Antes de convertirse en el Barrio San Antonio, una manzana de la Cuarta Sección fue escenario de algunos de los capítulos más importantes de la historia de Mendoza. Allí funcionaron uno de los primeros hospitales de la provincia y uno de sus establecimientos educativos más prestigiosos.
El tradicional barrio de Ciudad que antes fue un hospital y un colegio
Quien recorre hoy los pasillos del Barrio San Antonio difícilmente imagine que, décadas atrás, ese mismo lugar concentró buena parte de la historia mendocina.
Entre jardines prolijos, grandes árboles que proyectan su sombra sobre bancos de madera, veredas anchas y edificios bajos de departamentos, sobreviven las huellas de un pasado que comenzó mucho antes de que se levantaran sus 152 viviendas.
El complejo habitacional fue inaugurado en dos etapas, entre 1969 y 1970. Sus departamentos, con amplios ventanales orientados hacia el norte o el sur, fueron diseñados alrededor de espacios verdes que aún hoy le dan una identidad diferente dentro de la Ciudad de Mendoza.
El silencio de sus senderos y la vegetación madura parecen conservar, en cierto modo, la memoria de la antigua manzana. Un sitio que cuenta con idas y vueltas, y que está muy ligado a la historia de Mendoza.
Mucho antes de convertirse en un barrio, el predio albergó al histórico Hospital San Antonio. Un hospital que "se mudó" por las circunstancias que golpearon a la provincia. Sus orígenes se remontan a fines del siglo XVIII, cuando la orden religiosa de los betlemitas, llegada desde Perú, fundó el primer hospital que tuvo Mendoza.
Inicialmente funcionó con un carácter religioso y de beneficencia, aunque en 1815 pasó a depender de una administración civil por disposición del gobierno de Buenos Aires y, años más tarde, en 1878, quedó bajo la órbita de la Municipalidad de Capital como hospital público.
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El terremoto del 20 de marzo de 1861 marcó uno de los episodios más dramáticos de su historia. La ciudad quedó prácticamente destruida y los muros de adobe del Hospital San Antonio -que por entonces se ubicaba unas cuadras más al sur- se desplomaron sobre los cuarenta pacientes internados.
La tragedia también arrasó con gran parte de los archivos históricos de Mendoza, por lo que buena parte de lo que hoy se conoce proviene de relatos de sobrevivientes, periódicos de la época e informes elaborados por los médicos que llegaron para asistir a la población.
Con la reconstrucción de la ciudad llegó también una nueva etapa para el hospital. Hacia fines del siglo XIX se mudó y se levantó un nuevo edificio en la manzana delimitada por las actuales calles Santa Fe, José Federico Moreno, Tucumán y Montecaseros, donde funcionó hasta mediados del siglo XX.
Aquella Mendoza que renacía también recibía el ferrocarril, el alumbrado eléctrico, el teléfono y el tranvía, mientras la inmigración comenzaba a transformar definitivamente la vida de la provincia.
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Pero esa manzana ya tenía una historia anterior. Allí había funcionado el Colegio de la Santísima Trinidad, una de las instituciones educativas más importantes de la Mendoza de comienzos del siglo XIX.
El proyecto nació en 1808 para cubrir el vacío que había dejado el antiguo Colegio de la Inmaculada Concepción tras la expulsión de los jesuitas. La iniciativa fue impulsada por el Cabildo, con el apoyo económico de vecinos destacados y figuras como Miguel Teles Meneses y Joaquín de Sosa y Lima.
Las guerras por la Independencia retrasaron su apertura. Incluso, los recursos destinados a la construcción fueron utilizados temporalmente para sostener al Ejército de los Andes, mientras el edificio sirvió como cuartel del Batallón N.º 8 de Infantería durante la preparación de la campaña sanmartiniana. Finalmente, el colegio abrió sus puertas el 9 de noviembre de 1817.
El establecimiento ocupaba toda la manzana y respondía a la arquitectura típica de los colegios coloniales. Tenía dos amplios patios rodeados por galerías, numerosas aulas, comedor, internado y una extensa huerta.
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Allí estudiaban cerca de 160 alumnos, entre internos y externos, quienes recibían formación en Latín, Filosofía, Matemáticas y Dibujo. Sus títulos eran reconocidos oficialmente y permitían ingresar directamente a las universidades de Córdoba y Santiago de Chile.
Las dificultades económicas, las disputas políticas y las guerras civiles fueron debilitando a la institución durante las décadas siguientes. Aunque tuvo una breve recuperación en 1853, el terremoto de 1861 terminó destruyendo definitivamente el edificio y cerró para siempre una etapa fundamental de la educación mendocina.
Más de un siglo después, sobre ese mismo suelo comenzó otra historia. Donde alguna vez hubo salas de hospital, patios escolares y soldados preparándose para cruzar la cordillera, hoy se levantan edificios de pocos pisos rodeados de jardines. Los vecinos transitan diariamente por senderos que conservan una tranquilidad difícil de encontrar en pleno centro mendocino.
Quizá por eso el Barrio San Antonio mantiene un encanto particular. No solo por su arquitectura o por la amplitud de sus espacios verdes, sino porque bajo la sombra de sus árboles todavía parece latir una parte de la memoria de Mendoza.
Allí, donde hoy se escuchan conversaciones de vecinos, niños jugando y el canto de los pájaros sobre la copa de los árboles, alguna vez se escribió una porción decisiva de la historia de la ciudad.
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