La semana tuvo de todo. Los industriales armaron una fiesta a la que no fue nadie. Las primeras líneas estaban en un foro liberal que se organiza bajo la estela de Peter Thiel. Pero el tecnócrata también faltó y por un insólito motivo: la protesta de Gandalfs.
Industriales plantados, Gays por el Capitalismo y la teoría de los seis grados
La teoría de los seis grados de separación sostiene que cualquier persona del mundo puede quedar vinculada con otra a través de una cadena de no más de seis intermediarios. Uno conoce a alguien, ese alguien conoce a otro y, después de unos pocos saltos, dos personas que parecen pertenecer a universos completamente distintos terminan conectadas.
Por ejemplo, ¿qué puede unir a Klaus Meine, cantante de Scorpions, con un tornero de una metalúrgica de conurbano? La respuesta necesita seis pasos, y el primero comienza en Moscú, en 1989. Scorpions había tocado en la Unión Soviética y Klaus Meine quedó impactado por el clima que encontró allí. La Guerra Fría todavía no había terminado y el Muro de Berlín seguía en pie, pero el cantante percibió que algo empezaba a moverse: jóvenes soviéticos escuchaban rock occidental, las barreras culturales comenzaban a aflojarse y el viejo orden parecía resquebrajarse.
De esa experiencia nació "Wind of Change", el "viento de cambio". Meine escribió la canción poco antes de la caída del Muro de Berlín y, cuando el bloque soviético comenzó a desarmarse, el tema terminó convertido en una especie de banda sonora de aquel momento histórico. Ese es el primer grado.
El segundo grado aparece casi cuatro décadas después y a más de 11.000 kilómetros de Moscú. En Buenos Aires se organizó un foro denominado "Vientos de Cambio". El nombre, traducido al español, inevitablemente recuerda a aquella canción de Scorpions, aunque esta vez no se trataba del derrumbe del comunismo soviético sino de un encuentro de orientación capitalista, con la participación de funcionarios del gobierno de Javier Milei.
En el evento estaba anunciado también Peter Thiel, pero al final se ausentó. El tecnócrata y activista gay conservador mantiene una relación casi obsesiva con el universo de J.R.R. Tolkien, al punto de bautizar varias de sus empresas con nombres de El Señor de los Anillos, y esa afición terminó convirtiéndose en una escena política insólita en Buenos Aires: un grupo de manifestantes disfrazados de Gandalfs protestó frente a su mansión de Palermo Chico con carteles de "You shall not pass". Thiel, por temor a una protesta de este tipo, decidió no ir al evento.
Y ahí aparece el tercer grado. Entre quienes financiaron aquel encuentro figuró Gays for Capitalism and Freedom, una organización cuyo nombre podría traducirse como "Gays por el Capitalismo y la Libertad". Una expresión universalizada por un rockero alemán a partir de una experiencia en la Unión Soviética terminó teniendo, décadas más tarde, una curiosa resonancia nominal en un encuentro liberal argentino sostenido, entre otros aportantes, por una organización estadounidense que combina en su propio nombre diversidad sexual, capitalismo y libertad.
Ver: "La industria está poniendo el hombro": el reclamo de la UIA a Milei
El cuarto grado es el Presidente. Fue protagonista del foro y buena parte del equipo económico nacional pasó por ese encuentro, donde distintas figuras centrales del Gobierno hablaron de las reformas económicas y del rumbo liberal del país. Pero ese mismo día ocurría otra cosa: era el Día de la Industria y, mientras el Gobierno desplegaba a sus principales funcionarios alrededor de los "Vientos de Cambio", la Unión Industrial Argentina realizaba su tradicional encuentro. Y sobraban muchas sillas.
Ahí aparece el quinto grado. La celebración de los industriales quedó prácticamente sin representación política de primera línea del Gobierno nacional. Solo fueron dos subsecretarios de poca monta que se fueron antes del almuerzo. No hubo ministros en el encuentro de la UIA y la ausencia fue leída como un gesto político en medio de las tensiones que distintos sectores fabriles mantienen con el modelo económico. El contraste era difícil de pasar por alto: por un lado, funcionarios nacionales hablando de capitalismo, reformas y cambio económico bajo un halo "legendarium"; por el otro, los representantes de la industria argentina, aduciendo tortícolis, "cansados de poner el hombro".
Y detrás de la palabra "industria" aparece finalmente el sexto grado. Porque la industria no son solamente balances, también es una fábrica, y dentro de esa fábrica hay un tornero: un trabajador que toma una pieza de acero, la coloca en una máquina, mide, corrige, vuelve a medir y fabrica el componente que después terminará en otra máquina, un vehículo o una línea de producción.
De Moscú a una metalúrgica de la provincia de Buenos Aires, de Scorpions a Milei, de la caída del viejo orden soviético a la discusión argentina sobre apertura, capitalismo e industria: los seis grados que prueban que al final, todo está conectado.



