Entre pasillos que conservan la memoria de generaciones, el Mercado Central sigue siendo un refugio donde el tiempo parece haberse detenido. Su historia, sus personajes y su arquitectura lo convierten en uno de los espacios más emblemáticos de la Ciudad y la provincia.
El Mercado Central, un sitio donde Mendoza late y huele a especias y café
Entrar al Mercado Central de Mendoza es, todavía hoy, atravesar una puerta invisible hacia otra época. Apenas se cruzan sus accesos -sobre Las Heras, Patricias Mendocinas o General Paz- el aire cambia: se mezcla el perfume intenso de las especias, el dulzor de las frutas maduras y ese inconfundible aroma a café recién hecho que invita a detenerse.
A un costado, los jamones cuelgan como testigos silenciosos del paso del tiempo; más allá, las verduras frescas brillan bajo la luz artificial, como si acabaran de llegar de la chacra, un pasillo más allá, el pescado y los mariscos también aportan su parte.
Pero ese presente cargado de vida tiene raíces profundas. Como explica el historiador Gustavo Capone, la historia del mercado no puede entenderse sin retroceder a 1861, cuando el terremoto que destruyó Mendoza obligó a repensar la ciudad.
"Se empieza a diseñar un nuevo esquema urbano hacia el oeste, con la calle San Martín como eje, y allí surge la necesidad de reorganizar también el comercio", detalló en diálogo con el Post.
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En ese contexto, el mercado aparece como una respuesta a la pérdida de las antiguas ferias cercanas al Área Fundacional. Su ubicación no fue casual: en el cruce de lo que hoy son Las Heras y Patricias Mendocinas -entonces parte de la circunvalación-, un punto estratégico por donde circulaban productos de toda la provincia.
Con la llegada del ferrocarril en 1885, esa zona se transformó en un nodo clave. "Era la avenida del tren, por donde pasaba todo. El mercado crece de la mano de ese movimiento", señaló Capone.
Formalmente, el Mercado Central fue fundado en 1883 por Luis Lavoisier, apenas un año después de firmar el acuerdo con la Municipalidad.
En sus inicios, según contó el historiador, era una gran feria sin techo, con paredes de adobe y pórticos de piedra. Los carros ingresaban cargados de mercadería, mientras los puesteros -en su mayoría inmigrantes- cuidaban sus productos día y noche, en un espacio que nunca cerraba del todo.
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Aquella estructura inicial fue mutando con el tiempo. Entre 1922 y 1924 se levantaron galpones de adobe con estructuras metálicas y mesadas de mármol, consolidando una estética que combinaba lo funcional con lo duradero.
El edificio, sin embargo, no estuvo exento de tragedias: un incendio a fines de los años 60 obligó a su reconstrucción total. Desde entonces, el mercado adoptó un perfil más moderno, aunque sin perder su esencia.
Hoy, su arquitectura es el resultado de esa superposición de épocas. La solidez de su frente, pensado para resistir el uso intensivo, convive con detalles que remiten al siglo XIX: largas ventanas que dejan entrar la luz, pasillos amplios, puestos ordenados donde en algunos aún persisten los detalles de mármol y hierro.
En un rincón, casi escondido, un pequeño "museo" conserva objetos antiguos -una máquina de escribir, una balanza, una caja registradora- como si el lugar se negara a olvidar.
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Capone lo define con una imagen contundente: "Fue el primer shopping de Mendoza". Y no exagera. Allí se concentraron históricamente carnicerías, pescaderías, fiambrerías y verdulerías, muchas de ellas con nombres que marcaron época. Incluso figuras emblemáticas de la industria vitivinícola, como Gargantini o Giol, pasaron por sus pasillos vendiendo productos.
El mercado también fue escenario de encuentros memorables. Por allí caminaron figuras como Carlos Gardel, Mario Moreno "Cantinflas" y el presidente Arturo Illia. Incluso, el emblemático fotógrafo japonés que recorre el mundo con eventos deportivos, Masahide Tomikoshi, mostró su admiración por el mercado y quiso dejarlo plasmado en su lente cuando estuvo en Mendoza en la previa del Mundial 1978. Todos, de alguna manera fueron seducidos por la misma experiencia: la de un espacio donde la comida y la cultura se entrelazan.
Esa experiencia se mantiene intacta en el patio de comidas. Sentarse en un café, o en una banqueta alta y pedir una pizza o bien acercarse a una de las parriladas y abrir el diario es, para muchos mendocinos, un ritual que se repite desde hace décadas. Las voces se superponen, los platos van y vienen, y por un instante todo parece suspendido en el tiempo.
Según datos aportados por la jefa de Patrimonio Cultural de la Ciudad, Elsa Rodríguez, el mercado fue declarado de Interés Turístico en 1991, en reconocimiento a su valor histórico, cultural y social. No es un dato menor: hay puestos atendidos por la cuarta generación de una misma familia, lo que refuerza esa idea de continuidad que lo atraviesa.
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Recorrer el Mercado Central es pisar las huellas de los antepasados que hicieron grande la ciudad. Caminar hoy por el Mercado Central es, en definitiva, recorrer una Mendoza que resiste al paso del tiempo.
Es volver por un momento a una Mendoza donde los pescados llegan desde la Costa Atlántica como antes llegaban desde Lavalle (sí, hubo un tiempo en que en la Laguna de Guanacache se podía pescar), donde las especias siguen perfumando el aire y mezclándose con el aroma del café y los fiambres, y donde cada puesto guarda una historia. En sus pasillos, la ciudad no solo compra y vende: también recuerda y late.
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