A las perchas no volvemos

En pleno 2019 el aborto en Argentina todavía no es legal, pero las mujeres ya no estamos dispuestas a morir en la clandestinidad.

A las perchas no volvemos

Por:Constanza Terranova
Periodista

Ayer se presentó al congreso por octava vez el Proyecto de Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo. El mismo cuenta con algunas modificaciones respecto al presentado y rechazado por la Cámara de Senadores el año pasado.  Pero, es necesario entender porqué se insiste en que este proyecto sea aprobado.

 El aborto legal seguro y gratuito es una deuda de la democracia con las mujeres argentinas. Parece un buen slogan para una campaña que busca la legalización, pero nadie nunca dijo una verdad tan compartida. Es que por más corazones celestes en los comentarios de redes sociales, a las perchas no volvemos.

Hace unos años, probablemente unos cuantos meses, o hasta días, las mujeres seguíamos buscando un hierro fino, una percha, para interrumpir embarazos. Es posible que el tiempo verbal correcto para usar en esta afirmación sea el presente. Este hierro que suele suspender prendas para mantenerlas rectas ha tenido por años la función clandestina de esconder, ocultar, mutilar y a veces asesinar.

Pañuelazo por el aborto legal. 

El pedazo de metal, la percha, que la conocida de la vecina, amiga, hermana, mamá, tía, prima, pareja de un amigo, se introduce en su canal vaginal, tiene la función de suspender algo más que la ropa. Suspende la integridad, la dignidad, suspende cualquier cosa que sepas. Suspende la respiración mientras procede.

El procedimiento se hace sobre el cuerpo de una mujer que no tuvo otra alternativa. No, no hay muchas alternativas. Perejil, cucharas calientes o agujas de tejer. Esas son algunas de las alternativas de la clandestinidad.

Algunas llegan a manos de gente que dice saber hacer abortos. Carniceros. Úteros perforados ingresan a las guardias, heridas que supuran, tratamientos precarios que nos dejan muertas y desconocidas. Incontables.

Algunos números que se manejaron en el último año acerca de la cantidad de abortos clandestinos que hay en Argentina dan impotencia y ganas de no creer. Se estima que entre 300 mil a 500 mil mujeres abortan al año. Numerosas agrupaciones políticas, organizaciones sociales y el público en general se han dado a la tarea de comunicarlo.

Sin embargo los datos oficiales son casi inexistentes. Si, se registran sólo los casos que llegan a las guardias por complicaciones en los procedimientos pero es imposible saber cuántos no llegan al sistema médico o cuántos son ocultados.

Muchos de esos casos terminan en el fallecimiento de las mujeres o cuerpos gestantes. La clandestinidad las mata. Los carniceros las masacran. La sepsis se las lleva. No hay forma de prevenirlo porque mientras no sea legal, la oferta para practicar un aborto clandestino, existirá.

Y no, los abortos no solo se previenen si accedemos a la ligadura de trompas en los hospitales públicos, a los anticonceptivos en las salas o a la Educación Sexual Integral en las escuelas. Si bien estos son derechos determinados por ley y medidas fundamentales para mejorar las posibilidades de todas las mujeres de nuestro país, no son las únicas. Porque los anticonceptivos fallan, los DIU se corren, los embarazos no deseados suceden.

Acá la cuestión es que las mujeres deben poder decidir acerca de la maternidad, cómo y cuándo asumirla. Los cuerpos gestantes no pueden ser forzados a parir, porque obligar a alguien a parir es violación. 

Además, el hecho que algunos sectores que apoyan el parto en cualquier circunstancia- incluso las circunstancias en las que se violan leyes centenarias y glorifican condenados, como Rodríguez Lastra- habla de cómo nuestros cuerpos son puestos en discusión en carácter de portadoras, incubadoras, paridoras. No tenemos nombre, edad o familia. Cuando morimos en la clandestinidad no importa nuestra vida.

Ayer la referente por el aborto clandestino, Nicole Neumann, dijo que la solución a esta problemática era que "las pobres" se ligaran las trompas. Una sugerencia nada inocente, que se camufla de celeste preocupación por las clases bajas, cuando en realidad advierte sobre lo latente que está el espíritu fascista en este movimiento en contra de la legalidad. 

La esterilización de una clase no va a terminar con el problema. Por lo pronto tenemos bien claro que a las perchas no volvemos. Tampoco al tallo de perejil, a la sonda o a la cuchara. No vamos a dejar a nuestras compañeras volver a pasar por la clandestinidad, por la agonía y la vergüenza.

Las muertas por abortos clandestino existen. La solución para estas muertes es legalizar el aborto.  

(*)Fotografía: Mariana Canessa