Crónicas del subsuelo: Abril

Crónicas del subsuelo: Abril

Por:Marcelo Padilla

Pero ahora, todo, en este lugar indómito, se me brinda muchísimo más nítido. Como si los días hubieran encajado en el molde de mi cosmos. Y cuando suenan las campanas del baptisterio, más tenue se siente el traquetear de los caballos que marchan en la diana ¡Me estoy acostumbrando! No quiero decirles que ya me siento un acuamontés, no. Pero tal vez, si lo pienso, diría que lo soy por adopción. Veo que pasan claqueando los caballos. Dejan su plasta en los adoquines de las calles. Se siente olor a campo. Se siente olor a mierda, de puro pasto. Es el paisaje. Su naturaleza. A medida me acomodo, el lugar me toma por completo, como si yo ya fuera uno de ellos, mimetizado en ellos. Sin embargo, tengo muy en claro que soy un extranjero, y que vengo desde lejos y con otras costumbres. Soy alguien que no es del lugar que se siente placentero. Y que no puedo fallar. Debo ser respetuoso de las normas del lugar. Por eso tengo que cuidarme de hacerme el amiguero. Nunca sabe uno. Desistí de los intentos anteriores. A jones lo había perdido, y quizá definitivamente. Y yo, con súbita melancolía tuve que volverme de ese poblado, caminando hasta Acuamonte. Tratando de olvidar al pobre bicho. Subí las colinas hacia Acuamonte. Decidí salir de Willoche por unos días. Volvería, ¡Claro que volvería, estimadísimos colegas! Siesque en Acuamonte no consiguiera dato alguno sobre Madmoiselle Jones, yo volvería donde pudiera estar el mensaje oculto, en aquel pueblo desértico y vacío, que ya se la tengo jurada. Me juré que volvería, en una segunda visita, a Willoche, y ver qué podía pasar si probaba hablar con otra persona, que no fuera esa mujer con la que me crucé, y que tenía un cuchillo de cocina ¿tenía un cuchillo de cocina? A los cuchillos de cocina los carga el mismísimo demonio.

Pero era la mañana en Acuamonte, y el cielo ya vestía con turbante oscuro, parco. De a retazos, grisáceo. Unas nubes huidizas iban y venían por el céfiro. Daban la impresión de que no iría a llover por un buen rato. Entonces me senté en la puerta de un bar a tomar un café. A la vera de una callejuela. En eso una moza se me acerca. Vestida de negro, muy simpática la chica. Tiene una dentadura aperlada y blanca. Como la ceguera. Hace una buena composición pictórica su dentadura en su rostro. Cuando habla. Con sus labios, roza sus dientes. Los dientes de Abril me resultaron encantadores. Muy difícil es que a uno le guste una mujer de entrada nomás por su dentición. Pero cuando todo esta armonizado en una buena disposición, ahí sí que la cosa cambia. Con una sonrisa dúctil y un achinamiento de ojos, me bastan. Se produce el encantamiento. No es Abril una mujer de una belleza despampanante. La chica es guapa, simplemente guapa, firmemente atractiva por donde se la mire. De un buen lejos al venir y de un mucho mejor lejos al irse. Muy por el contrario a los destellos con que presentan a las mujeres de las revistas, la moza, destila sensualidad al caminar con las bandejas. Lleva y trae los pedidos a las mesas. Está atareada, está sola, trabajando en los pedidos. Pero tiene encanto, y se nota que lo hace con placer. Tiene duende, Abril. Su nombre ¡es Abril! Lo escuché porque uno de los paisanos en el bar... la llamó "Abril". Me pareció que se conocían. Deben conocer a la moza todos los parroquianos que paran en el café. Y cuando se me acercó por mi demanda, yo le pregunté si su nombre era lo que oí: "¿Asique Abril?" "Sí, Abril, me lo puso mi madre". "Es muy bello tu nombre", le dije. "Abril suena a Victoria Abril", le comenté a lo bobo. "Gracias", me respondió. Pero además es el mes de Abril en el que me planto, para decirle que la palabra Abril tiene una sonoridad exquisita, y que al quedar el "il" en el aire al final del nombre, todo se torna más hermoso y musical. No intentaba con lo que le decía seducirla. Solamente quería conversar y expresarle mi sensación, al percibir proferir su nombre. Abril: "¿Un cortado mediano con un vaso de soda grande, por favor?". "Ya se lo traigo de inmediato, señor". Me lo dijo con la misma sonrisa que tiene puesta en la boca de manera permanente.

