Arte, urbanismo e historia: así nació la Plaza Independencia

La plaza principal de la provincia nació en la reconstrucción de la Ciudad y terminó convirtiéndose en el corazón de la vida mendocina. La Plaza Independencia resume la memoria, la identidad y el pulso cotidiano de Mendoza.

Arte, urbanismo e historia: así nació la Plaza Independencia

Por:Juan Manuel Lucero
Periodista

Hay sitios que no necesitan explicación. Lugares donde las generaciones se cruzan sin darse cuenta, donde los abuelos recuerdan una Mendoza que ya no existe, los jóvenes pasan de camino a la escuela y los chicos siguen corriendo detrás de las palomas como hace cien años. La Plaza Independencia es uno de esos espacios.

Está en el centro exacto de la Ciudad, pero también en el centro emocional de Mendoza. Allí confluyen las marchas, los enamorados, las ferias, los turistas, los músicos callejeros, los estudiantes, los jubilados que buscan sombra y los niños que todavía se fascinan con el agua de la fuente. 

La plaza no es solamente un paseo: es una especie de sala de estar colectiva de los mendocinos.  Pero su historia comenzó entre ruinas.

Un encuentro de Spidermans en Plaza Independencia.

La ciudad que nació después del desastre

El 20 de marzo de 1861, un terremoto devastó Mendoza. La antigua ciudad colonial quedó prácticamente destruida. Las calles angostas, las construcciones de adobe y los templos históricos se desplomaron en cuestión de segundos.

Después de aquella tragedia, surgió una pregunta decisiva: dónde y cómo reconstruir Mendoza.

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La nueva ciudad comenzó a proyectarse en los terrenos de la Hacienda San Nicolás, hacia el oeste del casco destruido. Allí apareció una idea revolucionaria para la época: una ciudad moderna, con calles anchas, acequias, arboledas y grandes espacios verdes que sirvieran como resguardo ante futuros sismos.

El agrimensor Julio Balloffet propuso entonces una estructura urbana inédita para la provincia: una plaza central rodeada por otras cuatro plazas equidistantes. Así nació la Plaza Independencia, inaugurada en 1863.

Así lucía la Plaza Independencia en 1880. (Foto de Archivo de Hugo Laguna)

La arquitecta e investigadora Cecilia Raffa, especialista del Conicet y autora del libro "Plazas Fundacionales. El espacio público mendocino entre la técnica y la política 1910-1943", explica que la nueva Mendoza fue pensada como símbolo de progreso y modernidad, en contraste con la vieja ciudad colonial, asociada al atraso y la devastación.

La plaza principal se convirtió rápidamente en el emblema de esa "Ciudad Nueva".

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Cuando la plaza era "El Parque"

En sus primeros años, los mendocinos ni siquiera la llamaban Plaza Independencia. Para muchos era simplemente "El Parque".

La imagen de aquella plaza hoy parece salida de una fotografía sepia: una gran balaustrada rodeando el predio, senderos de tierra, árboles jóvenes, un lago artificial alimentado por las aguas del canal Jarillal y hasta paseos náuticos.

La plaza tenía un lago en el centro.

Los niños tenían una atracción inolvidable: una calesita tirada por caballos.

También existieron una pequeña gruta y un cerro artificial que con el tiempo desaparecerían. Hacia fines del siglo XIX, el paisajista francés Esteban Dumesnil reemplazó el lago por una fuente ornamental traída desde Francia.

La plaza era elegante y silenciosa. Una especie de oasis urbano en medio de una provincia que comenzaba a transformarse.

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El proyecto que casi partió la plaza en cuatro

Uno de los capítulos más dramáticos de la historia de la Plaza Independencia ocurrió en la década de 1920.

El gobierno provincial impulsó la construcción de un gigantesco Palacio de Gobierno en pleno centro geométrico de la plaza. El proyecto, diseñado por Pablo Pater y Morea, ganó un concurso nacional y comenzó a ejecutarse en 1927.

El Palacio de Gobierno, proyecto que se suspendió y del que solo quedaron sus cimientos, iba a estar ubicado en pleno centro de Mendoza.

La idea modificaba completamente el paseo: la plaza quedaba dividida en cuatro sectores. Pero el proyecto duró poco.

