiselle Jones. Mis indagaciones se habían trasformado en un verdadero problema, peligroso era hacerlo entonces. Decidí irme al hotel para descansar y curarme las heridas.



