La primera copa siempre viene de alguien

En clave íntima, Ignacio Borrás recorre las botellas que marcaron su historia con el vino y las enlaza con la mesa familiar, el aprendizaje compartido y el homenaje al padre. Una selección de etiquetas atravesada por la memoria, los afectos y el ritual de brindar.

La primera copa siempre viene de alguien

Por:Ignacio Borrás

No sé exactamente cuándo empezó mi historia con el vino. Probablemente porque, como muchas de las cosas importantes de la vida, empezó mucho antes de que yo pudiera darme cuenta.

En la mesa de mis abuelos siempre había una copa de vino. Era parte del paisaje. Como la comida casera, los domingos en familia, las sobremesas largas y esas charlas que parecían no tener apuro. De chico uno mira esas escenas sin entender demasiado, ve una botella abierta, una copa servida y escucha conversaciones que van y vienen sin saber que algunos de esos momentos, con el paso del tiempo, terminan ocupando un lugar enorme en nuestra memoria.

Con los años entendí que el vino nunca estuvo ahí simplemente para acompañar una comida.

Era parte de un ritual, una excusa para quedarse un rato más sentado, para contar una historia repetida por décima vez o simplemente para compartir algo con las personas que queremos.

También recuerdo disfrutar muchísimo cuando mi papá se juntaba con un amigo suyo, alguien que para mí era prácticamente un tío. Una de esas personas que aparecen en nuestra vida y dejan una marca enorme sin proponérselo. Él fue uno de los primeros que me acercó al mundo del vino, pero lo hizo desde el mejor lugar posible: sin palabras difíciles, sin hacerlo solemne, sin intentar demostrar cuánto sabía. Simplemente compartiendo.

Me enseñaba sin querer enseñar. Me mostraba etiquetas, me contaba alguna historia detrás de una bodega o simplemente me invitaba a prestar atención a lo que había en la copa. Y quizás esa sea una de las maneras más lindas de transmitir una pasión, no intentando convencer a alguien, sino invitándolo a formar parte.

Estoy seguro de que ninguno de ellos, ni mis abuelos, ni ese amigo de mi viejo, ni siquiera mi papá, imaginaban que años después ese chico que estaba sentado en esas mesas iba a terminar recorriendo bodegas, pasando horas hablando con enólogos y encontrando en una botella mucho más que una bebida.

Porque cuanto más camino este mundo del vino, más vuelvo a esos primeros momentos y más entiendo que, aunque después aparecen las regiones, las variedades, los suelos, las crianzas y las grandes añadas, la verdadera magia del vino siempre estuvo en el mismo lugar. En las personas con quienes lo compartimos.

Hay vinos técnicamente perfectos y vinos mundialmente reconocidos, pero cada tanto aparece una botella distinta. Una de esas que logra conectar con algo más profundo y que queda asociada para siempre a una persona, a una mesa o a una charla. Esos vinos que cuando volvemos a abrirlos tienen la capacidad de llevarnos nuevamente a ese momento.

Por eso, para este Día del Padre no quise elegir simplemente grandes etiquetas ni hacer una lista de recomendaciones. Elegí vinos que por diferentes motivos se ganaron un lugar especial en mi historia. Botellas que recuerdo cuándo probé, con quién estaba o qué sensación me dejaron. Vinos que despertaron algo más y que, cada vez que vuelvo a encontrarlos en una copa, me recuerdan por qué me enamoré de este mundo.

Son vinos que disfruto compartir y que sin dudas elegiría, y elijo, para sorprender, para agasajar y sobre todo para homenajear a mi papá. Porque quizás la mejor botella no sea necesariamente la más cara, la más premiada o la más buscada, sino aquella que abrimos con la persona correcta.

Porque al final, la primera copa siempre viene de alguien.

Algunos vinos llegan con una gran reputación detrás y eso muchas veces puede jugarles en contra, porque la expectativa antes de descorcharlos es enorme. Lo difícil no es construir un nombre, lo difícil es que cuando finalmente llega ese momento de abrir la botella, el vino esté a la altura de todo lo que imaginábamos.

