Pasado, presente y futuro del creador de la marca de vino argentino más exportada.
El mendocino Nicolás Catena y las tres revoluciones del vino
Nicolás Catena Zapata es uno de los mendocinos más relevantes, su nombre está asociado al vino, pero aún más que ello: está vinculado a la marca de vino más exportada de la Argentina.
Catena encabezó la denominada "revolución de las parecelas".
Por ello, fue tentado con docenas y docenas de propuestas de compra que le hicieron grandes grupos internacionales en los últimos 30 años.
Este lunes, diario La Nación lo entrevista y reproduce parte de su historia de vida, imperdible, que arranca en 1902, cuando su abuelo Nicola, un inmigrante italiano, llegó de la provincia de Le Marche, al puerto de Buenos Aires “con el objetivo de gestar su proyecto”. Y avanza el matutino:
Arrancó con un viñedo de cuatro hectáreas en Mendoza, a orillas del río Tunuyán. En esa bodega nació Domingo, su padre, quien se casó en 1934 con Angélica Zapata, educadora y descendiente de una familia criolla que poseía tierras en la provincia. Nicolás Catena rindió libre quinto año del secundario, egresó como uno de los mejores alumnos de Mendoza y a los 22 años se graduó de doctor en Ciencias Económicas en la Universidad Nacional de Cuyo.
Pero, además, a los 23 años ya había tomado el manejo de la empresa familiar, que en ese entonces estaba especializada en producción de vinos de mesa a granel. Comenzaron vendiendo vino embotellado con las marcas Crespi y Facundo con una fuerte campaña de publicidad. Hasta que en 1982 produjo el gran cambio de su negocio: vendió las marcas e instalaciones productoras de vinos de mesa para dedicarse exclusivamente a los vinos finos.
La decisión fue estratégica. Como profesor de Economía Agrícola en la Universidad de Berkeley, California, descubrió Napa Valley, que le quedaba a sólo 30 minutos en auto. Allí, los californianos habían decidido competir con los mejores vinos franceses y estaban invirtiendo en investigación, plantaciones, bodegas y tecnología, bajo el liderazgo del famoso bodeguero californiano Robert Mondavi, fundador de la bodega homónima. "Inmediatamente, me propuse iniciar una revolución tecnológica en Mendoza. Reemplacé el antiguo estilo italiano por el estilo californiano", recuerda.
Dejó de lado el tradicional añejamiento en viejos toneles de roble, y se volcó a los tanques de acero inoxidable y a los pequeños barriles nuevos de roble francés. También modificó la forma de trabajar el viñedo y comenzó la plantación de dos nuevos varietales: cabernet sauvignon y chardonnay. Además, contrató consultores californianos, franceses y de la toscana italiana. "Era una manera para traer los mejores conocimientos del mundo a bajo costo y es algo que le recomiendo a todo aquel que inicia su propio proyecto", describe.
En el mercado de Estados Unidos el vino argentino más caro costaba en esa época 4 dólares la botella y el chileno de mayor valor, 6 dólares.
"Nuestro vino comenzó costando entre 15 y 20 dólares. Y vendimos toda la producción a este precio", grafica. En 1990, logró la primera cosecha que respondía a los estándares de calidad y dos años después abrió el mercado internacional: Estados Unidos y el Reino Unido fueron las primeras escalas. Allí se originó lo que puertas adentro de la empresa denomina como la segunda revolución. Esto ocurrió cuando un famoso viticultor francés probó los vinos de Catena y opinó que parecían de Languedoc, una zona de temperaturas calientes de Francia, considerada de baja calidad. "Decido entonces plantar viñedos en zonas más frías. Podía ir hacia el Sur de Mendoza o ir más alto en la montaña. Mi padre no aconsejaba ir al Sur por las heladas y así surgió la plantación a 1500 metros de altura en Tupungato [un viñedo que denominaron Adrianna, por su hija menor, y que es el de más alta calidad]", agrega. Sus colegas y técnicos pensaron que estaba loco o que no le importaba perder dinero.
Por el mayor frío tendría heladas y la uva no maduraría. "Hasta el día de hoy esto no sucedió. La primera cosecha fue un verdadero shock porque los sabores eran bien diferentes y muy superiores a los plantados en las zonas clásicas tradicionales de Luján y Maipú", suma. Por otra parte, basta con recorrer la evolución de la tierra para cuantificar el retorno de inversión. Cuando compró el viñedo a 1500 metros de altura no había nada por allí y pagó 300 dólares la hectárea. Hoy tiene un valor de US$ 40.000 a US$ 50.000 y no se consigue. El techo todavía parece lejano. En el mundo, la buena tierra para producir vino de lujo puede costar hasta 1 millón de dólares por hectárea. "Llegué a la conclusión de que cuando uno planta en la ladera el que sufre es el que está abajo", resume.
En 1995, cuando el mundo hablaba del efecto Tequila se producen dos hitos dentro de la firma. Uno de los principales espaldarazos vino, ese año, de la mano de la revista norteamericana Wine Spectator, que destacó a Catena como la mejor bodega de Sudamérica que producía World Class Wines. También su hija Laura, graduada en la Universidad de Harvard, arrancó con el Catena Institute of Wine, en el que se empiezan a investigar los secretos del terroir mendocino. Diez años después iniciaron lo que denominan la revolución de las parcelas, su tercera etapa, cuyos efectos aún hoy están en estudio. Consiste en dividir un viñedo, para cada varietal, en diferentes partes de acuerdo con la diferente composición física y química de sus suelos. En el caso de suelos aluvionales como son los de Mendoza, estas diferencias son significativas. Teóricamente cada parcela da un sabor diferente.



