Hebe Casado no puede ser vicegobernadora sólo cuando le conviene

Después de publicar un mensaje racista contra la selección francesa, la vicegobernadora de Mendoza dijo que no se arrepiente y que se expresó como una ciudadana particular. Cómo usa el cargo para obtener visibilidad y representación y desprenderse de él cuando las papas queman.

Hebe Casado no puede ser vicegobernadora sólo cuando le conviene

Por: Editorial Post

El problema ya no es solamente lo que Hebe Casado escribió. Ahora también importa lo que decidió hacer después.

La vicegobernadora de Mendoza tuvo varios días para revisar su mensaje, escuchar las críticas y comprender por qué Francia consideró racista que llamara "equipo africano flojo de modales" a su selección. No lo hizo. En una entrevista con LN+, aseguró que no se arrepiente, explicó que mira fútbol todo el día y sostuvo que el tuit fue una expresión personal, no una declaración realizada como vicegobernadora. No dio explicaciones acerca de por qué no dijo "equipo francés", solo diluyó el argumento sosteniendo que ella sabe más de fútbol que el embajador de ese país.

La falta de arrepentimiento cambia el peso del episodio. Una expresión impulsiva puede revelar un prejuicio, pero también puede ser reconocida, revisada y reparada. La insistencia convierte el exabrupto en una posición. Después de conocer el repudio, la reacción diplomática y las consecuencias institucionales, Casado volvió a colocarse por encima de cualquier explicación y decidió que el problema está en quienes interpretaron sus palabras, no en las palabras que ella eligió.

La frase original fue clara: "Muy bien Paraguay. El equipo africano flojo de modales. No lo aguanto a Mbappe". Su sentido no depende de una teoría complicada. Casado llamó a uno de los seleccionados por su nombre nacional y al otro no. Paraguay fue Paraguay. Francia, en cambio, desapareció y fue reemplazada por "el equipo africano".

Esa diferencia revela el sentido del mensaje. A Paraguay le reconoció su identidad deportiva y nacional. A Francia la definió por la ascendencia y el color de piel de buena parte de sus jugadores. Los futbolistas dejaron de ser franceses para convertirse, desde la mirada de Casado, en africanos vestidos con otra camiseta.

Después agregó que ese "equipo africano" era "flojo de modales". Tampoco habló de una infracción específica ni explicó qué había hecho cada jugador. Primero racializó a todo el plantel y luego le atribuyó una falta colectiva de educación.

Ver: El embajador francés pide que Cornejo repudie los dichos de Casado

La palabra "modales" no pertenece al lenguaje técnico del fútbol. No habla de táctica, juego brusco o incumplimiento del reglamento. Habla de educación, comportamiento y civilidad. Casado conectó así lo africano con una supuesta inferioridad de conducta. Reprodujo, en una frase breve y pretendidamente futbolera, la antigua idea colonial de que algunos pueblos representan la civilización y otros carecen de ella.

La mención posterior a Kylian Mbappé no salva la frase. Si su enojo era únicamente con el delantero, podía señalar su conducta y cuestionarlo por nombre propio. Sin embargo, antes de hacerlo extendió la descalificación a todos sus compañeros. Usó el rechazo hacia una persona para degradar a un grupo definido racialmente.

Que Casado, tal como afirmó, mire fútbol todo el día no explica nada. Mucho menos la disculpa. La cantidad de partidos que consume no modifica el significado de las palabras ni le concede una licencia especial para discriminar. Presentarse como una hincha apasionada busca trasladar la discusión desde el racismo hacia la pasión deportiva, como si una cosa pudiera justificar la otra.

Tampoco alcanza con invocar el "folklore futbolero". Durante décadas, el fútbol toleró cantos xenófobos, insultos homofóbicos, referencias antisemitas y agresiones contra jugadores negros. Haber naturalizado esas prácticas no las convierte en parte de un patrimonio cultural que deba protegerse. El folklore puede explicar de dónde proviene una expresión. No la vuelve aceptable.  Vale recordar la llamada "Resolución 3100" de la AFA que fue dictada en 2000 tras episodios antisemitas contra Atlanta y permitió a los árbitros interrumpir o suspender partidos por cantos discriminatorios. Años después se aplicó también a canciones de la hinchada de River contra Boca, como las que usaban "bolivianos", "paraguayos" y "negros" como insultos. La norma no prohibía una canción puntual, sino cualquier manifestación racista, xenófoba o discriminatoria, con sanciones para el club responsable.

Pero la defensa más débil de Casado es que escribió como una persona particular y no como vicegobernadora.

Es cierto que no todo lo que dice un funcionario constituye una decisión formal del Estado. Un tuit no es un decreto, una ley ni una resolución administrativa. Sin embargo, de allí no se desprende que una autoridad pueda quitarse el cargo cada vez que abre una red social y volver a colocárselo cuando necesita ejercer poder.