La Violeta 2016 para mí pertenece a ese pequeño grupo de vinos que logran superar esa prueba.

Monteviejo nació de la mano de Catherine Péré Vergé, una mujer que dejó una huella enorme en el mundo del vino y que encontró en el Valle de Uco un lugar para construir algo trascendente. Hoy, con su hija Hélène Parent y su nieta Elise Treiber continuando ese camino, la bodega mantiene vivo ese legado familiar, respetando la visión original, pero al mismo tiempo llevando sus vinos hacia nuevos lugares.

La añada 2016 tuvo un desafío enorme en Mendoza. Fue un año más fresco, con lluvias superiores a lo habitual y donde la selección en viñedo y el trabajo de los equipos técnicos fueron determinantes. Quizás por eso, lejos de mostrar solamente potencia, esta cosecha entrega una versión de La Violeta donde aparecen la elegancia, la frescura y la precisión como protagonistas.

En la copa mantiene esa identidad profunda del Malbec de Vista Flores, con fruta negra, violetas y especias, pero acompañada por una evolución que empieza a sumar capas más complejas: notas de cuero, tabaco, grafito y esos aromas que solamente aparecen cuando un gran vino empieza a dialogar con el tiempo. En boca conserva estructura y carácter, pero con taninos más integrados y una sensación de equilibrio que para mí define a las grandes botellas.

Es uno de esos vinos que tengo guardados porque sé que no necesita una excusa demasiado grande para abrirlo, pero sí merece ser compartido con alguien especial. Porque hay vinos que sorprenden por su intensidad, otros por su perfección técnica y algunos, como La Violeta 2016, porque logran algo mucho más difícil: hacer que uno recuerde el momento en que los tomó.


Y si pienso en un vino para sentarme tranquilo, disfrutar una charla larga y homenajear a mi papá, sin dudas esta botella estaría sobre la mesa.

Hay algo especial en descubrir un vino antes de que esté en todas las conversaciones. Esa sensación de encontrar una botella que no llega por recomendación masiva ni por una gran campaña, sino por curiosidad, por seguir productores y por esas ganas que tenemos los amantes del vino de seguir sorprendiéndonos.

Universo Paralelo fue para mí uno de esos descubrimientos.

Detrás de este proyecto está Juan Pablo Díaz, un enólogo joven que viene construyendo su propio camino con una mirada muy personal. Lejos de perseguir fórmulas establecidas, sus vinos buscan interpretar lugares, momentos e ideas, siempre desde producciones muy pequeñas donde cada decisión tiene un impacto enorme en el resultado final.

Este Blend 2021, del que nacieron apenas 600 botellas, es una muestra clara de esa búsqueda.

Un vino que no intenta llamar la atención desde la exageración, sino desde los detalles. Con 18 meses de crianza en barricas de roble francés, logra combinar intensidad y sutileza, mostrando que muchas veces la elegancia aparece justamente cuando nada está de más.

En la copa es un vino que invita a detenerse. Aparece fruta roja fresca, cerezas, notas de hierbas silvestres, pimienta, cuero y ese pequeño trazo mineral que suma profundidad. En boca tiene una textura muy fina, taninos todavía jóvenes pero nobles, buena frescura y un final largo que deja esa sensación de estar frente a algo diferente.

Recuerdo haberlo abierto con amigos que no conocían el proyecto y quizás eso hizo que lo disfrutara todavía más. Porque pocas cosas me gustan tanto del vino como ese momento en que servís una copa, alguien la prueba sin demasiada expectativa y de repente aparece esa mirada que dice: "acá hay algo".

Me gusta pensar que todavía existen vinos así. Botellas silenciosas, lejos del ruido, esperando ser descubiertas y compartidas.

