La eventual unión entre Rio Tinto y Glencore podría acelerar inversiones en litio y cobre, redefinir proyectos clave y darle al país un rol más fuerte en el mercado global de minerales estratégicos.
La fusión de dos mineras que beneficiaría a Argentina en litio y cobre
La minería global atraviesa un momento de redefinición y Argentina aparece como una pieza relevante en ese escenario. Río Tinto y Glencore, dos de las compañías más grandes del sector a nivel mundial, retomaron conversaciones preliminares para una posible fusión que, de concretarse, daría origen a la mayor empresa minera del planeta.
El impacto de esa negociación excede el plano corporativo y podría tener efectos directos sobre el desarrollo minero local.
Las charlas entre ambas firmas se encuentran en una etapa inicial y todavía no hay definiciones sobre la estructura del acuerdo ni garantías de que llegue a concretarse. Sin embargo, el solo hecho de que las negociaciones estén en marcha volvió a poner a la Argentina en el radar de los mercados, sobre todo por su potencial en litio y cobre, dos minerales clave para la transición energética.
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Uno de los puntos centrales es la cartera de proyectos que cada empresa ya posee en el país. Río Tinto avanza en Salta con el proyecto Rincón, enfocado en la producción de carbonato de litio y con una inversión estimada en unos 2.700 millones de dólares.
Glencore, en tanto, tiene presencia histórica en el sector y controla iniciativas de gran escala como El Pachón y MARA/Agua Rica, además de planes para reactivar operaciones en Catamarca. La eventual fusión permitiría concentrar capital, acelerar plazos y coordinar desarrollos que hoy avanzan de manera independiente.
En términos estratégicos, una empresa unificada con un valor de mercado superior a los 200.000 millones de dólares tendría mayor capacidad financiera para encarar proyectos de largo aliento. Para Argentina, eso podría traducirse en más inversiones, mayor volumen de producción y una inserción más sólida en las cadenas globales de suministro de minerales críticos, en un contexto de creciente demanda internacional.
El efecto no se limitaría a los números macro. En provincias como Salta, Catamarca y San Juan, donde se concentran los principales yacimientos, el avance de estos proyectos suele tener un impacto directo en el empleo, la infraestructura y la actividad económica regional. La construcción y operación de minas de gran escala demandan mano de obra, servicios, transporte y energía, con efectos multiplicadores sobre las economías locales.
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No obstante, el escenario también plantea desafíos. Una fusión de esta magnitud implicaría una mayor concentración del sector y un actor con fuerte poder de negociación frente a los Estados. Para Argentina y las provincias mineras, eso exigirá marcos regulatorios claros, equilibrio entre incentivos y controles, y una mirada de largo plazo que combine atracción de inversiones con resguardo ambiental y fiscal.
Por ahora, el proceso está abierto y condicionado por regulaciones internacionales que fijan plazos para avanzar o frenar las conversaciones. Pero aun sin un acuerdo cerrado, el movimiento de Río Tinto y Glencore ya dejó una señal clara: la minería vuelve a mirar a la Argentina como un territorio estratégico en la disputa global por los recursos que definirán la próxima década.