Problemas económicos y políticos paralizaron las obras apenas un año después. Durante años, quedó enterrado en el corazón de Mendoza un enorme basamento inconcluso, símbolo de una provincia atrapada entre las ambiciones monumentales y la falta de recursos.

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Cecilia Raffa señala que ese conflicto reflejaba también una disputa de ideas: qué debía representar el espacio público mendocino y cuál era el modelo de ciudad que se buscaba construir.

El monumento que nunca existió

A fines de los años 30 surgió otra propuesta monumental: levantar allí un gran homenaje a la Bandera del Ejército de los Andes.

El proyecto contemplaba una inmensa asta con forma de proa, terrazas, escalinatas y fuentes. Debajo funcionarían museos, archivos históricos y espacios culturales vinculados a la gesta sanmartiniana.

Mendoza iba a tener su Monumento a la Bandera en plena Plaza Independencia.

La idea tenía una fuerte carga simbólica y nacionalista. Según los documentos de la época, Mendoza debía mostrarse no solo como tierra de viñedos, sino también como cuna del espíritu sanmartiniano.

Sin embargo, ese proyecto tampoco prosperó.

Arquitectos y urbanistas cuestionaron que la plaza siguiera perdiendo su función como paseo público. Finalmente, el cambio de gobierno terminó archivando la iniciativa.

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Daniel Ramos Correas y la plaza moderna

La transformación definitiva llegó en los años 40 con el arquitecto Daniel Ramos Correas, una figura clave del urbanismo mendocino. Su mirada era completamente distinta. La idea era integrar la plaza con la ciudad.

En vez de levantar monumentos gigantescos, apostó por una plaza más humana, abierta y pensada para el encuentro social. Eliminó las balaustradas que cerraban el espacio, creó senderos amplios, incorporó terrazas, sectores de sombra, juegos infantiles y grandes espejos de agua. 

La Plaza Independencia en 1910, antes de las grandes reformas que vendrían.

Ramos Correas introdujo materiales naturales, desniveles suaves y conceptos paisajísticos modernos que buscaban mejorar la experiencia cotidiana de los vecinos. La plaza dejó de ser solamente un símbolo político para convertirse en un espacio de recreación y convivencia.

Muchas de esas decisiones todavía sobreviven en su identidad actual.

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El subsuelo cultural

Con el tiempo, la Plaza Independencia también se transformó en un polo cultural. En su subsuelo se establecieron el Museo Municipal de Arte Moderno y el Teatro Julio Quintanilla, espacios que le dieron una nueva dimensión artística al paseo.

Décadas después, en 1995, llegó otra gran remodelación. Allí apareció uno de los elementos más reconocibles de la plaza contemporánea: el friso "La Libertad, esa gesta anónima", realizado por Eliana Molinelli, Eneida Rosso y Laura Valdivieso.

Treinta años después, el friso ya es parte de la fisonomía de la plaza.

La obra mezcla historia, agua, hierro y memoria. Como si intentara resumir en imágenes todo lo que Mendoza atravesó desde antes de aquel terremoto.

El corazón que nunca se detiene

Hoy la Plaza Independencia ocupa más de 55 mil metros cuadrados y sigue funcionando como el gran punto de encuentro mendocino.

Los fines de semana se llena de artesanos, músicos y espectáculos callejeros. Las parejas se sientan junto a la fuente, los turistas buscan la foto perfecta junto a las letras que dicen "MENDOZA" y los chicos corren entre las acequias, el césped y los senderos.

Desde 2021, además, las aguas danzantes y el sistema de luces y sonido volvieron a convertirla en escenario de asombro colectivo y cita obligada para los turistas. 

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Pero quizá lo más importante de la plaza no sea su arquitectura ni sus monumentos. Lo esencial es que, desde hace más de 160 años, los mendocinos siguen pasando por allí para encontrarse, celebrar, comprar, protestar, esperar, enamorarse y recordar.

Como sucede con todas las plazas verdaderamente importantes, la Independencia no pertenece solamente al pasado ni al presente. Pertenece a la memoria viva de Mendoza.

Mattia y Angélica, turistas italianos posan junto a las letras de Mendoza.

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