Y seguramente esa sea una de las razones por las que Universo Paralelo se ganó un lugar en esta selección: porque así como alguien alguna vez me acercó una copa que despertó mi curiosidad, hay vinos que uno también quiere poner en la mesa para generar eso mismo en otros.

Cheval des Andes 2021 - Bodega Cheval des Andes

Hay vinos que nacen de un encuentro. De dos miradas distintas que, cuando logran entenderse, construyen algo que ninguno podría haber creado de la misma manera por separado. Quizás por eso Cheval des Andes siempre me pareció mucho más que la unión de dos grandes nombres: es una conversación entre historia y futuro, entre experiencia y nuevas interpretaciones.

Nacido del encuentro entre la tradición bordelesa de Château Cheval Blanc y la identidad mendocina de Terrazas de los Andes, este proyecto logró con el paso de los años encontrar una voz propia. Hoy Cheval des Andes no busca ser una versión argentina de un gran vino francés, sino expresar su propio lugar, combinando precisión, elegancia y la personalidad única de la Cordillera de los Andes.

Sus viñedos tienen una historia que muy pocos pueden contar, con antiguos Malbec de Las Compuertas plantados en 1929 que aportan profundidad y carácter. Pero lo más interesante es cómo esa historia convive con una mirada actual, donde la frescura, el equilibrio y la búsqueda del detalle son cada vez más protagonistas.

La cosecha 2021 muestra justamente esa evolución. Una añada donde Cheval logra expresar toda la riqueza de un gran blend, donde cada componente aporta algo distinto sin perder la armonía del conjunto. No es un vino que busque demostrar grandeza desde la potencia, sino desde la precisión, la profundidad y esa elegancia que aparece cuando todo está en su lugar.

En la copa se entiende esa conversación entre variedades que define su identidad. El Malbec aporta textura, fruta y esa sensación envolvente tan característica, mientras que el Cabernet Sauvignon sostiene la estructura con frescura, carácter y profundidad. Van apareciendo distintas capas a medida que el vino se abre: frutas rojas maduras, ciruelas frescas, hierbas de  montaña, pimiento asado, tabaco, cedro y un fondo especiado muy elegante. En boca combina volumen y tensión, con taninos firmes pero extremadamente finos, una acidez que mantiene el equilibrio y un final largo donde aparecen recuerdos minerales y sutiles notas de cacao.

Una de las cosas que más disfruto de Cheval des Andes es esa sensación de estar frente a un vino que se puede disfrutar enormemente hoy, pero que al mismo tiempo parece estar guardándose capítulos para escribir más adelante. Es una botella que invita a esperar, pero también nos recuerda que algunas ocasiones no necesitan postergarse.

Y cuando pienso en vinos para abrir con mi papá, me gusta esa idea: compartir hoy algo que también tiene una historia por delante

Val de Flores Malbec 2020 - Bodega Rolland

Hay vinos que parecen recordarnos algo que muchas veces olvidamos: las cosas importantes necesitan tiempo. Tiempo para encontrar equilibrio, para construir identidad y para mostrar realmente todo lo que tienen para decir. Val de Flores siempre me transmitió esa sensación.

Después de recorrer y asesorar proyectos en diferentes lugares del mundo, Michel Rolland encontró en Vista Flores un espacio para crear un vino desde una mirada mucho más personal.

Junto a Rodolfo Vallebella, desarrolló un proyecto donde el tiempo y la precisión cumplen un papel fundamental, buscando una interpretación del Malbec argentino marcada por la elegancia, la profundidad y la capacidad de evolucionar.

La cosecha 2020 refleja muy bien esa filosofía. Sus 30 meses de crianza en barricas nuevas de roble francés hablan de un vino pensado sin apuro, donde cada etapa parece tener su momento. Pero lo interesante no está solamente en cuánto tiempo pasa en barrica, sino en cómo ese tiempo se integra para construir equilibrio y complejidad.

