El Lobo de Indio Cua Street

El Jefe de Gabinete está acorralado y cada vez más solo: a su cuestionable ética se suma una torpeza que no es inocente, prefiere pecar de omisión y pasar verguenza a ser juzgado por enriquecimiento ilícito y pagar con cárcel. Mientras, la prensa internacional refleja el escándalo.

El Lobo de Indio Cua Street

Por:Florencia Silva
Secretaria de redacción

 Tim Ashford quiere ganarse un lugar en la columna sabatina de Economía y lleva días buscando historias extraordinarias que pongan a prueba los límites de la creatividad. Una madrugada lee un tuit que revela el relato que buscaba: el Lobo de Indio Cua Street.

El joven redactor ha logrado una oportunidad soñada y puja por quedarse con la vacante en el Financial Times, el diario británico de corte liberal moderado, pro libremercado con algunos guiños al Estado. Un colega le cuenta que hay un tecnócrata en el fin del mundo que tiene una bacteria que leuda criptos. Le parece una historia espectacular.

El joven cronista se lanza a la aventura argentina y pronto aprende acerca del lábil arte de la mano en la lata. Toma nota del estilo clásico, burdo y efectivo: rutas, bolsos y hoteles. Después, descubre una corriente restauradora del método, vanguardista, un sofisticado micelio de tuits,  blockchain y poliarquía. 

Esta última corriente demuestra particular eficacia en su intangibilidad. La corriente tradicional succionó caudales de billetes como para tapizar la ruta de Usuhaia a la Quiaca, pero a lo largo de 12 años. El método contemporáneo en menos de tres años, ha demostrado que tiene un potencial demoledor.

Los años modestos del Jefe de Gabinete, antes de meterse al universo cripto.

El reportero  Ashford hace un ejercicio. Supongamos que el Lobo de Indio Cua Street dispone de US$200.000 en 2014 y decide invertirlos en Bitcoin. Ese año la criptomoneda se movía, según el momento, entre unos US$300 y US$600 por unidad. Tomemos un valor intermedio de US$400. Con ese dinero podría haber comprado alrededor de 500 bitcoins.

Ahora avancemos en el tiempo. En distintos momentos de los años siguientes, Bitcoin llegó a cotizar por encima de los US$60.000, US$70.000 e incluso más de US$100.000 por unidad. Si el Lobo de Indio Cua Street hubiera conservado esos 500 bitcoins hasta alguno de esos picos, su patrimonio no habría aumentado en US$300.000. Estaríamos hablando de decenas de millones de dólares. No de cientos de miles.

Entonces aparece la primera incógnita de la ecuación. Si la inversión efectivamente se realizó en 2014, la rentabilidad declarada parece sorprendentemente baja para la evolución que tuvo el activo. Pero probemos otra hipótesis. Supongamos que el Lobo de Indio Cua Street ingresó al mercado varios años después, cuando Bitcoin ya cotizaba cerca de US$6.000 por unidad. Con US$200.000 habría comprado aproximadamente 33 bitcoins. En ese escenario, una ganancia del orden de los US$300.000 resulta mucho más fácil de imaginar y matemáticamente más compatible con los números conocidos.

El problema es que las dos hipótesis no pueden ser ciertas al mismo tiempo. Si la inversión fue temprana, los resultados esperables parecen mucho mayores. Si fue tardía, la rentabilidad encaja mejor, pero surge la discusión sobre las fechas mencionadas públicamente. Por eso el debate no gira alrededor de si Bitcoin puede generar ganancias extraordinarias. La cuestión es determinar en qué momento se realizó la inversión, porque en esta historia la fecha no es un detalle: es prácticamente toda la explicación.

Ver: Adorni y los bitcoins: el video de archivo que contradice su explicación

Manuel Adorni dijo que encontró dinero en el departamento de su padre cuando este falleció y lo invirtió en bitcoins.

Al final, el cronista del Financial Times concluye en que el misterio no está en la bacteria que leuda dólares ni en el tecnócrata que convierte ahorros familiares en criptomonedas. Tal vez el verdadero prodigio sea otro: haber descubierto una nueva unidad de medida financiera donde el valor de un bitcoin depende menos del mercado que de la fecha que conviene recordar.

Ashford sonríe. Cierra la notebook. Ya tiene su historia extraordinaria. No encontró al Lobo de Wall Street en Manhattan. Lo encontró en el fin del mundo, intentando explicar por qué una fortuna cripto creció demasiado poco para haber sido comprada a tiempo y demasiado rápido para haber llegado tarde.