Mientras esperaba el pedido, saqué un libro del morral. Y me puse a leer a Ítalo Tulio Carella. Su obra: Orgía. De una escritura demencialmente viajada. Pero no hablaré en esta ocasión, y para no demorarme en esta charla, del libro de Tulio Carella. Sin embargo y mientras leía, en mi cabeza retumbaba Abril. Abril, Abril, ¡el mes de mi nacimiento! Cuando vino la moza con mi café y mi soda le dije que Abril era el mes de mi cumpleaños. Ella me dijo: "Ah, ¡mire qué coincidencia!" Yo pensé que la coincidencia era estúpida, pero se lo dije igual, con ingenuidad, y tal vez por eso ella se sonrió y no se molestó. Y cuando se sonrió, dejó relucir su dentadura blanca. Inmaculada. Joven y precisa. Sus labios se veían suaves y rosados. Cuando hablaba, el labio inferior se le hinchaba apenas. Y el labio superior cubría su dentadura; y cuando reía sus dientes brillaban en el día y seguro que también brillarían por las noches. Era una belleza de otro mundo la de Abril. Una belleza incógnita. De ojitos pícaros y saltones. Morrudita, más bien pequeña. Pero erguida y segura en sus movimientos. Abril es morena. Por un momento pensé que ésta era la clave para poder hablar con alguien del lugar, y hacer amistad, y averiguar sobre Madmoiselle Jones. Pero no me quise arrebatar. Y como sabía que Abril trabajaba de moza en ese bar, decidí empezar un trabajo fino con ella. Ir todos los días a tomar un café a ese bolichón. Y de a poco hacer migas con Abril. Quizá podría invitarla algún día a pasear por el malecón ¡Eso sería perfecto! Una persona en Acuamonte predispuesta, de seguro me contaría algo, algún rumor. Algún chisme ¿Abril lo haría? O quizá tuviera los datos concretos de la persona que buscaba ¿Quién te dice? ¿Quién te dice estar frente a la persona indicada para resolver el acertijo? ¡Y con Abril! Volvería al café por la mañana siguiente. Ese día me dejé estar.

Quise tomarme un descanso mental. Decidí quedarme en el hotel y leer Orgía, para no pensar más en Madmoiselle Jones y en Willoche. Y para no pensar más en jones, mi perro, con el que me había encariñado. "Pobre bicho viejo", me dije al recordarlo. Pero decidí seguir mi plan de estar siendo en la nada misma del hotel. En la Orgía de Carella. En sus páginas que cuentan de Recife y del Nordeste de Brasil. Imbuirme en ese clima vaporoso y húmedo de Brasil. Enterándome de las andanzas de Tulio Carella en el Nordeste de Brasil. Todo un tema lo que pasó con el autor de Orgía. Algo breve sobre esa obra y su autor comentaré, si es que me lo permiten. Tulio Carella desembarca en Recife desde Buenos Aires. Llega a esa ciudad por un contrato de trabajo para impartir clases de dramaturgia. Pero, a Tulio, al ingresar en el mundo de Recife, algo le ocurre. Se maravilla con el mestizaje, pero sobre todo se maravilla con la negritud. Con el 80% de negritud que tiene el Estado de Recife. Y es ahí que Carella despliega, hipnotizado, su crepuscular y lúdica sexualidad. Con negros y milicos, con marineros y prostitutas, con jóvenes que venden su cuerpo y con jóvenes que lo regalan. Con lo que se cruzara, Tulio, pondría pingo y culo. Recife ligado al mar. Frente al áfrica. Cerca de el Salvador. La capital de Bahía, pero que antes, muchos siglos antes, fuera la capital del Brasil bajo la corona portuguesa. Donde el emperador Pedro se instalara. Donde nacieran los quilombeiros, de allí la palabra "quilombo", que vaya saber cómo llegó hasta Buenos Aires. Hace más de 400 años estuvo en Brasil el emperador controlando el comercio de esclavos. A Tulio también le fascinaron los oleajes de las religiones y las creencias africanas que vinieron con ellos. Se sabe que en el Estado de Bahía hay 365 iglesias para visitar. Cada uno de los días del año. La espiritualidad del lugar a Carella lo conmueve. Pero además lo erotiza. Porque las mujeres y los hombres del Nordeste del Brasil son de soltarse con el cuerpo y no tienen el prejuicio occidental y cristiano del matrimonio, hecho y derecho. Ni el de las obligaciones parentales de fidelidad. Todo para Carella será una Orgía en esos dos años en Brasil. Yemanjá lo protege.