En la copa aparece un Malbec profundo, sereno y de enorme elegancia. Tiene fruta negra madura, ciruelas, higos, flores secas, cacao, especias, regaliz y esos aportes de la crianza que aparecen con sutileza, sumando capas sin ocupar el centro de la escena. En boca es envolvente, con una textura sedosa, taninos trabajados y una estructura firme pero refinada, dejando un final largo donde aparecen recuerdos minerales y esa sensación de que todo está en su lugar.

Cada vez que tomo Val de Flores pienso justamente en eso: en la importancia de saber esperar. En un mundo donde muchas veces buscamos todo de manera inmediata, encontrarse con un vino que respeta sus tiempos tiene algo especial.

Quizás por eso es una botella que encaja tanto en esta selección. Porque muchas de las cosas que aprendemos de nuestros padres también tienen que ver con eso: con entender que lo importante se construye de a poco, con paciencia, dedicación y tiempo.

Y cuando un vino logra transmitir esa idea en una copa, deja de ser solamente un gran vino para convertirse en algo mucho más difícil de encontrar.

Catena Zapata Mundus Bacillus Terrae Malbec 2018 - Bodega Catena Zapata

Hay vinos que uno disfruta desde el primer momento y otros que nos invitan a ir un poco más allá. Vinos que no buscan solamente gustar, sino despertar preguntas, obligarnos a prestar atención y recordarnos que detrás de una copa puede existir un universo mucho más grande de lo que imaginamos. Mundus Bacillus Terrae siempre me generó esa sensación.

Catena Zapata tiene una larga historia dentro del vino argentino, pero quizás uno de sus aportes más interesantes de las últimas décadas fue poner el foco en entender con mayor profundidad el lugar de donde nacen sus vinos. Más allá del nombre o del reconocimiento de la bodega, lo que siempre me llamó la atención de este proyecto fue esa búsqueda casi obsesiva por estudiar el viñedo, interpretar pequeñas diferencias y tratar de explicar por qué dos vinos nacidos a pocos metros de distancia pueden expresar cosas completamente distintas.

El Viñedo Adrianna, ubicado en Gualtallary, representa muy bien esa idea. Un lugar donde la altura, el clima y especialmente sus suelos calcáreos dieron origen a diferentes investigaciones que buscan entender la relación entre la tierra y lo que finalmente encontramos en la copa.

De ahí nace Mundus Bacillus Terrae, un Malbec que toma su nombre de los microorganismos presentes en sus suelos y que refleja esa mirada donde ciencia, paciencia y naturaleza se encuentran. Un vino que no intenta solamente mostrar una variedad, sino interpretar un pequeño lugar dentro de un viñedo.

La cosecha 2018 muestra una versión profunda y precisa. En la copa no aparece como un Malbec evidente, sino como uno de esos vinos que necesitan tiempo y conversación. Primero se muestra algo reservado, pero lentamente empiezan a aparecer distintas capas: frutos negros pequeños, arándanos, flores, hierbas, té negro, especias, notas terrosas y ese carácter calcáreo tan particular de Gualtallary. En boca combina intensidad con frescura, con taninos firmes pero elegantes, una textura envolvente y un final largo donde queda esa sensación mineral que invita a seguir descubriéndolo.

La primera vez que lo probé me pasó algo que no sucede todos los días: más que sorprenderme, me hizo pensar. No fue un vino que mostró todo de golpe, sino uno que fue creciendo con cada minuto en la copa y que necesitó tiempo para contar su historia.

Y quizás por eso está en esta selección. Porque hay vinos que uno recuerda por lo ricos que fueron, pero hay otros que quedan grabados porque después de probarlos seguimos pensando en ellos.

Hay algo muy lindo en el mundo del vino y es entender que, por más botellas que uno pruebe y por más lugares que conozca, siempre existe la posibilidad de sorprenderse nuevamente.

Siempre puede aparecer un vino que nos recuerde que todavía queda muchísimo por descubrir.

Eso fue un poco lo que me pasó con Finca Las Cerrilladas.