Casado tiene la audiencia que tiene porque es vicegobernadora de Mendoza. Su palabra provoca una reacción diplomática porque es vicegobernadora. Los medios nacionales la entrevistan porque es vicegobernadora. La Embajada de Francia -¡que es el Estado de Francia!- no reaccionó contra una espectadora más del Mundial, sino contra la segunda autoridad de Mendoza y presidenta del Senado provincial.

La funcionaria pretende separar dos cosas que, en la vida pública, no pueden dividirse con tanta comodidad. Quiere conservar la visibilidad, la influencia y el sueldo, el presupuesto y el cargo político que le entrega su rol, pero declarar "personal" cualquier conducta que le genere responsabilidades. Bajo esa lógica, la investidura serviría para amplificar su voz, aunque desaparecería justo cuando llega el momento de responder por ella.

No se puede ejercer el poder en horario laboral y declararse una ciudadana cualquiera frente a las consecuencias.

El cargo no obliga a Casado a renunciar a sus gustos, sus opiniones deportivas ni sus antipatías. Sí le impone un límite elemental: no utilizar diferencias raciales, étnicas o nacionales para degradar a las personas. No es una exigencia de cortesía ni una imposición de la llamada corrección política. Forma parte de las obligaciones que la Argentina asumió y que todas sus autoridades deben respetar.

La Convención Internacional sobre la Eliminación de todas las Formas de Discriminación Racial tiene jerarquía constitucional en la Argentina. El artículo 75 inciso 22 de la Constitución coloca ese tratado dentro del núcleo superior del sistema jurídico y obliga a los distintos poderes del Estado a hacer efectivos los derechos que protege.

La norma no se limita a pedir que los Estados sancionen casos extremos. Establece que las autoridades públicas nacionales y locales deben abstenerse de realizar prácticas discriminatorias. También obliga a combatir los prejuicios que alimentan la discriminación y a promover la comprensión entre grupos raciales y étnicos.

Casado no se disculpó por sus expresiones.

Ese mandato no significa que cada expresión ofensiva de un funcionario constituya automáticamente un delito internacional. Los tratados obligan al Estado y las responsabilidades penales requieren analizar normas, pruebas y circunstancias concretas. Pero el marco internacional permite establecer algo más sencillo y contundente: la conducta de Hebe Casado va exactamente en el sentido contrario al deber de una autoridad pública. Referirse a Francia, como un "equipo africano", reiteramos, tiene un solo sentido discriminador y racista.

El Estado argentino asumió el compromiso de combatir los prejuicios raciales. La vicegobernadora de Mendoza reprodujo uno. El Estado debe promover respeto entre distintos orígenes étnicos. Casado utilizó el origen africano para descalificar. Las autoridades deben evitar que su posición legitime discursos discriminatorios. Casado invocó su derecho a expresarse y luego negó que su función tuviera algo que ver.

El Comité de las Naciones Unidas para la Eliminación de la Discriminación Racial ha sido explícito respecto del papel de los funcionarios: no sólo deben abstenerse de utilizar discursos racistas, sino también rechazarlos públicamente para ayudar a construir una cultura de tolerancia. La razón es evidente. Las palabras pronunciadas desde el poder tienen mayor capacidad para normalizar un prejuicio y volverlo socialmente admisible.

Casado hizo lo contrario. Y peor aún: no rechazó el mensaje después de advertir sus efectos. Lo sostuvo. Y al decir que no se arrepiente, envió una nueva señal: considera que no tiene nada que revisar incluso cuando un Estado extranjero, dirigentes políticos y una parte de la sociedad le explican que utilizó una clasificación racial para menospreciar.

La Ley 23.592 contra la discriminación también incluye la raza, la nacionalidad, la religión, la ideología y los caracteres físicos entre las razones especialmente protegidas por el ordenamiento argentino. Sí permite comprobar que su mensaje se construyó precisamente sobre las categorías que la legislación busca impedir que sean utilizadas para degradar o colocar a otros en una posición de inferioridad.

La libertad de expresión tampoco resuelve la discusión a favor de la vicegobernadora. Casado puede defenderse, explicar su intención e incluso persistir en sus palabras. Pero la libertad de expresión no incluye el derecho a quedar a salvo de la crítica, de la responsabilidad política ni de las consecuencias institucionales. Los mendocinos no nos merecemos una vicegobernadora que ataque a otros con expresiones xenófobas y racistas.

La reacción de los galos terminó de destruir la idea de que se trató de una manifestación estrictamente personal. La República de Francia a través de su embajada declaró a Casado persona no grata y comunicó que sus funcionarios no compartirán reuniones de cooperación con el Gobierno de Mendoza cuando ella esté presente, salvo que se retracte. El comentario de una supuesta hincha produjo una consecuencia concreta para la provincia.

Foto de portada: generada con IA.