No obstante... la trama continúa de una manera extraña. Que comentaré más adelante. Solo quiero ofrecerles un breve comentario para que se ubiquen, estimados colegas, sobre lo que le puede pasar a un hombre y a su literatura en el camino de ida. Pero más adelante las cosas cambiarían mucho, y todo se tornaría escabroso y degollante cuando tuvo que volverse. En el medio, Orgía. Su obra, su literatura. Donde les pido, si alguna vez se cruzan con el libro, poner el acento. Una ingobernable situación para Carella. Me serví un café en el estar del hotel que me dio una maquinita, a demanda, muy moderna. No me gusta el plástico ni el cartón. El sabor del café en una taza de porcelana sería de mi agrado, pero debo dejar de lado mis costumbres, tan europeas y aristocráticas. Luego de leer una hora y media dejé el libro de Carella en el valet de mi habitación, marcado en el capítulo 4. Me fui a buscar una toalla para bañarme en la piscina del hotel. Una piscina de grandes dimensiones para nadar tiene el hotel donde me alojo. Eso me haría bien: nadar y nadar, y en todo caso pensar solo en Orgía y en Abril. No en Madmoiselle Jones, que me tenía atribulado. Tan solo por un día. Ese era mi descanso mental. Cualquier antropólogo entendería ¿Ustedes lo entienden? ¿Ustedes piensan que un antropólogo pueda tener un descanso y pensar en otras cosas, en el amor, por ejemplo? Pero no pude, no aguanté quedarme en el hotel sabiendo, que Abril estaría atendiendo en el café, y yo en el hotel, sin hacer nada, tan solo a cuatro cuadras. Y quise ir. Y decirle todas las cosas que se me pasaban por la cabeza. No contarle a lo que venía. Inventarle otra historia para hundirme en el hechizo y la fantasía del shock de haberle visto su sonrisa, y su manera de tratarme, tan amenamente. Algo que no me había ocurrido en Acuamonte. Ya se sabe, cuando por la noche de aquel día fui a un tugurio, y luego me fui a otro, la terminé pasando mal. Sin traerme ningún dato, ningún comentario. Solo amenazas. Delicadas. Pero amenazas. Se sabe que unos tipos me trompearon y me dejaron tirado en la vereda. Pero eso ya pasó, y fue en la primera noche al llegar al sitio. Quizá fue la mala suerte.

Pero ahora, yo tendría otra oportunidad. Y le diría muchas cosas a Abril que son mías, solamente mías, y que no pienso demorarlos ahora, en comentárselas ni en compartírselas. Por respeto al objeto de esta charla es que me censuro de algunos comentarios y de varias reflexiones. Sin embargo, ustedes, -lo habrán vivido en los trabajos de campo alguna que otra vez-. Imaginen. Colegas, ¡cualquiera puede enamorarse en el trayecto! Aun tenga familia, esposa e hijos. Una aventura dentro de la aventura uno puede tener ¿Cómo que no? Quizá, lo estén recordando, ahora mismo a ese momento, que ocurrió en algún baño de un motel o en el baño de un bar o en un hotel alojamiento. Pero algunos de ustedes sabrán, en silencio, de lo que hablo. Nadie tiene que contar sus deslices. No está obligado a hacerlo. Si la mujer del antropólogo o el esposo de la antropóloga dudan, uno tiene que llegar con alfajores y flores. A algunos no les creen. "Es muy evidente Claudio, que si me traes unos bombones ¡es porque has estado con una puta!". "Ya me lo has hecho otras veces, por lo menos inventá otra cosa la próxima vez, y ahora decime, qué querés comer, pedazo de idiota", le dirían a ese tal Claudio o Claudia, que podría ser cualquiera de ustedes, si me permiten la analogía. La noche se hizo triza. Quise salir a ver a Abril. Pero se largó un vendaval y no pude ni moverme del hotel. Las calles eran ríos. Entonces dije: ¡esto es una señal! No debo arrebatarme. Iré mañana. Iré mañana en la mañana a ver a Abril.

Entonces entré al baño de la habitación y me afeité. Me pegué una ducha para relajarme. Ya había pasado el vendaval. Pero, ésta vez, me quedé quieto en el hotel. Estaba ansioso. Di unas vueltas en la cama e intenté dormir, pero no pude. Para cansar al cuerpo me puse la maya y agarré un toallón y me fui a nadar a la piscina del hotel. Estaba solo, era casi casi de noche, al punto que cuando estaba en el agua nadando ya era la oscuridad la que tapaba al mundo. Nadé y nadé con apnea. Las pequeñas luces de la ciudad se encendieron. Luego hice series de estilo: cinco y cinco, ida y vuelta, marcando el ritmo de la respiración y corrigiendo las brazadas. Las patadas. La memoria del nadador está en el cuerpo, eso sabe ¿ustedes lo sabían? ¿Vieron las cosas que uno puede enterarse si al conferencista lo dejan hablando lo que quiera? Hacía varios meses que no nadaba, y ahora lo hacía de manera precisa, casi perfecta. En el nadar uno puede pensar y dejar de pensar. Al mismo tiempo. Ritmo y contra ritmo. Pensamiento y mente en blanco. Inhalación y exhalación. Caos y orden. Orden y Brasil. Orgía y Carella, Abril y el amor ¿son pares opuestos, colegas?