Durante los últimos años, Zuccardi profundizó una manera muy particular de interpretar el Valle de Uco, con una mirada enfocada en entender el origen de cada vino. El trabajo en el viñedo, la lectura de los suelos y la búsqueda por comprender cada pequeña diferencia del paisaje se transformaron en una parte fundamental de su identidad.

Las Cerrilladas nace en Paraje Altamira, una de las zonas más interesantes de San Carlos, en un sector donde los suelos tienen una fuerte presencia de piedras cubiertas de carbonato de calcio, una característica que termina marcando de manera muy especial la personalidad del vino. Más que pensar únicamente en la variedad, la propuesta parece ser entender qué tiene para contar ese pequeño lugar dentro de la montaña.

La cosecha 2019 muestra un vino con una identidad muy marcada. Es una expresión donde cada detalle parece estar puesto en su lugar, con esa combinación tan particular que tienen algunos vinos de montaña: profundidad, frescura y una energía que los mantiene siempre vivos en la copa. Más que apoyarse en un solo atributo, Las Cerrilladas se construye desde el equilibrio entre fruta, textura y la expresión del lugar donde nace.

En la copa aparecen frutas rojas frescas, cerezas, ciruelas, notas florales, hierbas silvestres, especias y esa sensación mineral tan característica de los vinos nacidos en este tipo de suelos.

En boca tiene una tensión muy atractiva, con taninos finos pero presentes, una textura que parece marcada por la piedra y un recorrido largo donde aparecen distintas expresiones del lugar.

La primera vez que lo probé me pasó algo que todavía hoy es de las cosas que más disfruto de este mundo: esa sensación de encontrar algo distinto. Una botella que sin estar asociada a un recuerdo de años atrás logra rápidamente construir uno nuevo.

Y quizás por eso quería que estuviera en esta selección. Porque muchas veces los vinos especiales son aquellos que nos acompañan durante mucho tiempo, pero también existen esas etiquetas que aparecen casi sin aviso y nos recuerdan que una gran copa todavía puede sorprendernos.

Reflexión final:

Al final, creo que esa curiosidad fue la misma que empezó en aquellas mesas familiares mirando una botella abierta sin entender demasiado qué había detrás. Muchos años y muchos vinos después, lo más lindo sigue siendo exactamente eso: descubrir. Después de muchos años, muchas botellas y muchas historias, sigo pensando que el vino tiene algo muy particular: nunca se trata solamente de lo que hay dentro de la copa.

Claro que importan el lugar donde nace, la cosecha, las personas que lo elaboran y todas esas decisiones que hacen que un vino sea único. De hecho, probablemente sea esa búsqueda constante de detalles la que vuelve tan apasionante este mundo. Pero con el paso del tiempo entendí que los grandes vinos alcanzan otra dimensión cuando quedan unidos a un momento o a una persona.

Recordamos cuándo abrimos esa botella que veníamos guardando, con quién compartimos ese descorche, qué conversación apareció en la mesa o incluso quién fue la persona que nos enseñó a mirar el vino de una manera distinta.

Quizás por eso, cada vez que pienso en esos domingos familiares, en la mesa de mis abuelos o en aquellas reuniones de mi papá con ese amigo que tanto me enseñó sin darse cuenta, entiendo que ellos me estaban mostrando algo que iba mucho más allá de reconocer un buen vino.

Me estaban enseñando una forma de disfrutarlo.

Seguramente ninguna de esas personas imaginó hasta dónde podía llegar aquella pequeña semilla. Que años después iba a estar escribiendo sobre vinos, recorriendo bodegas, emocionándome con una botella o pensando cuál sería la indicada para abrir con mi papá en un día especial.

Y quizás eso es lo más lindo de este mundo: que una copa nunca termina realmente cuando se termina el vino. De alguna manera sigue en las historias que contamos, en los recuerdos que aparecen y en las personas con quienes elegimos compartirla. Porque cuando detrás de una gran botella también hay una gran historia, el vino deja de ser solamente algo que probamos y se transforma en algo que recordamos.

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