Dólares, pobres y una rara obsesión en el regreso de Sam el Montañés

Murió Ricardo Soulé y merecía su homenaje; el Presidente dice que los dólares nos salen por las orejas; pobres por doquier y un nuevo ataque furibundo a la prensa, algo de lo que dejó los últimos días en Argentina.

Dólares, pobres y una rara obsesión en el regreso de Sam el Montañés

Por:Florencia Silva
Secretaria de redacción

"Alguna estrella me vendrá a contar...", dijo Sam el Montañés mientras emprendía el regreso a casa, mirando hacia arriba en busca de fuerzas en el cielo. Hacía rato que caminaba y las divinidades celestiales parecían ocupadas en otros asuntos. Sobre su cabeza, una maraña de cables, antenas, tanques de agua y algunas zapatillas colgadas. Caminaba por un barrio, entre casas bajas, persianas cerradas, kioscos y veredas rotas. A lo lejos veía los monoblocks. Llevaba mucho tiempo caminando, en alguno de ellos estaba su hogar. 

Avanzó unas cuadras tratando de reconocer el camino. De una ventana salía el relato de un partido; de otra, el olor de una olla. Cada tanto Sam el Montañés levantaba la cabeza. Le habían hablado tanto de las fuerzas del cielo que esperaba una señal, un relámpago, una flecha luminosa que dijera POR ACÁ. Pero arriba no pasaba nada. No al menos este año ni el siguiente.

En la esquina encontró a hombres y mujeres esperando el colectivo. Ropa de trabajo, piel seca, mirada extenuada. De las orejas de aquella gente salían dólares. Billetes verdes brotaban de los oídos, caían sobre los hombros, se enredaban en el pelo y terminaban desparramados sobre la vereda. A una mujer le salían de a dos; un hombre intentaba sacárselos con el dedo meñique; otro ni siquiera parecía advertirlo y seguía mirando cuándo llegaba el colectivo.

Sam se quedó observando aquel prodigio. Entonces recordó que alguien había dicho que el problema de la Argentina era el caudal de billetes verdes.  Ahí estaban. Caían sobre una vereda rota, junto a las colillas y los envoltorios de caramelos. Sam miró hacia el cielo. Tal vez ésa fuera la primera señal. Las fuerzas celestiales tenían métodos extraños.

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Siguió hacia los monoblocks. Unas cuadras después vio una multitud reunida alrededor de un descampado. Se acercó y descubrió que en medio de la tierra se había abierto un pozo enorme. No parecía una obra, ni una zanja, ni uno de esos cráteres que quedan durante meses después de que alguien promete arreglar una calle. Era un agujero negro, profundo, sin fondo visible, que se tragaba gente.

Sam se arrimó al borde. Caían hombres y mujeres, viejos y chicos. Algunos trataban de aferrarse a las raíces; otros estiraban las manos para que los ayudaran desde arriba. Había quienes pataleaban y quienes ni siquiera alcanzaban a gritar antes de desaparecer. A un costado, sentado en una silla de plástico, un hombre anotaba cada caída en una libreta.

-¿Cuántos? -preguntó Sam.

-Once mil.

-¿En cuánto tiempo?

-Por día.

Sam volvió a mirar el agujero. Once mil pobres por día. Mientras intentaba imaginar semejante número, otro cayó. Después otro. Y otro. El hombre de la silla siguió haciendo palitos en la libreta. Sam quiso saber si alguien pensaba tapar el pozo, poner una valla o al menos un cartel. El hombre siguió contando. Sam levantó nuevamente los ojos hacia las fuerzas del cielo. Nada. ¡Ah!, pero en 2028...Apenas una bolsa de supermercado que el viento había enganchado en un cable.

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Más allá, cuando ya podía ver con claridad los primeros monoblocks, el ruido habitual de la calle quedó de pronto aplacado por un silbido intenso. Sam creyó al principio que venía un tren, pero enseguida empezó la catarata. Palabras lanzadas como escupidas atravesaban el barrio y rebotaban contra las paredes: "basura inmunda", "zurda inmunda de doble moral", "basura corrupta inmunda", "chorra", "soretes".

Sam se quedó quieto escuchando con curiosidad aquella fijación que tenía el insultador con la materia fecal. También hablaba de "mierda humana", incluso de "mierda humana mal cagada". La expresión despertó en Sam una duda que hasta entonces nunca había tenido: ¿por qué era necesaria la aclaración de que la mierda era humana? ¿Existían categorías?  ¿Cuál ocupaba el rango superior? ¿Un sorete de perro era moralmente mejor que uno de persona? ¿Había soretes buenos y soretes malos? Aquella clasificación requería una taxonomía que nadie parecía haberse tomado el trabajo de escribir.

Pero estaba claro que sorete ocupaba un lugar especial en el vocabulario del hombre. Lo pronunciaba con frecuencia, con entusiasmo y con una familiaridad casi afectuosa. A Sam se le ocurrió que debía de ser una de sus palabras favoritas. Tanto le gustaba, pensó, que la realidad había decidido concederle un capricho: para poner orden en la Quinta de Olivos acababan de recurrir al coronel Fernando Tereso.

Sam frenó en seco. Tereso. Miró hacia arriba. Por primera vez desde que había empezado el regreso tuvo la certeza de estar frente a una señal inequívoca: llovían soretes del cielo.

Sonrió y siguió caminando. Ya estaba cerca. En el horizonte de cemento, las ventanas de los monoblocks se encendían una tras otra. Sam buscó la suya entre decenas de cuadrados amarillos. Después de los dólares que salían por las orejas, del pozo que se devoraba once mil pobres cada día, de los insultos convertidos en granizo y de un coronel cuyo apellido era su sustantivo favorito, regresar a casa empezaba a parecerle el acontecimiento menos fantástico de la jornada.

Levantó por última vez la cabeza. No había estrellas. No hacían falta. Sam el Montañés reconoció finalmente su monoblock y encaró hacia la entrada.