Ojos bien cerrados: la pelea tuitera que rompió la monogamia libertaria

La pelea tuitera entre Lemoine y Dan expuso algo más profundo que un cruce en redes: una interna donde la libertad deja de ser compartida, las reglas cambian en silencio y el poder empieza a mostrar quién decide y quién queda afuera.

Ojos bien cerrados: la pelea tuitera que rompió la monogamia libertaria

Por:Florencia Silva
Secretaria de redacción

Alice Harford fuma marihuana en la cama, después de acostar a su hija a dormir. Espera a su marido, Bill Harford, con quién luego mantiene una larga secuencia erótica bajo el ritmo lánguido del ojo de Stanley Kubrick. La escena va poco a poco transitando de la seducción cannabica hacia la tensión, como un pequeño monstruo que acaba de romper el cascarón para nacer.

Alice Harford le confiesa a su marido que fantaseó con otro hombre, durante una fiesta exclusiva de drogas y sexo de la alta sociedad. No pasó nada, solo fue una fantasía pero alcanza porque le muestra algo que no estaba en el contrato, que hay deseos, mundos y decisiones que no son compartidos. Un oxímoron: Pareja rompe la lógica binaria.

La confesión de Alice se parece a la denuncia contra tuiteros libertarios, porque corrió el eje de la relación. Esos tuiteros no eran opositores, eran parte de la propia militancia que había sostenido el relato digital del espacio. El expediente -abierto en septiembre de 2025 y que ahora tiene a once personas imputadas por amenazas, instigación e incitación pública bajo la fiscalía de Celsa Ramírez- cayó como una bomba interna.

Sebastián Pareja denunció penalmente a decenas de tuiteros por amenazas y violencia.

Es el momento exacto en que la pareja se da cuenta de que no todos están jugando con las mismas reglas y que no es necesario haber hecho algo, con conocer el deseo del otro de hacerlo, alcanza para instalar la crisis.

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En esta historia, quién encarna el rol de Bill Harford creía ser parte de la construcción, el que se movía en la lógica horizontal de las redes, el que sentía que había bancado cuando nadie daba un peso por el proyecto. Y de repente se encuentra con que uno de los suyos denuncia a los suyos. Y que encima esa decisión no pasa por él, ni por su mundo.

Su reacción es casi instintiva: sale a defender a los tuiteros, habla de una estrategia "poco inteligente", dice que siempre va a estar del lado de los que dieron la batalla cultural. Incluso deja ver algo más profundo: que él no tiene poder real. Que puede opinar, puede militar, puede empujar... pero no decide. Lo dice sin decirlo cuando cuenta que pidió la renuncia de Pareja y no pasó nada.

Mientras tanto, del otro lado, el rol de Alice Harford, con peso institucional: diputada nacional, presidenta de la Comisión de Juicio Político, alineada con el núcleo más duro del poder libertario. Y ahí es donde la relación deja de ser ambigua.

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Porque ella no discute desde la emoción sino que marca territorio. Cuando responde un "dejá de seguir a Milei" a un usuario que critica a Pareja, no está polemizando, está trazando una frontera. Está diciendo quién pertenece y quién no. 

Mientras tanto, el Bill Harford de la historia responde como alguien que siente que le cambiaron las reglas en medio del partido: "no tenés potestad para echar a nadie", "esto no es el Congreso". No es solo una defensa personal. Es una discusión sobre autoridad. Sobre quién tiene derecho a decidir dentro del espacio. El fin de la monogámia.

Hablando de la libertad, las relaciones se liberaron más que nunca, son abiertas desde el momento en que convivían dos lógicas que se necesitaban pero nunca terminaron de integrarse. Por un lado, el santo tridente del armado tradicional: estructura, territorio y conducción. Por el otro, el universo digital, de tuiteros, streamers e influencers, más cercano a Santiago Caputo, que construyó volumen y narrativa desde las redes.

Funcionó mientras cada uno ocupaba su lugar pero en el momento en que se interpuso la Justicia un sismo tiró la repisa de los estandartes Dios, Patria y Familia, porque la política digital tolera el caos, pero la estructura no y entonces la pareja se convierte en trieja.

Ya no alcanza con convivir: hay que ordenar. Y ordenar implica imponer reglas. Y cuando alguien impone reglas, otro pierde poder. Por eso el cruce se vuelve más agresivo. 

En algún momento, como en toda relación que parecía funcionar por inercia, aparecen los terceros en discordia, los objetos del deseo fuera de casa. Del lado de él, surgen voces que lo empujan a sostener su posición, a no ceder, a recordar de dónde viene. Le hablan en el oído, lo validan, lo convencen de que todavía tiene algo que defender. Del lado de ella, en cambio, hay otra cosa: una estructura más ordenada, más fría, que no necesita discutir demasiado y se limita a respaldar, a cerrar filas, a sostener una decisión que ya fue tomada.

Es ahí donde él empieza a entender. Como cuando Bill Hardford, empieza a entregarse a un derrotero de orgías, empujado en apariencia por la sombría certeza de que comparte camarote en la embarcación de fantasías de su esposa. Percibe que hay un círculo más chico, más hermético, donde las reglas no se negocian. Y donde, simplemente, no está invitado.

Se diluye la ilusión de que todos compartían el mismo acuerdo, de que el deseo era común. La relación sigue, como siguen Bill y Alice. Nadie se va del todo. Pero después de ver lo que el otro es capaz de hacer -o de permitir-, ya no se vuelve al mismo lugar. Porque cuando uno expone, otro queda desnudo y un tercero, ordena.